El olor a tierra mojada y s*ngre llenaba la pequeña gruta.
La lluvia golpeaba la entrada como si el cielo quisiera borrar todo rastro de nosotros en la sierra.
Yo apenas podía mantenerme consciente. El dolor me partía el brazo en dos.
Julia regresó empapada, temblando, con hojas y cortezas sucias en las manos.
—Encontré lo que pude —dijo, arrodillándose frente a mí en la tierra húmeda. —Esto te va a arder… pero te va a ayudar.
Rasgó lo que quedaba de mi camisa y empezó a limpiar la herida. Cuando esa pasta improvisada tocó mi piel, sentí que el fuego me subía hasta el cuello. Apreté los dientes hasta que me dolieron las encías.
No grité. No quería que me viera débil.
—No tienes que hacerte el fuerte —murmuró, con los ojos rojos—. Ya hiciste suficiente.
Esa frase me g*lpeó más fuerte que cualquier impacto de la noche anterior.
Porque en el fondo, yo sabía que no era cierto. Aún no estábamos a salvo.
Llevábamos horas ahí, escondidos en la penumbra. Cada sonido afuera, cada rama que se movía, nos cortaba la respiración.
Mi caballo, Trueno, resoplaba nervioso al fondo, empapado pero firme.
Entonces… los escuchamos.
Primero el rugido de los motores a lo lejos. Luego, los ladridos de los perros.
Julia se tensó de golpe y nos metimos más entre la maleza oscura de la cueva. Me apretó la mano con una fuerza que no le conocía. Sus labios estaban pálidos, resecos.
—No pueden estar lejos —se escuchó una voz ronca, demasiado cerca—. Ese viejo no aguanta mucho. La chica tampoco.
Tragué saliva con sabor a cobre.
Mi cuerpo no daba para más, pero no iba a permitir que la regresaran a ese río de cocodrilos. Acomodé mi peso sobre las piernas temblorosas.
¿QUÉ HARÍAS SI LA MUERTE RESPIRA AL OTRO LADO DE LA PUERTA Y NO TIENES A DÓNDE HUIR?
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