
El sol picaba con rabia allá en la sierra, de esos calores secos que te parten los labios y te roban la saliva. Me llamo Carmen. Traía mi panza de ocho meses a cuestas y un nudo en la garganta al ver a nuestro viejo caballo tirado a la mitad del camino de terracería, ya sin aire, sin fuerzas. No daba para más.
Volteé para atrás. En la carreta iban mis viejos. Mi apá, con su sombrero de palma todo deshilachado y su rostro curtido por los años, se agarraba de las maderas temblando como hoja. Mi amá, descalza y con su rebozo gastado, apenas y jalaba aire. Estaban muy malos, y en la ranchería nos cerraron las puertas de lámina en las narices. Nadie nos quiso echar la mano; los vecinos nos dejaron tirados a nuestra suerte.
Me limpié el sudor con la manga de mi vestido de manta áspera y acomodé mis manos, ya todas llenas de callos y ampollas, en la madera de la carreta. Jalé con el alma entera. Las ruedas rechinaron contra las piedras sueltas. Sentí un jalón feo en la espalda baja y mi criaturita empezó a patear recio, con desesperación, como sintiendo el terror de quedarnos ahí.
—Ya, mija, déjalo… aquí nos quedamos nosotros —me rogó mi apá con la voz quebrada, casi en un susurro.
—¡Ni madres, apá! ¡No los voy a dejar botados! —le grité, tragando polvo y con los ojos aguados.
El peso era un infierno. Mis huaraches se resbalaban en la tierra reseca. Cada paso era una punzada que me subía desde las piernas. De pronto, la rueda derecha topó duro con una piedrota. La carreta dio un brinco brusco. Sentí un piquete caliente y brutal en el vientre que me robó el aire por completo. Mis rodillas ya no aguantaron más y caí de golpe contra la tierra.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA VIDA EN LA SIERRA (EL FINAL)
Caí de rodillas. El trancazo contra las piedras de la terracería me sacudió hasta los huesos. Una nube de polvo reseco se levantó a mi alrededor, metiéndoseme por la nariz y la boca, ahogando el grito que se me había quedado atorado en el pecho. Pero el ardor de las rodillas raspadas no era nada comparado con lo que sentí en las entrañas. Fue un desgarre. Un tirón caliente, profundo y punzante, justito en la boca de mi estómago, seguido de una sensación de humedad que bajó por mis piernas empapando la manta de mi vestido.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños contra la tierra hirviendo. “Dios mío, no. Ahorita no. Por favor, virgencita, ahorita no”, supliqué en mi mente. El pánico me inundó de golpe. Yo sabía bien lo que significaba ese líquido tibio que comenzaba a manchar la tela vieja. La fuente se me había roto. Mi chamaco, asustado por el esfuerzo sobrehumano que yo andaba haciendo, había decidido que era su hora. Pero estábamos en medio de la chingada nada, rodeados de nopaleras, mezquites secos y un sol blanco que derretía hasta las piedras. Faltaba al menos un mes pa’ que naciera.
—¡Mija! —el grito ronco y desesperado de mi apá cortó el zumbido de las chicharras que aturdía los oídos—. ¡Carmen, mija, por lo que más quieras!
Escuché la madera vieja crujir a mis espaldas. Me giré como pude, apoyando una mano en el suelo ardiente, sintiendo cómo la arenilla se me encajaba en las ampollas abiertas. Mi apá estaba intentando bajarse de la carreta. Su cuerpo temblaba sin control; los huesos se le asomaban bajo la camisa de franela toda raída y sudada.
—¡No, apá! ¡No te muevas, carajo! —le grité con la voz hecha pedazos.
Pero el viejo no me hizo caso. En su desesperación por verme tirada en el lodo, soltó el borde de las maderas y trató de poner los pies descalzos en la tierra. Sus piernas, ya comidas por la fiebre y la debilidad que nos obligó a salir huyendo de la ranchería, no lo aguantaron. Cayó de lado, pesadamente, levantando otra tolvanera de tierra suelta.
—¡Apá!
Me arrastré hacia él ignorando la punzada brutal en mi vientre bajo. Mis manos, ensangrentadas por la fricción con las varas de la carreta, se llenaron de lodo y sudor. Llegué hasta donde estaba y lo tomé por los hombros. Pesaba tan poquito, el pobre viejo. Se sentía frágil, como un pajarito con el ala rota que ya no puede volar.
—Perdóname… perdóname, mi niña —lloraba mi padre, con la cara medio hundida en la tierra, tosiendo polvo—. Déjame aquí, ya no sirvo pa’ nada. Te estoy matando, mija. Estoy matando a mi nieto por necio.
Ver a mi apá así, a un hombre que toda su vida se la partió trabajando de sol a sol en la milpa, que tenía las manos curtidas de tanto sembrar maíz y la espalda ancha de tanto cargar leña, reducido a un costal de huesos tirado en el polvo… me rompió la madre de una manera que las palabras no alcanzan a explicar. Era una humillación que la pinche pobreza nos estaba cobrando al contado. Los vecinos de la ranchería nos habían dado la espalda. “Son un peso muerto, nomás traen enfermedades”, nos dijeron con la mirada chueca antes de cerrar los portones. Nadie quiso prestarnos la troca, nadie quiso gastar tantita gasolina en unos viejos que ya tenían un pie en el pozo.
—No te voy a dejar, apá. Ni a ti ni a mi amá. De aquí nos vamos a ir juntos al pueblo, así me quede sin piernas —le dije, tragándome las lágrimas a la fuerza y limpiándole la tierra de las arrugas de la cara con la manga sucia de mi vestido.
Desde arriba, en la batea de la carreta, mi madre soltó un quejido ahogado. Estaba ardiendo en fiebre, delirando, perdiendo el conocimiento por ratos. Sus pies descalzos, llenos de grietas y tierra, colgaban del borde de la madera. Si no llegábamos a la clínica rural antes de que cayera la noche, la calentura se la iba a llevar. Y si nos quedábamos aquí tirados en el camino, mi bebé iba a nacer en la pura tierra, entre las piedras, sin nadie que le cortara el cordón, y los cuatro nos íbamos a quedar fríos bajo las estrellas del desierto.
No había de otra. O le chingaba, o nos moríamos todos.
Respiré hondo. Un dolor sordo, como un calambre pesado, comenzó a formarse en mi espalda baja. La primera contracción fuerte. Duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para sacarme todo el aire de los pulmones. Me mordí el labio de abajo hasta sentir el sabor a cobre de mi propia sangre para no soltar el grito y asustarlos más.
—Ayúdame a subirte, apá. Ándale, no te me rindas ahorita —le rogué, pasándole un brazo por la cintura flaca.
Con un esfuerzo que me sacó chispas en la vista, logré que se pusiera de pie a medias y lo aventé de regreso a la parte de atrás de la carreta. Se dejó caer junto a mi madre, respirando con la boca abierta, derrotado, mirando el cielo blanco sin decir palabra.
Regresé a la parte de adelante de la carreta. Miré las dos pértigas de madera rasposa. Se sentían como los barrotes de una celda de la que no podía escapar. El sol estaba justito arriba, un sol despiadado que quemaba sin pedir permiso. La resolana rebotaba en la tierra blanca y me calcinaba la cara.
Tomé un pedazo de soga vieja, tiesa y mugrosa, que colgaba del yugo del pobre caballo echado atrás. Agarré la soga, me la pasé por los hombros a modo de arnés y la amarré con nudos ciegos a las varas de la carreta. Si mis manos ya no aguantaban la fricción, iba a tener que usar todo el peso de mi cuerpo, mi pecho, mi espalda despellejada y hasta mi panza para tirar de ellos.
Acomodé mis manos, que ya eran pura carne viva, sobre la madera caliente. Cerré los ojos, sintiendo cómo el sudor me picaba en las pestañas.
—Diosito lindo, dame las fuerzas de los que ya están descansando. Préstame el aliento nomás un ratito —murmuré.
Me incliné pa’delante. La soga se tensó contra mis clavículas, quemando y rompiendo la fina tela del vestido. Apreté las mandíbulas hasta que me tronaron los dientes. Empujé con las piernas, enterrando los huaraches en el suelo.
Nada. La maldita carreta parecía estar clavada al suelo con cemento. La rueda derecha seguía atorada contra la misma piedrota que me había tumbado.
Volví a jalar. Mis suelas patinaron levantando polvo. Solté un grito, pero no era de dolor, era de pura rabia. Rabia contra la maldita suerte que nos tocó. Rabia contra la miseria en la que nos parieron. Rabia contra la bola de culeros que nos miraron de menos en el rancho.
—¡Aaaah, chingada madre! —grité a todo pulmón, tirando con cada músculo de mi ser, sintiendo cómo las piernas me ardían como lumbre.
La rueda crujió. La madera vieja chilló feo. Y de pronto, de un tirón violento, la carreta saltó por encima de la piedra.
El jalón casi me tira de boca otra vez, pero metí el pie y logré mantener el equilibrio. Ya estábamos en movimiento. Un paso. Luego el otro.
El sonido de la madera seca contra la terracería volvió a marcar el ritmo de mi calvario. Crak, crak, crak. Cada vuelta de las ruedas era un pinchazo directo a mis riñones.
El paisaje parecía una pesadilla que no se acababa nunca. A la izquierda, un cerro pelón forrado de nopales amarillos por la sequía. A la derecha, un mar de huizaches y tierra rajada. Arriba, los malditos zopilotes empezaban a dar vueltas en círculos, despacito, esperando a que la naturaleza hiciera su jale para bajar a comer. El aire soplaba caliente como si saliera de un horno, levantando polvo que se me pegaba en el sudor del cuello y me cegaba los ojos.
Pasó una hora. O a lo mejor dos, ya ni sé. El tiempo se me borró de la cabeza. Todo se reducía a lo mismo: arrastrar el huarache, asentar el talón, echar el peso pa’delante y jalar. Jalar por mi vida.
La segunda contracción llegó como un relámpago que te parte por la mitad.
Me doblé sobre las maderas, soltando el aire de golpe. Esta vez el dolor no fue un aviso, fue una sentencia. Subió desde mis riñones, me apretó la cadera y se me clavó como un cuchillo en el vientre que se puso duro como piedra. El bebé se movió con violencia, dándome patadas contra las costillas, peleando por salir a este mundo jodido.
—Tranquilo, mijo… aguántame tantito más, mi amor… —susurraba yo, acariciándome la panza embarrada de sudor y tierra con una mano temblorosa, esperando que mi voz lograra calmar a la criatura.
—Hija… ya párate… —la voz de mi amá me llegó como un eco sordo desde atrás. Había vuelto en sí un ratito, saliendo de su delirio por la calentura—. Deja la carreta, Carmen. Vete tú sola… salva al chamaco, nosotros ya vivimos.
No me paré. Ni siquiera volteé a verla. Sabía que si la miraba a los ojos, si veía su cara pálida y escurrida en sudor frío, mi corazón se iba a terminar de quebrar y me iba a derrumbar ahí mismo.
—No hay nada en esta vida que me importe más que ustedes, amá —le contesté con los dientes apretados—. Y de aquí nos vamos todos enteros o nos quedamos todos.
Seguí caminando. Mi cuerpo empezó a entrar en automático, como en un trance. El dolor físico era tan salvaje que mi mente intentaba pelarse a otro lado. Empecé a recordar la tarde que me di cuenta que iba a ser mamá. La pinche ilusión que sentí. Cómo me senté a coserle sus chambritas con retazos de tela que me regaló doña Lupe. Cómo mi apá, aunque ya andaba mal de los pulmones y tosía a cada rato, se puso a tallarle una cunita de madera de pino atrás de la casa. No iba a permitir que esa cunita se quedara arrumbada y vacía. No iba a dejar que la muerte nos quitara todo lo poquito que teníamos en este maldito camino de tierra.
La soga ya me había trozado la piel de los hombros. Sentía el ardor de mi propia sangre bajando por la espalda, revolviéndose con la tierra bajo el vestido de manta. Mis piernas se movían solas, pesadas, como troncos que ya no sentía míos.
El calorón de la tarde por fin empezó a aflojar, y el cielo se pintó de unos colores naranjas y morados bien bonitos, que parecían una burla pa’ la desgracia que traíamos encima. Fue en ese momento que la vi.
Allá a lo lejos, cortando la línea del horizonte seco, asomaba la cúpula blanca de la iglesia del pueblo. Y un poquito más allá, la antena del radio. Estábamos a unos tres kilómetros. Tan cerquita y, pa’ lo tronada que estaba, era como cruzar el mar a nado.
—¡Miren! —jadeé, sintiendo un golpecito de esperanza en el pecho—. ¡Allá está el pueblo, apá! ¡Ya merito, ya la armamos!
Pero así es la vida de cabrona, siempre te cobra caro cuando crees que ya ganaste.
Justo cuando le metí más prisa al paso, el camino de terracería se convirtió en una subida empinada, toda llena de arena suelta y grava. Era la última lomita antes de pegar con la carretera pavimentada que te mete directo al pueblo.
Me le quedé viendo a la subida y sentí que se me caía el alma hasta los huaraches.
Me acomodé la soga en los hombros en carne viva, agarré aire y di el primer paso pa’rriba. La carreta ahora pesaba lo doble. La subida jalaba la madera pa’trás con ganas de tirarnos. Mis pies se hundieron en la arenilla. Jalé con todo lo que me quedaba, casi a gatas, con la cara pegada a la tierra, empujando como animal de carga.
Otra contracción me agarró de lleno. Fue tan larga, tan bestial, que el mundo se me puso negro. Mis rodillas se doblaron y me fallaron las fuerzas.
Resbalé pa’trás. La carreta empezó a rodar de reversa en la bajadita.
—¡No, no mames, no! —grité aterrorizada.
Si la carreta se iba pa’trás, se iba a ladear y aplastaría a mis viejos contra las piedras del barranco.
Caí al piso, pero en vez de soltar las varas, me agarré de ellas con las uñas y los dientes. Enterré mis rodillas despellejadas en la grava, clavé las puntas de mis dedos en la arena y usé mi propia espalda, todo mi peso muerto, como freno pa’ la llanta. La madera gruesa chocó directo contra mis costillas, pegándome en el vientre, sacándome hasta el último suspiro de aire de los pulmones.
Sentí el roce de la soga cortándome más profundo. Escuché los gritos de pánico de mi amá arriba. Y sentí el olor a tierra mojada; era mi propia sangre escurriendo.
La carreta paró de golpe. Yo me había vuelto el tope de madera, aguantando el peso de mis padres, de la estructura vieja y de mi hijo que seguía peleando por nacer.
Me quedé ahí tirada, abrazada al polvo, llorando a moco tendido, completamente destruida. El dolor en la panza ya no era por ratos, era una lumbre pareja que no me soltaba. Ya no tenía piernas pa’ empujar pa’rriba. Ya no había músculos. Ya no había nada. Estaba seca.
—Perdóname, mi niño… —susurré, recargando la frente sudada contra la tierra áspera. Las lágrimas me lavaron un poquito el lodo de los cachetes—. Ya no aguanto. Te juro por Dios que ya no puedo más.
El silencio de la sierra nos cayó encima como una cobija pesada. Nomás se oía mi respiración rota y el llanto bajito y ahogado de mi apá en la carreta. Habíamos perdido. La chingada pobreza nos había ganado la jugada. Nos íbamos a quedar ahí, a un paso de la raya, olvidados como perros en la carretera.
Cerré los ojos, rezando pa’ que el final llegara rápido y no doliera tanto cuando el frío de la noche nos congelara.
Y de repente, un ruido ronco rompió el silencio. No era el viento soplando en los matorrales. No era un coyote.
Era el motor pesado de una máquina.
Abrí los ojos a la mitad, nublados por el llanto. La luz amarilla de unos faros cortó las sombras del atardecer. Una troca Ford viejita, de esas de redilas, cargada hasta el tope con pacas de alfalfa, apareció en la cima de la lomita, bajando despacito por la terracería.
El corazón me dio un brinco que casi se me sale del pecho. Quise gritar, levantar la mano pa’ que nos vieran, pero no me salía la voz. Solo podía seguir sosteniendo la carreta con los huesos de la espalda.
La troca frenó de un jalón, patinando y levantando un chingo de polvo. La puerta del chofer se abrió de golpe y un señor con sombrero de lado y camisa de cuadros bajó corriendo, seguido por un muchacho más joven.
—¡En la madre! ¡Santísima Virgen, qué pasó aquí! —gritó el señor, echándose a correr pa’ nuestro lado.
—Ayúdelos… por la virgencita… —alcancé a balbucear, con la lengua como un pedazo de lija seca.
El hombre vio mi estado: mi panzota aplastada contra el suelo, la soga llena de sangre en el cuello, y a los dos viejitos medio muertos en la carreta. No preguntó ni madres. Se arremangó la camisa de volada.
—¡Pásale atrás a los señores a la caja de la troca, rápido, cabrón! —le gritó al muchacho, mientras él se agachaba junto a mí—. Suelta esa madre, muchacha, ya la agarro yo, ya estuvo, suéltate.
En el preciso instante en que las manos gruesas y callosas de ese señor desconocido agarraron el peso de las varas, solté la soga. Todo mi cuerpo se desplomó de boca contra el polvo. La tensión se me esfumó y, como si mi cuerpo supiera que ya estaba a salvo, el dolor de parto se me vino con toda su furia. Pegué un grito desgarrador, un aullido de animal herido que espantó hasta a los zopilotes que andaban volando.
—¡Se nos alivia aquí! ¡Súbela a la cabina, apúrate que se nos va! —gritaba el señor, sudando la gota gorda.
Entre él y el muchacho me agarraron por las axilas y las piernas y me levantaron como si fuera un costal de papas. Yo no paraba de gritar. Cada sacudida, cada paso que daban rumbo a la troca era un maldito infierno. Me recostaron en el asiento de tela rasgada de la cabina, que olía a gasolina y a sudor. Atrás, escuché cómo el muchacho acomodaba a mis papás entre las pacas verdes de alfalfa.
El hombre se subió al volante de un salto, prendió la máquina y le metió la pata al acelerador a fondo. La troca rugió fuerte y salimos disparados levantando piedras hacia el pueblo.
El camino fue una pinche pesadilla borrosa de luces, baches que me hacían morder los asientos hasta sacarme sangre de las encías, y la voz del señor repitiendo sin parar: “Aguanta, mija, no te me rindas, ya merito llegamos, respira, por la virgencita de Guadalupe, no cierres los ojos”.
Yo me agarraba de la manija de la puerta con las manos en carne viva. Miraba el toldo oxidado de la camioneta y pujaba sin querer. Ya no controlaba nada. Mi cuerpo solito estaba exigiendo su curso y la criatura empujaba pa’ salir.
Llegamos a la clínica rural del pueblo con un frenazo que hizo chillar las llantas. Todo se volvió un reverendo caos de luces blancas que me cegaban, gritos de las enfermeras corriendo y el ruido de fierro de una camilla chueca.
Me bajaron de la cabina. Alguien me pasó unas tijeras por el vestido y me lo rajaron pa’ revisarme. Sentí el frío del aire acondicionado chocar contra mi piel caliente, sudada y llena de lodo. Mientras me metían a empujones por los pasillos blancos, giraba la cabeza como loca.
—¡Mis papás! ¡Mis viejos, por favor! —gritaba a todo pulmón.
—Los estamos atendiendo, señora, usted cálmese, concéntrese en el chamaco, ponga atención, tiene que pujar fuerte —me decía una doctora chaparrita, con el cubrebocas puesto, mirándome a los ojos con firmeza.
Me aventaron a un cuarto chiquito, iluminado con unos focos blancos que lastimaban. El dolor llegó a un punto que me sacó de este mundo. Ya no supe ni quién era. Pujé. Pujé con la última gota de fuerza que mi cuerpo tenía escondida en los huesos, pujé con el coraje de haber sido despreciada en el rancho, con la memoria del sol quemándome los hombros, con el peso de esa maldita carreta clavado en el alma. Pujé hasta sentir que me partía en dos, hasta que me sumbaron los oídos y todo se puso negro.
De golpe, la presión desapareció.
Un silencio pesado y raro inundó el cuartito. Segundos que se me hicieron siglos. Yo ya no podía ni abrir los ojos, nomás esperaba. Esperaba escuchar el milagro por el que me había arrastrado por el infierno.
Y de repente, rompiendo ese cuarto blanco y callado, sonó.
Un llanto. Fuerte. Claro. Lleno de coraje y de vida. Unos pulmones limpios que no iban a respirar el polvo amargo de la sierra.
—Es un varoncito. Está sanito, señora. Salió re bravo el cabrón —me dijo la doctora, bajándose el cubrebocas con una sonrisita, aunque le temblaba la voz.
Me lo pusieron en el pecho, piel con piel. Estaba calientito, chiquito, todo embarrado. Lo abracé con mis brazos todos raspados. Las lágrimas me escurrieron por los cachetes sucios de tierra, pero ya no eran lágrimas de dolor, eran de puro alivio, de un amor tan grande que sentía que el cuarto entero me quedaba chico. Le di un beso en su cabecita pelona y mojada. Habíamos ganado la pelea. Mi chamaco le había ganado a la muerte.
Ahí me venció el cansancio. Cerré los ojos y me dejé llevar por lo oscuro del sueño, sabiendo que, por primera vez en todo el maldito día, ya no tenía que jalar de ninguna soga.
Desperté al otro día por la mañana. La luz del sol se metía por las rendijas de las persianas de la clínica, haciendo rayas de luz en las sábanas limpias. Ya me habían bañado. Mis heridas de los hombros y las manos estaban vendadas con gasas. El dolor de la panza era nomás como un cólico fuerte, pero aguantable.
Al ladito mío, en una cunita de plástico transparente, mi bebé dormía bien tranquilo, envuelto en una cobijita de hospital. Se veía en paz, ajeno a toda la miseria y a lo pinche que es el mundo. Estiré una mano vendada y le toqué sus deditos. Me agarró el dedo con una fuerza tremenda. Tenía la fuerza de la raza que no se raja.
La puerta del cuarto rechino despacito. Entró la doctora de la noche anterior. Traía la bata arrugada, los ojos cansados y unas ojeras que le llegaban al piso. Se paró a los pies de mi cama y se quedó callada unos segundos. El corazón me empezó a latir a mil por hora. En los pueblos uno aprende a leer esas miradas; es la mirada del que trae la muerte en la boca.
—¿Cómo amaneciste, Carmen? —me preguntó bajito, con voz dulce.
—¿Dónde están mis papás, doctora? No me eche mentiras —le solté directo, apretando el dedito de mi niño.
La doctora soltó un suspiro pesado y cruzó las manos al frente.
—A tu apá lo pudimos estabilizar. Venía deshidratado al extremo y el corazón lo traía fallando. Va a ocupar descanso un buen rato, pero es de madera fuerte, va a salir de esta. La libró de puro milagro.
Se calló. No dijo más. El silencio en ese cuarto de hospital se puso grueso, asfixiante, peor que el calorón de las tres de la tarde en el camino de tierra.
—¿Y mi amá? —pregunté, y la voz se me cortó a la mitad.
La doctora agachó la cabeza, mirando el piso brilloso.
—Lo siento en el alma, Carmen. Tu madrecita ya traía una infección en la sangre bien avanzada por la fiebre, y su cuerpo tan flaquito ya no aguantó el desgaste y el choque de calor. Le metimos medicamento, hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. Su corazón se apagó en la madrugada. Se fue sin sufrir dolor, ya estaba dormidita.
El mundo se me vino abajo de trancazo. El pitido de la maquinita del corazón al lado de mi cama sonaba como si estuviera abajo del agua.
Me le quedé viendo a la pared blanca, con los ojos pelados, sin pestañear. No grité. No lloré. Me quedé helada. Yo había jalado esa carreta usando hasta las entrañas. Había regado mi sangre en la tierra pa’ sacarlos de ahí. Había puesto mi cuerpo como freno pa’ ganarle a la calaca.
Y de todos modos, la vida, así de perra como es, me había cobrado la cuota.
Miré a mi chamaquito en la cuna. Luego me imaginé a mi apá, despertando en otra cama fría de este hospital, abriendo los ojos pa’ darse cuenta de que la viejecita con la que compartió cuarenta años de pobreza, de tragar tortillas con sal y aguantar callados en el rancho, ya no estaba. Pensé en el cuerpo flaco de mi amá, en sus pies agrietados colgando de la madera, esos pies que nunca en la vida supieron lo que era traer unos zapatos nuevos, que nomás pisaron lodo, tierra y piedras.
Saqué a mi hijo con vida. Salvé al viejo. Pero en el camino dejé la raíz que nos mantenía fuertes.
Le acaricié el pelito a mi bebé con mucho cuidado. En el fondo de mi alma sabía que ni de chiste íbamos a regresar a esa ranchería culera donde nos dieron la espalda. Sabía que me iba a tocar partirme el lomo el doble pa’ criar a este muchachito en un mundo que no perdona, y que iba a tener que cuidar de mi padre enfermo lo que le quedara de vida. Las cicatrices en mis hombros, ahí donde la soga áspera de la carreta me comió la piel, se me iban a quedar marcadas hasta el día que yo me muera.
Esas marcas iban a ser el recordatorio pa’ siempre de que el amor verdadero, sobre todo entre los jodidos, se paga con la sangre más cara.
Una lágrima gorda, pesada y caliente, se me resbaló por la nariz y cayó manchando la cobija blanca de la clínica. Afuera, a lo lejos, se escuchó el canto clarito de un gallo. El día estaba empezando otra vez. No me quedaba de otra más que levantarme, apretar la quijada y seguir empujando pa’delante. Esta vez sin carreta y sin la soga al cuello, pero cargando una cruz en el pecho que ni el tiempo ni nadie me iba a poder quitar jamás.
FIN