
El golpe sordo contra la pared de adobe me despertó de golpe, pero fue el chillido desgarrador lo que me heló la sangre por completo.
Desde que mamá murió, quedé completamente a merced de mi padrastro alcohólico. Esta noche, el olor a mezcal barato y a tierra seca inundaba el pasillo oscuro de la casa. Me asomé por la puerta temblando, conteniendo la respiración, y lo vi. Estaba pateando a mi perro sin piedad contra el suelo, dejándolo al borde de la muerte con cada golpe brutal.
No lo pensé dos veces. Salí corriendo de mi cuarto, agarré el cuerpo ensangrentado y flácido de mi único compañero, y crucé la puerta trasera para huir hacia la oscuridad espesa del monte detrás de la casa.
Atrás de mí, la voz de ese hombre retumbó en la noche. Estaba furioso. Escuché claramente cómo gritaba que llamaría a sus compadres para salir a cazarnos.
El aire helado de la sierra me cortaba los pulmones mientras nos adentrábamos corriendo en lo más profundo del bosque. De pronto, me detuve en seco. A lo lejos, el sonido inconfundible de unas botas aplastando la hojarasca seca y el chasquido metálico de las escopetas de caza cargándose rompieron el silencio.
Me acurruqué detrás de un viejo mezquite, apretando a mi perro tembloroso contra mi pecho, dependiendo únicamente de sus oídos heridos y nuestros instintos para sobrevivir a esta cacería. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo. Entonces, un destello de luz fría cortó la oscuridad justo frente a mi rostro…
PARTE 2
Ese destello de luz fría cortó la oscuridad justo frente a mi rostro, cegándome por una fracción de segundo. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que la mandíbula me dolió, esperando el grito, esperando el golpe físico, esperando el estruendo ensordecedor de la escopeta. El haz de luz de la linterna barata bailó sobre las ramas espinosas del viejo mezquite que nos ocultaba, iluminando el polvo seco suspendido en el aire helado de la sierra. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ellos podían escucharlo.
—¡Alumbren para allá, cabrones, hacia el arroyo seco! —retumbó la voz ronca y pastosa de mi padrastro a escasos metros de distancia.
El olor a alcohol barato, sudor y tabaco rancio llegó hasta mi escondite, arrastrado por el viento helado de la madrugada. Desde después de la muerte de mi madre, mi realidad se había reducido a esto: sobrevivir día a día viviendo con un padrastro alcohólico que me aterrorizaba. Me encogí aún más contra la tierra rasposa, sintiendo la humedad caliente de la sangre de mi perro empapando la tela delgada de mi playera. Él solía desquitar su furia conmigo, y me golpeaba frecuentemente sin piedad, pero esta noche su crueldad no tuvo límites cuando golpeó a mi perro casi hasta matarlo.
El animal en mis brazos soltó un gemido ahogado, un sonido tan débil que apenas era un suspiro quebrado. El terror me invadió. Si hacía ruido, estábamos muertos.
—Shh, shh, mi niño, aguanta, por favor —le susurré al oído, pegando mi mejilla contra su cabeza magullada, sintiendo su cuerpo temblar incontrolablemente. Le tapé el hocico con mi mano llena de tierra, rezando a la Virgen, a mi madre en el cielo, a quien fuera que pudiera escucharme en este rincón olvidado del mundo.
Los pasos se acercaron. El crujir de la hojarasca seca y las ramas rotas bajo las botas de cuero pesadas sonaba como truenos en el silencio sepulcral del monte. Eran al menos tres hombres. Al descubrir mi ausencia, mi padrastro llamó a sus cómplices con escopetas de caza para perseguirnos como si fuéramos animales salvajes.
—Si el chamaco se fue por la barranca, se va a romper el cuello —dijo una voz desconocida, rasposa y cansada—. Ya déjalo, compadre. Mañana que se le pase el susto regresa.
—¡No va a regresar, el muy infeliz! —bramó mi padrastro, y escuché el sonido metálico de su rifle al ser amartillado, un clic seco que me heló la sangre—. ¡Se llevó al chucho de mierda! ¡Búsquenlo bien, no pudo haber llegado lejos cargando esa porquería!
La luz de la linterna volvió a barrer el área, deteniéndose a escasos centímetros de mis tenis rotos. Dejé de respirar. Mis pulmones ardían exigiendo aire, pero me convertí en piedra. El tiempo se detuvo. Cada segundo era una eternidad donde revivía el infierno de esa misma noche. La imagen de mi perro siendo pateado contra la pared de adobe volvía a mi mente una y otra vez. No podía permitir que nos encontrara. Era por eso que, en un acto de pura desesperación, huí abrazando a mi perro hacia el bosque profundo detrás de la casa, buscando la protección de las sombras.
—Vámonos por la vereda de arriba, aquí no se ve nada —gruñó finalmente otro de los hombres, escupiendo al suelo—. Hace un frío del diablo.
Los pasos comenzaron a alejarse lentamente. La luz de la linterna se desvaneció, tragada por la inmensidad de la noche. Exhalé el aire que tenía retenido en un suspiro tembloroso, pero no me moví. Sabía que el peligro no había pasado. En este juego de gato y ratón en medio de la nada, un paso en falso significaba la muerte. Estábamos completamente solos, dependiendo del instinto de supervivencia y el fino oído de mi perro para mantenernos un paso por delante de la tragedia.
Esperé agazapado detrás del mezquite hasta que el frío entumeció mis piernas y el silencio de la sierra volvió a asentarse, interrumpido solo por el canto lejano de los grillos y el aullido del viento entre los nopales. Teníamos que movernos. El pueblo más cercano, San Juan de las Piedras, estaba a varias leguas atravesando la sierra. Si lográbamos llegar a la carretera estatal antes del amanecer, tal vez podría pedir ayuda a algún trailero, a alguien que nos sacara de este infierno.
Me puse de pie con cuidado, mis rodillas temblando por el esfuerzo y el terror persistente. Acomodé a mi perro en mis brazos. Pesaba más de lo que recordaba, como si el dolor lo hubiera vuelto de plomo. Su respiración era irregular, ronca.
—Vamos, Pinto. No te me vayas a morir ahorita, cabrón. No me dejes solo —le supliqué en un susurro, sintiendo cómo las lágrimas calientes me quemaban los ojos y trazaban surcos en la tierra de mis mejillas.
Comencé a caminar. La oscuridad era casi absoluta, apenas atenuada por una luna menguante que se escondía detrás de nubes grises y espesas. El terreno era traicionero. Piedras sueltas, raíces nudosas que salían de la tierra como dedos esqueléticos, y biznagas llenas de espinas que rasgaban mis pantalones y mi piel. No sentía el dolor de los rasguños; la adrenalina aún bombeaba con fuerza por mis venas.
Caminamos durante lo que parecieron horas. El cansancio empezó a cobrar su factura. Mis brazos estaban acalambrados de cargar a Pinto, y mi garganta estaba seca como la lija. De repente, Pinto se removió en mis brazos. Su cabeza, que había estado descansando pesadamente contra mi hombro, se levantó un poco. Sus orejas, una de ellas rasgada y sangrando por los golpes, se movieron espasmódicamente hacia atrás.
Emitió un gruñido bajísimo, casi imperceptible, una vibración en su pecho que sentí contra el mío.
Me detuve en seco. Me congelé en medio de la maleza. En esta oscuridad cegadora, nuestra única ventaja era él; estábamos vivos porque estábamos dependiendo del instinto de supervivencia y el fino oído de mi perro herido para advertirnos del peligro que mis ojos no podían ver.
Agudicé mis propios sentidos. Al principio no escuché nada más que el viento. Luego, el sonido inconfundible de una rama rompiéndose a mi izquierda, no muy lejos. Venían cortando camino por el monte. Mi padrastro conocía estos cerros mejor que yo; había cazado aquí toda su vida. Nos estaban flanqueando.
Me agaché lentamente, ocultándome detrás de una gran roca caliza. Apreté a Pinto contra mí. El perro no hizo otro sonido, como si comprendiera la gravedad de la situación. A lo lejos, vi el parpadeo débil de una linterna abriéndose paso entre la vegetación espesa.
—¡No se pudo haber esfumado, chingado! —escuché la voz de mi padrastro, distorsionada por la distancia y los árboles, pero cargada de un odio puro y venenoso.
Tenía que tomar una decisión. Si seguía por la vereda principal, nos alcanzarían pronto. La única opción era descender hacia la barranca, una zona escarpada, peligrosa, llena de maleza impenetrable y rocas sueltas. Era un descenso que nadie en su sano juicio intentaría de noche, pero yo no tenía opción. Era la barranca o la escopeta.
—Agárrate fuerte, Pinto —murmuré, acomodándolo mejor contra mi pecho.
Comencé el descenso. Cada paso era una apuesta contra la gravedad. Mis tenis resbalaban sobre la tierra suelta. Una vez, perdí el equilibrio y caí de sentón, resbalando varios metros por la pendiente rasposa, abrazando al perro con todas mis fuerzas para protegerlo del impacto. Las espinas de un huizache me rasgaron el brazo derecho desde el codo hasta la muñeca, pero ahogué el grito de dolor mordiéndome el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de mi propia sangre.
Llegamos al fondo de la barranca. El aire aquí era más denso, más frío y húmedo. Había un pequeño arroyo seco con piedras de río lisas y blancas que brillaban tenuemente bajo la poca luz de la luna. Mis músculos quemaban, mis pulmones exigían descanso, pero el miedo me empujaba a seguir.
Mientras caminábamos por el lecho del arroyo, mi mente comenzó a divagar, traicionándome con recuerdos de un pasado que parecía pertenecer a otra vida. Recordé a mi madre. Recordé sus manos tibias amasando la masa para las tortillas en la cocina de leña. Recordé su risa. Y luego, el recuerdo se oscureció. La enfermedad que se la llevó rápido, dejándome a la deriva. Todo cambió después de la muerte de mi madre, cuando me quedé atrapado en esa casa lúgubre, viviendo con un padrastro alcohólico que convirtió mi existencia en una pesadilla interminable.
Antes de ella morir, él era un hombre callado, severo, pero no un monstruo. El dolor o quizás su verdadera naturaleza lo consumió, y la botella de mezcal se convirtió en su única compañera. Cuando estaba borracho, yo era su saco de boxeo. Me golpeaba frecuentemente, por cualquier excusa: porque la comida estaba fría, porque lo miré mal, porque respiraba. Y Pinto… Pinto fue un cachorro callejero que rescaté de la cuneta. Fue mi único consuelo. Pero a él no le importaba; esta noche, en su arranque de locura, golpeó a mi perro casi hasta matarlo sin ninguna piedad.
Un nuevo gruñido de Pinto me sacó bruscamente de mis pensamientos. Sus músculos se tensaron bajo mis manos ensangrentadas. El perro giró la cabeza hacia atrás, mirando hacia la pendiente de la barranca por la que acabábamos de bajar.
Escuché el sonido del deslizamiento. Piedras cayendo. Habían encontrado nuestro rastro. Al ver que no estábamos en la vereda, mi padrastro llamó a sus cómplices con escopetas de caza para bajar por la misma pendiente traicionera y seguir cazándonos.
—¡Acá hay marcas en la tierra! ¡Resbaló por aquí! —gritó uno de los hombres desde arriba.
El pánico me estranguló la garganta. Estábamos atrapados en el lecho del arroyo. Si nos quedábamos aquí, nos acorralarían. Miré a mi alrededor desesperado. A mi derecha, el muro de la barranca se elevaba abruptamente, formando una pared de roca y tierra inescalable. A mi izquierda, el terreno se abría un poco, adentrándose en una zona aún más densa del bosque, un laberinto de árboles retorcidos y sombras profundas.
Corrí hacia la izquierda. Mis piernas se movían por pura inercia, tropezando con piedras ocultas en la oscuridad. El sonido de los hombres descendiendo se hacía más fuerte, sus voces resonando en las paredes del barranco.
—¡No te me vas a escapar, cabrón! —el eco de la voz de mi padrastro me persiguió como un demonio.
El bosque se hizo más espeso. Las ramas me golpeaban la cara y el pecho, pero no me detenía. No sabía hacia dónde iba, solo sabía que tenía que alejarme del arroyo. El agotamiento me estaba venciendo. La visión se me nublaba por el esfuerzo y el dolor pulsante en mi brazo rasgado.
De repente, el suelo bajo mis pies cambió. Dejó de ser tierra rocosa y se volvió suave, cubierto de una gruesa capa de hojas de pino. Habíamos llegado a la parte más alta y antigua del monte. Aquí los árboles eran gigantescos, bloqueando por completo la luz de la luna. La oscuridad era total, una negrura asfixiante que me desorientó por completo.
Pinto empezó a inquietarse. Se removía en mis brazos, emitiendo pequeños lloriqueos. Yo no podía ver nada, estaba completamente ciego. Caminaba a tientas, con una mano extendida frente a mí para no chocar contra los troncos. Cada crujido bajo mis pies sonaba ensordecedor.
Estábamos perdidos en medio de la cacería, dependiendo del instinto de supervivencia y el fino oído de mi perro para intentar encontrar una salida de esta trampa mortal. Me detuve junto al tronco masivo de un pino y me dejé caer de rodillas, exhausto. Apoyé la espalda contra la corteza áspera y coloqué a Pinto con mucho cuidado sobre mis piernas cruzadas.
Acerqué mi rostro al suyo. Podía sentir su aliento caliente, débil y con un fuerte olor a sangre. Acaricié su cabeza magullada suavemente.
—Ya casi, Pinto. Ya casi salimos de esta —le mentí en un susurro desesperado, con la voz quebrada por el llanto que ya no podía contener.
Lloré. Lloré por mi madre, lloré por mi perro, lloré por la vida que me habían robado. Las lágrimas caían sobre el pelaje sucio de Pinto. Pero el llanto duró poco. El instinto de supervivencia me obligó a tragarme la tristeza. Tenía que escuchar.
Pasaron los minutos. El silencio en este lado del bosque era profundo, pesado. Parecía que los habíamos despistado temporalmente en la oscuridad del pinar. Pero sabía que no se rendirían. Mi padrastro era un hombre terco y orgulloso; no dejaría que un niño de quince años lo humillara escapando.
Me levanté lentamente. Teníamos que seguir avanzando. La carretera no podía estar tan lejos. Recordé vagamente un viaje que hice con mi madre antes de que se enfermara; habíamos pasado por esta zona en un autobús. Había un acantilado pequeño que bordeaba la carretera estatal. Si lográbamos llegar a ese borde, estaríamos a salvo.
Caminamos durante otra eternidad, guiándonos solo por el tacto y el instinto. La pendiente del terreno comenzó a subir ligeramente. El aire se sentía más abierto, menos confinado por los árboles gigantes. Sentí un rayo de esperanza; estábamos subiendo hacia la cresta.
De repente, Pinto se irguió de golpe. A pesar de sus heridas, todo su cuerpo se tensó como la cuerda de un arco. Su cabeza apuntaba directamente hacia la izquierda, hacia una zona de matorrales densos. Emitió un gruñido bajo, continuo, un aviso claro e inconfundible.
Yo no escuchaba nada. Me detuve y contuve la respiración. Segundos después, capté el sonido. Un crujido leve, deliberado. Alguien caminaba con cautela, intentando no hacer ruido. Nos habían flanqueado de nuevo.
El terror volvió a apoderarse de mí. Estaban demasiado cerca. Miré a mi alrededor frenéticamente. Había un pequeño montículo de tierra y rocas cubierto de maleza a unos pocos metros de nosotros. Era un escondite precario, pero era lo único que teníamos.
Me arrastré hacia el montículo, cuidando cada paso, y me metí en el hueco oscuro debajo de la maleza, abrazando a Pinto para silenciar su gruñido.
Un rayo de luz cortó la oscuridad a nuestra izquierda. Era una de las linternas.
—Juraría que escuché algo por aquí —susurró una voz, no la de mi padrastro, sino la de uno de sus compadres. El hombre estaba a no más de diez metros de nuestro escondite.
—El chamaco es rápido —respondió otra voz más alejada—. Pero no puede ir muy lejos con el chucho a cuestas. Si lo vemos, ¿qué hacemos, compadre? El patrón está loco de remate hoy.
—Tú dispara al aire pa’ asustarlo. Que el patrón se encargue de darle su escarmiento. Yo no voy a ir al bote por matar a un escuincle.
El corazón me latía en la garganta. Estaban dispuestos a disparar. Todo esto era una locura. Haber huido abrazando a mi perro hacia el bosque profundo nos había puesto en la mira de hombres armados.
La luz de la linterna se acercó lentamente. El hombre caminaba buscando huellas. El haz de luz pasó por encima del montículo donde estábamos escondidos, iluminando las ramas que nos cubrían. Cerré los ojos, preparándome para ser descubierto.
Pero la luz siguió de largo. El hombre se alejó hacia la derecha, perdiéndose de nuevo en la oscuridad.
Dejamos escapar un suspiro inaudible. Pinto había dejado de gruñir, pero seguía tenso. Sabíamos que, en medio de la negrura, estábamos vivos solo porque estábamos dependiendo del instinto de supervivencia y el fino oído de mi perro para detectar a nuestros cazadores antes de que ellos nos vieran a nosotros.
Esperamos en ese hueco húmedo hasta que estuvimos seguros de que se habían alejado lo suficiente. El cielo empezaba a cambiar de color, pasando de un negro profundo a un gris azulado muy tenue. El amanecer estaba cerca. Teníamos que salir de aquí antes de que hubiera luz suficiente para que nos vieran desde lejos.
Salimos del escondite y retomamos la marcha, subiendo por la pendiente con las últimas fuerzas que nos quedaban. Mis piernas eran de plomo, mi brazo palpitaba con dolor y el frío de la madrugada me calaba hasta los huesos.
A medida que subíamos, la vegetación se volvía más escasa. Los árboles daban paso a arbustos y rocas grandes. Y entonces, lo escuché. Un sonido constante, lejano, como el rugido de un río. No era un río. Era el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. La carretera.
La adrenalina me dio un último impulso. Apreté el paso, casi corriendo a pesar del cansancio. Llegamos a la cresta del cerro y la vi. A unos cien metros más abajo, extendiéndose como una cinta negra en la luz pálida del amanecer, estaba la carretera estatal. Las luces traseras de un tráiler lejano brillaban en la distancia.
Estábamos a punto de lograrlo.
Pero la victoria se esfumó en un instante.
—¡Ahí están! —el grito desgarrador de mi padrastro resonó a mis espaldas, seguido inmediatamente por el estruendo ensordecedor de un disparo de escopeta.
Los perdigones golpearon las rocas a un par de metros de donde estábamos, haciendo saltar esquirlas de piedra. El eco del disparo rodó por la sierra, aterrador y final.
Me giré, aterrorizado. Mi padrastro estaba de pie en una formación rocosa más alta, a unos cincuenta metros de nosotros, silueteado contra el cielo gris del amanecer. Su rifle humeaba. Había descubierto nuestro intento de escape final; el muy maldito llamó a sus cómplices con escopetas de caza y nos había acorralado en el último tramo.
—¡Ni un paso más, mocoso del diablo! —bramó, apuntando de nuevo el arma hacia mí—. ¡Suelta a ese perro y ven para acá ahora mismo!
El miedo me paralizó por una fracción de segundo. La distancia a la carretera era cuesta abajo, un terreno empinado y lleno de grava suelta. Si corría, me dispararía por la espalda. Si me quedaba, me mataría a golpes, igual que lo había intentado con Pinto. Me golpeaba frecuentemente, y sabía de lo que era capaz.
Pinto en mis brazos emitió un ladrido débil pero desafiante, un sonido que le costó todas sus fuerzas. El perro giró la cabeza y hundió sus dientes en la manga de mi playera, tirando débilmente hacia abajo, hacia la carretera.
El instinto del animal me sacó del trance. No íbamos a morir aquí.
—¡No voy a volver contigo, asesino! —grité con toda la fuerza que mis pulmones me permitieron, una voz que no reconocí como mía, llena de furia y dolor contenido durante años.
Y corrí.
Me lancé cuesta abajo por la pendiente de grava, abrazando a Pinto contra mi pecho, rodando y resbalando en un intento desesperado por llegar al asfalto.
El segundo disparo de la escopeta rompió el aire.
Sentí un ardor punzante y caliente en el muslo izquierdo, como si me hubieran picado docenas de abejas al mismo tiempo, pero no me detuve. El impulso de la caída me llevaba. Tropecé, caí sobre mi hombro, rodé por la grava rasposa, pero no solté al perro.
El ruido de la carretera se hizo ensordecedor. Un tráiler enorme se acercaba, sus luces iluminando la curva.
Llegué al borde de la cuneta, cayendo pesadamente sobre la tierra seca al lado del asfalto. Me puse de pie a trompicones, ignorando el dolor ardiente en mi pierna y la sangre que empezaba a manchar mi pantalón.
Corrí hacia el medio de la carretera, cojeando, levantando un brazo cubierto de sangre y tierra, directamente hacia la luz deslumbrante del tráiler que se acercaba a toda velocidad.
El claxon del camión bramó, un sonido estridente que sacudió el suelo. Los frenos de aire chillaron violentamente, quemando llanta y dejando un olor a goma quemada en el aire frío de la mañana.
El gigantesco vehículo se detuvo chirriando a escasos metros de donde yo estaba parado, temblando, cubierto de polvo, sangre y lágrimas, aferrando el cuerpo de mi perro herido como si fuera mi propia vida.
La puerta del conductor se abrió de golpe y un hombre corpulento saltó a la carretera con una llave de cruz en la mano.
—¡¿Estás loco, chamaco pendejo?! ¡Casi te mato! —gritó el trailero, pálido del susto, acercándose a mí—. ¡Dios santo, estás sangrando! ¿Qué te pasó?
Miré hacia arriba, hacia la cresta del cerro. A la luz creciente del amanecer, ya no vi la silueta de mi padrastro. Al ver el camión y escuchar el escándalo de los frenos, probablemente él y sus hombres armados habían huido de regreso a la sierra para esconderse como los cobardes que eran.
Me desplomé de rodillas sobre el asfalto frío, sintiendo que la última gota de fuerza abandonaba mi cuerpo. Miré a Pinto. Sus ojos estaban cerrados, pero su pecho subía y bajaba rítmicamente. Estaba vivo. Habíamos sobrevivido a la cacería humana, escapando del hombre que golpeó a mi perro casi hasta matarlo.
—Ayúdame… por favor —le susurré al trailero, mi voz apenas un hilo quebradizo—. Ayude a mi perro…
El hombre tiró la llave de cruz, corrió hacia mí y me ayudó a levantarme con cuidado, sosteniendo parte del peso de Pinto.
—Súbete, chamaco. Vamos a sacarte de aquí. Te llevo a la Cruz Roja del próximo pueblo —dijo con voz suave, completamente diferente a su grito inicial.
Mientras el camión arrancaba y dejábamos atrás el monte oscuro, vi el sol asomarse por el horizonte, iluminando el paisaje árido y hermoso de la sierra que casi se convierte en nuestra tumba. Después de la muerte de mi madre, mi vida había sido un túnel oscuro, pero ahora, mirando el camino por delante, sabía que ese infierno había terminado.
Apreté a Pinto contra mí en el asiento del copiloto. Sobrevivimos. Dejamos atrás la pesadilla, y aunque nuestras heridas tardarían en sanar, éramos libres. Libres en un mundo enorme y desconocido, pero juntos, vivos y lejos de la oscuridad.