El viento frío de la Sierra Madre me soplaba en la cara, un contraste cruel con el cielo claro de aquel sábado que parecía demasiado bonito para ser el día de nuestra m*erte.
El sendero era engañosamente angosto, lleno de piedras sueltas y tierra húmeda, con un inmenso precipicio al fondo.
Lucía caminaba adelante y nos señaló el camino.
—Desde ahí la vista es espectacular —dijo, deteniéndose al borde del abismo—. Vamos a tomar una foto.
A mi lado, Arturo, mi esposo carpintero, de manos fuertes y llenas de pequeñas cicatrices, apretó la mía con fuerza.
Yo sabía exactamente lo que eso significaba: debíamos seguir adelante con la farsa.
Bajo el forro de su chamarra, su celular llevaba minutos enteros grabando cada palabra, cada paso. Sabíamos que esto era una trampa mortal.
Cuando llegamos a la parte más alta, el paisaje era sobrecogedor: montañas azules, nubes bajas y un valle enorme, pero mis ojos solo podían fijarse en el abismo.
Esteban, el esposo de Lucía, un hombre de sonrisa perfecta y voz suave, levantó la cámara.
—Párense más atrás —pidió Esteban, mirándonos fijamente—. Quiero que salga todo el paisaje.
Dimos un paso. Luego otro más.
Sentí el vacío rozando directamente mis talones. Mi corazón latía tan fuerte que casi me ahogaba
Miré a Lucía, recordando a la niña callada y observadora que habíamos criado en nuestra modesta casa en Oaxaca. La misma hija que últimamente insistía tanto en que la nombráramos heredera única y le diéramos control sobre nuestras cuentas bancarias.
Fue entonces cuando Esteban bajó lentamente la cámara. La sonrisa sin ternura apareció en su rostro.
—Esta será su última foto —pronunció con una frialdad despiadada.
El tiempo pareció detenerse. Vi cómo Lucía se lanzaba violentamente contra nosotros.
A mis cincuenta y nueve años, el mundo entero se desmoronó, y supe que iba a m*rir a manos de mi propia sangre.
¿QUÉ SUCEDIÓ EN ESOS SEGUNDOS DE TERROR AL BORDE DEL ABISMO Y CÓMO FUE QUE MI ESPOSO LOGRÓ SALVARNOS CON UN SUSURRO?
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