Sacrifiqué a mi propia sangre y r*bé para entrar a la élite de México. Frente al altar, con mi traje de diseñador, en trar a la mujer que me dio la vida vistiendo harapos. Sus gritos revelaron las deudas y la venganza que mi sueño me tenía preparada.

El elegante olor a lirios blancos y perfumes caros me asfixiaba bajo el calor de la tarde en Monterrey. Yo, Mateo, estaba de pie en el altar del exclusivo Jardín de Eventos San Pedro, impecable en mi esmoquin Armani, a punto de jurarle amor eterno a Valeria, la caprichosa heredera de un imperio inmobiliario.

Mi sonrisa ensayada se hizo añicos cuando las enormes puertas de caoba se abrieron con un estruendo brutal, ahogando la música de los violines.

Cruzando el umbral estaba Carmen. Mi madre.

Llevaba un vestido barato y gastado en los bordes, y sus zapatos estaban cubiertos del polvo rojo y árido de la periferia. Desentonaba como una herida abierta entre la élite, que ya empezaba a murmurar con asco.

—¡Seguridad! ¿De dónde salió esta pordiosera? —rugió Don Alejandro, el arrogante padre de mi novia, tirando su champaña por la rabia sobre la alfombra.

Mi corazón amenazaba con reventarme el pecho. Sentí el sudor frío bajando por mi espalda al cruzarme con la mirada inyectada en sangre de la mujer que me dio la vida. Apreté los dientes y retrocedí.

—¡Sáquenla de aquí! ¡No conozco a esta vieja loca! —les siseé a los guardias.

Pero no hubo tiempo. Con una velocidad que solo da la desesperación, ella se abalanzó sobre el altar.

¡PÁCATELAS!.

El golpe de su mano callosa me volteó la cara. Mi labio se abrió al instante, dejando caer un hilo de sangre brillante sobre mi piel pálida, mientras la marca de sus cinco dedos me ardía. Los cientos de invitados jadearon en shock.

—¿No me conoces, infeliz? —gritó mi madre, con la voz destrozada, arrojándome al pecho unos documentos amarillentos que cayeron sobre la alfombra como hojas m*ertas.

Eran los papeles. Las pruebas de lo que hice para estar ahí. Mi respiración se cortó mientras las palabras de mi madre resonaban, pero cuando Valeria me soltó la mano con violencia, lo que me susurró al oído me heló la sangre. El engaño venía de dos frentes, y yo estaba a punto de caer en una trampa sin salida.

¿QUIÉN ERA EL VERDADERO TÍTERE EN ESTA BODA LLENA DE ENGAÑOS?

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