Un simple trabajo de limpieza para salvar a mi hermano menor me llevó a la mansión más aterradora de San Pedro. Pero lo que descubrí en esa cocina me heló la sangre…

El pesado caballo de bronce impactó brutalmente contra mis costillas.

Solté la cubeta de agua sucia y me encogí en el piso de mármol frío, cerrando los ojos con fuerza para no gritar.

—¡Mateo, detente ahora mismo! —rugió la voz de Alejandro Ríos, el hombre que con solo levantar un dedo podía hacer desaparecer a cualquiera en todo Nuevo León.

Los hombres armados en la inmensa sala contuvieron la respiración. Esperaban que yo, una simple muchacha de una vecindad en Santa Catarina con el uniforme de limpieza gastado, saliera huyendo despavorida como las otras 18 niñeras.

Pero no podía irme. En mi casa, los cobradores me amenazaban a diario por los 200,000 pesos que costaba la cirugía de corazón de mi hermanito.

Ignorando el dolor punzante, abrí los ojos. El niño de cuatro años estaba frente a mí, con el rostro enrojecido, pateándome con una furia irracional. Llevaba dos años sin hablar desde aquella emboscada donde a*esinaron a su madre.

No me moví. Lentamente, me arrodillé en el suelo hasta que mi cara quedó exactamente a la altura de sus ojos embravecidos.

—Ese golpe me dolió muchísimo —le susurré, manteniendo la voz extrañamente calmada mientras él respiraba agitado como un animalito acorralado. —Para tener tanta rabia, debes cargar algo muy pesado y triste aquí adentro.

Llevé mi mano temblorosa a mi propio pecho.

El niño detuvo sus patadas de golpe. Su labio inferior comenzó a temblar violentamente y su pequeño puño se quedó congelado en el aire. En un instante inesperado, se abalanzó hacia mi cuello, aferrándose con una fuerza desesperada y soltando un llanto profundo, ahogado y lleno de dolor.

Escuché el sonido del cristal estallando en mil pedazos. Alejandro Ríos había dejado caer su vaso de whisky. Hacía dos años que su hijo no permitía que ningún ser humano lo tocara.

Esa misma noche, el Patrón liquidó mi deuda médica y me obligó a quedarme a vivir en esa imponente fortaleza para cuidar a Mateo las 24 horas.

Yo creía que mi peor problema sería lidiar con la mente rota de un niño traumatizado. Pero lo que ignoraba, era que el verdadero mnstruo de esa casa no era el dolor de Mateo, ni los negocios ocuros de su padre.

¿QUÉ FUE LO QUE DESCUBRÍ ESCONDIDA EN LA COCINA QUE ESTABA A PUNTO DE COSTARME LA VIDA?!

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