Fui al panteón a llorarle a mi esposa como cada domingo durante diez años, pero una niña recogió su foto del suelo y me heló la sangre con cinco palabras.

El cementerio estaba sumergido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el roce del viento contra los cipreses. Me llamo Joaquín, y ahí estaba yo, un hombre de hombros pesados y mirada perdida, sentado frente a una lápida desgastada. Dicen que soy un hombre millonario, pero les juro que mi inmensa fortuna no podía comprar un solo segundo de tiempo con la mujer que amaba.

 

Mientras limpiaba con delicadeza un retrato que guardaba en mi abrigo, una ráfaga de viento me arrebató el papel de las manos. Antes de que pudiera reaccionar, una pequeña figura se interpuso en el camino de la foto. Era una niña que se acercó y me dijo: «Señor, buenos días, a usted se le cayó esta foto».

 

Levanté la vista y me encontré con unos ojos que me devolvieron un reflejo dolorosamente familiar. Con la voz entrecortada por la sorpresa, agradecí el gesto y le dije: «Sí niña, muchas gracias».

 

Sin embargo, la pequeña no se marchó; se quedó petrificada mirando el rostro de la mujer en la imagen. Con una naturalidad que me erizó la piel, ella afirmó que la mujer del retrato era su madre.

 

Sentí un vacío en el estómago y le dije: «Creo que te confundes, ella es mi esposa y mrió hace muchos años, y nunca tuvo hijos». Recordaba el frío de aquel ataúd cerrado y los años de soledad que le siguieron, convencido de que mi linaje se había extinguido con aquel acidente.

 

La niña no flaqueó; con la terquedad propia de la inocencia, sostuvo que su progenitora estaba en casa esperándola. Me miró directo a los ojos y me dijo: «Claro que no, mi mamita aún está viva».

 

Mi corazón comenzó a latir con una violencia que amenazaba con romperme las costillas. Era una imposibilidad biológica y física, o eso pensaba yo. Miré los rasgos de la pequeña: la forma de su nariz, el brillo en su mirada. Era una copia exacta de Elena, y desesperado le pregunté: «¿Estás segura que es ella?».

 

La respuesta de la pequeña fue un asentimiento firme que no dejaba espacio a las dudas. La niña dijo: «Estoy segura, es ella».

 

¿¡QUÉ CLASE DE BROMA ENFERMA ERA ESTA, O ACASO VIVÍ ENGAÑADO LA ÚLTIMA DÉCADA DE MI VIDA Y MI ESPOSA AÚN RESPIRA!?

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