El golpe destrozó la puerta principal de madera de roble. El rugido de los motores y las luces de tres camionetas negras cegaron la sala de mi hacienda.
Instintivamente, me paré frente al sillón. Detrás de mí, temblando bajo mis camisetas que les quedaban como vestidos gigantes, estaban Ximena y Valeria. Tenían tres años, los piececitos manchados de lodo rojo y unos inmensos ojos miel, idénticos a los de mi difunta esposa. Llevaban apenas cuatro horas bajo mi techo.
Doña Leticia, mi suegra, cruzó el umbral pisando fuerte. Detrás de ella entraron cuatro policías locales y dos abogados.
La mujer miró a las niñas con un asco extremo que me heló la sangre. Luego clavó sus ojos llenos de veneno en mí.
—¡Mírate nada más! Estás loco, perdiste la cabeza —gritó Leticia, señalándome. —¡Oficiales, este hombre se r*bó a estas niñas de la calle! Su mente está destruida por el duelo, es un peligro.
El aire se me atascó en la garganta.
—¡Lárgate de mi casa! —rugí, dando un paso al frente con los puños apretados.
—Llévense a esas mocosas al orfanato —ordenó ella con cinismo—. Y preparen los papeles. Mañana mismo asumo el control de la empresa por su incapacidad mental.
Los oficiales avanzaron de golpe. Dos de ellos me sometieron contra el suelo frío, aplastándome el pecho contra la loseta.
Desde el piso, vi cómo unos brazos rudos arrancaban a las gemelas del sofá. Los gritos aterrados de las niñas me perforaron los tímpanos. Valeria lloraba a gritos, extendiendo sus manitas hacia mí
Forcejeé con todas mis fuerzas, pero la bota de un oficial me presionó la espalda. Leticia me miró desde arriba, victoriosa, mientras se llevaban a las niñas a la oscuridad.
¡¿CÓMO IBA A RECUPERAR A DOS NIÑAS INOCENTES ANTES DE QUE ESA MUJER LAS DESAPARECIERA EN UN ORFANATO PARA SIEMPRE?!
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