El clic del cerrojo a mis espaldas fue silenciado por las risas burlonas de Javier.
El aire dentro del séptimo corral olía a tierra húmeda y encierro. Apreté el mango de mi cepillo de raíces, sintiendo cómo mi chamarra gastada del tianguis no me protegía del frío repentino que me calaba los huesos.
A través del cristal manchado, veía a los hombres grabar con sus celulares. Querían ver cómo la mujer invisible de cuarenta y dos años, la que solo servía para limpiar, se desmoronaba.
Frente a mí, Obsidiana se desprendió de las sombras.
Era una pantera negra enorme, un animal que ya había hecho retroceder a entrenadores expertos de estas instalaciones a las afueras de la Ciudad de México.
Mis manos no temblaban. Sentí mi propia respiración lenta, pesada. Obsidiana se tensó y mostró los colmillos, lista para el a*taque.
Afuera, Javier pegó la cara al vidrio, esperando la tragedia.
Dejé la cubeta en el suelo, sin prisa. Di un paso al frente y me arremangué despacio el brazo izquierdo.
Ahí estaba. Mi vieja cicatriz, una m*rdida profunda y antigua.
La pantera no rugió. Inclinó la cabeza pesadamente, dudó un segundo y soltó un sonido ronco, apoyando su peso contra mis botas.
Afuera, los celulares bajaron al unísono. La sonrisa de Javier desapareció por completo.
El silencio se volvió asfixiante, pesado, como una advertencia. El cristal nos separaba, pero ellos eran los que acababan de quedar a*trapados.
¿QUÉ CREES QUE SUCEDIÓ CUANDO EL DIRECTOR ORTEGA LLEGÓ CORRIENDO AL CORRAL Y RECONOCIÓ MI BRAZO?!
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