
“¿Qué se siente que te echen el agua sucia encima? ¿Refrescante?”
Le sonreí con descaro, aunque por dentro la rabia me quemaba. Pero ver a la mujercita que él tanto amaba, arrastrándose y llorando en el piso, me daba una satisfacción enfermiza.
La “mujercita” era nada más y nada menos que mi hermanastra.
Desde el maldito día en que mi papá metió a esa bstarda a nuestra casa, supe que la odiaría. Ella era la mosca muerta perfecta, y yo… bueno, yo siempre fui la villana de la historia. Hace un momento se atrevió a drgarme, y en respuesta, le estrellé la cabeza contra la pared.
Mauricio me miró. Sus ojos, esos que amé en secreto durante catorce años, estaban fríos. —“¿Qué le hiciste, Regina?” me reclamó, apretando los puños.
Solté una carcajada seca, empujándolo. —“La dejé tirada en la carretera rumbo al Ajusco. Le quité el celular. Qué lástima, se arregló tanto para nuestra fiesta de compromiso y va a tener que regresar caminando.”
Me di la vuelta, el vestido rojo de diseñador empapado, pero mi orgullo intacto. —“Ojalá no se tope con ningún animal salvaje… porque a lo mejor no regresa.”
Mauricio se quedó callado un segundo, con la mandíbula tensa. —“Regina, me las vas a pagar”, siseó él.
Abrí los brazos y di una vuelta burlona, salpicando agua sucia en sus zapatos carísimos. ¿Qué más daba? El hombre que yo creía que sería mío para siempre, estaba defendiendo a la hija de la amante de mi padre.
Pero si querían guerra en esta familia, guerra iban a tener. Nadie se burla de mí.
Salí del baño empapada, con la cabeza en alto. Los invitados murmuraban, pero los fulminé con la mirada. —“El que siga viendo, le saco los ojos”, susurré con una sonrisa demente.
PARTE 2
Salí caminando de ese baño con la espalda recta y la cabeza en alto. Iba escurriendo agua sucia por todo el pasillo del exclusivo salón de eventos en Polanco, y si alguien se atrevía a mirarme de más, le sonreía amablemente y le decía: “Síguele viendo y te saco los ojos”.
Nuestra “fiesta de compromiso del siglo” se había ido al diablo porque ambos protagonistas abandonamos el lugar. Sumándole mi look de rata remojada, era obvio que me convertiría en el chisme principal de toda la alta sociedad de la CDMX. Pero la neta, no me preocupaba en lo absoluto. Sabía que mi papá, Arturo, jamás permitiría que el apellido de la familia se manchara ni un poquito. Ese hombre, que se hizo millonario gracias a que se casó con la hija del empresario más rico del país (mi mamá), siempre ha valorado las apariencias más que su propia vida. Así que, mágicamente, el escándalo se tapó y ni una sola foto se filtró a la prensa.
En cuanto a mi dulce hermanastra, Valeria, Mauricio la encontró tirada en la carretera rumbo al Ajusco y la rescató. Cuando la trajo a la casa, la mosca muerta ardía en fiebre y estaba inconsciente, viéndose pobrecita y vulnerable. A mi papá nunca le importaron nuestras peleas. Según su filosofía de tiburón de los negocios, si Valeria no podía defenderse de “juegos de niñas”, se la iban a comer viva en el mundo empresarial. Para él, mientras no hubiera mertos, todo bien. Al final, por casi djarla abandonada en el cerro, mi papá solo me castigó encerrándome en mi cuarto por tres días para taparle el ojo al macho. Recibí la mirada de o*io de la amante de mi papá (la mamá de Valeria) con una carcajada tan fuerte que hasta los guardias de seguridad de la mansión me escucharon.
Durante esos tres días de encierro, el cuarto de al lado (el de Valeria) parecía mercado. Entraba y salía gente a cada rato para ver a la “pobrecita enfermita”. Valeria siempre supo hacerse la víctima mejor que yo, así que en la universidad Anáhuac todos la amaban. Yo no me rebajaba a rogarle amistad a esa bola de hipócritas. Al final del día, por mucho que me odiaran, cuando me veían en los pasillos se hacían a un lado sin atreverse ni a respirar fuerte.
Pero tanto ruido me tenía harta. Estaba echada en mi sillón, aburrida, jugando con un Game Boy viejo. Las risitas del cuarto de al lado me colmaron la paciencia, así que agarré un jarrón carísimo y lo estrellé con todas mis fuerzas contra la pared que dividía nuestras habitaciones. El silencio fue instantáneo.
Un par de minutos después, la puerta de mi cuarto se abrió. Era Mauricio. Iba a reclamarme algo, pero se quedó callado cuando vio la consola vieja en mis manos. —“¿Para qué guardas esa basura?” preguntó, tenso.
Ese Game Boy me lo regaló él cuando teníamos 7 años. Aunque yo era la heredera del imperio, mis papás me tenían tan checada con clases de etiqueta, finanzas y mil cosas más, que lo único que no tenía era derecho a divertirme. Mauricio era un hijo no reconocido en su propia familia, acababan de llevarlo a vivir con los ricos y lo trataban como basura. Un día me vio llorando de envidia porque unos niños en la calle jugaban con una maquinita, y el muy tonto ahorró todo un año, sin comer bien, para comprármela. De niños, él fue quien mejor me trató… pero ahora, todo se había podrido.
Seguí apretando los botones sin mirarlo. —“Porque me gustas”, le contesté, con la voz más plana del mundo.
Mauricio soltó una risa seca, como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida. —“Regina, no me digas que de verdad crees que me voy a enamorar de una víbora como tú”.
Su rechazo era lo único en este mundo que me lastimaba, pero yo tenía mil formas de regresarle el g*lpe. Me senté en el sillón y le sonreí, achinando los ojos. —“¿Y a quién le importa quién te guste, wey? Así te enamores de la mismísima Virgen, terminando la carrera te vas a tener que casar conmigo de todos modos. No se te olvide, Mauricio, que solo eres el perrito faldero que tu familia mantiene; no tienes derecho a opinar sobre quién te gusta enfrente de mí”.
Yo conocía a Mauricio mejor que nadie. Sus secretos más oscuros, sus humillaciones… él mismo me las había contado cuando éramos niños. Y ahora, yo usaba ese mismo cuchillo que él me dio para apuñ*larlo por la espalda sin piedad. Si yo sufría, él iba a sufrir el doble. Nadie iba a estar en paz.
El ambiente se congeló. —“Regina… das asco”, siseó él, mirándome con un desprecio total.
¿Asco? Sentí que los ojos me ardían, pero en lugar de llorar, me solté riendo más fuerte. —“¿Ah sí? ¿Y Valeria no te da asco con todas sus jugadas sucias y su cara de mustia? ¿Qué te hace sentir tan superior por quererla a ella? Al final, todos estamos igual de podridos, así que bájale a tus aires de grandeza”.
Mauricio me miró fríamente. —“Me arrepiento de que esa cubeta de agua sucia no te la haya echado yo”, dijo antes de darse la media vuelta y salir.
Yo sabía perfectamente que él no había sido quien me echó el agua en la fiesta, pero mi regalito de venganza ya estaba en camino. Si se enteraba, seguro me m*taba.
Al día siguiente, cuando se acabó mi encierro, fui a la universidad. Mientras los demás mortales estaban en clases, yo estaba muy ocupada dándole un “baño” a una tipa en la azotea del edificio de Arquitectura.
La chava estaba amarrada a una silla de metal, temblando de frío, con los labios morados y el pelo escurriendo. Tenía los ojos llorosos y me gritó: —“¡Regina, el karma te va a alcanzar un día!”
Miré la cubeta que ya estaba a la mitad, tiré la jícara de plástico y le contesté súper relax: —“Ay mija, ¿pues qué te hice para que te enojes tanto?”
La chava me miró con cara de no poder creer mi cinismo. —“¡Me estás t*rturando, psicópata! ¿No te das cuenta?”
Negué con la cabeza, haciéndome la ofendida. —“¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Qué no te enseñaron que los favores se pagan con creces? Yo solo te estoy devolviendo el favor”. Agarré la cubeta completa y le eché toda el agua helada encima de jalón.
Después de confirmar que Mauricio no me había tirado el agua en la fiesta, mandé a hackear las cámaras de seguridad del hotel. Resulta que una chava de primer semestre, Mónica, me había seguido al baño. Ni la topaba, pero dicen que es la típica niña bonita y becada de primero. No me interesaba saber por qué me odiaba; la fila de gente que me quiere ver m*erta da la vuelta a la cuadra. Aplastar a una hormiga más no me quitaba el sueño.
Cuando Mauricio me encontró en la azotea, Mónica ya estaba a punto de desmayarse. Si no estuviera amarrada, ya estaría en el piso. La cara de Mauricio se descompuso al verla. —“¡Regina, suéltala ya!” me gritó.
Suspiré, harta. Este wey de verdad tenía un fetiche con jugar al héroe. Primero rescata a Valeria, luego a esta random… qué estrés de agenda. Aflojé la cuerda y dejé que Mónica cayera al piso como un trapo mojado. Mientras me limpiaba las manos, le hablé a Mauricio súper casual: —“Por tu carita de perro regañado, asumo que ya recibiste mi regalito, ¿verdad?”
Mauricio respiró hondo, apretando los dientes. —“Si tu regalito son esas malditas cenizas… sí, ya lo recibí”.
Yo sabía que Mauricio odiaba a su propia familia con toda su alma. Desde que le hicieron la vida imposible a su verdadera madre, su único sueño era d*struir su imperio desde adentro. Llevaba años fingiendo ser el perrito obediente de su padre solo para robar información confidencial y pruebas de fraudes millonarios. Lástima que esa misma mañana yo agarré todos sus documentos y los volví cenizas.
No fue por venganza, fue por egoísmo puro. Si Mauricio lograba d*struir a su familia, se iba a liberar, y el contrato de matrimonio que nos unía se iba a cancelar. Y yo no iba a permitir que me dejara. —“Yo creí que tú me habías tirado el agua, así que regalarte un fueguito me pareció lo más justo, ¿no crees?” le sonreí, cínica.
—“Regina, sabes perfectamente cuánto me costó conseguir eso…” Mauricio no terminó la frase porque no quería que Mónica escuchara. Me miró con unos ojos tan oscuros que daban miedo. “Esta vez te pasaste de la raya”.
Mónica, que apenas estaba reaccionando en el piso, balbuceó: —“Regina… la justicia tarda… pero siempre llega”.
Le solté una cachetada tan fuerte que le volteé la cara, callándola en seco. —“¿Y a ti quién te dio permiso de hablar, gata?” le grité. “Me cagan las hipócritas como tú, que tiran la piedra y esconden la mano. Tú te metiste conmigo primero y ahora lloras. Mínimo mi hermanastra b*starda es mala y no lo oculta”.
Iba a patear a Mónica, pero volteé y vi que Mauricio se estaba yendo. —“¿Qué, no te la vas a llevar?” le grité, frenando el pie.
Mauricio sacó su celular sin mirarme. —“Ella es de Diego. Ya le mandé mensaje, ahorita sube por ella”.
¿Diego? Diego era el heredero de la familia rival de la mía en la Ciudad de México, el único wey con el mismo nivel de poder y dinero que mi familia. Y lo peor: era igual de psicópata que yo. Los dos hacíamos lo que fuera por conseguir lo que queríamos, sin importar a quién pisáramos. Pero él se había ido a estudiar al extranjero, dejándome el camino libre en la ciudad.
—“¿A poco ya regresó el príncipe?” pregunté, levantando una ceja. —“Si no regresaba, seguro le dejabas la ciudad en ruinas a alguien más”, escuché una voz burlona a mis espaldas.
Me volteé y ahí estaba Diego, recargado en la puerta de la azotea, con esos ojos rasgados de cazador, mirándome de arriba a abajo. Sonreía como si estuviera viendo a su presa favorita. —“Regina… ¿jugamos una partidita o qué?” me retó, suavemente.
Le sonreí de lado. —“¿A qué quieres jugar?”
Mónica, al ver a Diego, sacó fuerzas de la nada, se arrastró y se le colgó del brazo, llorando y apestando a agua sucia. Diego la sostuvo por inercia, pero vi cómo hizo una mueca imperceptible de asco, aunque no borró su sonrisa. —“¿Qué te parece una carrera de la m*erte?” propuso él, sin quitarme los ojos de encima.
Solté una carcajada. La carrera de la merte era un juego de locos: dos coches acelerando de frente a toda velocidad en una carretera; el primero que gire el volante para no estrellarse, pierde. Sabía que a Diego le valía tres hectáreas de ppino lo que le pasara a Mónica. Esto era una excusa. El verdadero premio era una licitación de unos terrenos millonarios en Santa Fe por los que nuestras familias estaban peleando. Si yo, la heredera, tenía un “accidente”, las acciones de mi familia se desplomarían y él ganaría el contrato.
—“Si me quieres m*tar, Diego, búscate una mejor excusa que esta gata llorona”, le dije, señalando a Mónica con asco. Él soltó una risita ronca. “¿Entonces? ¿Te da miedo?” —“Te veo en la pista, papi”, le guiñé un ojo.
Nos fuimos a un tramo de la autopista a Toluca que estaba en construcción. Diego mandó a Mónica al hospital en un Uber; la chava se fue furiosa mirándome con odio puro, pero me dio igual.
Antes de subirme a mi Porsche, Diego se me acercó demasiado, invadiendo mi espacio. —“¿Qué apostamos? Las damas primero”, murmuró, viéndome los labios. Pasé un dedo por el cofre de su coche deportivo. “Me gusta tu coche”. Él me miró fijamente. “¿Y los terrenos en Santa Fe?” —“Si gano, me quedo con todo”. Diego sacó las llaves de su coche y las hizo tintinear. “Si yo gano… te quiero a ti”.
Nos subimos a los coches. Arrancamos los motores. El sonido era ensordecedor. Nos alejamos a los extremos de la carretera en construcción y dimos vuelta para quedar frente a frente. A través del parabrisas, vi cómo Diego levantaba una mano, contando con los dedos.
Tres. Dos. Uno.
Pisé el acelerador a fondo, la adrenalina me quemaba la s*ngre. Íbamos a chocar. Justo cuando estaba a punto de llegar al límite, el sistema del coche conectó una llamada de emergencia. En la pantalla brilló el nombre: Hospital Psiquiátrico San Fernando.
Aceleré más, contestando por el manos libres. —“Estoy ocupada, ¿qué pasa?” grité por el ruido del motor.
La voz del doctor del otro lado temblaba. —“Señorita Regina… lo sentimos mucho. Su madre acaba de fall*cer”.
El mundo se quedó en blanco. El sonido del motor desapareció. Pisé el freno de golpe, las llantas chillaron soltando humo, metí reversa y giré el volante bruscamente, dándome a la fuga antes del impacto. Pisé el acelerador rumbo al hospital con las manos temblando, pasándome todos los altos. Me importaba un crajo la carrera. Me importaba un crajo mi vida. Quería ver a mi mamá.
El viaje a San Fernando fue un borrón. Me pasé no sé cuántos semáforos en rojo, la verdad me valía madres; aunque atropellara a diez mil personas, lo único que quería era llegar a verla una vez más antes de que se fuera de este mundo. Pero cuando por fin llegué al psiquiátrico, lo único que encontré en su cuarto fue una sábana blanca cubriendo una camilla.
“Señorita Regina, lo sentimos muchísimo…” empezó a balbucear el doctor de urgencias con cara de culpa. Ni siquiera lo escuché. Lo empujé a un lado, caminé directo hacia la cama y jalé la sábana de un tirón. Ahí estaba un rostro que era idéntico al mío, una mujer que alguna vez fue la más hermosa de la ciudad, pero que ahora se veía marchita, arrugada y vieja, como si los años le hubieran caído de golpe.
“Si sabían perfectamente que ella ya no quería vivir, ¿por qué chingados no la vigilaron bien?” mi voz sonó rasposa, casi muerta.
“Revisábamos sus cosas todos los días en su cuarto, pero ella escondió las pastillas para dormir dentro de su peluche, ese unicornio…” uno de los enfermeros trató de explicarme, pero se calló de golpe a la mitad de la frase. En el fondo, todos en esa habitación sabíamos la razón. Ella no dejaba que absolutamente nadie tocara ese estúpido peluche, ni siquiera yo, que era la dueña original del juguete. Si alguien intentaba quitárselo de las manos, se ponía histérica, gritando como loca y golpeándose contra todo.
“No compartir… no compartir…” susurré. El personal médico ya se había salido del cuarto sin que me diera cuenta, cerrando la puerta con cuidado para dejarme a solas con ella. Levanté la mano y acaricié el rostro de mi madre; estaba frío y rígido. “Mamá… ¿me estás castigando?” murmuré al vacío.
Elena fue una gran madre, pero solo para los estándares de una persona normal. Para mí, que desde niña tuve que aprender a mtar o mrir en el mundo despiadado de los negocios, su estilo de crianza lleno de amor, paz y bondad fue un fracaso total. Ese unicornio mugroso me lo había regalado ella. Cuando estaba en el kínder, una niña rica quiso quitarme mi muñeca a la fuerza, y yo le rompí la nariz de un g*lpe. Al regresar a casa, mi mamá me regañó dulcemente: “Regina, a todos les gustan las cosas bonitas, tienes que aprender a compartir”. Yo asentí, entendiendo a medias.
Años después, cuando mi mamá se enteró de que Arturo, mi papá, tenía a otra mujer escondida y a una hija bastarda exactamente de mi misma edad, se rompió por completo. Ya ni siquiera me miraba; se pasaba los días y las noches tirada en la cama, llorando y riendo de la nada, tarareando una melodía desafinada. Era la misma canción que mi papá solía tocarle en el piano cuando estaban enamorados. Un día, abrí la puerta, la miré con mi cara de niña inocente y le sonreí: “Mamá, a papá también lo quieren muchas personas, tienes que aprender a compartir”. Todavía recuerdo su mirada como si fuera ayer. Pasó de la confusión total, a la desesperación, y finalmente, a la locura absoluta.
Ahí estaba la verdad: nadie en su sano juicio está dispuesto a compartir lo que considera su mayor tesoro.
Comencé a guardar las cosas de mi madre con una frialdad que me asustó a mí misma. El clóset del psiquiátrico estaba atascado de vestidos carísimos y hermosos que mi abuelo materno mandaba a hacer especialmente para ella. Me pareció una burla; una persona con el corazón muerto y el alma vacía, aunque coma en platos de oro sólido, sigue siendo la más miserable del mundo. Cuando terminé de meter todo en cajas, mi vista cayó sobre el estúpido unicornio viejo y sucio en la cabecera de la cama. Había metido las pastillas por unos agujeritos minúsculos, una por una, año tras año, planeando su salida. Pero para sacarlas todas de golpe, tuvo que abrirle la panza al muñeco. Ya estaba destrozado, ya no servía para nada. “Solo te estoy devolviendo la lección que me enseñaste”, pensé. “Yo no me equivoqué, y nadie me va a castigar por esto”. Agarré el peluche y lo aventé por entre los barrotes de la ventana hacia la calle.
Manejé directo a mi casa en las Lomas. Cuando entré, mi papá estaba sentado comodamente en la sala principal, revisando documentos de la empresa como si no pasara nada en el mundo. Cargué la caja pesada llena con los vestidos de mi madre y me paré justo frente a él.
Arturo levantó la vista un segundo, me escaneó rápido de pies a cabeza y volvió a hundirse en sus papeles. “Ya llegaste… Me acaban de reportar que te pasaste más de veinte altos en el coche y las cámaras te grabaron”, dijo sin ninguna emoción en la voz. “¿Tienes idea de cuánto van a caer las acciones de nuestra empresa si la prensa se entera de tus desmadres?”
“Te estoy diciendo que mi mamá se m*rió”, le solté en seco.
Arturo ni parpadeó, solo pasó a la siguiente página de su maldito reporte corporativo. “Ya mandé a mis contactos a borrar los registros de las cámaras de tránsito; para la próxima vez que hagas un berrinche, sé más limpia para que no me causes problemas”.
Muchos dicen que soy un monstruo sin sentimientos, un tempano de hielo. Pero en ese segundo, sentí físicamente cómo me arrancaban el corazón a pedazos. Algo que llevaba años tensado y a punto de reventar dentro de mí, de repente se rompió por completo. Abrí la caja y se la aventé con todas mis fuerzas a la cara. Los vestidos de diseñador salieron volando por los aires en toda la sala, y algunos cayeron sobre su estúpido traje gris perfectamente planchado. Qué maldita broma, todo en esta casa era un chiste sin gracia. Solté una carcajada histérica, riéndome a gritos mientras las lágrimas me escurrían calientes por la cara.
Obviamente, Arturo me castigó por mi “falta de respeto”. Me encerró en el cuarto oscuro del sótano, ese hoyo asfixiante y sin ventanas al que me mandaba cada vez que yo no cumplía con sus malditas expectativas. La verdad, casi nunca me castigaban porque yo siempre fui perfecta, sacaba las mejores calificaciones y era lo suficientemente despiadada en los negocios para complacerlo. Pero igual, odiaba este puto hoyo oscuro con toda mi alma. En la oscuridad total, perdí la noción del tiempo. Solo sabía cuántos días pasaban por las bandejas de comida con menús diferentes que me pasaban por una ventanita de la puerta. Yo no era tan pendeja como para jugar a la huelga de hambre de las niñas rebeldes de las telenovelas baratas. Yo quería vivir, quería salir de ahí siendo más fuerte y aplastarlos a todos. Me obligaba a tragarme hasta el último grano de arroz, para tener la fuerza suficiente de dejar a esos parásitos sin nada que comer el resto de sus vidas.
El último día de mi encierro, fue Valeria la que bajó a traerme la comida. Yo me puse a comer con toda la calma del mundo, ignorándola. Ella se agachó del otro lado de la reja de la puerta, recargando su barbilla en sus manos, mirándome con lástima fingida. “Hermanita… ¿sabes por qué papá es tan cruel contigo siempre?” me dijo con una sonrisa venenosa. “Mi mamá me confesó que ella misma contrató a unos cholos para abusar de tu mamá hace años. A ver, piénsale… ¿de quién crees que eres hija realmente?”
Al ver que yo me quedé callada masticando mi comida, la mosca muerta creyó que por fin me había ganado una partida y se puso más insoportable y arrogante. “Cómale rápido, mija, que hoy es tu examen de certificación financiera (CFA), y como te suspendieron la licencia de conducir por tus chistecitos, papá me mandó a llevarte en mi coche nuevo”.
Ese examen era crucial para mi futuro en la empresa, llevaba meses preparándome y no lo iba a posponer por nada. Sin decir una sola palabra, agarré el tazón de sopa hirviendo que no me había terminado y se lo aventé directo a la cara a través de las rejas de la puerta. “A ver si te vas a dar un bañito tú también para que te relajes”, le dije con frialdad.
Valeria pegó un grito agudo de dolor, agarrándose la cara quemada. Quería gritar para llamar a un doctor, pero le daba más miedo que mi papá la castigara por no cumplir sus órdenes de llevarme al examen, así que se fue corriendo a su baño a echarse agua fría en la cara.
Para cuando las dos llegamos al lugar del examen, arregladitas, maquilladas y aparentando hermandad perfecta, la prueba ya casi iba a empezar. Pero en cuanto me bajé del coche, mi vista se empezó a nublar de repente. Sacudí la cabeza, sintiéndome pesada y mareada. “Valeria, ¿neta no te cansas? Llevas años usando el mismo puto truquito de dr*garme”, le dije, sosteniéndome de la pared del edificio para no caerme.
Valeria parpadeó con su típica cara de mosca muerta inocente. “¿De qué hablas, hermanita? No te entiendo nada. Ah, por cierto, ¡suerte en el examen! Échale ganas, que si repruebas algo tan fácil, segurito te vuelven a encerrar en el cuartito oscuro del sótano”.
“Yo jamás voy a volver a pisar ese maldito lugar”, le respondí con una sonrisa helada, luchando con todas mis fuerzas por no desmayarme ahí mismo. “Ese discursito motivacional guárdatelo para ti, pedazo de inútil, que no pasabas ni los exámenes regalados de la prepa”.
Cuando por fin salí del examen horas después, las piernas no me daban. Estaba a punto de colapsar en la banqueta. Entre mi visión borrosa y el mareo, vi a Diego recargado en su coche deportivo a unos metros de distancia. Me saludó con una sonrisa ladeada, agitando la mano. “Cuánto tiempo sin verte”, me dijo sarcástico.
Apreté los labios, me paré derecha fingiendo que caminaba perfectamente normal y me planté frente a él. “Si mi memoria no me falla, aquel día en la carrera, justo antes de que yo metiera reversa, tú ya habías frenado como cobarde”, le solté, devolviéndole la sonrisa burlona. “Así es”, aceptó Diego sin inmutarse, bajando la mirada para recorrer mi vestido rojo intenso, y su sonrisa se hizo más profunda. “Pues hazte a un lado, no me estorbes para ir a manejar mi coche nuevo”. Levanté la mano derecha para empujarlo del pecho, pero él fue mucho más rápido. Me agarró de las muñecas, me dio la vuelta y me acorraló de espaldas contra la puerta de su coche. Se pegó a mi cuerpo, y su mano libre empezó a deslizarse lentamente por mi pierna.
“No te pases de listo conmigo”, le advertí, frunciendo el ceño, aunque me costaba respirar bien. Su respiración caliente me rozó la oreja con agresividad. “Lo único que tú necesitas controlar y manejar… es a mí”. Su mano grande y caliente cubrió con fuerza la herida abierta que yo tenía en la pierna, justo por encima de las medias. Luego retiró la mano despacio, miró las gotas rojas y espesas en sus dedos y, con un movimiento lento y calculado, me las untó en los labios manchándome la boca. “Sabía que el rojo era el color que mejor te quedaba”, susurró.
Para evitar quedarme dormida en pleno examen por culpa de las porquerías que me dio mi hermanastra, me había metido al baño antes de entrar y me hice un corte profundo en la pierna con un cúter. La herida estaba escondida estratégicamente bajo la falda, y la mancha húmeda se perdía en el negro oscuro de mis medias. Creí que nadie en el mundo se daría cuenta. “Había escuchado que eres una hija de perra con los demás, pero no me imaginaba que fueras tan salvaje y cabrona contigo misma”, dijo él, fascinado.
Lo ignoré por completo. Me limpié la mancha de los labios con el dorso de la mano, saqué un labial rojo de mi bolsa, usé el vidrio oscuro de su ventana como espejo y me delineé los labios a la perfección. “Fue un regalito cortesía de mi hermanita”, comenté casualmente. “¿Por qué a esa estúpida le encanta jugar tan sucio y bajo? Te juro que hasta me da flojera aguantarla”.
Diego arqueó una de sus cejas, muy divertido con la situación. “¿Quieres que vaya y le desfigure la cara con una navaja por ti?” Guardé el labial, me acomodé el pelo y sonreí viéndolo a los ojos. “No, gracias. Ese placer me lo voy a dar yo solita”. Él soltó una carcajada ronca y se ofreció a ser mi chofer para llevarme a casa. Como realmente necesitaba a alguien que manejara porque yo me estaba cayendo, no le dije que no. Cuando me subí al asiento del copiloto, le di la dirección de mi casa en las Lomas y cerré los ojos para descansar la cabeza. “Primero vamos a ir al hospital. Tengo unas cosas que hacer”, me dijo de repente, arrancando el coche. Abrí los ojos de golpe, harta de sus jueguitos. “¿Al hospital? Qué pinche hueva, estás loco, yo me bajo aquí”. Intenté abrir la puerta para salirme, pero Diego le puso el seguro de inmediato y frenó el coche a la orilla de la calle. “Ok, vamos a hacer tus cosas primero. Pero esa pierna tuya necesita vendas de inmediato”, sentenció con autoridad. Sacó un botiquín de primeros auxilios de la guantera y, sin pedirme permiso, me agarró la pierna herida y me la subió a su regazo. Tuve que girar todo mi cuerpo en el asiento para quedar de frente a él. Sentí un cosquilleo eléctrico insoportable cuando las yemas de sus dedos rozaron mi piel desnuda cerca del corte. “Diego, neta te estás pasando de la raya”, le advertí con voz dura. Él apretó el agarre en mi muslo. Me dolió tanto que le di un puñetazo fuerte en el hombro. “¡Que me sueltes, cabrón!” No me soltó. Su voz se volvió ronca, oscura y posesiva. “Solo de pensar que unas piernas tan perfectas como las tuyas se van a quedar llenas de cicatrices feas… me dan ganas de ir a m*tar a tu hermanita yo mismo”. “Es mi pinche pierna, ¿a ti qué chingados te importa?” “Ya te lo dije allá afuera. Te quiero a ti”. Retiré la pierna bruscamente de su regazo y le sonreí con aires de superioridad, recordando la apuesta de vida o muerte que dejamos a medias en la carretera. “Si logras pasar mi prueba… a lo mejor considero darte una oportunidad”. “Mmm, últimamente tengo muchos estorbos que limpiar de mi camino, no me doy abasto con tanto idiota”, sonrió Diego de lado. “¿Quieres que yo me encargue de desaparecer a Mónica por ti?” Le devolví la sonrisa cómplice. Tenía que admitirlo muy en el fondo, Diego era exactamente mi tipo de veneno.
Después de vendarme, me dejó en la entrada de mi casa. Entré directo a la enorme cocina, agarré el cuchillo más afilado para picar fruta y fui a buscar a Valeria cuarto por cuarto. Pero me topé con que la casa estaba completamente vacía. Le pregunté a una de las muchachas del servicio y me dijo que mi papá había salido de viaje de negocios al extranjero de imprevisto, y que Valeria le hizo un berrinche enorme para ir con él a pasear. Así que la muy cobarde de mi hermanastra y su mamá, la amante, se largaron felices y contentas del país. La pendeja creyó que por “saber” el secreto de que yo no era hija de Arturo me podía pisotear a su antojo, pero le dio pánico que yo me vengara por la dr*ga del examen y huyó como rata. ¿Pero cuánto tiempo creía que iba a poder esconderse de mí? Dejé el cuchillo clavado en la barra de madera de la cocina y sonreí en silencio. La estúpida de Valeria ni siquiera se imaginaba que su “gran secreto” del que tanto presumía era una total mentira, y que esa mentira me acababa de dar el mejor regalo del mundo. Cuando me trajo la comida al sótano y se burló diciendo que yo no conocía a mi propio papá, tuve que morderme los labios súper fuerte para no reírme a carcajadas en su cara. Tal vez no conocía bien los secretos de Arturo, pero a mi mamá la conocía a la perfección. Si yo no fuera hija biológica y legítima de Arturo, mi mamá, con lo orgullosa que era, jamás habría permitido que yo naciera para darle un hijo bastardo a otro. ¿Qué pinche cara iba a poner Arturo si se enterara de toda esta farsa monumental?
Pero para destruir a mi padre por completo y quitarle todo lo que amaba, necesitaba asegurar una pieza clave en el tablero. Si Arturo había logrado tener tanto poder y dinero en la Ciudad de México, era pura y exclusivamente gracias al respaldo económico de la familia de mi madre. Manejé hasta la lujosa mansión de mi abuelo materno en el Pedregal. Cuando me dejaron pasar a su estudio y lo tuve enfrente, le sonreí con la mayor dulzura que pude fingir. “Ni siquiera te dignaste a aparecer en el funeral de tu propia madre, ¿a qué vienes ahora a mi casa?” me recibió el viejo, dándole un sorbo a su té caliente con una actitud fría y cortante. No lo culpaba para nada por odiarme. Desde que yo era una niña nunca fuimos cercanos, y para él, yo fui la gota que derramó el vaso para que su única hija perdiera la cabeza y terminara en el manicomio. El simple hecho de que no me hubiera mandado a m*tar para vengarla ya era bastante ganancia para mí.
Mantuve mi sonrisa angelical intacta. “Mi papá me tenía encerrada en el sótano como castigo. En cuanto me soltó, vine corriendo a visitarlo, abuelito”. “Hmp, no te hagas pendeja, sé perfectamente los trucos que estás calculando en esa cabeza tuya. Pero los chismes y teatritos de su familia a mí no me interesan en lo más mínimo”. Me acerqué con mucha calma a su escritorio y le serví más té en su taza de porcelana. “La muerte de mi mamá no fue nada digna. Y ahora, antes de que sus cenizas se enfríen siquiera, mi papá ya se llevó a la amante y a la bastarda de viaje a Europa a gastarse el dinero. ¿En serio, abuelo, te vas a tragar esta enorme humillación así como así?”
El viejo sonrió de lado, pero sus ojos eran bloques de hielo sin fondo. “Regina, sé perfectamente que Arturo se fue por negocios al extranjero, no le eches más crema a tus tacos para convencerme. Seré el padre de Elena, y me duele, pero ante todo, soy un hombre de negocios. Ya perdí a una hija por sus pleitos, no voy a perder mi imperio también. Con el nivel de poder que tiene Arturo ahora en la ciudad…” Lo interrumpí de golpe antes de que siguiera con su discurso corporativo barato. “¿Y si yo te dijera que puedo quitarlo de su silla de presidente y tomar su lugar en la junta directiva?” le propuse directamente, sin rodeos. Durante todos estos años, además de sacar dieces en la escuela y atormentar a Valeria en mis ratos libres, me dediqué en secreto a meterme en los asuntos financieros de la empresa y a crear alianzas en los eventos de la alta sociedad. Todo era para prepararme para heredar la compañía algún día, solo que ahora quería adelantar un poco los planes.
Mi abuelo se quedó pasmado un buen rato, asimilando mis palabras. Finalmente suspiró pesadamente. “No te pareces en absolutamente nada a Elena”, admitió por fin, evaluándome. “Eres demasiado inteligente, ambiciosa, cruel y no tienes ni un gramo de piedad. Si Elena hubiera sido la mitad de cabrona que tú, seguramente seguiría viva. Pero yo ya tengo un pie en el cajón, ¿qué necesidad tengo de arriesgarme contigo en este pleito?” Agarré la taza de té que le acababa de servir y me la tomé de un solo trago. “Porque en este jueguito de poder, abuelito, aunque no quieras arriesgarte… ya estás adentro, te guste o no”.
Unos días después, cuando mi papá regresó triunfante de Europa con Valeria y su mamá, yo ya los estaba esperando cómodamente sentada en la sala principal de la mansión. Arturo entró como si no hubiera pasado absolutamente nada en el mundo.
“Me pasaron tu reporte del examen financiero”, me dijo, aflojándose la corbata. “Pasaste, pero aún tienes mucho margen de mejora”. “Claro, papá, seguiré esforzándome”, le respondí con una sonrisa dulce, y le deslicé una carpeta con un examen de ADN sobre la mesa de cristal. “Pero antes, revisa este documento. Te va a encantar”.
Después de salir de mi examen aquel día, agarré unos cabellos que Arturo había dejado en su cepillo y fui directamente con el doctor de cabecera de la familia, el mismo en el que él confiaba ciegamente. Ese infeliz estaba coludido con la amante de mi papá desde hace veinte años; él fue quien falsificó la primera prueba de ADN para hacerle creer a Arturo que mi mamá lo había engañado y que yo era una hija b*starda. Pero esta vez, llevé a los hombres de mi abuelo conmigo. Le puse el mismo cúter con el que me había cortado la pierna en el cuello, y le exigí una prueba real.
Arturo leyó el documento y su rostro perdió todo el color, como si hubiera visto a la mismísima m*erte. Con las manos temblando violentamente, sacó su celular y llamó al doctor. Yo ya tenía a mi gente vigilando al médico; no se atrevió a mentir y escupió toda la verdad por el altavoz.
Levanté una ceja, disfrutando cómo el gran empresario Arturo colapsaba en su propio sillón. “Si no me crees, en la Ciudad de México sobran hospitales y laboratorios, papá. Ve y hazte la prueba donde quieras”, le dije, amable. La voz de Arturo se quebró, casi llorando. “Entonces… sí eres mi hija biológica… Elena jamás me traicionó…”. “No solo no te traicionó”, lo interrumpí, implacable, “sino que esa mujercita a la que llamas ‘el amor de tu vida’ contrató a unos cholos para a*usar de mi mamá y hacerte creer toda esta farsa”.
Miré los ojos llenos de agonía de Arturo, y no sentí ni un gramo de compasión. “Un cobarde que no se atrevió a preguntar la verdad, y una mujer que no pudo defenderse… qué bonita pareja hacían. El gran tiburón de Santa Fe, ciego y manipulado durante veinte años. Neta, es para morirse de risa”. “¡Regina!”, Arturo intentó agarrarme del brazo, temblando, pero me solté de un tirón con asco. “¡No me toques! Mi mamá ya está merta. Tus arrepentimientos te los puedes guardar para cuando te pudras en el infierno. Todos los que están en esta sala son unos aesinos… y me incluyo”, le escupí.
“Ah, casi lo olvido. Tengo otro regalito para ti”. Le aventé un sobre grueso a la cara. “Es una petición formal de destitución de la junta directiva, encabezada por mi abuelo. A partir de hoy, la nueva presidenta de Grupo Santa Fe soy yo. Muchas gracias por tus enseñanzas todos estos años, papito. ¿Ya soy lo suficientemente perfecta para cumplir tus expectativas?”
Arturo se quedó mudo. Sus ojos se perdieron en el vacío, y en un segundo pareció envejecer diez años de golpe.
Dejé de prestarle atención y me giré hacia Valeria, que estaba paralizada del terror. La agarré del cabello con fuerza y la tiré al piso. Saqué un cuchillo para fruta de mi bolsa, la inmovilicé con la rodilla y, lentamente, le tracé unas marcas profundas y permanentes en las mejillas. “Esto es para devolverte el favorcito por haberme dr*gado antes de mi examen”, le susurré al oído.
La navaja estaba tan afilada que Valeria ni siquiera lo sintió hasta que la sngre empezó a gotearle por la cara. Entonces gritó como cerda en matadero, se zafó como pudo y corrió a abrazar a su mamá. Pero la amante ya había perdido la cabeza por completo; estaba sentada en el suelo, meciéndose de un lado a otro, murmurando que debió haberme mtado desde que yo era una niña.
Curiosamente, no sentí la alegría inmensa que pensé que tendría. Solo sentí un vacío y un cansancio enormes. Le hice una seña a los hombres de traje negro de mi abuelo que esperaban en la puerta. Mi abuelo llevaba décadas controlando el lado limpio y el lado oscuro de la ciudad; su gente sabía limpiar la basura sin dejar rastro. A partir de ese día, no volví a saber si mi “familia” vivía, si estaban lisiados o si se habían vuelto locos. Simplemente desaparecieron de mi vista.
Ya solo me faltaba un último paso. Y era el más difícil.
Cayó la noche en la CDMX. Yo manejaba mi Porsche sin rumbo fijo por Avenida Insurgentes, yendo tan lento que exasperé a los demás conductores. El coche de atrás me empezó a pitar como loco. Frené de golpe, agarré un a*ma que traía en la guantera y me bajé. Caminé hasta la ventana del tipo, que ya me estaba mentando la madre, y le apunté directo a la frente.
“¡Pum!”, dije con la boca, imitando el sonido de un dsparo. El tipo se puso blanco como el papel y vi cómo se orinaba en los pantalones del susto. Solté una carcajada, tiré la pstola de plástico adentro de su coche y le dije: “Pinche cobarde, vete a cambiarte los calzones”.
Regresé a mi coche y vi la pantalla de mi celular. Tenía más de diez llamadas perdidas de Mauricio. Cuando yo no lo buscaba, el perrito venía solo. Prendí un cigarro, le di una calada profunda y le regresé la llamada.
“Regina, ¿dónde chingados estás?”, se escuchó su voz alterada. “¿Qué pasó? ¿Vienes a llorarme para que perdone a Valeria?”, me burlé. “Ven al ‘República’ en Polanco. Necesitamos tomar un trago”, respondió, y colgó.
Llegué al antro. El cadenero me conocía, así que me pasó directo a la zona VIP. Iba a abrir la puerta del privado cuando escuché la voz ronca de Diego atravesar el ruido de la música electrónica. “Pensé que tú y Regina se llevaban bien de niños. ¿Por qué terminaron así?”, le preguntaba Diego. Mauricio estaba de espaldas a la puerta, tomando su vaso. “De niño me daba lástima. Su mamá era una loca de remate en el psiquiátrico, sentí pena por ella. Pero luego me di cuenta de que Regina está igual de loca… y ahora que su familia se fue al diablo…”
Si hace unos minutos me sentía vacía, en ese momento la s*ngre me hirvió de pura rabia. Pateé la puerta con tanta fuerza que rebotó contra la pared. Agarré una botella de champaña Moët de la mesa, la reventé contra la esquina y le puse los vidrios afilados directo en la yugular a Mauricio. “Te lo advierto, Mauricio”, le siseé con los dientes apretados. “Puedes odiarme, puedes amarme, pero no te permito que me tengas lástima. ¡Jamás!”
Antes de que pudiera cortarle el cuello, Mauricio me agarró de la muñeca con fuerza y alejó los vidrios. Me miró a los ojos y, por un segundo, vi al niño que ahorró sus domingos para comprarme un Game Boy. “Regina, cálmate”, me pidió. “Sé que estás destrozada. Espérame. Solo dame tiempo para terminar de d*struir a mi familia y te juro que te llevaré lejos de aquí”.
“¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer con Valeria? ¿Ya no es el amor de tu vida?”, le solté, venenosa. El silencio de Mauricio fue toda la respuesta que necesité. De pronto, todo tuvo sentido. Miré su rostro perfecto y me di cuenta de que era un completo extraño. Él nunca había amado a nadie. Solo era un narcisista enfermo que jugaba con los sentimientos de las mujeres, haciéndose la “víctima buena” mientras disfrutaba viéndonos plear a merte por él. Todo era para alimentar su ego lastimado.
Como si me hubieran drenado la energía, solté el cuello de la botella rota, que se estrelló contra el piso. “Mauricio… ¿quieres ir a dar una vuelta en coche?”, le pregunté, con la voz vacía.
Diego, que había estado recargado en el sillón disfrutando del show con una sonrisa, se metió en la conversación. “Ese Porsche rojo que traes hoy… es el que yo mandé a arreglar, ¿verdad?” Lo fulminé con la mirada. Diego le dio un trago a su tequila y miró a Mauricio. “Yo que tú no me subía, wey. A ese coche le puse una b*mba plástica. Y el control remoto lo tiene ella”.
Mauricio se me quedó viendo, tratando de descifrar si Diego estaba mintiendo o no. “Te lo vuelvo a preguntar”, le dije a Mauricio, ignorando a Diego. “¿Vienes o te quedas?” Mauricio no dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Simplemente se quedó congelado, analizándome. Sentí un asco tremendo. El niño del Game Boy ya no existía. Me di la media vuelta para irme.
Diego se interpuso en la puerta, sonriéndome de lado. “Qué grosera. Aquí hay otro güey en la sala, ¿por qué no me invitas a mí?” “Quítate de mi camino. No tengo tiempo para tus jueguitos”, le dije, empujándolo. Él era un hombre de negocios, un calculador frío. Jamás se subiría a un coche con una b*mba real.
Pero Diego me siguió por el pasillo. “Regina, pregúntame”, insistió. Me frené y lo miré con fastidio. “¿A ver, tienes los h*evos para subirte?” “Sin pensarlo”, respondió él. Y vi en sus ojos que hablaba completamente en serio. Mi corazón se saltó un latido.
Manejé a toda velocidad por la carretera libre a Cuernavaca. Por el retrovisor veía que Mauricio venía siguiéndonos de lejos en su camioneta. El celular en el tablero no dejaba de sonar; eran llamadas suyas. Ni Diego ni yo contestamos.
Diego iba en el asiento del copiloto, con el viento alborotándole el pelo. “¿Qué onda? ¿Te dolió darte cuenta de que el pobrecito de Mauricio solo te usaba para sentirse superior? ¿Todavía te gusta?” “No seas idiota”, le respondí. “Sé perfectamente que tú lo provocaste para que dijera eso justo cuando yo iba a entrar. Lo calculaste todo, cabrón”. Diego soltó una carcajada ronca. “Pues sí, ¿y qué? Ese imbécil no merecía que lo quisieras”. “¿Y quién sí lo merece?”, le reté. Diego se inclinó hacia mí, deslizó su mano por mi espalda y me susurró al oído con esa voz adictiva: “Yo, obviamente”. Me rozó el lóbulo de la oreja con los labios. “Somos iguales, Regina. Estamos igual de podridos, igual de locos… y tenemos la misma hambre de s*ngre”.
Me contó cómo se había encargado de Mónica, la tipa del agua. La drgó, la tiró en un antro de mala muerte y la usaron hasta dstruirla; la dejaron tan mal que ya ni siquiera podía valerse por sí misma. Lo escuché sin sentir la más mínima empatía. “Ah, se me olvidó decirte”, añadió Diego, riendo. “Yo fui el que le pagó a Mónica para que te echara el agua sucia en tu fiesta de compromiso”. Me eché a reír a carcajadas. “Maldito infeliz. Y todo por unos pinches terrenos en Santa Fe”. “Bueno, yo te dije que me enamoré de ti mucho antes de lo que crees. Cuando saliste empapada de ese baño y le dijiste a todos ‘el que siga viendo le saco los ojos’… te juro que te veías perfecta”.
Diego empezó a jugar con el control remoto negro en sus manos. “Entonces, ¿pasé tu prueba? ¿Ya soy digno de ti?” Sonreí, toqué mi bolsillo vacío de la chamarra de cuero. “¿A qué hora me lo sacaste?” “Cuando te dije que éramos iguales”, guiñó un ojo.
El celular volvió a sonar. Esta vez, era una llamada que entró directa al altavoz. Era Mauricio. Su voz sonaba desesperada por el viento. “¡Regina, por favor, no hagas una pendejada!” Me reí suavemente. “Mauricio… yo juré que todos los que le hicieron daño a mi mamá iban a pagar. Y en esa lista, estoy yo misma”.
Colgué la llamada. Apagué el celular y lo tiré por la ventana. Por fin había cortado el último lazo tóxico que me unía a la mentira que fue Mauricio. Volteé a ver a Diego. “¿Listo?”, le pregunté. El amanecer empezaba a teñir el cielo de naranja sobre las montañas. Asentí con la cabeza. Diego puso su mano sobre la mía, y juntos, presionamos el botón rojo. “¡Pum!”, dijimos al mismo tiempo.
…
Una niña chiquita, abrazada a un peluche, parpadeó con sus ojotes enormes y me miró desde la cama. “¿Y luego qué pasó, mami?” “Pues luego… todos los malos se mrieron”, le contesté, arropándola. La niña frunció el ceño, confundida. “Pero mami, ¿por qué a fuerzas los malos se tienen que mrir? Además, al final todos nos mrimos, ¿entonces todos somos malos?” Me quedé sin palabras. Traté de inventar algo rápido: “Este… bueno, la gente buena que respeta las reglas y es amable no es mala”. La niña sacó su cabecita llena de rizos debajo de las cobijas. “Yo no quiero que se meran. Mami… esa b*mba de la historia, ¿no podía ser nomás de juguete?”
Sonreí en la tenue luz de la lámpara de noche. Miré hacia la mesita, donde descansaba un viejo unicornio de peluche, sucio, con la panza remendada con hilos disparejos. Nadie más que yo sabía los secretos oscuros que ese unicornio había guardado.
Le di un golpecito suave en la frente a la niña. “Ana Victoria, si no te duermes ahorita mismo, voy a gritarle a tu papá para que venga a regañarte”.
La puerta se entreabrió despacio, y Diego se asomó recargado en el marco, con esa misma sonrisa de lado que me volvía loca, mirándonos con una ternura que el mundo exterior jamás creería que tenía. La b*mba siempre fue de juguete. Y yo, por primera vez en mi vida, estaba verdaderamente en paz.