
El aire olía a tierra mojada y a cera derretida. Llevábamos casados cinco años. Cinco años viviendo bajo la sombra de un fantasma. Él siempre me aseguró que su primera esposa había fallecido poco antes de que nosotros nos conociéramos.
—¿A qué carajos quieres ir al panteón, Valeria? ¡Ya déjala en paz! —me había gritado en la cocina esa misma mañana, golpeando la mesa con tanta fuerza que el café salpicó la pared.
Sus ojos estaban inyectados en sangre. Literalmente me suplicaba que no fuera, se ponía nervioso y cambiaba de tema cada vez que lo mencionaba. Lo más perturbador de todo es que él jamás la había ido a visitar. Ni una sola vez al mes, ni al año, nunca. ¿Qué clase de hombre no va a ver a su esposa muerta?
Esa tarde, la angustia me quemaba el pecho. Salí de trabajar, compré un ramo de flores y me fui directo al panteón de su familia. Fui sola y sin decirle absolutamente nada. Caminaba despacio entre las cruces grises y el pasto seco, buscando el apellido de mi esposo en las inscripciones. El viento frío me cortaba la cara. Mis pasos resonaban en el silencio mortal del cementerio.
Llegué a la sección donde se suponía que estaba su cuerpo. Me sudaban las manos, apreté las flores contra mi pecho y di el último paso.
El corazón se me detuvo de golpe. Al ver hacia abajo, me quedé completamente paralizada. Las flores se resbalaron de mis dedos temblorosos y cayeron directo a la tierra sucia. Sentí que me asfixiaba.
PARTE 2:
El golpe sordo de las flores cayendo sobre la tierra seca resonó en mi cabeza como un disparo. Me quedé ahí, inmóvil, con el viento helado del panteón cortándome las mejillas, incapaz de procesar lo que mis ojos estaban viendo. O mejor dicho, lo que no estaban viendo.
No había ninguna tumba de su primera esposa. Nada en absoluto. Ni un monumento de mármol, ni una triste cruz de madera, ni siquiera una placa con su nombre. Solo era un maldito espacio vacío cubierto de maleza y tierra suelta.
Mi respiración se volvió errática, un silbido ahogado en mi garganta. Llevábamos casados cinco años. Cinco malditos años en los que viví respetando el recuerdo de una mujer a la que él afirmaba haber perdido. Durante todo este tiempo supe que mi esposo había tenido una esposa antes y que ella había fallecido poco antes de conocernos. Y ahora, parada en el lote familiar que él me había descrito tantas veces con lágrimas en los ojos, solo había vacío.
—No, no, no… —murmuré, frotándome los ojos con las manos temblorosas, manchándome la cara de polvo y lágrimas.
Pensé que me había equivocado de sección. Caminé tropezando con las lápidas contiguas, leyendo frenéticamente los epitafios de la familia de Mateo. Estaban sus abuelos. Estaba su tía. Pero el espacio donde debía estar ella, donde él me dijo que le llevaba flores en su aniversario de muerte antes de conocerme… estaba desierto.
Recordé su rostro en la cocina esa misma mañana. Mi esposo estaba categóricamente en contra de que yo viniera. No solo me disuadía, literalmente me suplicaba que no lo hiciera, se ponía nervioso, se enojaba, cambiaba de tema. En ese momento creí que era el dolor, que la herida seguía abierta. Lo más extraño, y lo que me carcomía por dentro, era que él mismo nunca había ido a verla. Ni una sola vez en cinco años. Ni una vez al mes, ni al año, nunca. Ahora el rompecabezas empezaba a armarse en mi cabeza con bordes afilados y envenenados.
Salí del panteón casi corriendo. Sentía que me asfixiaba, que el aire olía a mentira podrida. Llegué a mi carro, un Chevy viejo estacionado en la calle de terracería, y me encerré. El calor dentro del auto era insoportable, pero yo estaba temblando, con un frío que me calaba hasta los huesos.
Saqué mi celular del bolso. Las manos me temblaban tanto que se me cayó dos veces al tapete. Mi mente, intentando aferrarse a la cordura, buscaba una explicación lógica. Quizás la incineraron. Quizás la familia de ella se llevó el cuerpo. Quizás…
Abrí Facebook. Nunca antes había buscado a su exmujer. Nunca me metí en detalles, no pregunté demasiado, por respeto a su supuesto luto. Pero conocía su nombre completo por un viejo documento del seguro que vi una vez de reojo. Leticia Ortiz Navarro.
Escribí el nombre en la barra de búsqueda. Mi dedo dudó un segundo antes de presionar “Buscar”.
El primer resultado me detuvo el corazón. La foto de perfil era reciente. Era ella. Una mujer morena, sonriente, con el cabello recogido. Pero no fue su rostro lo que me hizo soltar un grito ahogado que rebotó en los cristales del carro. Fue la foto de portada.
En la imagen principal, Leticia sonreía frente a un pastel de cumpleaños. A su lado, abrazándola por la cintura, dándole un beso en la mejilla, estaba él. Mi esposo. Mateo.
La fecha de la publicación era de hace tres semanas.
“Festejando mis 35 con el amor de mi vida”, decía la descripción.
El teléfono se me resbaló de las manos y cayó al asiento del copiloto. Me incliné hacia el volante, agarrándome el estómago, y vomité la poca comida que tenía en el estómago sobre la alfombra del carro. Las arcadas me destrozaban la garganta. Lloré, grité, golpeé el tablero hasta que los nudillos me sangraron.
La primera esposa de mi esposo estaba viva.
No era un fantasma. No era un recuerdo trágico. Estaba respirando, celebrando cumpleaños, viviendo a unos kilómetros de distancia. Y yo… yo era la idiota, la estúpida que le lloraba a una muerta que no existía. Mi esposo vivía para dos familias. Nos mentía a las dos. De pronto, todos los viajes de negocios, las guardias nocturnas, los fines de semana donde “no tenía señal” cobraron un sentido monstruoso.
Me mintió sobre su muerte para que no surgieran preguntas. Qué plan tan enfermo, tan macabro y perfecto. ¿Quién en su sano juicio le exigiría a un viudo que hablara de su tragedia si él se mostraba devastado? Había usado a la muerte como un escudo de m*erda para tener dos camas, dos vidas, dos mujeres. Y todo este tiempo, Leticia ni siquiera sabía de mí. Yo era el secreto. Ella era la oficial. O tal vez las dos éramos unas completas engañadas.
Arranqué el coche. No veía bien el camino por las lágrimas, me pasé dos altos, un claxon de un camión urbano me zumbó en el oído, pero no me importó si me estrellaba. En ese momento, ya estaba muerta por dentro.
Llegué a nuestra casa. La casa que habíamos pintado juntos. Los muebles que habíamos elegido. Todo me daba asco. Cada rincón apestaba a él. Entré y cerré la puerta con llave. Las cortinas estaban cerradas, sumiendo la sala en una penumbra grisácea.
No empaqué. No lloré más. Las lágrimas se me secaron y fueron reemplazadas por algo mucho más oscuro, más frío. Me senté en el comedor, a oscuras, con el celular sobre la mesa, mostrando la foto de su “viudez” iluminando la madera.
Fueron tres horas de espera. Tres horas donde mi alma abandonó mi cuerpo y solo quedó un cascarón vacío.
A las 7:30 p.m., escuché la llave girar en la cerradura. La puerta crujió.
—¡Mi amor, ya llegué! —Su voz. Esa voz que amé durante cinco años sonaba relajada, casual. La voz de un monstruo.
Escuché que dejaba las llaves en el tazón de la entrada. Sus pasos se acercaron al comedor. Encendió la luz.
Parpadeó, sorprendido al verme ahí sentada, pálida, con los ojos inyectados en sangre, sin mover un músculo.
—¿Vale? ¿Qué haces ahí a oscuras? ¿Estás bien? —Se acercó a mí, con esa mirada de preocupación fingida que le salía tan natural. Trató de tocarme el hombro.
—No me toques —Mi voz no parecía la mía. Salió áspera, gutural.
Él retiró la mano, frunciendo el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes? Estás helada…
Giré la pantalla de mi celular hacia él. La foto de Leticia y él, abrazados frente al pastel. El brillo de la pantalla iluminó su rostro.
Vi cómo el color desaparecía de su piel en un microsegundo. Sus pupilas se dilataron. Su mandíbula cayó ligeramente. Fue como ver a un hombre caer por un barranco en cámara lenta. El pánico absoluto lo paralizó.
—¿Quién es ella, Mateo? —pregunté, sin levantar la voz, aunque por dentro un huracán me estaba destrozando.
Él tragó saliva con dificultad. Dio un paso atrás, como si el celular fuera radiactivo.
—Vale… yo… eso es viejo… te lo puedo explicar…
—La subió hace tres semanas, Mateo. —Me puse de pie lentamente, arrastrando la silla. El sonido raspó el silencio de la casa—. Fui al panteón hoy. Sola. Sin decirte nada. Fui a llevarle flores a tu esposa muerta. A esa pobre mujer que me hiciste creer que perdiste.
El terror en sus ojos era absoluto. Empezó a respirar rápido, moviendo las manos con desesperación.
—Por favor, escúchame. No es lo que piensas. Yo… yo te amo a ti. Ella… ella y yo estamos separados en la práctica, solo que…
—¡CÁLLATE! —El gritó me desgarró la garganta—. ¡No había ninguna tumba! ¡Nada en absoluto! ¡Estaba vacío!
Mateo se tapó la cara con las manos y soltó un sollozo. Un sollozo patético, cobarde. Se dejó caer de rodillas frente a mí.
—¡Perdóname! ¡Por favor, perdóname! —lloriqueaba, agarrándose de mis piernas. Traté de patearlo, de quitármelo de encima con asco—. ¡No sabía cómo decírtelo! Cuando te conocí, me enamoré de ti. Pero ella no me quería dar el divorcio. Tuvimos problemas, y yo solo quería empezar de cero contigo. Si te decía que era casado, te ibas a ir… ¡Tuve que inventar que había muerto!
Lo miré desde arriba, sintiendo náuseas.
—¿Cinco años, Mateo? —susurré, sintiendo que el pecho se me partía en dos—. Llevamos casados cinco años. Me casaste por el civil con documentos falsos, sobornaste a alguien, hiciste un maldito circo. Cada vez que decías que ibas a Monterrey… cada vez que te encerrabas a llorar porque “la extrañabas”… cada vez que me pedías que no hablara del tema…
—Era para protegerte… —se atrevió a balbucear.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Le solté una bofetada con tanta fuerza y con tanto odio que mi mano quedó latiendo. Mateo cayó hacia un lado, llevándose la mano a la mejilla roja.
—Eres un psicópata —escupí la palabra, sintiendo el sabor amargo de la bilis en mi boca—. Vivías para dos familias, nos mentías a las dos. Me robaste cinco años de mi vida. Me hiciste llorar por una mujer que hoy está cenando en su casa, creyendo que su esposo está trabajando.
No esperé a que se levantara. No dejé que me tocara otra vez. Fui a la recámara, agarré una maleta cualquiera y metí lo primero que encontré. Ropa, documentos, mis ahorros. Él me seguía por el pasillo, llorando, rogando, diciendo incoherencias sobre cómo íbamos a ir a terapia, cómo iba a dejar a Leticia mañana mismo.
—¡No me dejes, Vale! ¡Tú eres mi verdadera esposa!
Cerré la maleta de golpe. Me giré hacia él por última vez. La lástima que sentí al verlo arrodillado, patético, desmoronado, casi me hace reír.
—No, Mateo. Yo no soy nada tuyo. Y tú estás muerto para mí.
Caminé hacia la puerta principal. Salí a la calle y el aire frío de la noche me golpeó la cara. El cielo estaba oscuro, sin estrellas, cubierto por el smog de la ciudad. Mientras caminaba hacia mi auto, arrastrando mi maleta sobre el asfalto quebrado, la imagen de esta tarde volvió a mi mente con una claridad aterradora.
Yo, parada en ese lote de tierra seca, con las flores tiradas a mis pies.
En ese momento, de pie en el cementerio con un ramo en las manos, entendí la ironía más cruel de mi existencia: no había ido a llorarle a una mujer muerta… sino a la tumba de mi propia vida familiar. Todo lo que fui, todo lo que creí construir, se quedó ahí, enterrado bajo la nada, esperando que yo misma le pusiera una cruz y aprendiera a caminar de nuevo.