Se arrodilló, sosteniendo el anillo, y ella rompió a llorar, diciendo “sí”… pero esa misma noche, un mensaje de texto reveló que todo era mentira.

El asfalto de la Plaza de los Mariachis ardía bajo mis rodillas, pero el verdadero infierno comenzó cuando la caja de terciopelo rojo salió volando de mis manos tras su violento manotazo.

El costoso diamante rebotó contra la tierra y el polvo con un clic metálico. Levanté la vista, esperando encontrar lágrimas de emoción en el rostro de Valeria, pero estaba pálida como un c*dáver. Sus ojos, desorbitados por el terror, me miraban con un desprecio que me cortó la respiración de tajo.

—¿De dónde sacaste este dinero, Mateo? —gritó, su voz afilada rasgando el aire sofocante frente a nuestras dos familias—. ¡Contéstame ahorita mismo! ¿Le volviste a rbar a los mtones, verdad?.

Mi madre, doña Rosa, se llevó las manos al pecho, ahogando un grito de impacto. El calor infernal de Guadalajara de pronto se sintió como hielo.

—¡No manches! ¡Yo no le r*bé a nadie! —le respondí, con la cara ardiendo de vergüenza mientras los curiosos empezaban a rodearnos—. ¡Lo vendí! ¡Vendí el viejo taller mecánico de mi difunto papá para comprarte esta basura!.

Al soltar eso, el aire pareció congelarse. La sonrisa forzada de don Arturo, mi suegro, desapareció por completo. Las venas de su frente resaltaron antes de abalanzarse sobre mí como una bestia salvaje, agarrándome del cuello de la camisa.

—¿A quién se lo vendiste, p*ndejo? —rugió, ignorando a mi madre que suplicaba llorando—. ¡Dime ahorita mismo a quién le diste ese terreno!.

Me zafé empujándolo con fuerza, retrocediendo un paso.

—¡A los hermanos Romeros! —grité, buscando los ojos de Valeria con frustración—. ¡Lo hice por ti! ¡Por nuestra boda! ¡Por el bebé que está creciendo en tu panza!.

Ella soltó una carcajada amarga y fría que resonó en toda la plaza. Las lágrimas le escurrían, pero no eran de conmoción, sino de desesperación pura.

—¿Cuál bebé? —se burló—. ¡No hay ningún bebé, Mateo! ¡Nunca estuve embarazada, te mentí!.

Sentí que el cielo colapsaba y me aplastaba el pecho.

¿QUÉ OSCURO SECRETO ESCONDÍA ESA CRUEL MENTIRA Y POR QUÉ MI SUEGRO TEMBLABA DE TERROR AL ESCUCHAR EL APELLIDO DE LOS COMPRADORES?

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