Un momento de distracción, una bestia salvaje sembrando el terror en el mercado y un niño paralizado por el miedo; lo que siguió me destrozó el alma.

El sonido de los cascos golpeando los adoquines en Tlaquepaque me taladró los oídos. El aire de la tarde pesaba. De la nada, un enorme caballo negro, echando espuma y con los ojos desorbitados por el pánico, reventó los puestos del mercado de artesanías.

Ahí estaba él. Mi Mateo. Doce años, flacucho, abrazando su canasta de tortillas tostadas. Congelado en la banqueta frente a la inmensa mole de músculos oscuros que traía una m*erte inminente

“¡Mateo!” El grito desgarrador de Elena, mi exesposa, rasgó el caos. Ella estaba demasiado lejos, atrapada detrás de la fruta tirada.

El fuerte olor a lodo y sudor de la bestia inundó todo. No lo pensé. Salí disparado de las sombras de esa cantina apestosa a cerveza. Empujé bruscamente a mi chamaco hacia los sacos de harina en la orilla.

La pezuña le rasgó la camiseta vieja. Yo rodé sobre la piedra caliente. El brutal impacto contra la banqueta me destrozó el brazo izquierdo. La s*ngre escurría por mi cara mientras el polvo rojo flotaba en el aire.

Elena llegó como una fiera. Revisó a su niño llorando y luego giró bruscamente hacia mí. Sus ojos inyectados en odio me atravesaron al reconocer mi rostro lleno de cicatrices después de seis años de haberme ido.

“¡Héctor!” siseó entre dientes. “¿Qué chingdos haces aquí? Ese maldito caballo es tuyo, ¿verdad? ¡Estás tan podrido que dejas que casi mte a tu hijo!”.

Su mano cruzó mi cara. Una bofetada brutal que hizo eco entre la gente. Me tragué la humillación, evadiendo su mirada. El d*lor insoportable del hueso roto me obligó a caer de rodillas.

“¡No lo toques! ¡Déjalo en paz, mamá!” El grito de Mateo me cortó la respiración. Mi chamaco se paró frente a mí, defendiendo al padre que ella odiaba.

Elena temblaba de rabia, apuntándome con el dedo. “¡Hazte a un lado! Este c*brón nos abandonó…”.

Yo jadeaba, agarrándome el brazo destrozado. Levanté la cabeza con la mirada afilada y escaneé a la multitud caótica. Las riendas no se habían soltado solas. Esto no era un accidente.

¿¡QUÉ ERA LO QUE REALMENTE VENÍA DETRÁS DE ESE CABALLO Y POR QUÉ SABÍA QUE NUESTRAS VIDAS ESTABAN A PUNTO DE ACABARSE?!

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