Fui a demoler la vieja casa en ruinas que mi abuelo me dejó en el rancho, pero al golpear la pared descubrí un secreto que me heló la sangre.

Parte 1:

El polvo me picaba en los ojos y el sudor me escurría por la espalda mientras golpeaba con el mazo aquella pared humedecida. Mi nombre es Carmen, y nunca pensé que la vieja casona de adobe que mis abuelos abandonaron en el pueblo me daría otra cosa más que dolores de cabeza.

Estábamos ahogados en deudas. Los recibos se amontonaban en la mesa del comedor, las llamadas del banco no paraban y la amenaza de perder nuestra propia casa me robaba el sueño cada noche. Vender esta ruina familiar en Michoacán era mi última y desesperada opción, pero antes necesitaba arreglar la humedad que se comía los muros de la sala.

El olor a tierra mojada y a madera vieja inundaba la habitación. Di un golpe más fuerte, impulsado por pura frustración y coraje. El yeso crujió y un bloque de ladrillos colapsó hacia adentro, revelando un hueco oscuro entre los muros.

Me acerqué, tosiendo por la nube de polvo. Iba a meter la mano para revisar si había nidos de ratones, pero el sonido me paralizó. No fue el roce de un animal, fue un tintineo metálico. Pesado. Frío.

Arranqué con mis propias manos otro pedazo de yeso podrido. Fue entonces cuando la pared literalmente vomitó su secreto sobre el piso de madera crujiente.

Cientos, no, miles de monedas de plata comenzaron a derramarse como una cascada brillante. Tintineaban contra el suelo levantando pequeñas nubes de polvo. Detrás de ellas, pesados fajos de billetes atados con ligas resecas que se rompían al caer, esparciendo dinero antiguo entre mis botas de trabajo.

Caí de rodillas, temblando. El aire de pronto me faltaba. Mis manos, llenas de lodo y rasguños, intentaron atrapar los billetes como si fueran a desaparecer. ¿Por qué mi abuelo escondió todo esto? ¿Por qué nos dejó vivir en la miseria mientras él tenía una fortuna emparedada? El pecho se me cerró por la angustia y el miedo. Estaba sola en una casa en medio de la nada, con una fortuna a mis pies.

Levanté la vista hacia el hueco oscuro, y noté que había algo más. Una pequeña caja de metal oxidado que asomaba en el fondo. Al sacarla y abrirla, el mundo se me vino abajo.

¡LO QUE DESCUBRÍ DENTRO DE ESA CAJA ME HIZO DESEAR NUNCA HABER DERRIBADO ESA PARED!

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