Me llamó “in*til” y me echó del rancho sin un peso. Hoy regresé como su única dueña.

—¡Lárgate de aquí, no sirves para nada, eres una inútil!

El grito rasposo de mi padre todavía me retumba en los oídos. El polvo reseco de Zacatecas se pegaba a mi cara mientras intentaba cerrar mi vieja maleta con las manos temblando.

Ahí estaba él, parado en el pórtico, con la mandíbula apretada y una mirada de desprecio que me helaba la sangre.

—Si cruzas esa cerca, te olvidas de que tienes familia —escupió al suelo.

Quería rogarle. El nudo en mi garganta no me dejaba ni respirar. Pero el terror me cerró la boca. Agarré mi bulto de ropa y di el primer paso.

Me iba como una criminal, desterrada por el hombre que debía protegerme. No traía ni un solo peso en la bolsa.

Horas después, el frío de la madrugada me calaba los huesos en la carretera. Un tráiler viejo frenó.
—¿Para dónde vas, muchacha? —gritó el chofer.
—Para donde vaya usted. No tengo a dónde regresar —le contesté con la voz quebrada.

Me llevó a Monterrey. Llegué a la central de abastos con el estómago rugiendo de dolor. Encontré una fonda de lámina y me paré frente a la dueña.

—No me pague con dinero. Págueme con un plato de frijoles y déjeme dormir en el rincón —le supliqué.

Me mandó a lavar montañas de platos con agua helada. Esa noche dormí sobre cartones en el piso, abrazando mi maleta para que no me robaran.

Lloré de rabia en la oscuridad, pero juré por mi vida que la palabra “inútil” se la iba a tragar.

PARTE 2

El rincón detrás de la fonda de Doña Lucha apestaba a cebolla podrida y manteca rancia.

Esa primera noche en Monterrey, mientras los camiones rugían a lo lejos descargando toneladas de mercancía, me abracé a mis rodillas sobre unos cartones aplastados. El frío del cemento se me metía por la tela delgada de mi vestido.

Cerré los ojos, y ahí estaba otra vez. La voz de mi padre.

“¡No sirves para nada, eres una in*til!”.

Cada vez que el hambre me retorcía las tripas, esa palabra me quemaba la sangre. Yo no iba a llorar. Llorar era para las niñas débiles, y a mí la debilidad me la habían arrancado de un tirón el día que me corrieron de mi propia casa.

Mi vida se convirtió en un infierno de agua helada y jabón barato.

Me levantaba a las tres de la mañana. El mercado de abastos era un monstruo que nunca dormía. Los hombres pasaban con sus “diablitos” cargados de cajas, gritando groserías, empujando, escupiendo en el piso húmedo.

Yo me pasaba dieciocho horas diarias tallando costras de grasa en ollas que pesaban más que yo. Mis manos se llenaron de grietas que sangraban cuando el limón o el chile les caían encima. Mis uñas se rompieron hasta la carne.

Los cargadores pasaban por la fonda y se burlaban de mí. “¡A ver a qué hora, mamasita!”, me gritaban. “¡Mejor búscate un marido que te mantenga, el jale de a de veras no es para viejas!”.

Yo no contestaba. Apretada la mandíbula y seguía tallando. Dejaba que el coraje se me acumulara en el pecho. Lo masticaba. Lo convertía en veneno y luego en fuerza.

Doña Lucha me observaba de reojo. Un día, después de tres meses de no faltar ni un solo turno, me tiró un delantal limpio a la cara.

“Lávate las manos, chamaca. Vas a salir a surtir. Los proveedores me están viendo la cara con el precio del chile seco y tú tienes pinta de que vienes del monte. A ver si es cierto que sirves para algo”.

Ese fue mi primer paso fuera de la oscuridad.

Cuando pisé los pasillos de los mayoristas, el olor a tierra, a semilla y a cosecha fresca me golpeó el rostro. Me transportó a Zacatecas.

Pero esta vez no había dolor, había claridad.

Me di cuenta de algo que cambiaría mi vida para siempre: yo conocía la tierra mejor que esos hombres de traje barato y cadenas de oro que se decían dueños del mercado.

Ellos solo veían números. Yo veía la vida del campo. Yo sabía si un tomate había madurado al sol o si lo habían forzado en una cámara de gas. Sabía si la cebolla venía aguada por dentro y si el frijol traía plaga con solo oler el costal.

Empecé a pelear los precios con las uñas y los dientes.

“A mí no me vas a vender esta basura a precio de primera”, le dije un día a un coyote del mercado, tirándole un puñado de chile pasilla en el mostrador. “Esto viene quemado por la helada. O me lo dejas a mitad de precio, o me voy con el de enfrente y te quedas con tu merma pudriéndose”.

El hombre se quedó con la boca abierta. Doña Lucha empezó a ahorrar miles de pesos gracias a mí.

Pero el destino me tenía preparado el verdadero salto.

Fue una madrugada de noviembre, el frío calaba hasta los huesos. Los gritos en el pasillo principal me llamaron la atención.

Don Ramiro, el cacique más grande y temido de la central, estaba rojo de furia, tirando su sombrero contra el piso húmedo.

“¡Son unos p*ndejos todos!”, rugía, pateando una llanta del tráiler. “¡Toda esta carga de maíz de Sinaloa viene húmeda! ¡Se va a echar a perder antes del mediodía! ¡Cientos de miles de pesos tirados a la basura por no revisar la lona!”.

Sus peones estaban callados, mirando al suelo. El machismo ahí era la ley; nadie contradecía al patrón.

Me acerqué despacio. Agarré un puñado de maíz de un costal reventado. Lo olí. Lo partí con mis uñas maltratadas. Estaba caliente por dentro. El hongo ya quería empezar a brotar.

“No está todo perdido”, dije.

Mi voz sonó firme, cortando el silencio de los hombres asustados.

Don Ramiro se giró, furioso, buscándome con la mirada. Cuando vio que era yo, una muchachita flaca con el delantal manchado, su cara se deformó de asco.

“¿Tú qué diablos sabes, vieja metiche? ¡Lárgate a lavar platos antes de que te corra a patadas de mi pasillo!”.

Di un paso al frente, levantando la barbilla. No me encogí. Ya me había gritado el hombre más temible de mi vida; este gordo con dinero no me iba a asustar.

“Soy la que le puede salvar más de la mitad de su lana”, le contesté, sosteniéndole la mirada. “El centro del cargamento está sudado por el calor de la caja, pero no está podrido todavía. Si tira lonas en el estacionamiento ahorita mismo, antes de que salga el sol, y esparce el grano, se seca para la tarde. Lo vende como segunda calidad para forraje de animales. No le va a ganar, pero no se va a quedar en ceros”.

Los hombres a su alrededor empezaron a murmurar, riéndose de mí.

“¿Qué va a saber esta gata?”, dijo uno.

Don Ramiro levantó la mano y todos se callaron. Me miró de arriba a abajo. Vio algo en mis ojos. Vio el rancho. Vio el hambre.

“Hazlo”, gruñó. “Te doy a cinco cabrones para que te ayuden. Si para la tarde esa m*dre no se secó, me pagas el tiempo perdido lavando el piso de mi bodega de rodillas. Si funciona… te pago tu día como a mis hombres”.

Trabajé como un animal bajo el sol hirviente de Monterrey. Moví toneladas de grano con una pala. Mis manos sangraron de nuevo, pero no me importó.

A las seis de la tarde, el maíz estaba seco y crujiente. Salvable.

Don Ramiro llegó, agarró un puñado y asintió lentamente. Sacó un billete de quinientos pesos y me lo extendió.

Ese billete crujiente no era papel. Era mi libertad.

“Renuncio, Doña Lucha”, le dije esa misma noche. La abracé y le agradecí cada plato de comida, pero mi lugar ya no estaba en la cocina.

Me planté afuera de la oficina de Don Ramiro a las cinco de la mañana del día siguiente.

“Quiero trabajar para usted. Pero no cargando. Quiero ser la que inspeccione cada camión que entra a sus bodegas. Si alguien le quiere ver la cara, yo me voy a encargar de que no pase”.

Los siguientes tres años fueron una guerra campal.

El machismo era una pared de concreto que intentaba aplastarme todos los días. Los choferes me escupían a los pies. Me escondían los reportes. A veces, me tiraban cajas de verdura podrida al pasar solo para burlarse.

Pero yo era más terca que su ignorancia.

Si me tiraban la mercancía, la recogía en silencio y al día siguiente les vetaba la entrada a la bodega. Aprendí a leer los contratos debajo de las farolas parpadeantes del mercado, con los ojos ardiéndome de cansancio.

Me volví de hielo. Si un coyote trataba de engañarme, iba personalmente hasta los ranchos en Coahuila y cerraba el trato directo con los campesinos, saltándome a la basura que cobraba comisión.

El dinero empezó a entrar. Mucho dinero. Don Ramiro se dio cuenta de que yo era su mejor arma y me dio el control logístico de sus tres bodegas más grandes.

Dejé de ser la muchachita asustada. Me convertí en Carmen.

Mi cabello desaliñado ahora iba siempre en una trenza apretada. Cambié los harapos por pantalones de trabajo caros y botas de cuero de verdad. En la central de abastos ya nadie me silbaba. Ahora, cuando yo pasaba, los hombres bajaban la mirada.

Pero el pasado siempre encuentra la manera de cobrar sus facturas.

Una tarde, estaba cuadrando la contabilidad en mi oficina de bloques de cemento cuando entró “El Chino”, uno de mis choferes de mayor confianza.

Venía de una ruta larga por el norte. Se quitó la gorra sudada y me miró con preocupación.

“Patrona… te traigo chisme feo de Zacatecas”, me dijo.

Al escuchar el nombre de mi tierra, sentí una punzada en el estómago, pero mi cara no mostró nada.

“Habla, Chino. No tengo tu tiempo”, le contesté sin dejar de mirar la calculadora.

“La sequía los está matando por allá. Los animales se están muriendo de sed. Pero hay un rumor que anda en todos los pueblos. Un viejo… Don Hilario, dueño de unas tierras buenas. Dicen que lo va a perder todo”.

El lápiz se me partió en las manos. El grafito crujió en el silencio de la oficina.

“¿Qué le pasó a Hilario?”, pregunté, con la voz más fría que el invierno.

“Ese es el chisme, patrona. No fue nomás la sequía. Resulta que el viejo se endrogó con el Banco Rural. Pidió un préstamo gigantesco. Todos pensaban que era para tractores nuevos, pero la mala lengua dice que le dio toda la lana a un fuereño, un muchacho que trajo de la capital y que desapareció hace meses con todo el dinero. El viejo no tiene ni para tragar. La próxima semana el banco le quita el rancho y lo echan a la calle”.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me zumbaban los oídos.

Mi padre. El hombre de hierro. El que me llamó basura. El que me dijo que no servía por ser mujer… había sido estafado y arruinado por un hombre.

Una sonrisa amarga, casi venenosa, se me dibujó en los labios. El destino era un p*nche poeta.

“Averigua en qué sucursal del Banco Rural está esa deuda, Chino”, le ordené, poniéndome de pie de golpe. “Creo que está en la capital del estado, patrona, pero… ¿por qué?”.

“Prepárame la camioneta negra. Salgo para Zacatecas esta misma noche”.

Manejé de madrugada en mi Ford del año, comprada con el sudor y la sangre que dejé en Monterrey. No dormí un solo segundo.

Llegué al banco en la ciudad de Zacatecas apenas abrieron las puertas. Entré pisando fuerte. Olía a perfume caro y a cuero nuevo. Los licenciados trajeados quisieron hacerme menos, hasta que saqué mi chequera personal y exigí ver al gerente de cartera vencida.

“La propiedad de Don Hilario vale menos que los intereses que debe, señorita. Es un mal negocio”, me quiso explicar el gerente, un tipo con lentes y cara de aburrido.

Me incliné sobre su escritorio de caoba y lo miré fijamente.

“No vine a pedirle asesoría financiera, licenciado. Vine a comprar la deuda completa. Quiero los pagarés, las escrituras en garantía y la cesión de derechos a mi nombre. Ahorita mismo”.

Anoté la cifra exacta en el cheque y se lo deslicé.

Esa cantidad representaba años de lavar sartenes asquerosos y soportar humillaciones. Pero no estaba comprando un pedazo de tierra seca. Estaba comprando mi venganza.

Salí del banco con un sobre manila pesado. Los papeles crujían en mi mano. Sentí una corriente eléctrica subir por mi espalda. El rancho, la casa donde me humillaron, la tierra que me prohibieron pisar… todo era legalmente mío.

Manejé hacia el pueblo. Entré al camino de terracería donde, hace años, mis huaraches rotos habían dejado lágrimas y polvo. Ahora, las llantas gruesas de mi camioneta levantaban una nube de tierra, anunciando que la tormenta había regresado.

Frené bruscamente frente a la cerca de madera.

El rancho estaba en ruinas. Era un esqueleto de adobe y láminas podridas.

Me bajé de la troca. Acomodé el saco de mi traje, agarré el sobre amarillo y caminé hacia el pórtico.

Pero antes de poder tocar la puerta, escuché unos gritos adentro.

No era la voz de mi padre. Era la voz de un hombre joven.

“¡Ya te dije que me des los papeles de la yegua, viejo estúpido! ¡Si el banco te va a quitar todo, mínimo déjame vender los animales, no seas p*ndejo!”.

Se escuchó el sonido de un mueble rompiéndose, seguido de un gemido lastimero. Un gemido que reconocí. Era mi padre, llorando.

Pateé la puerta principal con mi bota de cuero, abriéndola de golpe.

Lo que vi adentro me congeló la sangre, pero a la vez, resolvió el rompecabezas de toda mi m*ldita vida.

CLIFFHANGER PARTE 2.

¿QUIÉN ERA EL HOMBRE QUE ESTABA GOLPEANDO AL PADRE DE CARMEN Y QUÉ OSCURO SECRETO FAMILIAR ESTABA A PUNTO DE ESTALLAR EN ESA SALA DE ADOBE?

Lee el final a continuación.

PARTE 3 (FINAL)

El polvo de la puerta pateada bailaba en los rayos de sol que entraban por la ventana rota.

Adentro de la sala destruida, un muchacho de unos veinticinco años, vestido con ropa de marca pirata y cadenas doradas en el cuello, tenía agarrado a mi padre por el cuello de la camisa sucia.

Mi padre… Dios mío. Don Hilario. El gigante que me aterrorizaba, el hombre que me corrió de mi casa. Ahora no era más que un bulto de huesos temblorosos, con la cara sumida y los ojos inyectados en sangre por el terror.

“¡Suéltalo!”, grité. Mi voz retumbó en las paredes de adobe con una autoridad que ni yo sabía que tenía.

El muchacho soltó a mi padre, quien cayó de rodillas al piso de tierra, tosiendo y agarrándose el pecho. El joven se volteó hacia mí, evaluándome de arriba a abajo. Vio mi ropa cara, la camioneta de lujo estacionada afuera, y su expresión cambió de furia a una sonrisa cínica.

“¿Y tú quién fregados eres? ¿La del banco? Llegaste tarde, güera, de aquí ya no hay nada que sacar”, me dijo, cruzándose de brazos, sintiéndose el dueño del lugar.

Mi padre levantó la vista lentamente desde el piso. Sus ojos hundidos, rodeados de arrugas de amargura, se clavaron en mi rostro. La respiración se le cortó. El color se le escurrió de la cara hasta quedar pálido como un muerto. Me reconoció.

“¿Carmen…?”, susurró, con la voz quebrada. Pronunciar mi nombre parecía quemarle la garganta.

El muchacho frunció el ceño. “¿Carmen? ¿Esta es la vieja in*til que corriste para darme el lugar a mí?”

La palabra flotó en el aire. Intil*.

El rompecabezas finalmente encajó en mi cabeza con un golpe brutal.

“¿Quién eres tú?”, le pregunté al muchacho, aunque en el fondo, mi sangre ya me lo estaba gritando.

“Soy Rogelio, mamasita. El único hijo varón de Don Hilario. El hijo de verdad. El que sí iba a levantar este rancho y no a andar llorando por los rincones como tú”.

Una risa fría, seca y sin gracia salió de mi garganta. Todo este tiempo, durante esos años pudriéndome en Monterrey, yo creía que mi padre me había odiado solo por ser mujer, por ser rebelde.

Pero la verdad era mucho más asquerosa. Tenía una doble vida. Mientras mi madre moría trabajando esta tierra maldita, él tenía otra familia. Y el día que mi madre murió, él planeó cómo deshacerse de mí para traer a su “hijo de verdad” y entregarle todo.

Me había llamado in*til y me había tirado a la calle para dejarle el camino libre al bastardo que ahora lo estaba golpeando para robarle una yegua enferma.

Caminé lentamente hacia el centro de la sala. No había rabia descontrolada en mí. Mi corazón latía lento, calculador. Era la misma frialdad con la que destruía a los estafadores en la central de abastos.

“Con que tú eres el gran hombre de la familia”, le dije a Rogelio, mirándolo con un desprecio absoluto. “El que agarró los millones del préstamo del banco y se los gastó en vicios, apostando en los palenques mientras las tierras se secaban y este viejo se hundía en deudas”.

Rogelio dio un paso hacia mí, levantando el puño.

“¡Cállate el hocico, p*nche vieja metiche, o te reviento aquí mismo!”

Ni siquiera parpadeé.

“Tócame un solo pelo”, le susurré, acercándome a centímetros de su cara, “y los hombres que traigo en la segunda camioneta que viene en camino te van a enterrar vivo en el desierto antes del anochecer. Yo no soy la niña que corrieron hace años. Yo muevo media central de abastos de Monterrey. Tú no eres nadie”.

Rogelio bajó el brazo, intimidado por la oscuridad que vio en mis ojos. El cobarde siempre reconoce a alguien más fuerte.

Saqué el sobre manila y lo golpeé contra el pecho del muchacho.

“Lárgate de mi propiedad”, ordené.

“¡Esta es casa de mi padre, estúpida!”, gritó él, aunque su voz ya temblaba.

Volteé a ver a Hilario, que seguía tirado en el piso, llorando de pura vergüenza, incapaz de mirarme a los ojos.

“Explícale a tu muchachito, Hilario”, dije, arrastrando las palabras. “Explícale de quién es esta casa ahora”.

Saqué las escrituras con los sellos rojos de cancelación y las firmas notariales. Se las tiré en la cara a Rogelio.

“Compré la deuda de este pedazo de miseria. Pagué cada maldito centavo que ustedes se robaron y malgastaron. El banco me cedió los derechos. La tierra, las paredes podridas, los animales muertos y hasta el polvo que estás pisando… todo es mío. Tienes tres segundos para largarte de mi rancho antes de que llame a la judicial por allanamiento”.

Rogelio miró los papeles. Vio mi nombre legal impreso como dueña absoluta. Su cara de soberbia se desmoronó. Volteó a ver a Hilario buscando ayuda, pero el viejo solo escondió la cara entre sus manos.

Sin decir una palabra más, Rogelio pateó una silla rota, escupió al piso y salió corriendo de la casa, subiéndose a una motocicleta vieja para desaparecer entre la polvareda.

El silencio cayó pesado en la sala. El único sonido era el llanto ahogado de mi padre.

El gran patriarca. El hombre que sentenció que yo no era su sangre.

Me quedé parada frente a él. Esperaba sentir una alegría explosiva. Había soñado con aplastarlo durante años. Había fantaseado con gritarle y devolverle cada lágrima.

Pero al verlo ahí, un viejo patético, traicionado por el hijo que él eligió sobre mí, no sentí triunfo. Sentí lástima. Una lástima profunda y asquerosa.

Hilario se arrastró por el suelo de tierra hasta mis botas. Me agarró el dobladillo del pantalón con sus manos temblorosas.

“Perdóname…”, balbuceó, ahogándose en sus mocos y lágrimas. “Perdóname, hija… Me equivoqué… Me cegó el orgullo… Él me dijo que tú eras una amenaza, que las mujeres no servían para la siembra… No tengo a dónde ir, Carmen… Ya estoy viejo… Me voy a morir en la calle…”.

Di un tirón hacia atrás, arrancando mi pantalón de su agarre.

“No me llames hija”, mi voz cortó el aire como un machete. “La última vez que nos vimos me dejaste muy claro que yo no tenía familia. Me tiraste a los perros para darle mi lugar a un cobarde que te robó y te dejó pudriéndote solo”.

“Lo sé… soy una basura… córrame, arrójeme a los coyotes, me lo merezco…”, sollozaba, pegando la frente al suelo.

Lo miré desde arriba. Mi venganza perfecta no era dejarlo en la calle para que se muriera de hambre. Eso habría sido muy fácil. Eso me habría convertido en la misma basura que él.

Yo quería algo peor. Quería que viviera muchos años para que todos los días tragara el veneno de su propia estupidez.

“No te voy a correr, Hilario”, dije lentamente, saboreando cada palabra.

Él levantó la cara. Sus ojos brillaron con una esperanza cobarde y miserable.

“Pero escúchame bien”, me agaché un poco para que mi rostro quedara a su nivel. Mis ojos clavados en su alma destruida. “Tú ya no eres Don Hilario. Ya no eres el patrón. Hoy mismo voy a meter maquinaria y voy a demoler esta casa donde hiciste llorar a mi madre y me humillaste a mí. Voy a construir una nueva”.

Hilario tragó saliva, aterrorizado.

“Tú te vas a ir a vivir a la casucha de los peones, junto a los chiqueros. Vas a tener un techo que no se gotee y un plato de comida caliente tres veces al día, porque a diferencia tuya, yo no soy un monstruo. Pero de ahora en adelante, tú eres mi trabajador. Eres mi peón. No vas a tomar ni una sola p*nche decisión en este lugar. Si te digo que barras, barres. Si te digo que te escondas cuando yo llegue, te escondes”.

Me puse de pie, acomodándome el cuello del saco.

“Vas a vivir el resto de tus años bajo mi sombra. En mis tierras. Comiendo de las sobras de la hija in*til que desechaste”.

No le di tiempo de responder. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Mis botas resonaron firmes en el piso de tierra.

Salí al pórtico y el viento caliente del desierto me golpeó la cara. Pero esta vez no traía tierra a mis ojos. Esta vez traía aire limpio.

Cerré los ojos, respiré profundamente el olor a mezquite y tierra seca. Mi tierra.

A mis espaldas, dentro de las ruinas, se escuchaba el llanto desgarrador de un hombre roto que lo había perdido todo por su propia ignorancia.

Abrí la puerta de mi camioneta y subí. Encendí el motor. El rugido de los caballos de fuerza rompió el silencio del valle, anunciando que la nueva dueña había llegado para quedarse.

Puse la camioneta en marcha y avancé sin mirar por el retrovisor.

Ya no había miedos. Ya no había huaraches rotos. Los fantasmas del pasado estaban muertos, y la deuda, finalmente, estaba pagada.

FIN.

Related Posts

Encerró a su propia madre durante 25 años para quedarse con la herencia, creyendo que nadie lo descubriría, hasta que una investigadora desenterró la verdad que lo destruyó todo.

La fachada perfecta de un monstruo de alta sociedad. En el mundo exterior, el nombre de Alberto era sinónimo de éxito, respeto y filantropía. A sus cincuenta…

Pensé que dos niños me estaban cobrando 150 pesos por limpiar mi patio, pero media hora después entendí que no pedían limosna, estaban tratando de salvar a su mamá

Pensé que dos niños me estaban cobrando 150 pesos por limpiar mi patio, pero media hora después entendí que no pedían limosna, estaban tratando de salvar a…

El sepulturero solo quería terminar su turno, pero al abrir el ataúd descubrió que el verdadero muerto era el matrimonio de esa mujer

PARTE 1 —Échenle tierra rápido, que ya bastante teatro hizo en vida —dijo la suegra, dejando caer un puñado de tierra sobre el ataúd de Mariana. El…

El millonario encontró a su ex durmiendo en Chapultepec con sus tres bebés, sin imaginar que su propia madre ocultaba la verdad que había destruido cuatro años de sus vidas.

PARTE 1 Santiago Arriaga pensó que aquella mañana en Chapultepec sería solo otra obligación familiar. Había aceptado caminar con su madre 1 hora, tomar café de olla…

Escondí a un hombre herido en mi cama para que no mrira. Resultó ser el heredero que cambió mi vida.

Diez años. Me rompí la espalda levantándome de madrugada para vender carne y pagarle la universidad al hombre que amaba. Mientras él estudiaba para ser licenciado, yo…

Mi hijo de siete años me rogó que no lo obligara a hablar dentro de nuestra propia casa. La reacción del médico al escucharlo reveló una verdad que cambió por completo nuestra vida.

El agua caía a cántaros esa noche de martes cuando por fin logré abrir la puerta de la casa. Venía arrastrando el cansancio pesado que solo las mamás…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *