Mientras se duchaba, la pantalla del teléfono mostró una promesa obscena; sentí un nudo en la garganta.

—No te pongas ese vestido rojo, Mariana. Vas a parecer desesperada.

Así me habló Alejandro, mi esposo, mientras se ajustaba el reloj frente al espejo de nuestra recámara. Doce años de matrimonio resumidos en una frase fría.

Yo estaba de pie a sus espaldas, apretando la tela del vestido rojo que compré en la Roma y que nunca me animé a estrenar. Él siempre decía que era “demasiado”. Demasiado atrevido para una esposa decente.

Durante años fui la mujer correcta. La que preparaba chilaquiles verdes los domingos. La que llevaba gelatina mosaico a Coyoacán para su familia. La que le planchaba las camisas para sus “juntas interminables” y sus “viajes express a Monterrey”.

Hasta ese maldito jueves.

El ruido de la regadera sonaba de fondo. Alejandro había olvidado su celular sobre la cama. Vibró.

La pantalla se iluminó de golpe.

“Todavía siento tus besos. Mañana en el hotel de siempre, amor.”

El mensaje venía de una tal Renata.

Me quedé sin aire. El frío me subió por las piernas hasta la nuca. No grité. No rompí nada. Me sentí como si alguien me hubiera arrancado el techo y me dejara parada bajo la lluvia.

Deslicé la pantalla con dedos temblorosos. Había fotos, recibos de hoteles en Polanco, promesas s*cias.

Escuché la llave del agua cerrarse.

Dejé el teléfono exactamente donde estaba.

—¿Todo bien? —preguntó al salir, secándose el cabello con la toalla.

Lo miré directo a los ojos. Mi corazón latía en mis oídos.

—Sí —dije, sintiendo el sabor a sangre en la boca—. Todo perfecto.

Fue la primera mentira que le dije en mi vida. Esa misma madrugada, mientras él dormía tranquilo, busqué a Renata en redes. Estaba casada. Y encontré a su esposo, un hombre de ojos cansados llamado Julián.

La gran fiesta de la empresa era el viernes. Alejandro planeaba ir solo. Pero no sabía que yo tenía otros planes.

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