
El sonido de la tremenda bofetada que me dio Sofía rebotó en las paredes de esa casa abandonada en las afueras de García, Monterrey.
Sentí el ardor de sus cinco dedos marcados en mi mejilla sudada, pero el calor asfixiante de cuarenta grados no era nada comparado con el fuego que ardía en sus ojos.
“¡No manches, eres un maldito cabrón, Diego! Leo apenas tiene seis añitos, ¿cómo chingados podemos amarrar a nuestro propio hijo en ese cuarto oscuro?”.
Su voz estaba ronca de tanto gritar, las lágrimas arruinaban su rímel manchándole la cara mientras sus puños golpeaban frenéticamente mi pecho. Yo solo bajaba la mirada, evadiendo sus ojos llenos de furia.
La tomé bruscamente de las delgadas muñecas y la acorralé contra la pared de concreto agrietada. Sentía las venas del cuello a punto de reventar.
“¿Crees que yo quiero esta mamada?” siseé entre dientes. “¡Esa gente del crtel me puso una pstola en la cabeza anoche, amenazaron con desllar a toda la familia si no pago mis pinches dudas de juego de tres millones de pesos para mañana!”.
Mi padre, el viejo Arturo, prefería tirarle dinero a sus perros para que coman carne Kobe antes que salvar a su nieto. Fingir este s*cuestro era la única forma de obligar a ese rucazo a soltar la lana.
De pronto, el celular sonó y contesté temblando. Era la voz fría y despectiva de Don Arturo.
Sus palabras cayeron como un balde de agua helada. “¿Crees que soy tan pendejo? Ya mandé revisar las cámaras de la escuela, tú mismo te lo llevaste. No te daré ni un peso, ya le hablé a la policía para quitarles la custodia”.
Sofía se derrumbó en el piso de tierra sollozando a gritos y maldiciéndome. Entré en pánico. Corrí y pateé apresuradamente la puerta podrida del cuarto trasero para revisar a mi niño.
Pero el cuarto estaba completamente vacío.
El iPad de Leo yacía tirado en el suelo con la pantalla destrozada. La única ventana estaba hecha pedazos, y en los vidrios rotos había marcas de s*ngre fresca y roja.
“¡Leo! ¿Dónde chingados escondiste a mi hijo, animal?” gritó Sofía, lanzándose loca de desesperación para rasguñarme el rostro, sospechando que yo lo había vendido a una red de trata para pagar mi d*uda.
Yo la empujé tirándola al suelo, completamente aterrorizado y confundido, con la mirada fija en las manchas de s*ngre. Entonces, el teléfono de prepago que usaba para las llamadas de extorsión comenzó a sonar con un tono desconocido.
Contesté torpemente y lo puse en altavoz. Una voz ronca, mezclada con una risa siniestra resonó en el cuarto.
“Estuvo bueno tu teatrito… pero decidimos tomar nosotros el papel principal”.
Nuestra s*ngre se heló y Sofía se quedó muda por el terror absoluto al escuchar los sollozos de mi pequeño al otro lado de la línea.
“Mami, ayúdame… estos señores tienen p*stolas…”.
PARTE 2
El dolor rasgó mi antebrazo como una línea de fuego vivo. El pedazo de cristal roto que Sofía empuñaba, manchado con la sangre de la misma ventana por donde acababan de llevarse a nuestro hijo, había encontrado mi carne. No sentí el corte de inmediato, solo el impacto de su cuerpo frágil, impulsado por una rabia pura, primitiva, la furia de una madre a la que le han arrancado el corazón del pecho. Su respiración entrecortada me golpeaba el rostro, apestando a miedo, a sudor y a la bilis de la desesperación.
—¡Mátame! —le grité, mi voz quebrándose en un sollozo gutural mientras la sujetaba por las muñecas, aplastándola contra la pared de bloques de concreto desnudo—. ¡Mátame si quieres, Sofía, cabrona, hazlo! ¡Pero si nos quedamos aquí, la tira nos va a apañar y entonces sí, a Leo me lo van a mandar en pedazos!
Las sirenas ya no eran un zumbido lejano en la carretera de Monterrey-Saltillo. El sonido agudo y estridente de las patrullas rebotaba contra los cerros pelones de García, acercándose como una jauría de perros rabiosos. Las luces rojas y azules ya empezaban a parpadear, filtrándose por las grietas de la casa abandonada, pintando nuestros rostros sudorosos con destellos de urgencia. Mi padre, el gran Don Arturo, no había perdido el tiempo. El muy cabrón, con todo el poder que le daban sus millones en San Pedro Garza García, seguramente había movilizado a la policía ministerial, a los municipales, a todos, no para salvarnos, sino para aplastarme, para darme la lección final y quitarme a mi chamaco.
Pero él no sabía que el secuestro, el que nosotros habíamos planeado tan estúpidamente como un falso teatro para sacarle la lana, se había convertido en una pesadilla real.
Sofía soltó el pedazo de vidrio. El cristal tintineó al chocar contra el piso de tierra seca. Sus piernas cedieron y se deslizó por la pared hasta quedar sentada, abrazando sus rodillas, emitiendo un llanto tan profundo, tan desgarrador, que sentí cómo mi propia alma se fracturaba. Ya no me miraba con odio; me miraba con la certeza de que estábamos muertos en vida.
—Mi bebé… —susurró, con los ojos perdidos en la pantalla estrellada del iPad de Leo, tirado a unos metros—. Mi huerquito… Diego, le tienen una pistola en la cabeza. Los escuché. Escuché cómo lloraba.
—Lo vamos a recuperar, te lo juro por mi vida, mi amor, te lo juro —le dije, agachándome para levantarla a la fuerza—. Pero tenemos que pelarnos de aquí. Si la policía nos arresta por extorsión, no podré conseguir los diez millones. Y los del cártel… esos güeyes no juegan. Doce horas, Sofía. Tenemos doce horas. ¡Párate, chingado!
La jalé del brazo justo en el momento en que escuché el rechinido de las llantas de la primera patrulla frenando en la terracería frente a la casa. El polvo que levantaron entró por las ventanas sin vidrio, asfixiándonos. No teníamos tiempo de salir por el frente. Arrastré a Sofía hacia la parte trasera de la propiedad, hacia el patio baldío que conectaba directamente con el monte. García es un puto horno en esta época del año, y a las afueras, donde estábamos, no hay más que matorrales, mezquites, nopales y tierra que te quema las suelas de los zapatos.
Brincamos la barda trasera de bloques mal puestos justo cuando escuchamos las puertas de las patrullas azotarse y los gritos de los policías: “¡Policía Ministerial! ¡Salgan con las manos en alto, cabrones!”.
Aterrizamos en la maleza. Las espinas de las lechuguillas me rasgaron los pantalones y me arañaron las pantorrillas, pero la adrenalina me tenía anestesiado. Sofía tropezó y cayó de boca en la tierra, pero se levantó al instante, impulsada por un instinto animal de supervivencia. Corrimos agachados, como ratas huyendo de un incendio, adentrándonos en el monte. El calor de cuarenta grados centígrados era una manta pesada que nos ahogaba. Sentía que los pulmones me iban a estallar, el sudor me ardía en los ojos y el corte en mi brazo goteaba sangre, dejando un rastro patético en la tierra reseca.
Corrimos sin parar durante lo que parecieron horas, pero que seguramente fueron solo unos veinte minutos, hasta llegar a un arroyo seco, una zanja profunda cubierta por matorrales que nos ocultaba de la vista de la carretera y de la casa. Nos dejamos caer en el fondo de la cañada. Arriba, el cielo de Nuevo León era de un azul intenso, cruel, sin una sola nube que nos diera tregua del sol que nos rostizaba.
Sofía intentaba recuperar el aliento, temblando de pies a cabeza a pesar del calor infernal. Tenía los labios partidos y la cara llena de tierra pegada por las lágrimas. Yo saqué el celular de prepago. Mis manos temblaban tanto que casi lo dejo caer. El reloj marcaba las 3:45 p.m. Nos quedaban poco más de once horas.
—Tienes que marcarle a tu papá —dijo Sofía, su voz sonando hueca, muerta—. Tienes que rogarle. Dile la verdad. Dile que la broma se acabó. Que se lo llevaron de verdad. Es su nieto, Diego. Por más que te odie, es su sangre.
Tragué saliva, sintiendo mi garganta como papel lija. Sabía que Don Arturo me odiaba. Toda mi vida fui el hijo decepción. Él construyó un imperio inmobiliario desde cero, sudando sangre, mientras yo, el “niño fresa”, el heredero inútil, me dedicaba a tirar su fortuna en los casinos de la ciudad, en carreras de caballos, en apuestas clandestinas en San Pedro. Mi ludopatía no solo había vaciado mis cuentas, sino que había destruido la paciencia de mi padre. Hace un año me desheredó, me corrió de sus empresas y me dejó en la calle. Por eso le debía tres millones al cártel. Por pendejo. Porque creí que podía recuperar todo en una mesa de póker clandestina operada por la maña. Y ahora, mi hijo, mi Leo de seis años, estaba pagando el precio de mi maldita adicción.
Marqué el número de la oficina de mi padre. Contestó su asistente, pero exigí a gritos que me pasara con él. Hubo un silencio largo, y luego, el clic de la línea.
—Ya debes estar rodeado, escoria —fue lo primero que dijo el viejo. Su voz era hielo puro, sin una pizca de empatía—. La policía ya me reportó que entraron a la casa. Espero que te den cien años de cárcel por usar a mi nieto para tus jueguitos de extorsión.
—¡Papá, escúchame, por el amor de Dios, escúchame! —lloré. Las lágrimas brotaron sin control, derramándose por mis mejillas sucias—. ¡No es un juego! ¡Te lo juro por el alma de mi mamá, no es un puto juego! ¡Se lo llevaron!
—¿Ah, sí? ¿Quién? ¿Tus amigos imaginarios?
—¡Los de la maña, papá! ¡El cártel! —grité, apretando el teléfono tan fuerte que el plástico crujió—. Nosotros sí fingimos el secuestro al principio, te lo confieso, fui un idiota, quería sacarte el dinero para pagar mis deudas… pero cuando estábamos en la casa… alguien llegó y se llevó a Leo por la ventana. ¡Me acaban de marcar! ¡Me piden diez millones de pesos para esta noche o me lo mandan en pedazos en una hielera!
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto. Por un microsegundo, tuve la estúpida esperanza de que me había creído. De que el amor por su nieto superaría el desprecio por su hijo.
Pero Don Arturo soltó una carcajada seca, amarga.
—Eres patético, Diego. Realmente patético. ¿Crees que me chupo el dedo? ¿Ahora cambiaste el guion de tu novela barata? Como no funcionó pedir tres millones por el “secuestro”, ahora te inventas que un cártel se lo robó y pides diez. Eres la vergüenza más grande de mi vida.
—¡Papá, no mames, te lo suplico de rodillas! ¡Márcale a la policía que mandaste! ¡Diles que busquen en el cuarto de atrás, hay sangre! ¡Rompieron la ventana! ¡Te juro que no estoy mintiendo, no dejes que maten a tu nieto! ¡Te doy mi vida, mátame a mí mañana si quieres, pero mándales el dinero a esos cabrones!
—Si en verdad estás metido en un pedo con esa gente por tus putos vicios —respondió el viejo, con una frialdad que me congeló la sangre a pesar de estar a cuarenta grados—, entonces resuelve tus propios problemas como el hombrecito que nunca fuiste. Yo no negocio con terroristas, y mucho menos contigo. A mí tú ya se me moriste hace mucho tiempo.
El tono de ocupado resonó en mi oído. Colgó. Me había dejado solo.
Dejé caer el brazo, con el celular aún en la mano. Miré a Sofía. Ella había escuchado todo a través de la bocina. No lloró esta vez. Una sombra oscura, pesada, cubrió su rostro. Se puso de pie lentamente, sacudiéndose la tierra del pantalón. Se acercó a mí y me agarró por el cuello de la camisa destrozada, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su aliento caliente y desesperado.
—Escúchame bien, pedazo de basura —siseó, cada palabra cargada de un veneno que me merecía por completo—. Vas a conseguir esos diez millones. No me importa si tienes que robar, si tienes que matar, o si tienes que vender tus malditos órganos en el mercado negro. Si mi hijo no está conmigo antes de que salga el sol, la maña no te va a tener que matar. Yo te voy a cortar la garganta mientras duermes, te lo juro por mi vida. ¿Me oíste, cabrón?
—Te oí —respondí, asintiendo con la cabeza, sintiéndome el ser más minúsculo, miserable y cobarde sobre la faz de la tierra.
Tenía razón. Yo nos metí en este infierno. Yo aposté en el casino. Yo pedí dinero prestado a la gente equivocada. Yo armé el estúpido plan de fingir el secuestro. Yo traje a mi hijo a esta casa en obra negra. Yo era el verdugo de mi propia familia.
—¿A quién le debes? —preguntó Sofía, su voz cambiando de repente a un tono gélido, analítico. La desesperación la había forzado a entrar en modo de supervivencia.
—A un cabrón que le dicen ‘El Güero’, controla las plazas clandestinas allá por San Nicolás. Pero el güey no opera solo, rinde cuentas arriba, a los pesados de la letra.
—Márcales —ordenó ella.
—¿Estás loca? Si les marco sin la lana…
—¡Qué les marques, pendejo! ¡Necesitamos saber dónde lo tienen, una prueba de vida, algo! ¡Necesitamos ganar tiempo!
Con los dedos temblando, busqué en la lista de contactos de mi celular personal, el que no había usado para extorsionar a mi papá. Encontré el número de “El Güero”. Llamé. Uno, dos, tres tonos. Sudaba a mares. Finalmente, contestaron, pero no era El Güero. Era la misma voz ronca y burlona que había llamado al otro teléfono hace un rato.
—¿Qué pasó, Dieguito? ¿Ya juntaste la morralla? —dijo la voz. De fondo, podía escuchar música norteña, el sonido de vasos de vidrio chocando, y… un llanto ahogado. El llanto de un niño.
—Cabrón… por favor, déjame hablar con él. Déjame escuchar a Leo.
—El morrillo está ocupado llorando por su mamá, güey. Ya le dijimos que su papá es un pinche ludópata rajón que no quiere pagar. Pobre huerco, tener una basura como tú de jefe.
—¡Tengo el dinero! —mentí, un grito desesperado que me desgarró la garganta—. ¡Tengo la lana, cabrón! Pero mi viejo tiene la cuenta bloqueada, necesito unas horas para ir al banco, para mover las transferencias. ¡Dime dónde te veo, pero no le toquen ni un solo puto pelo a mi niño!
El hombre soltó una carcajada.
—Diez millones, Dieguito. En efectivo o en cuentas limpias, me vale madre. Te doy hasta las tres de la mañana. A esa hora me marcas a este número. Si la lana no está lista, te voy a mandar el primer regalito. A ver qué tal le quedan las manos a tu vieja sin los deditos de su chamaco.
La llamada se cortó abruptamente. El sonido del tono me zumbaba en los oídos. Tres de la mañana. Teníamos menos de once horas para conseguir diez millones de pesos. Era una cantidad imposible, absurda. Nadie te presta esa cantidad. Ningún banco te la suelta de golpe.
Me pasé las manos por la cara, ensuciándome de lodo formado por mi propio sudor y la tierra. El sol del norte seguía castigándonos sin piedad.
—Tenemos que ir a San Pedro —le dije a Sofía, levantando la mirada, con una idea tan estúpida y suicida formándose en mi cabeza que me dio vértigo de solo pensarla—. A la casa de mi papá.
Sofía me miró como si hubiera perdido la poca cordura que me quedaba.
—¿Estás pendejo? Te acaba de decir que no te va a dar ni un centavo, y de seguro tiene a la policía y a sus guaruras cuidándole la espalda.
—No se lo voy a pedir, Sofía. Se lo voy a robar.
Ella parpadeó, procesando mis palabras.
—Conozco la casa de mi papá mejor que nadie —continué, la adrenalina reemplazando lentamente al miedo, transformándose en una determinación enfermiza—. Mi viejo no confía en los bancos para todo. Hace años me enseñó la bóveda secreta que tiene detrás de la biblioteca en su despacho. Sé que guarda ahí dinero en efectivo de sus ventas de terrenos en negro, dólares, fajos enteros, joyas. Siempre presume que hay al menos tres o cuatro millones de dólares ahí dentro para cualquier “emergencia”.
—Diego, esa casa es una puta fortaleza. Viven en una colonia privada en la sierra de San Pedro. Tienen guardias armados en la caseta, cámaras, sensores de movimiento, perros. Tu papá debe tener a su equipo de seguridad en alerta máxima después de todo este desmadre. Nos van a acribillar antes de que siquiera crucemos el jardín.
—Me vale madre —dije, poniéndome de pie, ignorando el dolor punzante en mis piernas cortadas por las espinas—. Prefiero que los guardaespaldas de mi papá me metan diez balazos en el pecho a dejar que esos monstruos le hagan daño a Leo. Conozco un punto ciego por la cañada que da a la parte trasera de la mansión. Antes, cuando era adolescente y me escapaba a las pedas, por ahí metía a mis amigos. La alarma de esa ventana falla. Sé la combinación de la caja fuerte. Si entramos, agarramos el efectivo y salimos antes de que nos detecten, podremos pagar el rescate a las tres de la mañana.
Sofía se quedó callada, mirando el arroyo seco, evaluando la locura del plan. Sabía, igual que yo, que era una misión suicida. Éramos un par de civiles, agotados, sucios, sin armas, y pretendíamos infiltrarnos en una de las casas mejor vigiladas del municipio más rico de América Latina. Era absurdo. Pero era nuestra única carta.
—Si nos atrapan, Leo muere —dijo ella, con una calma espeluznante—. Si fallas la combinación de la caja fuerte, Leo muere. Si te tiembla la mano, Leo muere.
—No me va a temblar. Te lo prometo, Sofía. Todo este infierno, toda esta mierda en la que nos metí… la voy a arreglar hoy. Así me cueste la vida. Pero no vas a ir tú. Te vas a quedar en casa de tu hermana, o en un motel barato escondida. Yo haré el jale.
Ella se acercó a mí, y con una fuerza que no sabía que tenía, me soltó una bofetada con el dorso de la mano que me hizo sangrar el labio.
—Tú no decides una chingada, Diego. Ese también es mi hijo. Voy contigo. Si nos van a matar, nos morimos los dos en esa maldita casa, pero yo no me voy a quedar sentada esperando a ver si el inútil de mi esposo por fin hace algo bien en su vida.
Tragué la sangre de mi labio y asentí. No tenía fuerzas para discutir, y en el fondo, sabía que necesitaba su coraje. Yo era un cobarde que huía de sus problemas apostando; ella era una leona herida.
Tuvimos que caminar por el lecho del arroyo seco durante más de una hora para esquivar el cerco policíaco que rodeaba la casa abandonada. El sol comenzaba a bajar, pintando el cielo de Monterrey con tonos anaranjados y morados, un atardecer hermoso y brutal que contrastaba con la podredumbre de nuestra situación. Salimos a una carretera secundaria polvorienta donde pasaban camiones de carga de las pedreras.
Teníamos poco dinero en efectivo en los bolsillos, apenas unos doscientos pesos. Hicimos la parada a un camión de ruta periférica, de esos viejos y destartalados que no tienen aire acondicionado. El chofer nos miró con desconfianza, sucios, con mi ropa rota y manchada de sangre seca, pero le dimos el billete y no hizo preguntas. Nos sentamos en los últimos lugares. El olor a diésel y sudor inundaba el camión, pero al menos estábamos alejándonos de García, en dirección a la ciudad.
Mientras el autobús vibraba por la carretera, veía a Sofía por el rabillo del ojo. Estaba tiesa, mirando por la ventana hacia la nada, con los puños apretados tan fuerte que los nudillos se le ponían blancos. Yo cerré los ojos e intenté recordar la combinación de la maldita caja fuerte. 34-derecha, 12-izquierda, 56-derecha. Sí, la recordaba. Mi padre me la mostró una vez cuando estaba borracho, hace años, jactándose de su imperio.
El trayecto hacia el municipio de San Pedro nos tomó casi dos horas por el tráfico de la tarde. Bajamos en los límites, cerca del túnel de la Loma Larga, donde la miseria de la periferia se choca de frente con la opulencia del dinero viejo de Nuevo León. Ya había anochecido. Las luces de los grandes rascacielos brillaban como faros de esperanza inalcanzables.
Nos escabullimos por las calles empinadas de las colonias adineradas, manteniéndonos en las sombras de los inmensos muros cubiertos de enredaderas. A cada patrulla municipal que pasaba, nos escondíamos detrás de los contenedores de basura o bajo los árboles. Mi corazón latía a un ritmo frenético, un tamborileo constante en mis oídos.
A las nueve de la noche, finalmente llegamos a la parte trasera de la colonia privada de mi padre. El fraccionamiento estaba incrustado en la montaña de Chipinque. El muro perimetral medía al menos tres metros de alto, coronado con picos de acero y cámaras de seguridad cada cincuenta metros.
Pero yo conocía el secreto de esta montaña. Me acerqué a un denso parche de maleza cerca de un barranco, empujé las ramas y le mostré a Sofía la vieja rejilla de drenaje pluvial por donde solía escaparme de adolescente. El óxido había carcomido los barrotes lo suficiente como para ceder ante un empujón fuerte.
—Es por aquí —le susurré, sintiendo el aliento frío de la montaña contrastar con el calor que traíamos en el cuerpo.
Me tiré al suelo y jalé los barrotes con todas mis fuerzas. Mis músculos protestaron, el corte en mi brazo volvió a sangrar, manchando el óxido de rojo vivo. Con un crujido sordo, la rejilla cedió lo suficiente para que una persona delgada pasara.
Sofía me miró a los ojos. En la oscuridad, solo pude ver el brillo húmedo de sus pupilas.
—Si hay alguien ahí dentro, Diego… si tu papá está ahí… ¿qué vas a hacer? —preguntó, con un hilo de voz, dándose cuenta por primera vez de la magnitud de nuestro crimen. Estábamos a punto de asaltar la casa de mi propia sangre.
Saqué del bolsillo de mi pantalón una pesada piedra de río que había recogido en el arroyo horas antes, el único puto “arma” que tenía.
—Lo que sea necesario, Sofía. Lo que sea necesario para recuperar a Leo.
Me metí de rodillas en el oscuro túnel del drenaje, sintiendo el olor a hojas podridas y agua estancada. Detrás de mí, escuché a Sofía deslizarse por la abertura. No había vuelta atrás. Estábamos descendiendo al último círculo del infierno que yo mismo había creado, y solo esperaba que el diablo estuviera dispuesto a negociar con nuestro dolor.
El túnel de drenaje pluvial olía a muerte, a hojas podridas y a agua estancada mezclada con la tierra húmeda de la sierra de Chipinque. Arrastrarme por ese tubo de concreto de apenas ochenta centímetros de diámetro era como deslizarme por la garganta de un monstruo de piedra. La oscuridad era absoluta, espesa, casi palpable. El aire estaba tan viciado que cada respiración me quemaba los pulmones, y el eco de nuestra propia agitación rebotaba contra las paredes curvas, amplificando el sonido de nuestra desesperación.
Mis rodillas chocaban contra el cemento áspero, desgarrando la tela de mis pantalones y despellejando mi piel con cada avance. El corte que Sofía me había hecho en el brazo con el cristal roto latía al ritmo de mi corazón, dejando un rastro caliente y pegajoso sobre la piedra húmeda. Detrás de mí, podía escuchar la respiración entrecortada de mi esposa, un jadeo constante que me recordaba la magnitud de mi fracaso como hombre, como esposo y como padre.
—No te detengas, Diego… por favor, no te detengas —susurró Sofía en medio de la negrura, su voz temblando por la claustrofobia y el pánico.
—Ya casi llegamos, aguanta, mi amor. Faltan unos metros —le respondí, intentando proyectar una seguridad que estaba a años luz de sentir.
Mi mente, traicionera, comenzó a proyectar imágenes de Leo. Recordé su fiesta de cinco años, hace apenas un año, antes de que mi adicción a las apuestas se tragara nuestra vida entera. Recordé su risa cuando rompió la piñata de Spider-Man, sus manitas llenas de dulces, sus ojos grandes y oscuros mirándome como si yo fuera su superhéroe. Y ahora, por mi culpa, ese mismo niño estaba rodeado de monstruos armados del cártel, llorando aterrorizado en algún agujero de mala muerte, esperando que su padre inútil juntara diez millones de pesos para comprar su vida. Un nudo de bilis y odio hacia mí mismo me subió por la garganta. Estuve a punto de vomitar ahí mismo, en la oscuridad del tubo, pero me tragué las ganas. Tenía que ser fuerte. Era la única manera de redimirme.
De pronto, sentí una corriente de aire frío en el rostro. Habíamos llegado a la rejilla interior que daba a los inmensos jardines traseros de la mansión de mi padre. Empujé la estructura de hierro con los hombros. Estaba pesada, pero la falta de mantenimiento en esa zona oculta del jardín hizo que cediera con un crujido sordo, raspando contra el concreto. Salí primero, arrastrándome como un reptil sobre el césped perfectamente podado, húmedo por el sistema de riego automático que acababa de apagarse. Me di la vuelta y jalé a Sofía por los brazos para ayudarla a salir.
El contraste era brutal. Estábamos cubiertos de lodo, sangre seca, sudor y mierda, respirando el aire perfumado por los rosales de importación de mi padre, rodeados por la opulencia insultante de San Pedro Garza García. La mansión se alzaba frente a nosotros como una fortaleza de tres pisos, una estructura imponente de mármol, cristal templado y maderas finas, iluminada estratégicamente para resaltar su grandeza. Era un monumento al ego de Don Arturo, un recordatorio constante de todo lo que él había construido y de todo lo que yo había destruido.
Miré el reloj de mi celular, bajando el brillo de la pantalla al mínimo. Las 10:15 p.m. Nos quedaban menos de cinco horas para la puta llamada con “El Güero”.
—Agáchate y no hagas ruido —le susurré a Sofía al oído, pegando mi cuerpo al suelo mojado—. Tienen cámaras térmicas en los muros perimetrales, pero el jardín central es un punto ciego si nos mantenemos pegados a los setos de cipreses. Y reza para que los perros estén del otro lado de la propiedad.
Avanzamos a gatas, centímetro a centímetro, utilizando las sombras proyectadas por los grandes árboles como nuestro único escudo. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con tanta fuerza que temía que los guaruras pudieran escucharlo. De pronto, un chasquido metálico rompió el silencio de la noche. Era el sonido inconfundible de un radio de comunicación encendiéndose.
Me congelé. Apreté la mano de Sofía y la empujé hacia abajo, aplastándonos contra la tierra, escondidos detrás de un enorme arbusto de bugambilias.
A menos de diez metros de distancia, dos hombres vestidos con trajes tácticos negros y chalecos antibalas caminaban por el sendero de piedra laja, iluminando el camino con linternas de alta potencia. Uno de ellos llevaba colgado del hombro un rifle AR-15. Eran los escoltas privados de mi viejo, exmilitares a los que les pagaba una fortuna para mantener a la “escoria” alejada de su palacio.
—El patrón está insoportable hoy —dijo uno de los guardias, encendiendo un cigarro. El olor a tabaco rubio llegó hasta nuestras narices—. Trae un genio de la chingada desde que recibió la llamada del pendejo de su hijo en la tarde.
—Pobre güey, el Dieguito siempre fue una decepción —respondió el otro, soltando una risa rasposa que me clavó mil puñales en el orgullo—. Meterse con la maña y luego querer extorsionar a Don Arturo… Hay que ser muy imbécil. El viejo dio la orden de que, si el muchacho o alguien más se acerca a la propiedad, tiremos a dar. No quiere a la policía metida aquí, dice que él arregla sus propios asuntos.
Sofía soltó un pequeñísimo gemido ahogado por el terror, y yo le tapé la boca con mi mano llena de tierra, rogando a Dios, a la Virgen, a quien fuera, que no nos hubieran escuchado. Los guardias se detuvieron por un segundo, y el rayo de luz de la linterna barrió el jardín, pasando a escasos centímetros de nuestra posición. Sentí que me orinaba en los pantalones. Si nos descubrían, estábamos muertos, y Leo también.
El haz de luz siguió de largo. Los hombres retomaron su patrullaje, perdiéndose en la curva del jardín hacia la piscina.
Solté el aire que había estado reteniendo hasta que los pulmones me ardieron. Sofía me miró con los ojos desorbitados, temblando como una hoja en medio de un huracán.
—Ya pasaron… vamos —le indiqué con un gesto de la cabeza.
Continuamos arrastrándonos hasta llegar a la pared posterior de la mansión. Era la fachada que correspondía a la biblioteca personal de mi padre, su “santuario”. Busqué con la mirada la cuarta ventana contando desde la izquierda. Era un ventanal de marco de madera de caoba que, años atrás, descubrí que tenía el pestillo defectuoso. Don Arturo siempre se jactaba de su seguridad de última generación, pero a veces, los detalles más simples se escapan a los ojos de los millonarios.
Me puse de pie con cuidado, apoyando la espalda contra la pared de piedra. Saqué de mi bolsillo un clip que había desdoblado en el camión, y una pequeña navaja de bolsillo que llevaba en el llavero. Sofía se quedó abajo, vigilando nuestros flancos. Deslicé la navaja por la rendija del ventanal de madera, buscando el pestillo metálico, e inserté el clip para hacer palanca. Mis manos sudaban tanto que el metal se resbalaba de mis dedos.
Clack.
El sonido fue apenas un murmullo, pero para mí sonó como un disparo de cañón. El pestillo cedió. Empujé el ventanal con fuerza, rezando para que no hubiera instalado sensores de ruptura de cristal en esa ventana en específico. El marco se deslizó hacia arriba sin hacer ruido.
—Sube —le susurré a Sofía, extendiéndole la mano.
La ayudé a trepar al alféizar y luego la seguí. Una vez dentro, cerré la ventana con cuidado y bajé las pesadas cortinas de terciopelo. Estábamos adentro.
La biblioteca estaba sumida en la más profunda oscuridad, pero mis ojos, ya acostumbrados a las sombras, comenzaron a distinguir las formas. El olor era inconfundible y me golpeó con una ola de nostalgia envenenada: libros antiguos, cuero lustrado, cera de abejas y los puros Cohiba que mi padre fumaba religiosamente todas las noches. Era el olor de mi infancia, de las tardes en las que yo intentaba buscar su aprobación mientras él leía reportes financieros e ignoraba mi presencia.
Caminamos de puntillas sobre la gruesa alfombra persa que silenciaba nuestros pasos. La habitación era enorme, con estantes de caoba que iban desde el piso hasta el techo de doble altura, llenos de enciclopedias, primeras ediciones y trofeos de caza. En el centro, un inmenso escritorio de roble tallado, y detrás de él, el objetivo: un cuadro gigantesco de un paisaje de la Sierra Madre.
—¿Es ahí? —preguntó Sofía en un susurro apenas audible, señalando la pared.
—Sí —asentí, acercándome al inmenso lienzo.
Mis manos temblaban de nuevo. Descolgar ese cuadro era un sacrilegio en esta casa. Metí los dedos detrás del pesado marco de madera dorada y jalé hacia la izquierda. El mecanismo, oculto a la vista, crujió suavemente y el cuadro entero giró como una puerta secreta sobre bisagras engrasadas. Detrás de la pintura, incrustada en el concreto sólido de la pared, estaba la bóveda. Era una caja fuerte de grado bancario, de acero titanio, con un panel digital y una antigua rueda de combinación mecánica como respaldo.
—Es un monstruo de acero… Diego, dime que no olvidaste la pinche combinación —me rogó Sofía, parándose a mi lado, respirando con dificultad.
—34 derecha, 12 izquierda, 56 derecha —recité como un mantra, cerrando los ojos para visualizar los números—. Y el PIN digital es la fecha de fallecimiento de mi abuelo, 190478.
Primero tecleé los números en el panel digital. Un pitido agudo y una luz roja me indicaron que el sistema requería la doble verificación mecánica. Puse mi mano temblorosa sobre la pesada rueda de acero frío. Comencé a girarla.
Click, click, click. Hasta el 34 a la derecha.
Giré en sentido contrario. Click, click. Hasta el 12 a la izquierda.
El sudor me escurría por la frente y caía sobre el metal. Si me equivocaba en un solo dígito, el mecanismo de bloqueo de seguridad se activaría y bloquearía la puerta durante veinticuatro horas. Una alarma silenciosa también se dispararía. Nos matarían ahí mismo, y mi hijo moriría al amanecer. La presión era insoportable. Sentía que el cerebro me iba a estallar.
Último giro. Derecha. Hasta el número 56.
Clack.
El sonido metálico del cerrojo interno liberándose fue el sonido más hermoso que había escuchado en mi maldita vida. Sofía soltó un sollozo ahogado y se tapó la boca con las manos. Agarré la pesada manija de palanca y la bajé con todas mis fuerzas. La puerta de titanio se abrió lentamente, revelando el interior de la bóveda iluminado por unas tenues luces LED automáticas.
Lo que vimos nos dejó sin aliento.
Había estantes metálicos repletos de joyas, relojes Rolex, Patek Philippe, lingotes de oro puro del tamaño de mi mano… pero en los estantes inferiores estaba lo que veníamos a buscar. Pilas y pilas de billetes. Fajos inmensos de quinientos y mil pesos mexicanos, empaquetados al vacío, y ladrillos de billetes de cien dólares atados con ligas gruesas. Diez millones de pesos no eran nada en esa habitación; ahí había fácilmente cincuenta o sesenta millones en efectivo, dinero negro, no rastreable, el tesoro de un imperio forjado en la corrupción inmobiliaria.
—¡Dios mío! —exclamó Sofía, perdiendo el cuidado por un segundo—. Diego, es muchísimo.
—Saca la mochila —le ordené rápidamente, sacudiéndome el estupor.
Sofía desabrochó la chamarra que llevaba puesta y sacó una mochila deportiva de lona negra que habíamos enrollado en nuestra huida. Comenzamos a agarrar los fajos de billetes de mil pesos y los de cien dólares de manera frenética, arrojándolos dentro de la bolsa. Mis manos parecían garras. No estaba contando, solo agarraba bultos al azar. Quince fajos, veinte fajos, treinta fajos. Pesaba muchísimo. La mochila se fue llenando hasta que las costuras parecían a punto de reventar. Calculé a ojo que ahí iban al menos doce o quince millones de pesos, suficiente para saciar a los perros del cártel y tal vez, si sobrevivíamos a esto, huir lejos, muy lejos del país.
—Ya está, Diego, ya está, es suficiente —me dijo Sofía, jalándome del brazo cuando vio que mis ojos se quedaban clavados en los lingotes de oro—. ¡No te vuelvas loco, cabrón, vámonos ya! ¡Agarra la maleta!
Me colgué la pesadísima mochila a la espalda. Sentí el peso literal de la vida de mi hijo sobre mis hombros. Cerré la caja fuerte, escuchando el clic de seguridad, e intenté regresar el cuadro a su posición original.
En ese preciso milisegundo, cuando estaba a punto de encajar el cuadro en la pared… la luz de la biblioteca se encendió de golpe, inundando la inmensa sala con una luz blanca y cegadora que nos quemó las retinas.
—¿Ibas a algún lado, rata de alcantarilla?
La voz, grave, profunda y cargada de un asco infinito, resonó a mis espaldas.
Me quedé petrificado. El corazón se me detuvo, mis pulmones dejaron de funcionar. Lentamente, con las manos en alto, me di la vuelta. Sofía, a mi lado, dejó escapar un grito sofocado y retrocedió hasta chocar contra el escritorio.
Ahí estaba él. Don Arturo. Mi padre.
Llevaba puesta una bata de seda negra sobre sus pantalones de vestir, impecable a pesar de la hora. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal tallado con whisky puro, y en su mano izquierda, firme y sin que le temblara un solo músculo, nos apuntaba directamente al pecho con una pistola escuadra Colt M1911 calibre .45, chapada en oro y con cachas de marfil. Era su arma favorita, un regalo de un gobernador al que le había hecho muchos favores.
Junto a él estaba el jefe de escoltas, un mastodonte de dos metros llamado Ramiro, que ya tenía desenfundada su Glock 9mm, apuntando directo a la cabeza de Sofía.
—Papá… —logré articular, mi voz saliendo como un graznido rasposo.
—No me digas papá, pedazo de mierda —me escupió Don Arturo, dando un paso al frente. Sus ojos grises eran témpanos de hielo. No había ni una pizca de amor, ni de sorpresa, solo la fría confirmación de sus peores prejuicios sobre mí—. Sabía que eras un parásito, un ludópata sin arreglo, pero nunca imaginé que fueras tan predecible y tan estúpido como para venir a robar mi propia casa. Las cámaras térmicas del perímetro los captaron desde que salieron de ese caño podrido como las ratas que son. Los dejé entrar nada más para ver hasta dónde llegaba tu descaro.
—¡No es por descaro! —grité, ignorando el cañón de la pistola que me apuntaba. La ira de repente desplazó al miedo. Di un paso hacia él—. ¡Te lo dije por teléfono! ¡Tienen a Leo, maldita sea! ¡El cártel de San Nicolás se llevó a tu nieto! ¡Nos piden diez millones a las tres de la mañana o lo van a descuartizar! ¡Tengo el dinero ahí en la espalda, déjanos ir y te lo juro por Dios que jamás en tu puta vida me vuelves a ver la cara!
Don Arturo soltó una carcajada lúgubre que rebotó en los techos altos de la biblioteca. Bebió un sorbo de whisky con una calma desesperante.
—Ay, Diego, Diego… Sigues creyendo que soy un imbécil. Todo este teatrito para justificar tu robo. ¿Crees que no averigüé tus deudas? Le debes tres milloncitos al ‘Güero’. Tres. No diez. Te inventaste la historia del secuestro de tu propio hijo para sacarme la lana y pagar tus deudas de juego. Y ahora, como no cedí a tu extorsión telefónica, vienes a saquear mi caja fuerte con el cuento de que “la maña se lo robó de verdad”. Es una historia ridícula. Eres la decepción más grande de mi árbol genealógico.
—¡Es la verdad, Don Arturo! —gritó Sofía de pronto, dando un paso al frente y poniéndose entre la pistola y yo. Sus ojos derramaban lágrimas de pura impotencia—. ¡Su hijo es un idiota, un ludópata de mierda, y yo misma lo detesto en este momento, pero es verdad! ¡Llegamos a la casa en García y habían roto la ventana! ¡Había sangre! ¡Nos marcaron y yo escuché a Leo llorar! ¡Es su sangre la que está allá afuera a punto de ser masacrada por culpa de su maldito orgullo!
Mi padre la miró de arriba a abajo con una mueca de repugnancia.
—Tú eres otra muerta de hambre que se aprovechó de la estupidez de mi hijo para salir de la colonia popular donde naciste. No te creo una sola palabra, arribista. Y si fuera cierto, si de milagro fuera cierto que a ese niño lo tiene el cártel… entonces consideren que ya está muerto. Porque de esta casa no sale ni un solo puto peso mío para pagar las deudas de un drogadicto del juego. El dinero es mío. Yo lo sudé. Yo me partí el lomo. Y prefiero quemarlo antes de dárselo a la basura que amenaza mi tranquilidad.
Las palabras cayeron en la biblioteca como losas de cemento. Era la sentencia de muerte definitiva. Mi propio padre estaba declarando a mi hijo como un daño colateral aceptable, un sacrificio en el altar de su vanidad y su avaricia.
Me volví loco.
La cordura, el miedo, el respeto a la figura paterna… todo eso se evaporó, dejando solo un vacío ardiente que se llenó de pura rabia homicida. Ya no vi a mi padre millonario, vi a un obstáculo. Vi al verdugo de mi hijo de seis años.
En un movimiento brusco, fingí soltar la mochila para rendirme, bajando los hombros. Pero mientras la pesada maleta caía al suelo frente a mis pies, metí la mano hábilmente en mi bolsillo y saqué la pesada piedra de río que había traído desde García.
—Quítenle la maleta, Ramiro, y luego rompanle las piernas a los dos antes de llamar a la policía… —empezó a decir mi padre, bajando el cañón de la Colt un milímetro.
Esa fue mi ventana.
Con un alarido gutural, un grito que no parecía humano, me lancé hacia adelante. No fui por mi padre, fui directo hacia Ramiro, el mastodonte armado. La distancia era corta. Antes de que el jefe de escoltas pudiera levantar la Glock para dispararme a la cabeza, le estrellé la piedra de río con todas mis fuerzas, impulsado por el peso de mi propio cuerpo, directamente en la sien derecha.
El sonido del hueso crujiendo bajo la piedra fue repugnante. Ramiro abrió los ojos desmesuradamente, sus rodillas cedieron como gelatina y se desplomó como un costal de papas sobre la alfombra, soltando el arma.
—¡Hijo de tu puta madre! —rugió mi padre.
Me giré justo a tiempo para ver a Don Arturo levantando la Colt dorada, apuntando a mi cara. No dudó. Apretó el gatillo.
El estruendo en ese espacio cerrado fue ensordecedor. Un dolor candente y brutal me rozó la oreja izquierda. El disparo había fallado por milímetros, destrozando uno de los jarrones de la dinastía Ming que adornaban una repisa trasera. El sonido me dejó sordo de ese lado, pitando intensamente.
Antes de que pudiera disparar por segunda vez, Sofía actuó. Impulsada por una agilidad felina nacida del terror puro, se abalanzó sobre mi padre, agarrando con ambas manos el pesado vaso de whisky y estrellándoselo directamente en la cara. El cristal grueso estalló en mil pedazos sobre el rostro de Don Arturo, mezclando el licor ambarino con sangre al instante.
El viejo millonario soltó un grito de agonía, soltando la pistola dorada y llevándose las manos al rostro ensangrentado, tambaleándose hacia atrás hasta caer pesadamente sobre su propio escritorio de caoba.
No me detuve a mirar. La adrenalina estaba al mil por ciento. Agarré del suelo la pistola Glock que había soltado el guardia, la metí en mi cinturón, y levanté la pesada mochila negra llena con los diez millones.
—¡Vámonos, Sofía, córrele a la verga! —grité, agarrándola del brazo.
Salimos disparados de la biblioteca hacia el pasillo principal. Las alarmas de la mansión comenzaron a sonar a un volumen ensordecedor, sirenas chillonas que parpadeaban con luces rojas por todas partes. Habíamos despertado al resto de los guardias. Escuchamos gritos y pisadas pesadas bajando por las escaleras de mármol.
No podíamos salir por el frente. Corrimos hacia las puertas de cristal de la cocina trasera, que daban directo al área de la piscina y al perímetro que conectaba con la montaña. Atravesamos los ventanales justo cuando los primeros balazos comenzaron a destrozar los vidrios a nuestras espaldas. Nos estaban disparando a matar.
—¡No mires atrás, no te pares! —le gritaba a Sofía, mientras esquivábamos las reposeras y corríamos hacia el mismo jardín donde nos habíamos arrastrado antes.
Las luces de los guardias cruzaban el césped buscando nuestro rastro. El peso de la mochila era un ancla que amenazaba con tirarme al piso a cada paso, pero me obligué a correr como un animal poseído. Llegamos al muro de hiedra y nos arrojamos hacia el hueco de la rejilla de drenaje. Metí a Sofía primero a empujones y luego me deslicé tras ella, justo cuando un guardia llegó a la zona y descargó una ráfaga de AR-15 contra la maleza. Los pedazos de concreto y tierra saltaron, golpeando mi espalda y mis piernas, pero logré sumergirme en la negrura del tubo.
Nos arrastramos por ese maldito desagüe a una velocidad que desafiaba cualquier límite humano, empujados por el terror de las balas a nuestras espaldas y la esperanza enfermiza de que teníamos el billete en la mochila. Salimos por el otro lado de la barranca de Chipinque, rodando entre la maleza y cayendo por un terraplén de tierra hasta llegar a la banqueta de una de las calles exteriores.
Estábamos destrozados, sangrando, jadeando como perros moribundos, cubiertos de lodo y cristales. Sofía se dejó caer de rodillas en el asfalto, abrazándose el pecho, intentando recuperar el aire mientras sollozaba incontrolablemente.
Yo me quedé de pie, tambaleándome. Saqué el celular ensangrentado de mi bolsillo trasero.
La pantalla, astillada, se iluminó débilmente.
La 1:45 a.m.
Faltaba poco más de una hora para nuestra cita con el infierno.
Acomodé la mochila en mi hombro, sentí el peso frío de la Glock en mi cinturón y miré a Sofía a los ojos. Habíamos asaltado al hombre más poderoso de la ciudad, mi propio padre. Habíamos cruzado el punto de no retorno. Ahora, solo faltaba enfrentar al mismísimo diablo para traer a nuestro hijo de vuelta.
—Levántate, mi amor —le dije, extendiéndole la mano, con una calma espeluznante apoderándose de mí—. Tenemos el dinero. Vamos por Leo.
El asfalto de la avenida Gómez Morín estaba helado, pero mis pies ardían dentro de los zapatos destrozados. Las luces de los rascacielos de San Pedro Garza García nos miraban desde las alturas como gigantes mudos e indiferentes a nuestra desgracia. A nuestra espalda, el eco lejano de las sirenas que se acercaban a la mansión de mi padre era el recordatorio constante de que ya no éramos ciudadanos, ya no éramos una familia disfuncional con problemas de deudas; ahora éramos prófugos, criminales armados que acababan de asaltar a uno de los hombres más intocables de todo Nuevo León.
—Diego, no podemos quedarnos aquí parados —murmuró Sofía, con la voz temblorosa, mirando paranoicamente hacia ambos lados de la calle. Su rostro estaba manchado de sangre, lodo y lágrimas resecas.
Miré la pantalla astillada de mi celular: 1:52 a.m. El tiempo se nos escurría entre los dedos como arena fina. Acomodé la pesada mochila negra sobre mi hombro sano. El dolor en mi oreja izquierda, donde la bala de mi padre había pasado a milímetros de volarme la cabeza, era un zumbido constante y agudo que me mareaba. Sentía el peso frío y reconfortante de la pistola Glock de 9mm metida en la pretina de mi pantalón, presionando contra mi estómago. Jamás en mi vida había disparado un arma, pero en ese momento, estaba dispuesto a vaciarle el cargador al mismísimo diablo si se interponía entre mi hijo y yo.
A unas cuadras de distancia, vimos las luces amarillas de un taxi, un Nissan Tsuru viejo y destartalado que avanzaba lentamente buscando algún cliente de madrugada que saliera de los antros fresas de Centrito Valle. Me paré en medio de la avenida y agité los brazos frenéticamente.
El taxista frenó de golpe, rechinando las llantas, y nos miró con los ojos desorbitados. Éramos la imagen misma del terror: dos personas hechas pedazos, sucias, sangrando, saliendo de las sombras en una de las zonas más ricas del país. El chofer, un hombre mayor con bigote canoso y gorra de béisbol, tragó saliva y metió la mano debajo de su asiento, seguramente buscando un tubo o un arma para defenderse de lo que parecía un asalto inminente.
—¡Atrás, cabrón, ni te me acerques o te paso el carro por encima! —gritó el viejo a través de la ventana a medio bajar.
No tenía tiempo para negociar. Con un movimiento rápido y desesperado, abrí la mochila negra, saqué un fajo de billetes de cien dólares atado con una liga de goma gruesa y lo arrojé por la ventana entreabierta. El fajo aterrizó pesadamente en el asiento del copiloto. Eran diez mil dólares en efectivo. El taxista se quedó mudo, mirando el bulto verde como si fuera un espejismo.
—Eso es tuyo —le dije, apoyando las manos manchadas de sangre seca en el marco de la puerta—. Y te doy otro igual si nos sacas de San Pedro ahorita mismo y nos llevas a donde te diga, sin hacer una sola puta pregunta. Es de vida o muerte, jefe. Por el amor de Dios.
El hombre miró los dólares, luego nos miró a nosotros, y la avaricia, o quizás la compasión disfrazada de conveniencia, ganó la batalla. Quitó los seguros de las puertas traseras con un chasquido metálico.
—Súbanse, a la chingada. Pero si me manchan las vestiduras de sangre, me pagan el lavado —murmuró, guardándose rápidamente el fajo en la guantera.
Nos aventamos a los asientos traseros. El olor a pino artificial y cigarro rancio del interior del taxi fue lo más parecido a un santuario que habíamos sentido en todo el día.
—Arranca hacia la carretera a Saltillo, jefe. Aléjate de San Pedro, rápido —ordené, hundiéndome en el asiento mientras las patrullas comenzaban a cruzar la avenida en dirección a la colonia de mi padre.
El Tsuru aceleró, perdiéndose en el flujo escaso de la madrugada regiomontana. En el asiento trasero, Sofía y yo nos mantuvimos en un silencio sepulcral. Ella abrazaba la mochila contra su pecho como si fuera un escudo, enterrando la cara en la lona áspera, rezando en un murmullo incomprensible. Yo saqué la Glock, revisé el cargador con manos torpes pero decididas: quince balas. Le quité el seguro.
Exactamente a las 2:30 a.m., el celular de prepago vibró en mi mano, iluminando la oscuridad del vehículo. Mi corazón dio un vuelco. Contesté de inmediato y lo pegué a mi oreja buena.
—¿Qué pasó, Dieguito? ¿Ya fuiste al cajero automático o le vamos cortando una manita a tu huerco? —dijo la voz áspera y burlona de “El Güero”.
—Tengo los diez millones, cabrón —respondí, con una firmeza fría que me sorprendió a mí mismo—. Los tengo aquí conmigo, en puto efectivo. ¿Dónde te veo?
Hubo una pausa en la línea. Pude escuchar el sonido del viento y el chasquido de un encendedor.
—Vaya, vaya… el ludópata inútil resultó tener huevos. O más bien, resultó saber a quién robarle. Escúchame bien, pendejo. Vas a agarrar por la libre a Saltillo y te vas a meter por la desviación hacia las pedreras de Santa Catarina, por el camino de terracería viejo. Hay una fábrica cementera abandonada a unos cinco kilómetros hacia el monte. Vienes tú solo con la vieja. Si veo luces de chotas, si veo que me traes cola, o si me intentas hacer una jugada pendeja… le meto un plomazo a tu niño en la cabeza antes de que alcances a pestañear. Tienes treinta minutos.
—Allí estaré —dije, y la llamada se cortó.
Le di las indicaciones al taxista. El viejo asintió en silencio, pisando el acelerador a fondo. Dejamos atrás las luces de la ciudad y nos adentramos en la oscuridad devoradora del desierto y la montaña de Santa Catarina. El camino de terracería estaba destrozado, lleno de baches enormes que hacían saltar el Tsuru, levantando nubes de polvo blanco que se pegaban a los cristales.
A las 2:50 a.m., a lo lejos, divisé la silueta monstruosa de los silos de cemento abandonados, recorta contra el cielo estrellado. Había luces.
—Hasta aquí llegas, jefe —le dije al taxista cuando estábamos a unos doscientos metros—. Frena y apaga las luces.
El hombre obedeció al instante. Le lancé otro fajo de cien dólares al asiento delantero.
—Pílate de aquí. No viste a nadie, no recogiste a nadie.
—Que Dios los acompañe, muchachos —murmuró el viejo, con una mirada de auténtico terror. Apenas cerramos las puertas, dio una vuelta en U raspando los bajos del carro y se largó a toda velocidad, perdiéndose en el polvo.
Sofía y yo nos quedamos solos en medio de la inmensidad oscura. El silencio del desierto era pesado, solo interrumpido por el aullido del viento frío chocando contra el acero oxidado de la fábrica.
Caminamos hacia las estructuras. Conforme nos acercábamos, las luces altas de tres camionetas Lobo 4×4 se encendieron de golpe, cegándonos. Levanté una mano para cubrirme los ojos, mientras con la otra sujetaba la Glock detrás de mi espalda, escondida bajo la camisa. Sofía caminaba a mi lado, cargando la mochila negra con las dos manos.
—¡Hasta ahí, cabrones! —gritó una voz desde la luz—. ¡Suelten la maleta en el piso y levanten las manos!
Al menos media docena de sombras armadas con rifles de asalto AR-15 y Cuernos de Chivo (AK-47) salieron de detrás de las camionetas, rodeándonos en un semicírculo. Los punteros láser de color verde y rojo bailaban sobre nuestros pechos y frentes como luciérnagas mortales.
Un hombre alto, vestido con botas tácticas, jeans ajustados y una chamarra de cuero negra, se adelantó. Llevaba una gorra calada y una pistola escuadra fajada al frente. Era El Güero.
—Aviéntame la lana, Diego —ordenó, escupiendo un palillo de dientes al suelo polvoriento.
Sofía me miró. Yo asentí levemente. Ella dio dos pasos al frente y lanzó la pesada mochila negra, que aterrizó con un golpe sordo levantando una nube de tierra. Dos sicarios se acercaron rápidamente, apuntándonos sin parpadear mientras abrían la cremallera.
La luz de las linternas iluminó el interior de la mochila. Los sicarios se quedaron paralizados por un segundo. No había diez millones ahí. Habíamos agarrado todo lo que pudimos de la caja fuerte de mi padre. Había fácilmente quince o veinte millones, además de los fajos de dólares que se habían mezclado.
—A la madre… —susurró uno de los pistoleros, sacando un ladrillo de billetes y mostrándoselo al Güero—. Jefe, este pendejo nos trajo más de la cuenta. Hay puro verde aquí también.
El Güero se acercó, pateó la mochila para ver su contenido y luego soltó una carcajada ronca que me heló la sangre.
—No mames, Dieguito. ¿Te robaste el banco de México o qué chingados? Yo te pedí diez y me traes una mina de oro. De haber sabido que le podías sacar tanta feria a tu jefe, te cobro veinte desde el principio.
—Ahí está tu dinero, Güero. Todo lo que te debía, con intereses, y el puto rescate multiplicado —mi voz sonó firme, pero por dentro estaba temblando—. Ahora, entrégame a mi hijo. Ya.
El narcotraficante me miró con desprecio, sopesando la situación. Sabía que yo tenía la mano derecha escondida en la espalda. Él era un asesino profesional, yo era un ludópata desesperado. Sabía que si daba la orden, sus hombres nos harían picadillo en menos de un segundo.
Se hizo un silencio sepulcral, tan denso que podía escuchar el latir de la sangre en mis sienes. El Güero levantó la mano.
—Tráiganle a la criatura a este buen pagador —gritó hacia la camioneta del centro.
La puerta trasera de la Lobo se abrió. Un hombre inmenso bajó jalando del brazo a un niño pequeño.
—¡Leo! —el grito desgarrador de Sofía rompió la noche. Fue un alarido animal, crudo y lleno de agonía.
Mi niño, mi pequeño de seis años, estaba descalzo, cubierto de tierra, con la ropa sucia y la carita manchada de mocos y lágrimas secas. Cuando vio a su madre, intentó correr, pero el sicario lo sujetaba del cuello de la camisa.
—¡Suéltalo, cabrón! —grité, sacando la Glock de mi espalda y apuntando directamente a la cabeza del Güero, quitándole el seguro en un movimiento desesperado.
Al instante, el sonido ensordecedor de seis cerrojos de rifles de asalto cortando cartucho resonó en la pedrera. Todos los cañones me apuntaron. Estaba a un milisegundo de morir acribillado.
—¡Tranquilo, vaquero de mierda! —bramó El Güero, desenfundando su propia pistola a la velocidad del rayo, pero sin apuntarme. Me sonrió con una frialdad espeluznante—. Si me jalas el gatillo, te convierto a ti, a tu vieja y al huerco en coladera. Guarda esa chingadera de juguete.
Sofía se tiró al suelo de rodillas.
—¡Por favor, Diego, baja el arma! ¡Por la virgen santísima, bájala! —suplicó, llorando mares—. ¡Señor, por favor, ya tiene su dinero, tiene más de lo que pidió, déjenos ir, se lo ruego en el nombre de Dios!
Miré a Leo. Estaba aterrorizado, temblando, estirando sus manitas hacia nosotros.
Lentamente, sintiendo que me arrancaba el alma con cada milímetro, bajé la pistola y la dejé caer a la tierra.
El Güero sonrió satisfecho. Hizo un gesto con la cabeza. El sicario soltó a Leo.
El niño corrió con sus piernas delgadas tropezando en las piedras. Sofía se lanzó hacia adelante y lo atrapó en el aire, envolviéndolo en un abrazo tan fuerte que pareció fundirse con él. Enterró su rostro en el cabello sucio de nuestro hijo, sollozando, besando su frente, sus manos, su cara. Me arrodillé junto a ellos y abracé a los dos, sintiendo el cuerpo frágil de Leo temblar contra mi pecho. Estaba vivo. Lo habíamos logrado.
—Tuviste suerte, Diego —dijo la voz del Güero a mis espaldas, mientras sus hombres cargaban la inmensa mochila de billetes en la camioneta—. Pero te doy un consejo, güey. Agarra a tu familia, súbete a un puto camión, vete al sur del país o crúzate al otro lado, y no vuelvas a pisar Nuevo León en tu perra vida. Porque si la policía de Don Arturo no te encuentra primero para matarte por haberle robado su lana negra… nosotros lo haremos, nomás por deporte. Estás muerto en esta ciudad.
Las puertas de las camionetas se azotaron. Los motores rugieron, levantando una tormenta de polvo y grava que nos cubrió por completo. En cuestión de segundos, el cártel desapareció en la oscuridad de la carretera, llevándose nuestro dinero, nuestros pecados y mi deuda.
Nos quedamos solos en el desierto gélido de Santa Catarina. El silencio volvió a reinar, absoluto y aplastante.
Abrace a mi hijo con todas mis fuerzas, aspirando su olor. Miré a Sofía. Estábamos destrozados física y mentalmente. No teníamos dinero, no teníamos un hogar al que regresar, éramos los fugitivos más buscados por la policía del estado y por los sicarios de mi propio padre. Había destruido todo mi mundo, había quemado mis puentes y había traicionado a mi propia sangre por mi estúpida adicción.
A lo lejos, por encima de los majestuosos picos de la Huasteca, el cielo comenzaba a teñirse de un violeta pálido. El amanecer estaba a punto de romper la noche.
Me puse de pie, ayudando a levantar a Sofía, y levanté a mi hijo en brazos, apoyando su cabecita cansada en mi hombro sano. Ya no sentía el corte en mi brazo, ni el zumbido de la bala en mi oreja, ni el agotamiento muscular. Solo sentía la respiración tranquila de mi niño en mi cuello.
No sabía a dónde íbamos a ir. No sabía cómo íbamos a comer mañana, ni cómo íbamos a cruzar la frontera o escondernos en el sur con solo unos cuantos pesos en los bolsillos. Sabía que mi nombre, Diego, el heredero de Don Arturo, el apostador de San Pedro, acababa de morir enterrado en este desierto. De sus cenizas, nacía un fantasma, un hombre condenado a mirar por encima de su hombro hasta el último día de su existencia.
Comenzamos a caminar lentamente hacia la carretera polvorienta, dejando nuestras sombras atrás, caminando hacia la luz cruda e implacable del nuevo día. Había perdido absolutamente todo, mi identidad, mi pasado y mi futuro, pero mientras apretaba el cuerpecito de Leo contra mi pecho, supe con certeza que, por primera vez en mi miserable vida, había ganado la única apuesta que realmente importaba.