
El solazo de mayo caía a plomo, quemando la tierra colorada a 40 grados. Yo, Arturo, sentía que el sudor me cegaba, pero la verdad es que lo que me nublaba la vista eran las puras lágrimas.
Enfrente estaba la reja de fierro de nuestro rancho. El pedacito de tierra donde mi Elena y yo nos partimos el lomo toda la vida, pizcando agave de sol a sol hasta que las manos nos sangraban.
—¡Ya lléguenle de una vez, aquí nomás estorban! —nos gritó Mateo, nuestra propia sangre, el único hijo al que le dimos todo.
Había regresado de la capital sintiéndose muy fifí, con esa esposa tan presumida. Nos miraban con asco. De pronto, sentí un empujón brutal en el pecho que casi me tira al suelo. Luego, un bulto salió volando. Era nuestra ropita vieja, cayendo directo en el polvo.
Elena se agarró de mi brazo, temblando todita. Con los labios resecos, le suplicó: —Mateo, por favor, mijo… un vasito de agua.
Sentía que se me desmayaba por el calorón. Pero Mateo nos barrió con la mirada, bien frío. Escuché el rechinar de las bisagras y luego el fuerte portazo de fierro en nuestras propias caras. A las dos de la tarde nos echó a la calle. Yo sabía bien su movida: quería venderle el rancho a unos gringos para armar un hotel ecológico de lujo y hacerse millonario.
Pero mientras abrazaba a mi viejita bajo ese sol asesino y empezábamos a caminar, toqué la bolsa de mi camisa. Ahí traía doblados unos papeles que mi hijo ignoraba. Unos documentos legales que le iban a tirar todo su teatrito…
¿QUÉ SECRETO ESCONDÍAN ESOS PAPELES Y CÓMO FUE QUE ESTA TRAICIÓN SE CONVIRTIÓ EN LA PEOR PESADILLA DE MATEO?
PARTE 2: EL PESO DEL KARMA Y EL SECRETO DEL MANANTIAL
El calor de ese maldito mes de mayo nos golpeaba la nuca sin piedad. Un solazo de cuarenta grados que parecía derretir hasta las piedras del camino de terracería. Caminábamos a paso lento, arrastrando los huaraches en el polvo, sintiendo cómo se nos hacían ampollas con cada metro que avanzábamos hacia el pueblo. Estábamos completamente solos en medio de la nada, sudando a mares, con la boca seca como lija y el corazón roto en mil pedazos. Mi Elena, mi viejita hermosa, la mujer con la que había compartido el pan y la sal durante más de cuarenta años, se apoyaba en mi hombro con las pocas fuerzas que le quedaban en su cuerpecito frágil.
Sentía sus temblores. Cada respiración suya era un silbido ronco.
—Arturo… ya no doy paso, viejo. Siento que se me apaga la luz —murmuró mi viejita, tropezando con una piedra y casi yéndose de boca contra la tierra colorada.
La sostuve fuerte, apretándola contra mi pecho. Me tragué las lágrimas de pura rabia y de impotencia.
—Aguanta, mi vida, por lo que más quieras, aguanta —le supliqué, quitándome mi viejo sombrero de paja para hacerle un poco de sombra en el rostro—. Ya merito llegamos. Allá arriba hay un Dios que todo lo ve, y te juro por esta cruz que no se queda con nada de nadie. El que obra mal, se le pudre el tamal, y nuestro chamaco va a tener que rendir cuentas.
Mientras la abrazaba, mi mano rozó el bolsillo izquierdo de mi camisa de franela a cuadros, esa que ya estaba deslavada por tanto sol. Sentí el doblez rígido de unos papeles. Unos documentos que guardaba con recelo y que iban a cambiar la historia por completo. Mateo me creía un viejo ignorante, un pobre campesino que no sabía hacer la “O” por lo redondo nomás por no haber ido a la universidad, pero de tonto no tenía ni un solo pelo. La vida en el campo te enseña a leer las nubes para saber cuándo llueve, y también te enseña a leer las miradas de la gente para saber cuándo te van a chingar.
Recordé con un nudo en la garganta cómo fue que llegamos a esto. Meses atrás, cuando Mateo recién llegó de la capital con esa mujer de nariz respingada, la tal Lorena, empecé a sospechar. La muchacha nos miraba con un asco que ni disimulaba, como si oliéramos a estiércol. Se la pasaba tapándose la nariz y quejándose del polvo, del ruido de los gallos, de nuestra comida. Pero lo que me hizo abrir bien los ojos fue ver a Mateo. Mi propio hijo traía a unos licenciados de traje y corbata, midiendo el terreno a escondidas de nosotros, señalando para el norte, para el sur, y sobre todo, señalando hacia donde estaba la bomba vieja de nuestro manantial.
En estas tierras resecas de Oaxaca, el agua no vale oro; el agua vale vida. Sin agua, ni la tierra más grande sirve para otra cosa que no sea criar alacranes.
Una tarde, mientras Mateo y su mujer se fueron a tragar a un restaurante fifí al pueblo, yo agarré mi camionetita Datsun y me fui directo a la presidencia municipal, a buscar a Don Ramiro, el notario del pueblo y mi compadre de toda la vida.
—Pásale, Arturo, ¿qué milagro te trae por acá con esa cara de velorio? —me había dicho Ramiro, ofreciéndome un mezcalito que rechacé.
—Compadre, traigo una espina clavada en el pecho que no me deja ni respirar —le contesté, sentándome en la silla de cuero de su oficina—. Es el Mateo. Mi muchacho anda en malos pasos, o mejor dicho, en pasos de mucha avaricia. Quiere vender el rancho que nos costó la vida entera. Y a nosotros, su madre y a mí, nos quiere dar una patada en el trasero.
Ramiro se acomodó los lentes, frunciendo el ceño. —Pero Arturo, tú cometiste el error de poner las escrituras a su nombre hace cinco años, cuando pensaste que estabas desahuciado por lo de tu corazón. Legalmente, el chamaco es el dueño de la tierra.
—Lo sé, compadre, bien que lo sé. Fui un burro por confiar. Pero la tierra es una cosa… y el agua es otra, ¿verdad? —Lo miré a los ojos, y ahí fue cuando la idea tomó forma—. Las concesiones del subsuelo, los derechos del manantial subterráneo… esos todavía están a mi nombre. Nunca se los traspasé porque requieren otro trámite federal.
Don Ramiro abrió los ojos de par en par y una sonrisa se asomó por debajo de su bigote canoso. —Estás en lo cierto, viejo zorro. Los derechos de extracción de agua son independientes del título de propiedad de la superficie. Si tú haces un movimiento con eso, el rancho de tu hijo se convierte en un desierto inservible. ¿Qué tienes en mente?
—Quiero donarlo todo. Hasta la última gota. Pero no al gobierno, ni a ningún rico. Quiero donar los derechos a perpetuidad, irrevocables, al orfanato de la parroquia de la Madre Inés. Que esa agua sirva para los huerfanitos, para que tengan sus huertos, para que nunca pasen la sed que yo he pasado.
Y así se hizo. El papeleo fue rápido, silencioso y fulminante. Esos eran los papeles que llevaba en el bolsillo mientras arrastraba mis pies ampollados por la terracería. Mateo tenía las hectáreas, sí, pero acababa de correr a la calle al único dueño del agua.
Tardamos casi tres horas en llegar a las afueras del pueblo. Cuando por fin vimos la cúpula de la iglesia, las piernas de Elena se doblaron y caímos los dos hincados frente al portón de madera del orfanato.
—¡Madre Santísima! ¡Ayuda, hermana Carmelita, rápido, traiga agua! —se escuchó el grito desesperado de la Madre Inés al vernos tirados en el atrio, cubiertos de polvo rojo, deshidratados y con los labios partidos.
Las monjitas corrieron hacia nosotros como ángeles caídos del cielo. Nos levantaron en vilo, nos llevaron a la sombra del patio interior donde tenían unas bugambilias hermosas. Nos dieron agua a cucharaditas para que no nos ahogáramos, nos lavaron la cara, nos curaron las ampollas de los pies con pomada de tepezcohuite y nos prepararon un catre limpio con sábanas que olían a jabón Zote. Por primera vez en ese maldito día, Elena pudo cerrar los ojos y descansar en paz, sabiendo que estábamos a salvo.
Mientras nosotros recuperábamos el aliento, allá en el rancho, a unos kilómetros de distancia, la avaricia de Mateo estaba a punto de estallarle en la cara de la manera más humillante posible. El karma venía pisando fuerte.
A la mañana siguiente, tres camionetas de lujo, de esas grandotas y polarizadas, se estacionaron frente a la reja de nuestro rancho. Mateo y la presumida de Lorena estaban vestidos de punta en blanco, esperándolos con sonrisas de oreja a oreja. De las camionetas bajaron unos gringos, los inversionistas principales: Mister Smith y Mister Davis, acompañados de un séquito de ingenieros, topógrafos y abogados de la Ciudad de México.
Venían listos para cerrar el trato de sus vidas. El proyecto era ambicioso: “Eco-Resort El Manantial”, un hotel de súper lujo para extranjeros, con albercas naturales, spa, áreas verdes y campos de agave.
—Bienvenidos, gentlemen, pasen a su propiedad —decía Mateo, pavoneándose como pavo real, frotándose las manos al imaginar los millones de pesos en su cuenta bancaria.
Se sentaron bajo la sombra del viejo mezquite, en una mesa larga que Lorena había mandado a poner con manteles finos y aguas frescas.
—Well, Mateo, the land is beautiful —dijo Mister Smith en su español masticado—. Todo está listo. Aquí están los cheques de caja por el primer pago de veinte millones de pesos, y el contrato final. Sólo necesitamos que nuestros ingenieros den el último visto bueno a los anexos técnicos.
El ingeniero en jefe, un hombre serio con cara de pocos amigos, empezó a revisar los gruesos folders de la notaría y los registros municipales. Pasó una página, luego otra. De pronto, se detuvo. Frunció el ceño, acomodándose los lentes. Volvió a leer. Su cara cambió de un tono relajado a uno pálido, y luego a rojo del coraje.
—A ver, a ver… un momento, señores —interrumpió el ingeniero, levantando la mano—. Aquí hay un error gravísimo. Señor Mateo, ¿dónde están los títulos de concesión de agua actualizados?
Mateo soltó una risita nerviosa. —Ay, ingeniero, no se preocupe por pequeñeces. Todo eso venía con las escrituras del terreno. El pozo profundo está allá atrás, sacamos miles de litros diarios.
El ingeniero azotó la carpeta contra la mesa, asustando a Lorena. —¡No diga estupideces! El registro agrario y la Comisión Nacional del Agua dicen claramente que los derechos del subsuelo y la extracción del manantial fueron separados de la propiedad superficial hace un mes. ¡Usted no es dueño de una sola gota de agua de este rancho!
Mateo se puso blanco como el papel. —¿Qué? No, no, no, eso es imposible. El viejo… mi papá me dio las escrituras de todo. Él no sabe de leyes, es un ignorante. Debe ser un error administrativo.
El abogado de los inversionistas sacó rápidamente su tableta, conectada a internet, y buscó en el registro público.
—No hay ningún error —sentenció el abogado con voz gélida—. Según el folio real número 4598, el señor Arturo donó irrevocablemente el cien por ciento de los derechos de explotación acuífera al Orfanato Parroquial de Santa María. La concesión es a perpetuidad. Si nosotros construimos el hotel aquí, no podemos abrir la llave ni para lavarnos las manos sin cometer un delito federal. Nos tendrían que vender el agua ellos, y dudo mucho que una iglesia ceda. Nos está queriendo vender un maldito desierto.
Mister Smith se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás. Su cara estaba roja de furia. —¡This is a scam! ¡Un fraude! —gritó el gringo, señalando a Mateo con un dedo tembloroso—. You wasted our time! Nos hizo movilizar maquinaria, arquitectos, perdimos semanas de trabajo y millones en estudios preliminares para esta basura de tierra seca.
—Señor Smith, por favor, déjeme hablar con mi papá, yo lo arreglo, lo obligo a firmar, ¡lo demando por robo! —tartamudeaba Mateo, sudando frío, viendo cómo los billetes se le esfumaban en el aire.
—¡A mí no me hable de demandas, pedazo de estafador, porque los que lo van a demandar a usted somos nosotros! —rugió el abogado de la empresa—. Vamos a ir por daños y perjuicios, por fraude y por intento de extorsión. Vamos a embargarle hasta los calzones. ¡Vámonos, señores!
Los gringos, los abogados y los ingenieros recogieron sus cosas y se subieron a las camionetas, dejando una nube de polvo que cubrió por completo a Mateo y a Lorena.
El silencio que quedó en el rancho fue sepulcral. Mateo cayó de rodillas en la tierra suelta, agarrándose el pelo. Su plan perfecto se había ido al demonio por culpa de unos papeles que su padre, el “viejo ignorante”, había firmado en silencio.
De pronto, escuchó los pasos fuertes de Lorena. La mujer estaba roja de ira, con los puños apretados.
—¡Eres un imbécil, Mateo! ¡Un completo y reverendo imbécil! —le gritó, con la voz chillona y llena de veneno—. ¡Me dijiste que seríamos asquerosamente ricos! ¡Que nos iríamos a vivir a Cancún! ¡Y ahora resulta que no tienes ni en qué caerte muerto y nos van a meter a la cárcel por fraude!
—Mi amor, chiquita, espérate… podemos pedir un préstamo, podemos vender la tierra para siembra… —intentó agarrarle la mano, pero ella lo rechazó con asco.
—¡Suéltame, muerto de hambre! ¿Para siembra? ¿Sin agua? ¡A ver quién te compra pura pinche tierra seca! Yo no me casé para ser la esposa de un granjero quebrado. ¡Ahí te quedas con tu ruina!
Esa misma tarde, Lorena empacó sus maletas de diseñador, pidió un taxi desde el pueblo, y se largó para no volver a pisar Oaxaca jamás. Dejó a Mateo completamente solo, en un rancho inmenso, polvoriento y sin una sola gota de agua para beber.
Los meses pasaron y la justicia divina empezó a cobrar la factura con intereses. Los abogados de los gringos no se anduvieron por las ramas. Lo demandaron por fraude y daños. Como Mateo no tenía ni un quinto partido por la mitad para defenderse en los juzgados, las cuentas bancarias le fueron congeladas. Luego vinieron los embargos. Le quitaron la camioneta del año, los muebles, los pocos ahorros que le quedaban de la capital. El rancho fue confiscado por el banco, pero al no tener agua, nadie lo quiso comprar en los remates. Se quedó ahí, abandonado, llenándose de maleza y víboras, como un monumento a la avaricia de un mal hijo.
Mateo intentó buscar trabajo en el pueblo, pero las noticias corren rápido en los lugares chicos. Todo mundo sabía lo que nos había hecho a su madre y a mí. Nadie quiso contratar al hijo que corrió a sus padres al desierto. Lo veían como a un apestado. Las deudas lo fueron acorralando, la desesperación se lo comió vivo, y poco a poco, encontró refugio en la botella de aguardiente barato.
Mientras el mundo de Mateo se desmoronaba hasta convertirse en cenizas, el nuestro, irónicamente, comenzó a florecer como nunca.
La donación del agua fue la salvación del orfanato. Cuando la Madre Inés tuvo los papeles legales, el gobierno municipal y unas fundaciones de ayuda voltearon a ver a la parroquia. Con el agua asegurada, construyeron un sistema de riego maravilloso.
Elena y yo nunca nos fuimos de ahí. Nos adoptaron como a los abuelos de la casa. Yo me convertí en el encargado de los huertos. Con el agua cristalina del manantial, le enseñé a los huerfanitos a sembrar rábanos, tomates, chiles y maíz. Era una chulada ver a los chamacos correr entre los surcos mojados, riendo a carcajadas, llenándose las manos de lodo. Mi Elena recuperó el color en las mejillas. Se la pasaba en la cocina enorme de la parroquia, haciendo tortillas a mano, guisando mole y cantando alabanzas con las monjitas. Estábamos rodeados de más de treinta niños que nos decían “Abuelo Arturo” y “Abuela Elenita”. Ya no teníamos que partirnos el lomo bajo el sol para sobrevivir. Estábamos tranquilos, llenos de paz, de comida caliente y sobre todo, llenos de amor y respeto. En el pueblo entero nos saludaban, nos quitaban el sombrero a nuestro paso. Éramos felices, mucho más de lo que fuimos en aquel rancho lleno de soledad.
Un día, ya a finales de noviembre, cuando el clima estaba más fresco, Elena y yo fuimos caminando al mercado del pueblo para comprar piloncillo y canela para el atole de los niños.
Íbamos agarrados del brazo, caminando despacito por la plaza principal. De pronto, cerca de los botes de basura de la presidencia, vi un bulto. Era un hombre sucio, con la ropa hecha harapos, los zapatos rotos y una barba crecida y enmarañada. Estaba sentado en el suelo, estirando una mano temblorosa, pidiendo unas monedas a los que pasaban, quienes lo miraban con desprecio y se cruzaban de calle.
El corazón me dio un vuelco en el pecho. Me paré en seco. Elena sintió mi tensión, miró hacia donde yo miraba y soltó un jadeo ahogado, llevándose las manos a la boca.
Era Mateo.
Mi hijo. Mi propia sangre. El mismo hombre que se sentía rey de la montaña, el que nos empujó a la calle y nos negó un vaso de agua, ahora estaba ahí, hundido en la miseria más absoluta, apestando a alcohol y a derrota.
Mateo levantó la mirada lentamente. Sus ojos, rojos, hinchados y vacíos, se encontraron con los míos. Reconoció mis huaraches, reconoció el chal de su madre. La vergüenza le golpeó el rostro como una cachetada física. Trató de esconder la mano con la que pedía limosna, bajó la cabeza y empezó a llorar de forma silenciosa, con los hombros temblando.
Fue el momento más difícil de mi vida. Las tripas se me retorcían. Una parte de mí, el padre, quería correr a abrazarlo, a levantarlo del polvo. Pero luego recordé el portazo. Recordé a mi vieja casi desmayada por la deshidratación a 40 grados. Recordé que si él hubiera podido, nos habría dejado morir bajo el sol con tal de cobrar sus cheques de millones de pesos.
Él había tomado su camino, y la vida se lo había cobrado con creces.
Mateo levantó la cara de nuevo, llorando, y con los labios resecos y partidos, articuló una palabra sin sonido, un ruego silencioso: “Perdón”.
Apreté la mano de Elena. Ella estaba llorando, rodando lágrimas por sus mejillas arrugadas, pero para mi sorpresa, no corrió hacia él. Simplemente asintió con la cabeza, una despedida muda y triste.
Lo miré fijamente a los ojos. No había odio en mi mirada, pero tampoco había salvación. Saqué de mi bolsillo un billete de cien pesos, me acerqué unos pasos y lo dejé caer suavemente en su sombrero sucio que estaba en el suelo. Era la limosna para un extraño.
—Que Dios te perdone y te ayude a encontrar el camino, muchacho. Porque en nuestra mesa, la silla que te tocaba ya está ocupada por niños que sí saben dar las gracias —le dije con voz firme, sin quebrarme.
Me di media vuelta, tomé del brazo a mi esposa, y seguimos caminando hacia el mercado, dejando atrás al fantasma del hijo que alguna vez tuvimos.
Al final, la tierra roja de Oaxaca no se queda con los secretos de nadie. La avaricia seca el alma más rápido que el sol del desierto seca los charcos. Perdimos un rancho de polvo, perdimos a un hijo corrompido por el dinero, pero ganamos una familia inmensa de treinta niños, ganamos noches de sueño tranquilo y, sobre todo, recuperamos nuestra dignidad. Porque el agua siempre, tarde o temprano, encuentra la manera de limpiar la verdad y ahogar a los malagradecidos.
FIN