Vi a un hombre maltratado rompiendo latas en la calle, y mi mundo se derrumbó al reconocer a mi exmarido. Su humillación ocultaba una traición familiar que jamás imaginé. Quise darle limosna a un indigente en la acera, bajo el sol abrasador, y terminé llorando de rabia al darme cuenta de que era Roberto; el hombre que amaba estaba pagando un precio terrible por mi culpa.

El claxon del taxi me reventó los oídos, pero mis manos seguían congeladas en el volante de mi camioneta sobre plena avenida Cuauhtémoc. A solo unos metros, bajo el sol hirviente de mediodía, un hombre encorvado aplastaba una lata de refresco con la suela del zapato.

Llevaba un costal negro al hombro y una playera percudida que alguna vez fue blanca.

Frené de golpe frente a una farmacia. Bajé temblando y mis tacones golpearon la banqueta caliente.

—¿Roberto? —la palabra se me atoró en la garganta.

El hombre levantó la mirada y sentí que el piso se abría bajo mis pies. Eran sus ojos cafés, pero hundidos, cansados, rodeados de arrugas que no recordaba. No era un indigente cualquiera. Era mi exesposo. El profesor de historia más querido de la secundaria privada donde ambos dimos clases. El hombre impecable que planchaba sus camisas los domingos y siempre olía a loción de cedro.

Al verme, no sonrió; se asustó. Apretó su costal y quiso irse rápido por una callecita junto a un puesto de tacos.

—¡Roberto, espera! —grité, corriéndolo a alcanzar antes de que cruzara

—Déjame, Mariana —murmuró sin mirarme—. No tienes por qué verme así.

Saqué billetes de mi bolsa, dinero que pensaba usar para comer en Polanco. Le rogué que aceptara, que fuéramos a un hotel para comprarle ropa y comida.

—No quiero tu dinero —dio un paso atrás—. Vivo en un albergue por la Merced. Junto latas, las vendo y compro comida.

Su dignidad me dolió más que su ropa sucia. Terminé rogándole que subiera a mi camioneta, aunque él se negaba diciendo que ensuciaría los asientos y que mi nuevo marido se enojaría.

Lo llevé a una cafetería pequeña en la Narvarte. Bebía su café con leche y comía un pan dulce como si no hubiera probado nada caliente en semanas.

—¿Por qué acabaste así? —le pregunté, sintiendo las lágrimas quemarme.

Él bajó la mirada hacia sus manos maltratadas.

—Hice lo que tenía que hacer.

—¿Qué significa eso?

Se levantó de golpe de la mesa.

—Pregúntale a tu familia.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome con la sangre helada.

¿QUÉ TENÍA QUE VER MI PROPIA SANGRE CON SU DESGRACIA EN LAS CALLES?

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