Caminaba por el bosque con mi adinerada madre cuando vi a mi exnovia durmiendo en una banca junto a tres bebés que tenían mi rostro.

Parte 1:

No estaba acostumbrado a caminar despacio. A mis 38 años, siendo dueño de una enorme constructora en Monterrey, vivía entre juntas, vuelos privados, llamadas de inversionistas y portadas de revistas que me llamaban “el rey del concreto”. Pero esa mañana de domingo, mi madre, Doña Mercedes, me había pedido que la llevara a caminar un ratito al Bosque de Chapultepec. Acepté por culpa, ya que hacía meses que no comía con ella sin estar mirando el celular.

Caminábamos cerca del Lago Menor, esquivando vendedores de café, familias con carriolas y niños correteando con globos de colores. Mi madre iba tomada de mi brazo, orgullosa y elegante con su rebozo beige y su perfume de siempre. “Mira nada más. Todo el mundo vive, Alejandro. Tú nomás trabajas”, me reprochó.

Sonreí, pero no contesté. Entonces la vi.

Bajo un árbol enorme, había una mujer dormida en una banca, con una chamarra vieja cubriéndole los hombros. Al principio pensé que era una desconocida. Luego el pecho se me apretó.

Era Mariana Ríos. Mi Mariana. La mujer que cinco años atrás me había amado cuando yo no tenía ni para pagar la renta de un departamento decente en la Roma. La misma a la que dejé esperando una noche, convenciéndome de que “mi futuro” era más importante que cualquier promesa.

Dormía con el rostro pálido y los labios partidos por el frío. Pero lo que me destrozó fue ver su mano apoyada sobre tres bebés envueltos en cobijitas. Tres bebés. Junto a la banca, había una pañalera rota, dos biberones vacíos y una bolsa de pan dulce abierta.

“Mamá…”, murmuré, sintiendo que me quedaba helado.

Doña Mercedes miró hacia donde yo veía, y su rostro cambió de golpe. No fue sorpresa. Fue un miedo clarito y descarado, como cuando alguien ve regresar una mentira que creyó enterrada. Di un paso hacia Mariana. Uno de los bebés se movió, sacando una manita de la cobija. Tenía los dedos largos y el mismo hoyuelo pequeño en el nudillo que yo tenía desde niño.

Sentí que el mundo se me iba de lado al mirar a los bebés y luego a ella. Volteé hacia mi madre. “Dime la verdad”, le exigí con la voz rota. “¿Tú sabías algo?”.

Doña Mercedes apretó los labios mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y me pedía que nos fuéramos. Le dije que no me pidiera que me fuera. En ese instante, Mariana abrió lentamente los ojos. Al verme frente a ella, se incorporó de golpe y abrazó a los bebés como si yo fuera un peligro.

“No te acerques”, me advirtió en un susurro. Yo no entendía nada y le pregunté qué había pasado. Ella soltó una risa amarga. “¿Neta vienes a preguntar eso después de todo?”, me respondió. Mi madre, a mi lado, bajó la mirada.

Fue entonces cuando comprendí que el verdadero golpe apenas venía. “Mamá”, pregunté casi sin aire. “¿Esos niños son míos?”.

Doña Mercedes cerró los ojos y, con una voz que le tembló hasta el alma, respondió que sí.

¿PERO LA SIGUIENTE FRASE QUE SALIÓ DE SU BOCA DESTRUIRÍA MI VIDA PARA SIEMPRE?

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