El ruido bullicioso del mercado público pareció apagarse por completo. El olor a cilantro, cebolla y tierra mojada fue reemplazado por el aroma a loción cara y cuero nuevo que desprendía aquel muchacho.
Mis ojos viejos y cansados no podían dar crédito a lo que tenían enfrente. Era más dinero del que yo había visto en toda mi vida sudando frente al comal. Era el equivalente a ganarse el premio mayor de la lotería.
Pero en lugar de alegría, sentí un terror primitivo. Un miedo que me caló hasta los huesos. En mi barrio, en estos pasillos olvidados por Dios, cuando un chamaquito que se fue sin nada regresa años después con autos blindados, trajes de seda y maletines llenos de efectivo, rara vez significa algo bueno.
—Julián… —balbuceé, con la voz temblando, reconociendo por fin sus ojos oscuros debajo de ese semblante de adulto.
El sudor frío me escurría por el cuello. Mis rodillas, desgastadas por décadas de estar de pie, amenazaban con doblarse.
—Muchacho, por la Virgen santísima, cierra eso. Si es dinero sucio, no lo quiero. Prefiero irme a dormir a la calle que usar s*ngre para pagar mi local.
Julián no cerró el portafolio. No le importó que su pantalón de casimir importado se manchara con el lodo y la grasa vieja del mercado. Me miró fijamente.
—No es dinero del crimen organizado, Don Beto —me dijo Julián, con una voz profunda y rasposa. —Es dinero cien mil veces más sucio.
Tragué saliva, sintiendo que el estómago se me revolvía. El dolor en mi pecho pareció detenerse por el impacto.
—¿De quién hablas, muchacho? ¿A quién le quitó esto?
Julián bajó la mirada por un segundo, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—A mi padre adoptivo, don Beto.
Me quedé paralizado. No entendía absolutamente nada. Cuando Julián era un niño que venía a mi puesto, me había jurado que era huérfano.
¿QUÉ MACABRO SECRETO ESCONDÍA ESE MALETÍN Y POR QUÉ ESE MILLONARIO ESTABA DISPUESTO A DESTRUIRLO TODO?!
Lee la historia completa en los comentarios.👇