El rechinido ensordecedor de la patrulla frenando en seco levantó una nube de polvo que cortó de tajo el siseo de mi aerosol. Bajó la oficial, con la mano apoyada en su *rma y una mueca de absoluto asco en la cara.
—¡Oye, pr*eto! ¡Suelta eso ahora mismo! —gritó, como si su voz fuera un látigo en medio de la calle.
Bajé las manos despacio, apretando las latas de pintura roja y azul. Llevaba mi ropa de siempre: pantalones anchos y una playera blanca salpicada de gotas neón.
—Disculpe, oficial. Solo estoy terminando esta pieza —le dije, intentando mantener una voz neutra.
—¿Pieza? ¿Le llamas a esta bsura una pieza? —se me fue encima, señalando la barda con el dedo—. ¿Tienes idea de quién vive aquí? Gente que paga mis impuestos para que yo limpie la escria como tú de las calles.
Tragué saliva, sintiendo la impotencia quemarme el pecho. —Oficial, usted no entiende. Yo vivo aquí. Esta es mi pared. Si me permite mostrarle mi identificación…
Soltó una carcajada estridente, llena de veneno. —¿Tu casa? ¿Y yo soy la Reina de Inglaterra? —su tono se volvió de hielo—. Sé cómo operan. R*ban las latas y vienen a marcar territorio. ¡Date la vuelta AHORA
No alcancé ni a parpadear. Me agarró del hombro con una fuerza innecesaria y me estampó de cara contra el mural húmedo. Sentí la pintura fresca embarrándose en mi rostro y en mi ropa. El sonido metálico de las esposas cerrándose fue lo único que rompió el silencio.
Por el rabillo del ojo vi a varios vecinos asomándose. Algunos grababan con sus celulares, pero nadie intervino. Me arrastró hacia la patrulla mientras me dolían las muñecas, exhibiéndome como un trofeo de caza en mi propia banqueta.
Me empujó al asiento trasero. —En la estación nos divertiremos revisando tus antecedentes, «artista» —se burló.
¿¡QUÉ PASÓ CUANDO EL CAPITÁN VIO MI IDENTIFICACIÓN EN LA COMISARÍA?!
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