Parte 1:
El polvo seco del camino me quemaba la garganta, pero el nudo de angustia que oprimía mi pecho dolía muchísimo más mientras escuchaba los pesados cascos del caballo acercándose a mis espaldas.
El sol de mediodía caía sin piedad sobre nosotros, quemando nuestra piel. Llevaba a mis cuatro niños aferrados a mi gastada falda, sus piececitos descalzos hundiéndose en la tierra hirviente del llano. En mi mano derecha, una vieja maleta de cuero y cartón guardaba los únicos recuerdos y trapos que nos quedaban en este mundo.
Me giré lentamente, tragando saliva. Ahí estaba don Arturo, montado en su enorme caballo, mirándome desde arriba con esa sombra amenazante que le proyectaba el sombrero de ala ancha. Extendió la mano, no para ofrecernos consuelo, sino para señalarnos con dureza la salida del rancho que por años habíamos llamado hogar. Los sollozos bajitos de mi pequeño Mateo rompían el denso silencio del campo, pero yo me obligaba a apretar la mandíbula; no podía permitirme derramar una sola lágrima frente a él.
El miedo me paralizaba por completo. ¿A dónde iríamos sin un solo peso en los bolsillos, sin agua y con la noche acechando? Sentía una vergüenza profunda, un dolor quemante por no poder proteger a mis crías de esta terrible humillación. Pero al mismo tiempo, debajo de esa tristeza, una chispa de rabia comenzaba a encenderse en mi interior. No entendía cómo la crueldad podía llegar a tanto, cómo nos podían dejar a la deriva en medio de la nada.
Arturo desmontó lentamente, sus botas resonando en la grava suelta, y sacó algo oscuro de su chaleco que me hizo retroceder de golpe, cubriendo a mis hijos con mi cuerpo.
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR!
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