Una niña de nueve años me pidió que fingiera ser su padre en su ceremonia de graduación, pero la horrible verdad detrás de esa petición me dejó completamente sin palabras.

—¿Podría fingir que es mi papá… aunque sea solo por hoy?

La voz de Valentina temblaba tanto que casi no la escuché por el ruido del tráfico afuera de la primaria Benito Juárez en la Ciudad de México.

Llevaba un vestido blanco y gastado, de esos que venden en el tianguis de la colonia Doctores. Sus manos diminutas sudaban, apretando el aire, y sus labios estaban blancos por los nervios.

Me quedé congelado junto a la puerta de mi camioneta negra con chofer.

Soy Alejandro Robles, un hombre cuyo traje azul marino cuesta más de lo que mucha gente paga por un año de renta. Dirijo una cadena de hospitales privados y me he convertido en un empresario adinerado que despide gente sin parpadear.

Pero frente a esos ojos llorosos, yo no era nadie.

—Mi abuelita está muy enferma y no pudo venir —susurró, clavando la mirada en mis zapatos brillantes—. Mi mamá f*lleció cuando yo tenía cuatro años. Si entro sola, todos me van a mirar con lástima otra vez.

El viento frío de la mañana le alborotó el cabello. Yo, un hombre que p*rdió a su propia hija de seis años por leucemia y cerró su corazón con candado, sentí un nudo rasparme la garganta.

—¿Por qué me lo pides a mí? —alcancé a decir, sintiendo el pecho pesado.

Levantó la carita. Una lágrima resbaló por su mejilla sucia.

—Porque usted también parece solo.

El aire se me escapó de los pulmones. Entré con ella al festival y, cuando dijeron su nombre por el micrófono, me puse de pie en la quinta fila para gritar que esa era mi niña. Aplaudí con tanta fuerza que el auditorio entero comenzó a aplaudir con nosotros.

Ella lloró cuando la abracé al bajar del escenario. Por un segundo, mis fa*tasmas desaparecieron.

Pero la frágil ilusión se hizo pedazos en un instante.

La directora se acercó corriendo, con el rostro completamente pálido.

—Valentina… hay una mujer afuera diciendo que es tu tía y que viene a llevarte —anunció con voz tensa.

Valentina soltó su diploma, dejó escapar un grito sordo y se escondió detrás de mi saco, temblando de puro terror.

¿QUÉ OSCURO SECRETO OCULTABA ESA MUJER EN LA REJA Y POR QUÉ MI TELÉFONO COMENZARÍA A VIBRAR CON UNA ATERRADORA AMENAZA EN ESE MISMO INSTANTE?!

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