El calor del tianguis me pegaba directo en la nuca.
Llevaba a Mateo de la mano, esquivando puestos de verdura, huacales y charcos de agua sucia. Tenía la cabeza metida en las cuentas, pensando en la deuda de la renta que mi compadre Rogelio me iba a cobrar esa misma tarde.
De pronto, sentí el jalón.
Mateo, de apenas seis años, clavó los tenis en el asfalto. Sus dedos, pegajosos por un dulce de tamarindo, me apretaron con una fuerza que me asustó. Su carita estaba blanca, sin una sola gota de s*ngre.
Miraba fijo hacia la pared descarapelada de una pollería.
Ahí estaba una mujer hecha un ovillo. Traía una cobija rota, el pelo enmarañado y las uñas negras de pura tierra. Sostenía un vasito de plástico con manos que no paraban de temblar.
La gente pasaba aventándola, como si su miseria contagiara.
—¿Qué pasó, mijo? Vámonos, hay prisa —le jalé el brazo, pero él no cedió.
Levantó un dedo chiquito, tembloroso, apuntando hacia la vagabunda.
—Apá… esa es mi mamá.
Sentí que el cemento se abría bajo mis botas. Un escalofrío me subió desde la cintura hasta taparme la garganta.
—No digas locuras —le solté, sintiendo cómo se me secaba la boca—. Tu mamá está m*erta. Hace tres años que la llevamos al panteón.
Pero Mateo negó con la cabeza, con los ojos completamente inundados. Se soltó de mi agarre de un tirón.
—¡No! ¡Es ella!
Antes de que pudiera detenerlo, corrió hacia la mugre y se tiró de rodillas junto a la mujer. Ella encogió los hombros, como si esperara un g*lpe. Al ver al niño, quiso arrastrarse lejos, pero no tenía fuerzas.
Me acerqué furioso para levantarlo. Entonces, la mujer alzó la cara.
Vi sus pómulos hundidos. Sus labios partidos por el sol. Y luego… vi sus ojos.
Eran los ojos de Valeria.
Los mismos ojos que vi cerrarse en aquel ataúd barato que Rogelio me ayudó a pagar.
La mujer abrió la boca, pero no salió voz. Solo un hilo de aire frío. Mateo le acariciaba la cara llena de mugre.
¿¡QUIÉN ESTABA ENTONCES EN LA TUMBA A LA QUE LE LLEVÉ FLORES AYER?!
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