El aire olía a madera húmeda y a traición. Empujé la puerta lateral de mi taller con las manos temblando, sintiendo que el pecho se me cerraba de golpe.
Tenía setenta años, las manos callosas de tanto tallar cedro y nogal en Jerez, Zacatecas, y el alma rota desde que el cáncer se llevó a mi Teresa. Creí que ya nada en esta vida podía dolerme más. Me equivoqué.
Ayer, Ernesto, el esposo de mi única hija, vino al rancho. Bajó de su camioneta negra con esa sonrisa de dientes perfectos que nunca le llegó al alma. Pidió llevarse unos troncos. Entró a mi casa. Y yo, recordando la escalofriante advertencia que una anciana me había susurrado días antes en la ferretería, dejé el suelo del taller cubierto de aserrín.
“No lo barra”, me había suplicado la vieja, clavándome las uñas en el brazo. “Aunque tenga ganas. Espere a que amanezca”.
Ahora es de madrugada. El silencio en el rancho es tan pesado que lastima.
Enciendo la linterna. El haz de luz amarilla corta la oscuridad y golpea el piso dorado de aserrín.
Ahí están.
Marcadas con una claridad que me hiela la s*ngre. Dos pares de huellas. Unas de botas caras, inconfundibles. Las de Ernesto.
El sudor frío me escurre por la nuca. Sigo el rastro de las pisadas. Rodean mi mesa de trabajo y terminan justo al fondo, donde guardo un viejo baúl de mi abuelo.
El baúl está movido. Solo unos centímetros, pero lo suficiente para saber que alguien lo abrió en la oscuridad mientras yo estaba en la casa
Doy un paso al frente. El aire me falta. Alargo la mano temblorosa hacia la tapa de madera vieja. Si levanto esto, no hay vuelta atrás.
¿QUÉ FUE LO QUE ESE MONSTRUO DEJÓ ESCONDIDO ENTRE MIS COSAS PARA DESTRUIRME?
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