
El viento en Janos, Chihuahua, siempre huele a polvo seco y a un profundo arrepentimiento.
Esa tarde, el sol quemaba como hierro caliente en la nuca y los zopilotes ya daban vueltas en círculos sobre el arroyo. Sabían que la m*erte andaba rondando muy cerca.
Frené a mi caballo viejo. Mis botas crujieron contra la tierra árida al desmontar. Frente a mí, recargada contra una roca inmensa, estaba ella.
Casi dos metros de altura. Una mujer apache, con una presencia y musculatura que imponían un respeto absoluto incluso mientras se caía a pedazos. Su vestido tradicional de piel estaba desgarrado y su hombro destilaba sngre oscura por el impacto reciente de una bla. Tenía el cabello negro enredado con arena y plumas rotas, y severos g*lpes marcándole la piel de cobre.
Llevo tres largos años siendo un maldito fantasma. Tres años desde que el pulque y mi propia estupidez me costaron todo lo que amaba. Mi Rosalía mrió sola en un petate tratando de dar a luz a nuestro hijo, mientras yo ahogaba mi vergüenza en una cantina. A mi hermano menor, Julián, me lo mtaron en una estampida provocada por los hombres de Evaristo Luján.
Desde ese maldito día, me volví de piedra. Solo cuidaba a los animales esperando tener el valor suficiente para acabar con mi sufrimiento de un solo t*ro.
Pero al ver el pecho agitado de esta mujer, respirando con dificultad pero negándose a rendirse ante la oscuridad, algo congelado se rompió dentro de mi pecho.
Me arrodillé muy despacio, tragando grueso. Mantuve mis manos abiertas y a la vista, lejos de la funda de mi rev*lver.
—No voy a hacerte daño… me llamo Mateo —le dije, con la garganta rasposa por la sequedad del norte.
Ella apenas entreabrió los labios resecos. No pronunció una sola palabra, pero sus ojos oscuros se clavaron directamente en los míos. Era una mirada que me atravesó el alma: había miedo, una rabia profunda y un orgullo completamente indomable.
En ese instante, el viento cambió de dirección. Trajo consigo un olor.
Bajé la vista. A unos metros, marcadas en la arena, vi las huellas frescas de cinco caballos herrados. Casquillos de b*la brillando bajo el sol implacable. Y ahí, pisoteada en el polvo, una colilla de puro. El inconfundible y apestoso olor a tabaco negro.
Mis nudillos se pusieron blancos al apretar los puños. Luján. El mismo d*sgraciado que traficaba con mujeres de la frontera y que destruyó mi vida entera.
¿EL DESTINO ME HABÍA TRAÍDO A LA MUJER QUE LOS HOMBRES DE LUJÁN QUERÍAN CAZAR PARA DARME MI VENGANZA, O HOY LOS ZOPILOTES TENDRÍAN UN FESTÍN CON NOSOTROS DOS?!
PARTE 2
El olor a tabaco negro barato se me metió por la nariz y me bajó hasta el estómago como un trago de áloe amargo. Era el mismo tufo que flotaba en el aire aquel día maldito hace tres años. El mismo olor que impregnaba las ropas de los hombres de Luján cuando pasaban por el pueblo riéndose a carcajadas, con los bolsillos llenos de plata s*cia.
Miré la colilla tirada en el polvo. Luego miré las huellas frescas de los caballos. Cinco jinetes. Hombres pesados, bestias cansadas. Y en medio de todo ese rastro de cacería, estaba ella.
Como recordarás en la historia que conté antes y que quedó documentada en el texto de la image_f08190.png, yo había llegado tarde a mi propia vida. Había llegado tarde para salvar a mi hermano Julián. Había llegado tarde para sostener la mano de mi Rosalía mientras traía al mundo a nuestro hijo m*erto.
Pero esta vez, el destino me había puesto frente a esta mujer antes de que los zopilotes bajaran. Esta vez, no iba a llegar tarde.
Me quité el sombrero y lo dejé sobre una piedra. El viento del desierto de Chihuahua me alborotó el cabello, que ya empezaba a pintarse de gris por la culpa, no por los años. Saqué de mis alforjas las vendas limpias y un poco de alcohol de caña que siempre llevaba para el frío de las madrugadas.
Me acerqué a ella con pasos lentos. Si alguien hubiera pasado por aquel arroyo seco en ese instante, la escena habría sido exactamente igual a la que se ve en la image_f08171.png. Un hombre quebrado, arrodillado frente a una guerrera que parecía esculpida en las mismas rocas de la sierra. Era colosal. Sus brazos, marcados por venas gruesas y músculos tensos, temblaban por la pérdida de s*ngre, pero su postura seguía siendo la de un roble que se niega a caer.
—Va a arder —le advertí, destapando la botella de alcohol.
Ella no asintió, pero tampoco se movió. Sus ojos, negros como el fondo de un pozo sin agua, no se apartaron de mi cara. Cuando vertí el líquido sobre la herida de b*la en su hombro y sobre los cortes profundos en su pierna, sus mandíbulas se apretaron hasta que los músculos de su cuello resaltaron. Ni un quejido. Ni un solo suspiro de dolor salió de su boca.
Empecé a vendarla. Mis manos, callosas por años de trabajo inútil en una tierra que ya no daba frutos, se movían con una delicadeza que creí haber olvidado. Mientras le ajustaba la tela alrededor de la pierna, noté las cicatrices viejas en su piel de cobre. Esta no era su primera btalla. Era una mujer que llevaba la gerra en la s*ngre.
—Luján no se va a detener —dije en voz baja, más para mí que para ella—. Si te dejaron aquí, es porque creen que vas a mrir. Pero cuando se den cuenta de que no hay un cdáver, van a volver sobre sus propios pasos.
Terminé de anudar la venda. Me puse de pie y le ofrecí la mano.
Ella la miró por un largo segundo. Luego, en lugar de tomarla, apoyó sus manos enormes contra la arena y la piedra, y con un esfuerzo que hizo crujir sus huesos, se levantó por sí misma. Era aún más alta estando de pie. Me sacaba casi una cabeza. Respiraba con pesadez, agarrándose el hombro herido, pero se mantenía erguida.
—Vámonos —le dije, señalando a mi caballo viejo—. La Hacienda El Mezquite no está lejos. Ahí hay muros gruesos y agua limpia.
La subí al caballo. El pobre animal dio un relincho de protesta por el peso, pero agachó la cabeza y empezó a caminar. Yo tomé las riendas y caminé por delante, guiándolos hacia lo que quedaba de mi hogar.
El sol comenzó a ocultarse detrás de los cerros, pintando el cielo de un rojo sngriento. Con cada paso que dábamos, sentía que estaba caminando de regreso al infierno del que había intentado huir. Volver a la hacienda con alguien a quien proteger era despertar a los fntasmas.
Llegamos cuando la noche ya había caído por completo. La Hacienda El Mezquite, que alguna vez estuvo llena de risas, de olor a chile asado y a tierra mojada, ahora era un cascarón vacío. Las puertas rechinaban con el viento. El patio donde m*rió mi hermano estaba cubierto de maleza seca.
Ayudé a la mujer a bajar. Estaba ardiendo en fiebre. La b*la no había tocado hueso, pero la infección y el cansancio le estaban cobrando factura. La llevé hasta el catre en el cuarto principal. El mismo cuarto donde Rosalía y yo solíamos dormir. El mismo cuarto donde la encontré sin vida.
El pecho se me cerró. Me faltó el aire. Quise salir corriendo, subirme al caballo y perderme en el desierto con una botella de pulque hasta olvidar mi propio nombre.
Pero un quejido ronco me detuvo.
Me di la vuelta. La guerrera apache se retorcía en el catre, sudando frío. Sus ojos estaban cerrados y murmuraba palabras en su idioma, un canto áspero y gutural que sonaba a súplica y a amenaza al mismo tiempo.
Fui por agua fresca al pozo. Tomé un trapo limpio y pasé toda la madrugada mojándole la frente, limpiándole el sudor, vigilando su respiración.
—No te meras —le susurré en la oscuridad—. Por favor, tú no te meras. No me dejes solo con ellos.
En algún momento de la madrugada, el cansancio me venció y me quedé dormido en una silla junto al catre, con el r*fle sobre las rodillas.
Me despertó el silencio. No el silencio natural del campo, sino ese silencio denso, pesado, de cuando hasta los grillos saben que hay peligro.
Abrí los ojos de g*lpe. Ya estaba amaneciendo. La luz grisácea se filtraba por las grietas de las ventanas de madera.
La mujer ya no estaba en el catre.
Me levanté de un salto, empuñando el r*fle.
—¿Tranquilo, Mateo. No pierdas la cabeza —me dije a mí mismo.
Caminé hacia el pasillo. Entonces la vi. Estaba de pie junto a la ventana de la cocina, asomándose por la rendija. Se había puesto un abrigo viejo de lana que encontró colgado. A pesar de la herida, sostenía en su mano derecha un cuchillo de cocina enorme, oxidado pero afilado, que yo usaba para cortar leña.
Me miró de reojo. Su expresión ya no era de fiebre, sino de alerta total. Apuntó con la barbilla hacia afuera.
Me acerqué a la ventana y miré a través de las tablas.
A lo lejos, levantando una nube de polvo gris, venían.
Eran cinco. Llevaban sombreros de ala ancha, carrilleras cruzadas en el pecho y rfles descansando sobre las sillas de montar. En el centro venía “El Tuerto” Macías, el perro de presa favorito de Evaristo Luján. Un hsesino a sueldo que disfrutaba escuchando a la gente rogar.
—Nos encontraron —dije, sintiendo cómo el estómago se me hacía un nudo de pl*mo.
La mujer apache se paró a mi lado. Su presencia era imponente. Respiró hondo, llenando sus inmensos pulmones, y apretó el mango del cuchillo.
—Tú… —dijo de pronto. Su voz era grave, rasposa, como piedras chocando en el fondo de un río seco. Era la primera vez que hablaba en español—. Tú no tienes que m*rir por mí.
La miré. Había una honestidad cruda en sus ojos. Sabía que yo no era un g*errero. Sabía que yo era un hombre roto.
Recordé a Rosalía pidiéndome que no me fuera aquel día. Recordé a Julián tirado en el barro. Había huido tantas veces. Había agachado la cabeza tantas veces.
Apreté la culata de mi r*fle. Sentí la madera desgastada, fría, real.
—Hace tres años —le respondí, sin apartar la vista de los jinetes que se acercaban al portón de la hacienda—, unos hombres iguales a esos me quitaron todo. Yo no estuve aquí para pelear.
Cargué el cerrojo del r*fle. El chasquido metálico resonó en la cocina vacía.
—Hoy sí estoy.
Ella me miró. Una levísima sombra de respeto cruzó por su rostro endurecido. Asintió lentamente.
Afuera, los caballos se detuvieron en el patio central. “El Tuerto” Macías se aclaró la garganta y escupió al suelo.
—¡Mateo Arriaga! —gritó con esa voz chillona y odiosa—. ¡Sabemos que estás ahí adentro, cabr*n! Y sabemos lo que tienes escondido. ¡Esa perra salvaje es propiedad del patrón Luján! ¡Échanosla para afuera y te dejamos vivir en tu miseria en paz!
La s*ngre me hirvió en las venas. Era el mismo tono de burla con el que hablaban cuando destrozaron mi familia.
—¡Lárguense a ch*ngar a su madre! —grité desde la ventana, con una voz que no reconocí como mía. Sonaba firme. Sonaba a hombre otra vez.
El silencio que siguió duró un latido.
—¡Como quieras, p*ndejo! ¡Quémenle la casa! —bramó El Tuerto.
El primer dsparo destrozó el cristal de la ventana de arriba. Me tiré al suelo justo cuando una lluvia de plmo empezó a perforar la madera podrida de la puerta principal. Astillas y polvo volaban por todas partes.
La mujer apache no se encogió. Se movió con una agilidad aterradora para su tamaño. Se arrastró por el suelo hasta la puerta trasera.
—¡Por atrás! —me gritó ella, señalando el patio de servicio.
Dos de los sicarios de Luján estaban intentando forzar la puerta trasera para rodearnos. Me asomé por un hueco en la pared y dsparé. El estruendo de mi viejo rfle retumbó en mis oídos. Uno de los matones soltó un alarido, agarrándose el pecho, y cayó de espaldas contra la barda de adobe.
—¡Uno menos! —grité, sintiendo una adrenalina salvaje que me borró tres años de cobardía en un segundo.
Pero la alegría duró poco. El portón delantero se vino abajo con un estruendo sordo. Tres hombres, incluido El Tuerto, irrumpieron en el zaguán principal disparando a ciegas.
Retrocedimos hacia el pasillo angosto que conectaba la cocina con las habitaciones. Yo recargaba y d*sparaba, manteniendo a raya a los desgraciados, pero me estaba quedando sin balas.
De repente, sentí un tirón. La mujer apache me empujó hacia un lado justo cuando un proyectil reventó el muro de adobe donde yo estaba parado.
Ella no se escondió. Con el cuchillo de leña en una mano y usando su inmenso cuerpo como un muro de carne, saltó desde la oscuridad del pasillo directamente hacia uno de los matones que se había adelantado.
El hombre ni siquiera tuvo tiempo de levantar el arma. Ella lo embistió con la fuerza de un toro salvaje, estampándolo contra la pared de piedra con un golpe seco que le sacó todo el aire. Con un movimiento brutal, lo desarmó y lo dejó en el suelo, inconsciente.
Recogió la pstola del hombre caído y, sin dudarlo un segundo, dsparó dos veces hacia el zaguán. Otro de los secuaces de Luján cayó rodando por los escalones, agarrándose la pierna y gritando maldiciones.
Solo quedaba El Tuerto.
El silencio volvió a caer sobre la casa destrozada. Solo se escuchaba el quejido del hombre herido en las escaleras y la respiración agitada de nosotros tres. El humo de la pólvora nos picaba los ojos.
—¡Estás m*erto, Mateo! —gritó El Tuerto desde detrás del muro del comedor—. ¡El patrón te va a despellejar vivo!
Miré a la mujer apache. Su hombro había vuelto a sangrar abundantemente, empapando el abrigo viejo. Estaba pálida, al límite de sus fuerzas, pero me miró con una fiereza que me devolvió el alma al cuerpo.
Me levanté despacio. Caminé por el pasillo, pisando los escombros de mi propia casa. Ya no tenía miedo. Ya no sentía vergüenza.
—¡Sal de ahí, Macías! —le grité—. ¡Sal y mírame a los ojos, perro cobarde!
El Tuerto asomó la cabeza y levantó su revlver. Yo levanté mi rfle al mismo tiempo.
Los dos d*sparos sonaron como uno solo.
Sentí un ardor quemante en el costado izquierdo, rozándome las costillas. Me tambaleé y caí de rodillas, apretándome la herida con la mano.
Levanté la vista. El Tuerto Macías estaba recargado contra el marco de la puerta. Tenía los ojos muy abiertos, mirando al vacío. Su rev*lver cayó al suelo con un golpe seco. Luego, sus rodillas cedieron y se desplomó de cara contra las baldosas que Rosalía solía limpiar cantando.
Se había acabado.
Me quedé ahí, de rodillas en el polvo y la s*ngre, respirando hondo. El dolor en mis costillas era fuerte, pero por primera vez en años, el dolor en mi pecho, ese que me ahogaba cada noche, había desaparecido.
La mujer inmensa caminó lentamente hacia mí. Tiró la p*stola vacía al suelo. Se arrodilló a mi lado, igual que yo lo había hecho con ella en el arroyo seco. Su mano enorme, pesada y cálida, se posó sobre mi hombro sano.
No dijimos nada. No hacía falta. En el silencio de la hacienda en ruinas, entre los cuerpos de los hombres que nos habían quitado tanto, dos almas rotas acababan de saldar sus deudas.
La miré a los ojos. Ya no había rabia ni desconfianza. Había una paz profunda, la paz de quienes han sobrevivido a su propio infierno.
El sol terminó de salir, iluminando el patio de El Mezquite. La tierra seguía seca, los muros seguían caídos, y mis mertos seguían mertos. Pero mientras me ponía de pie, apoyándome en el brazo fuerte de esa guerrera apache, supe que por fin, después de tres años, estaba listo para volver a vivir.