El sonido de mi palma chocando contra su mejilla resonó más fuerte que la campana del receso. El golpe fue tan brutal que le desvió la cara por completo y sus lentes de lectura cayeron al piso de cemento, rompiéndose.
Eran las 10:20 de la mañana y el sol picaba sobre el asfalto de la Técnica 42 en Puebla. Los estudiantes, con sus tortas y jugos en mano, se quedaron congelados. El silencio era asfixiante.
Carmen, la prefecta, se tambaleó hacia atrás, tocándose la cara enrojecida.
—Me dijiste que se había ido por su cuenta —le solté. Mi voz era un gruñido nacido de las entrañas tras tres semanas sin dormir buscando a mi niña de diez años.
—Lety, por favor… estás haciendo un escándalo —murmuró ella, intentando recuperar la autoridad. Vete a tu casa, la Fiscalía ya está investigando….
—¡La Fiscalía no está haciendo nada! —estallé, dando un paso al frente.
Metí la mano temblorosa en mi bolsa y, entre el frenesí, tiré las llaves y las monedas al piso.
—Tengo las pruebas —sollocé. Fui yo misma a la calle de atrás.
Al jalar unos recibos, una pequeña memoria USB plateada salió volando y rebotó a centímetros de los pies de Carmen. Al verla, el terror absoluto se apoderó de su rostro; el ardor de su mejilla fue reemplazado por un frío que le heló la sangre.
—¡No! —gritó, perdiendo la compostura.
Me lancé al suelo, raspándome las rodillas, y agarré la memoria. A unos pasos estaba la laptop encendida y conectada a la pantalla gigante de las asambleas.
—¡Lety, no seas estúpida, nos van a mtr a todos! —chilló Carmen, agarrándome del brazo, pero la empujé con desesperación.
Corrí al atril, inserté la USB y abrí el video a pantalla completa. Toda la escuela guardó un silencio sepulcral; hasta Don Chuy dejó caer su trapeador.
La grabación en blanco y negro marcaba las 02:14 AM. Mostraba el callejón de la escuela. Y entonces, todos vieron lo que sacaban por esa puerta trasera….
¿QUÉ ERA LO QUE TANTO OCULTABAN EN ESA MALETA NEGRA Y POR QUÉ LA PREFECTA ESTABA ATERRADA?
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