
Soy Ximena. La lluvia caía sin cesar aquella tarde, cubriendo la ciudad con una niebla espesa. En mi pequeña buhardilla que olía a pintura al óleo y madera podrida, yo estaba sentada en silencio frente a mi caballete. El timbre sonó, cortando mis pensamientos. Un hombre entró y sacudió su paraguas negro empapado.
Me pidió que dibujara a una persona. Le pregunté si traía una foto y le serví un té caliente en una taza de barro. Él sonrió con frialdad y me dijo que no. Dijo que ella desapareció hace cinco años y quería que yo dibujara a su esposa a partir de sus recuerdos. Empecé a trazar el papel mientras él describía un rostro ovalado. Su voz se volvió ronca al decir que los ojos de ella eran hermosos, profundos y siempre tristes, brillando más cuando sentía miedo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me obligué a seguir dibujando. Entonces, mencionó un pequeño lunar rojizo en la comisura inferior izquierda del labio. Crack. El lápiz de carbón se rompió entre mis dedos y mi corazón empezó a latir desbocado. Ese lunar me trajo una sensación aterradora y familiar. Mi mente se llenó de imágenes borrosas y un fuerte olor a gasolina. Un sótano oscuro y una risa maniática.
Él notó mi reacción, me miró fijamente y preguntó qué me pasaba. Temblando, tomé otro lápiz y le dije que continuara. Se levantó despacio, se puso detrás de mí y me susurró al oído. Me habló de una cicatriz en forma de media luna detrás de la oreja derecha, afirmando que él mismo la había c*rtado.
Dejé de respirar al ver el retrato terminado. Ese no era mi rostro actual en el espejo. Era mi verdadera cara de hace cinco años, antes de que el fego lo destruyera todo. Él no venía a buscar a su esposa, venía a confirmar si la mujer que escapó de su trampa seguía viva. De pronto, sacó un arm blanca brillante de su abrigo.
¿QUÉ HARÍAS SI EL M*NSTRUO DE TU PASADO TE ACORRALA EN TU PROPIO REFUGIO Y NADIE PUEDE ESCUCHAR TUS GRITOS?!
El sonido de la lluvia golpeaba el techo de lámina con una cadencia hipnótica, un tamborileo constante que, durante años, había sido mi único consuelo. Pero en ese instante, el ruido del agua se desvaneció tras el eco metálico y frío de sus palabras.
Alejandro dio un paso atrás, con esa sonrisa torcida que deformaba sus facciones y que yo conocía tan bien. De su abrigo oscuro, aún empapado por la tormenta, sacó una n*vaja brillante. El filo capturó la escasa luz gris que se filtraba por la ventana, devolviéndome un destello que me heló la sangre. El metal parecía sediento, expectante.
“Te busqué por todas partes, mi amor”, siseó, arrastrando las sílabas con una burla cruel. Su voz, ese tono que durante media década había habitado los rincones más oscuros de mis pesadillas, resonaba ahora en la estrechez de mi refugio. “Puedes cambiar tu voz, puedes rehacerte la cara entera… pero esa maldita costumbre de agarrar el lápiz con tres dedos y de morderte el labio cuando entras en pánico… eso no me lo puedes ocultar “.
Se acercó un paso más. El aire en la habitación, ya de por sí viciado por el penetrante olor a pintura al óleo y madera podrida, se volvió insoportablemente denso. Sentí el calor de su aliento chocar contra mi mejilla, ese mismo aliento que recordaba de las noches en que me susurraba amenazas antes de que el mundo se volviera f*ego y cenizas.
“Esta vez no voy a usar fego”, murmuró, rozando el aire cerca de mi cuello con la punta del arm blanca. “Voy a asegurarme de que no te puedan volver a operar jamás “.
Me quedé completamente inmóvil, petrificada en la silla de madera. El silencio absoluto devoró el espacio entre nosotros, roto únicamente por el estruendo furioso de un trueno en el cielo encapotado. Él esperaba mis lágrimas. Esperaba que me derrumbara, que juntara las manos en súplicas inútiles, que mostrara esa devoción aterrorizada que tanto lo alimentaba en el pasado. Quería ver a la misma mujer frágil a la que encerró en un sótano y redujo a nada.
Sin embargo, en contra de su anticipada victoria, algo se rompió dentro de mí, pero no fue mi cordura. Fue el miedo. El pánico que había fingido, la respiración entrecortada que había ensayado, todo comenzó a borrarse lentamente de mi rostro. La máscara de la víctima se resquebrajó, dejando al descubierto algo mucho más oscuro y afilado.
Con una calma que desafiaba a la muerte misma, solté el pedazo de carbón roto que aún apretaba. Lo deposité sobre la madera con una delicadeza extrema. Abrí despacio el cajón de mi mesa, sintiendo la mirada punzante de Alejandro clavada en mi nuca, y saqué un pequeño pañuelo de tela. Comencé a limpiarme las manchas negras de los dedos, frotando la piel meticulosamente. Mis manos, que habían soportado injertos y dolores inenarrables, no temblaban.
Levanté la mirada hacia él, conectando con su desconcierto inicial, y dejé que una sonrisa lenta se dibujara en mis labios. No era una sonrisa de histeria, sino de una claridad espeluznante.
“¿De verdad creíste que en estos cinco años solo me dediqué a huir y a aprender a pintar, Alejandro?”.
La sonrisa fanfarrona desapareció de su rostro como si se la hubieran arrancado de un golpe. Dio un paso al frente para intimidarme, pero se detuvo en seco. De pronto, se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su camisa fina; una punzada profunda, un dolor agudo e invisible pareció cortarle la respiración de tajo. Sus ojos perdieron el enfoque, parpadeando rápidamente mientras su visión comenzaba a nublarse de forma irremediable.
Intentó sostenerse, pero sus piernas perdieron toda su fuerza, haciéndolo tambalearse hacia atrás en una danza grotesca hasta chocar brutalmente contra la vieja mesa de madera. Los pinceles temblaron en sus frascos.
“El té…”, balbuceó, con la mandíbula tensa. “¿El té tiene veneno?” rugió, escupiendo las palabras con una rabia impotente.
Lanzó un gruñido gutural e intentó abalanzarse sobre mí, con la n*vaja aún aferrada en su mano derecha, pero sus extremidades inferiores ya estaban completamente paralizadas. El impulso solo sirvió para que perdiera el equilibrio por completo. Cayó pesadamente de rodillas, el sonido del golpe resonando en el suelo de madera, y luego se desplomó de bruces.
La n*vaja resbaló de sus dedos inútiles. Su mirada, antes rebosante de soberbia y crueldad, ahora estaba inundada de un terror absoluto. Me observaba desde abajo, con la mejilla aplastada contra las tablas sucias, totalmente indefenso ante la pequeña mujer que tenía enfrente. El cazador acababa de darse cuenta de que había pisado la trampa.
Caminé hacia él con pasos medidos. Me puse en cuclillas a su lado, tan cerca que podía escuchar el silbido agónico de sus pulmones luchando por aire. Mis ojos, al encontrar los suyos, ya no reflejaban el trauma de una víctima acorralada; ahora brillaban con la frialdad implacable y paciente de un depredador que ha acorralado a su presa.
“Los médicos me dijeron que el f*ego me había provocado amnesia. Que el trauma había borrado mi identidad. Y tenían razón,” le susurré, mi voz suave como el terciopelo pero cargada de veneno. Observé cómo sus pupilas se dilataban. “Pasé años despertando en hospitales, soportando diez cirugías reconstructivas para tener una cara que no reconocía, sin saber quién era ni por qué alguien querría hacerme tanto daño. Pero hace un año… hace un año lo recordé todo.”
Me acerqué un poco más a su oído, devolviéndole el gesto invasivo que él me había hecho minutos antes.
“Recordé el olor a gasolina. Recordé tu risa mientras me encerrabas. Y sabía perfectamente que tu orgullo, tu infinita y estúpida arrogancia, no te dejaría descansar hasta encontrarme y terminar el trabajo. Así que decidí ayudarte. Empecé a dejar pequeñas migajas de pan para ti: solté información a cuentagotas sobre una pintora desconocida aquí en la sierra, una mujer que vivía sola, que dibujaba con la mano izquierda y que, curiosamente, agarraba el lápiz con tres dedos. Sabía que morderías el anzuelo.”
Alejandro intentó hablar, pero de su boca solo salió un quejido ahogado.
“Armé este estudio en este ático miserable, soportando el frío, y todos los días preparé una tetera con una infusión de hierbas mezclada con el extracto de la planta más letal de esta montaña… una receta especial, solo esperando el día en que cruzaras esa puerta.”
Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en sangre. Una espuma blanca y espesa comenzó a brotar incontrolablemente por la comisura de sus labios. Las venas de su cuello estaban saltadas al máximo, mientras su garganta emitía ronquidos horribles, estertores llenos de pura y absoluta desesperación. Estaba ahogándose en su propio cuerpo.
Me puse de pie lentamente, mirándolo desde arriba.
“¿Querías un último retrato mío, Alejandro?” le pregunté, con un tono casi compasivo que contrastaba con el abismo de mis ojos.
Me di la vuelta, caminé hacia mi mesa de trabajo y tomé un viejo encendedor metálico Zippo que reposaba junto a los bocetos. Lo sostuve en mi mano, sintiendo el peso frío del metal. Lo abrí con un golpe seco. El inconfundible clic pareció resonar más fuerte que la tormenta exterior. Froté la rueda y la pequeña flama cobró vida al instante, bailando agresivamente y reflejándose en mis ojos helados.
Lo miré por última vez. Su rostro estaba morado, su cuerpo convulsionaba levemente.
“Qué lástima,” sentencié, sin un ápice de remordimiento en mi voz. “Este será tu último retrato.”
Con un movimiento fluido, arrojé el encendedor encendido directamente sobre la pila de lienzos, trapos y pinturas al óleo esparcidos por el suelo del estudio. Todo el lugar, las esquinas, la madera podrida y los marcos, lo había empapado cuidadosamente con gasolina desde mucho antes de que él tocara el timbre.
El fego no tardó en responder. Las llmas rugieron al instante con una violencia ensordecedora, levantándose como una bestia furiosa y hambrienta que devoró el pequeño ático en cuestión de segundos. El calor abrasador golpeó mi rostro nuevo, ese rostro hermoso y extraño que me había costado lágrimas de sangre conseguir. Pero esta vez, el calor no me daba miedo. Me purificaba.
Sin mirar atrás, me di la vuelta y comencé a bajar las crujientes escaleras de madera. A mis espaldas, tragados por el crepitar furioso del incendio y el humo negro, dejé los gritos mudos y agónicos del mnstruo que me había arruinado la vida. Las llmas lo estaban consumiendo, dándole el castigo exacto, la misma muerte espantosa que él había diseñado para mí. Estaba siendo purgado.
Empujé la puerta principal y salí a la calle empedrada. Afuera, la lluvia seguía cayendo incesantemente, rala y prolongada, empapando mi ropa y lavando cualquier rastro de la pesadilla. Levanté la mirada hacia las nubes grises. Sin embargo, mientras el agua helada resbalaba por mis mejillas y el resplandor naranja del incendio iluminaba mi espalda, sentí que, por primera vez en cinco años, el cielo por fin se había despejado.
Había sobrevivido al f*ego dos veces. Pero esta vez, yo era quien lo controlaba.