El corrector líquido no lograba tapar el morado en mi pómulo, ni el temblor de mis manos. El sabor a metal en mi boca seguía ahí desde la noche anterior, cuando Rodrigo me aventó el maquillaje a la cara sobre nuestra cama.
—Te p*gué porque se te olvidó cuál es tu lugar —retumbaba su voz en mi cabeza, seca y sin remordimiento.
Todo porque me negué, por primera vez, a que Doña Elvira, su madre, se mudara con nosotros a nuestro departamento de la Del Valle.
A través del espejo, lo vi salir del baño. Olía a loción cara, traía su camisa perfectamente planchada y ni una sola marca en su piel. Se abrochó el reloj con calma.
—Mi mamá viene a comer pozole. Tápate eso y sonríe. No quiero tus dramas.
No lloré. Llorar hubiera sido darle la razón.
Al mediodía, el timbre sonó. Era ella, con su bolsa de pan dulce y esa mirada que siempre me escaneaba de pies a cabeza.
—Ay, mijita, ¿y esa cara? Te ves fatal —soltó Elvira mientras se sentaba a la mesa, con la lengua afilada de siempre.
Rodrigo tragaba su comida sin decir una palabra, fingiendo que la sombra oscura en mi rostro era solo un truco de la luz de la cocina. El aire pesaba.
Al terminar, él agarró su portafolio.
—Voy a la oficina. No salgas. No hagas llamadas. Y acuérdate: mi mamá se queda desde mañana.
El portazo hizo vibrar las ventanas.
Me quedé quieta, esperando escuchar el zumbido del elevador bajar. Cuando el silencio regresó, caminé directo al clóset. Mis dedos fríos buscaron entre las cobijas viejas hasta tocar el cartón rígido de una carpeta azul.
Marqué un número que me sabía de memoria.
—Ya estoy lista —susurré, con la voz rota pero firme.
Del otro lado de la línea, la respuesta del hombre me heló la sangre:
—Te esperamos en Reforma. Hoy cambia todo.
¿QUÉ IBA A PASAR CUANDO RODRIGO ABRIERA LA PUERTA DE SU PROPIA SALA DE JUNTAS Y DESCUBRIERA QUIÉN ERA YO REALMENTE?
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