Caminaba bajo el sol abrasador con mis gemelos cuando una lujosa camioneta me cerró el paso; al bajar la ventanilla, mi corazón se paralizó al descubrir quién conducía.

Parte 1:

El calor del asfalto me quemaba las sandalias desgastadas, pero el verdadero ardor lo sentí en el pecho cuando esa enorme camioneta negra frenó de golpe frente a nosotros levantando una nube de tierra.

El polvo del desierto potosino todavía flotaba en el aire. Apreté a mis gemelos contra mi pecho, cubriéndolos con las viejas mantas para protegerlos del sol inclemente. La puerta del conductor se abrió y unos zapatos de diseñador pisaron la tierra seca. Era Diego. Llevaba un traje impecable. A su lado bajó una mujer escultural, con gafas oscuras y un vestido de seda que desentonaba absurdamente con la miseria del lugar. Me miraron de arriba a abajo, con una mezcla de lástima y profundo rechazo.

Mis brazos temblaban de cansancio, pero mi espíritu se rompió al ver la indiferencia en los ojos del hombre que alguna vez me juró amor eterno. ¿Cómo podía posar su vista en sus propios hijos, envueltos en harapos, mientras él derrochaba lujo? La garganta se me cerró. Sentí vergüenza de mi ropa sucia, pero más que eso, sentí un miedo paralizante. Esa parada no era una coincidencia en medio de la nada.

La elegante mujer se quitó los lentes, dio un paso hacia mí y, con una sonrisa helada, pronunció unas palabras que me quitaron el aliento.

¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABAN A PUNTO DE EXIGIRME ESA TARDE!

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