
El viento frío de Jalisco me cortaba la cara mientras acomodaba los cartones mojados en mi viejo carrito. Mis manos, agrietadas por el clima y el esfuerzo, temblaban sin parar. Llevaba 10 largos años sobreviviendo de recolectar basura, comiendo sobras, con la única esperanza de volver a ver a mi muchacho. Yo vendí hasta mis anillos de boda y la pequeña casa de madera que me dejó mi difunto esposo para que mi hijo estudiara. Él me había jurado mirándome a los ojos: “Regresaré por ti, mamá, te haré una reina”, me prometió antes de subir a aquel camión. Pero la realidad fue otra; no recibí ni una llamada, ni un solo peso en una década.
De pronto, el silencio del pueblo se rompió. Una impresionante caravana de camionetas de lujo bloqueó el camino de tierra, y de la más grande, bajó él, mi Alejandro. Llevaba un traje que costaba más de lo que yo ganaría en tres vidas, y del brazo traía a una mujer hermosa, cubierta de joyas.
Se me paró el corazón. Mis piernas temblaban, dejé caer mis cartones y corrí hacia él con lágrimas en los ojos.
—”¡Mijo! ¡Alejandro, mi niño hermoso!”, grité extendiendo mis manos llenas de tierra.
Lo que pasó después me destrozó el alma para siempre. Él me miró con un asco profundo. Mi propio hijo, por el que pasé hambres, negaba mi existencia porque le daba vergüenza mi pobreza. Cuando intenté abrazarlo, me empujó con tanta fuerza que caí de rodillas sobre un charco de lodo helado.
—”¡No me toques el traje, vieja mndiga y loca!” —le gritó a los de seguridad —. “¡Quítenme a esta bsura de encima, va a asustar a mi prometida!”.
El mundo se me vino abajo. Mientras yo lloraba en el lodo y Alejandro se reía, un grito furioso hizo eco en la calle. Era Don Arturo, el dueño del imperio donde trabajaba mi hijo y el padre de la chica. Venía corriendo desesperado, ensuciando su traje carísimo en los charcos.
Alejandro sonrió, creyendo que su jefe venía a saludarlo. Pero el magnate lo ignoró por completo y fijó su mirada llorosa directamente en mí.
¿QUÉ IBA A HACER EL HOMBRE MÁS PODEROSO DE LA CIUDAD AL VERME TIRADA EN EL LODO?
PARTE 2
El impacto contra el suelo fue brutal. El agua helada del charco me empapó de inmediato, calándome hasta los huesos. Mis rodillas chocaron contra las piedras ocultas bajo el fango gris de nuestro pueblo, provocando un latigazo de dolor que me subió por las piernas hasta el pecho. Pero ese dolor físico, por agudo que fuera, no era absolutamente nada comparado con el desgarro que me estaba partiendo el alma en ese preciso instante.
El viento frío de Jalisco me cortaba la cara mientras acomodaba los cartones mojados en mi viejo carrito apenas unos minutos antes. Ahora, ese mismo viento parecía aullar en mis oídos, burlándose de mi tragedia, enredando mi cabello canoso y sucio frente a mis ojos. Sentí el fango helado filtrándose a través de la tela gastada de mi falda remendada, esa misma prenda que había zurcido tantas veces a la luz de una vela.
Alcé la vista desde mi humillación, con los ojos nublados por lágrimas espesas que me quemaban las mejillas. A través de esa cortina de agua salada, vi su rostro. El rostro de mi niño. El rostro que yo había besado tantas noches antes de dormir, cuando le acariciaba la frente y le prometía que nuestro sufrimiento y nuestra pobreza no durarían para siempre.
Pero la mirada que me devolvía desde su imponente altura no era la de mi hijo. Era la mirada de un extraño. Un extraño con los ojos oscurecidos por un asco profundo, un desprecio tan denso y venenoso que me robó el aliento y me dejó sin palabras. Su mandíbula estaba tensa, sus facciones endurecidas por la vergüenza de que alguien lo viera cerca de mí.
Cuando intenté abrazarlo, guiada por el amor ciego de una madre que lleva una década esperando, me empujó con tanta fuerza que caí de rodillas sobre un charco de lodo helado. Sus manos, ahora envueltas en la tela de un traje finísimo y carísimo, se sacudieron rápidamente en el aire, como si el simple roce con mis dedos agrietados y llenos de tierra lo hubiera contaminado de alguna enfermedad incurable.
A su lado, la mujer hermosa que lo acompañaba, cubierta de joyas brillantes que destellaban bajo el cielo gris del pueblo, dio un paso atrás asustada. Se cubrió la boca con una mano adornada con un anillo de diamantes gigante. Ella me miraba no con odio, sino con una repulsión instintiva. Como si yo fuera un animal moribundo, un estorbo que arruinaba su paseo perfecto.
Las palabras que salieron de la boca de mi Alejandro fueron verdaderas dagas. Dagas oxidadas que se clavaron sin piedad en mi corazón cansado.
—”¡No me toques el traje, vieja mndiga y lca!” —le gritó a los de seguridad, con una furia que me hizo encoger los hombros.
Su voz no tenía ni un rastro de duda, ni un ápice de remordimiento, ni una sola gota de ese cariño que yo le había sembrado desde la cuna. Se giró hacia los hombres enormes vestidos de negro que habían bajado de las otras camionetas.
—”¡Quítenme a esta b*sura de encima, va a asustar a mi prometida!” —ordenó a gritos, señalándome con el dedo índice.
Me estaba señalando como si yo fuera literalmente un montón de desperdicios que el viento había arrastrado hasta la punta de sus zapatos de diseñador.
El mundo entero se me vino abajo. Mi propio hijo, por el que pasé hambres incontables, negaba mi existencia porque le daba vergüenza mi pobreza.
¿Bsura? ¿Me había llamado bsura frente a todos?
A veces siento que mi memoria es como un archivo digital olvidado, un simple New Text Document. donde se han quedado registrados cada uno de mis dolores, cada sacrificio, cada noche sin dormir. Y en ese archivo de mi mente, la palabra “b*sura” empezó a parpadear como una alarma, destruyendo todo lo que yo creía verdadero.
El tiempo se congeló. Los motores V8 de la impresionante caravana de camionetas de lujo que bloqueó el camino de tierra seguían ronroneando, pero yo ya no escuchaba nada. Solo el eco de su insulto.
Yo, la mujer que se quitaba el pan de la boca para dárselo a él. Yo, que había vendido hasta mis anillos de boda y la pequeña casa de madera que me dejó mi difunto esposo para que mi hijo estudiara.
Mi mente me arrastró de vuelta a aquel día amargo y doloroso hace más de diez años. Nuestra casita de madera en las afueras del pueblo. Era muy humilde, el techo goteaba cuando llovía, pero era nuestro santuario. Sin embargo, mi muchacho quería ir a la capital. Quería comerse el mundo. Recuerdo haber firmado los papeles de venta con las manos temblorosas, entregándole a un usurero abusivo nuestro único patrimonio por una miseria, solo para poder darle a Alejandro el dinero de su inscripción y sus pasajes.
Recuerdo la mañana en la central camionera. El olor penetrante a humo de diésel, el ruido de los motores. Él me abrazó fuerte. “Regresaré por ti, mamá, te haré una reina”, me prometió antes de subir a aquel camión.
Y yo le creí. Le creí con cada fibra de mi ser. Me quedé en la banqueta viendo cómo el autobús desaparecía en el horizonte, llorando de orgullo.
Pero la realidad fue otra. Llevaba 10 largos años sobreviviendo de recolectar basura, comiendo sobras, con la única esperanza de volver a ver a mi muchacho. Mi cuerpo se encorvó por el peso de los costales de plástico y aluminio. Mis manos se llenaron de callos y grietas incurables. Mi piel se tostó y se arrugó bajo el sol implacable de Jalisco. Todo ese castigo físico lo soporté pensando que, algún día, él volvería a cruzar la puerta del cuartito de lámina que rentaba.
Pero no hubo ni una llamada, ni un solo peso en una década. Diez Navidades sola. Diez Días de las Madres llorando en silencio. Diez años de preguntarle a Dios si mi hijo estaba vivo, si tenía frío, si había comido.
Y ahora, aquí estaba. Regresó convertido en un monstruo, y me tiró al lodo frente a su novia.
Dos hombres de seguridad, vestidos de traje oscuro y con rostros de piedra, se acercaron a mí obedeciendo sus órdenes. Sus manos fuertes me agarraron por los brazos. Sus dedos se hundieron en mi carne lastimada, levantándome del suelo mojado sin ninguna delicadeza.
Yo no podía apartar la vista de los ojos de Alejandro. Mis piernas temblaban tanto que no me sostenían.
—Mijo… —susurré, con la voz ahogada por el llanto, mientras el lodo escurría por mis mejillas arrugadas—. Alejandro… soy tu mamá. Mírame, por favor.
Por un microsegundo, vi que el color abandonaba el rostro de mi hijo. La máscara de arrogancia resbaló y vi el reconocimiento puro en sus pupilas. Él sabía que era yo. Sabía perfectamente que la mujer empapada y sucia que estaba ordenando echar a la calle era la misma que lo arrullaba cuando tenía fiebre.
Pero el terror a perder su fachada, el pánico absoluto a que su prometida millonaria descubriera que él provenía de la pobreza más extrema, apagó cualquier destello de humanidad en él. Apretó los dientes.
—¡Cállate, vieja lca! —vociferó, retrocediendo un paso, escupiendo las palabras con asco—. ¡Llévensela lejos, sáquenla de aquí! ¡Huele a merda!
Me estaba negando. Mi propia carne y sangre me arrancaba de su vida frente a los vecinos del pueblo, que ya empezaban a asomarse tímidamente por las ventanas y las puertas de las fondas, murmurando incrédulos ante la escena.
Los guardias tiraron de mí hacia atrás. Mis pies arrastraron por la tierra mojada. Dejé caer la cabeza, rindiéndome. El dolor me había vencido. Había gastado mi vida entera cultivando una flor que resultó ser una espina venenosa. Quería cerrar los ojos y simplemente desaparecer, dejar que la lluvia me lavara de la existencia.
Pero Dios es grande y no se queda con nada de nadie. El universo tiene formas misteriosas y precisas de cobrar las deudas.
Mientras yo lloraba en el lodo y Alejandro se reía, un grito furioso hizo eco en la calle.
Fue un grito ronco, un rugido cargado de una autoridad abrumadora que paralizó a todos los presentes. No fue la orden de un guardia, ni el quejido de un vecino. Fue el grito de un líder.
—¡ALTO! ¡SUÉLTENLA AHORA MISMO!
Los guardias que me sujetaban se congelaron. Me soltaron de inmediato, como si mi piel se hubiera vuelto de fuego.
Desde la parte trasera de la impresionante caravana de vehículos, se abrieron de golpe las puertas de otra camioneta negra. Era Don Arturo, el dueño del imperio donde trabajaba mi hijo y el padre de la chica. El hombre del que todo el país hablaba, un magnate de los negocios, el jefe supremo de Alejandro.
Yo nunca lo había visto en persona en esta época, pero su rostro adornaba las revistas de finanzas que yo a veces encontraba entre los cartones viejos.
Don Arturo no salió caminando con la elegancia que se esperaría de un hombre de su talla. Venía corriendo desesperado, ensuciando su traje carísimo en los charcos.
Sus zapatos de diseñador italiano chapoteaban en el fango denso. El lodo salpicaba los bajos de sus pantalones finos de casimir oscuro, arruinando la tela, pero a él no parecía importarle en lo más mínimo. Su rostro, maduro y marcado por los años, estaba desencajado por la urgencia. Respiraba agitadamente, abriéndose paso a empujones entre su propio personal de seguridad.
Alejandro, al verlo, cambió de actitud con una rapidez enfermiza. Su rostro se iluminó con una sonrisa falsa y servil. Se acomodó rápidamente la solapa de su traje, creyendo ciegamente que su jefe venía a saludarlo y a felicitarlo por su próxima boda en el pueblo.
—¡Don Arturo! ¡Suegro! —exclamó Alejandro, dando un paso adelante con los brazos medio abiertos—. Qué sorpresa que haya venido hasta acá. No se preocupe por este alboroto, ya les dije a los muchachos que corrieran a esta m*grosa…
Pero Don Arturo lo ignoró por completo.
Pasó por el lado de mi hijo como si Alejandro fuera invisible. Ni siquiera le dirigió una mirada. El gran magnate cruzó el espacio que nos separaba y llegó hasta donde yo estaba encogida.
Y entonces, frente a la mirada atónita de sus guardias, de los vecinos, de su hija y de mi propio hijo, el hombre más rico y poderoso de la región hizo lo impensable.
Se tiró al lodo a mi lado, me miró a los ojos y empezó a llorar.
Sus rodillas chocaron contra el suelo empapado, manchando sus pantalones con la misma tierra húmeda que cubría los míos. El agua sucia mojó sus manos limpias. Un silencio sepulcral, espeso como la niebla, cayó sobre toda la calle. Ni siquiera los perros callejeros ladraban. El viento pareció detenerse.
El gran Don Arturo, el titán intocable, estaba de rodillas frente a una humilde recolectora de basura. Estaba temblando.
—”¿Doña Rosa? ¿Es usted?” —dijo el multimillonario con la voz quebrada.
Esa voz. Ese timbre ronco. Esa mirada oscura que me suplicaba reconocimiento.
A través del velo de mis lágrimas, mi mente hizo un viaje vertiginoso hacia el pasado, saltando sobre las décadas de miseria y soledad. Nadie en ese pueblo lo sabía, ni siquiera mi propio hijo. Pero hace 25 años, cuando Don Arturo lo perdió todo y vivía en las calles, yo lo curé de una pulmonía y le di el último plato de sopa que tenía en mi cocina.
La memoria me golpeó con la fuerza de un relámpago. Era el invierno más cruel que se recordaba en Jalisco. Las tormentas azotaban los techos de lámina sin piedad. Una madrugada helada, escuché ruidos en la puerta de mi casita de madera. Al asomarme, encontré a un hombre joven tirado en mi escalón, temblando incontrolablemente, con los labios morados y la piel pálida como el papel.
Era un vagabundo. Un hombre destrozado por la vida que había llegado al pueblo huyendo de sus propios demonios, ahogado en la desgracia tras perder sus primeros negocios. Estaba al borde de la muerte. La lluvia lo había empapado y la fiebre lo estaba consumiendo. Ningún vecino le había querido abrir la puerta. Nadie le ofreció ni un cartón para cubrirse.
Pero yo no pude dejarlo ahí para que muriera congelado. Con todas mis fuerzas, lo arrastré hacia el interior de mi hogar. Lo acosté cerca de mi estufa de leña. Lo cubrí con las únicas mantas secas que tenía. Y entonces, busqué en mi alacena vacía. Solo tenía un puñado de arroz, unas hierbas de olor y un hueso de pollo viejo. Era la única comida que nos quedaba para pasar la semana, pero el hombre la necesitaba más.
Preparé un caldo caliente. Pasé tres noches en vela a su lado, poniéndole paños húmedos en la frente, dándole de beber cucharada por cucharada mientras él deliraba. Yo lo curé de esa pulmonía mortal.
Cuando al fin abrió los ojos y recuperó el conocimiento, se sentó a mi mesa rústica. Le serví el último plato humeante. Se lo comió entre lágrimas. Antes de marcharse, me tomó las manos y me hizo una promesa que yo creí que el viento se había llevado para siempre: “Señora Rosa, hoy soy un hombre sin nada. Pero usted me ha devuelto la vida. Le juro que el mundo sabrá de mí, y yo nunca olvidaré su rostro”.
Veinticinco años después, ese hombre estaba hincado en el lodo, sosteniendo mi rostro entre sus manos cálidas.
—Arturo… —murmuré, con los labios temblando de frío y de asombro.
—Sí, Doña Rosa. Soy yo. Soy el hombre al que le dio todo lo que tenía cuando el mundo entero me dio la espalda —sollozó Don Arturo, sin importarle que las lágrimas arruinaran su imagen—. La busqué. La busqué por años cuando por fin pude levantarme. Pero me dijeron que había vendido su casa y se había ido sin dejar rastro. Nunca dejé de buscarla. Creí que había muerto.
La ternura en el rostro de Don Arturo, el calor de sus manos, fue un bálsamo para mi alma destrozada. Pero ese momento íntimo de reencuentro fue interrumpido por la voz titubeante y aterrorizada de mi hijo.
—¿Patrón…? —tartamudeó Alejandro, dando un paso vacilante hacia nosotros, con el rostro pálido y sudoroso—. Yo… yo no entiendo. ¿Usted conoce a esta… a esta señora?
Don Arturo se quedó inmóvil por un segundo. Lentamente, giró el cuello para mirar a Alejandro.
La tristeza y la gratitud en el rostro del magnate desaparecieron en un instante, reemplazadas por una ira abrumadora y volcánica. La temperatura del aire pareció descender de golpe.
Don Arturo se levantó, su cara estaba roja de furia. El barro escurría de sus rodillas, pero su postura era la de un rey vengativo. Miró a Alejandro, quien temblaba de miedo al ver lo que pasaba.
Mi hijo retrocedió por instinto, levantando las manos en un gesto inútil de defensa. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que el abismo se había abierto bajo sus pies.
Caminando con pasos pesados y decididos, Don Arturo se plantó frente a Alejandro.
—”Acabas de tirar al suelo a la mujer que me salvó la vida, infeliz” —rugió el patrón, y su voz resonó contra las paredes de las casas cercanas, haciendo que la gente se asomara aún más.
—¡No, no, jefe! ¡Señor, déjeme explicarle! —suplicó Alejandro, con la voz aguda, presa del pánico total. Su fachada de hombre rico y exitoso se desmoronó por completo—. ¡Yo no sabía…! ¡Usted no entiende, ella es…!
¡ZAS!
El sonido del golpe fue seco y violento. Don Arturo levantó la mano y, con toda la fuerza de su indignación, le cruzó el rostro a mi hijo, dándole una bofetada que resonó en todo el pueblo.
El impacto fue tan brutal que Alejandro perdió el equilibrio. Sus piernas fallaron y cayó pesadamente de rodillas. En el mismo fango frío. En el mismo charco oscuro donde él, minutos antes, me había arrojado con tanto desprecio. Su traje de diseñador, impecable hasta ese momento, se manchó de barro pardo.
La prometida, que observaba todo desde unos metros de distancia, dejó escapar un grito ahogado y se llevó ambas manos al rostro, horrorizada por la escena.
—¡Tú me dijiste que eras huérfano! —continuó gritando Don Arturo, señalándolo con un dedo acusador que temblaba de pura rabia—. ¡Me vendiste la historia de que te habías hecho desde abajo, sin familia, sin ayuda de nadie! ¡Mentiroso! ¡Maldito mentiroso!
Alejandro se llevó una mano a la mejilla enrojecida. Lloraba. Sus lágrimas se mezclaban con el lodo de sus rodillas.
—¡Señor, por favor! —gimoteó, arrastrándose un poco por el fango, ensuciando la tela fina de sus pantalones—. ¡Le juro que puedo explicarlo! ¡Es que me daba vergüenza! ¡Mírela, es una pordiosera, cómo iba yo a presentarla como mi madre!
Esa fue la última gota. Esa justificación enfermiza terminó de destrozar cualquier compasión que Don Arturo pudiera sentir.
—¡Esa mujer a la que llamas pordiosera vale mil veces más que tú! —rugió el empresario, con veneno en cada palabra—. Yo conozco la pobreza, Alejandro. Yo viví en la calle. Yo sé lo que es tener las suelas rotas y el estómago vacío. Pero la verdadera miseria no está en los bolsillos, está en el alma. ¡Y tú tienes el alma podrida!
Don Arturo se irguió en toda su altura y dictó su sentencia final. Su voz era fría, calculada y letal.
—”Estás despedido. Las llaves del coche, las tarjetas, todo es de la empresa. Dámelas ahora. Y olvídate de casarte con mi hija, cobarde”.
El mundo se detuvo para Alejandro. Sus ojos se desorbitaron. Intentó respirar, pero parecía que el aire se le quedaba atascado en la garganta.
Su prometida, la hermosa Valeria, dio un paso al frente. Su rostro ya no mostraba susto, sino un asco profundo hacia el hombre con el que estaba a punto de casarse. Sin decir una sola palabra, se quitó el enorme anillo de diamantes de su dedo y lo arrojó al lodo, a escasos centímetros de las rodillas de Alejandro.
—No quiero volver a verte en mi vida —escupió ella, dando media vuelta para caminar rápidamente hacia el refugio seguro de la camioneta blindada.
Alejandro soltó un aullido desgarrador. En cuestión de segundos, mi hijo lo perdió todo. El imperio de mentiras y ambición desmedida que había construido pisoteando a los demás, y pisoteando a su propia madre, se derrumbó como un castillo de naipes bajo un huracán.
Con las manos torpes y temblorosas, mientras los guardias de seguridad se acercaban para asegurarse de que cumpliera la orden, Alejandro sacó las llaves del vehículo de lujo de su bolsillo y las dejó caer en la mano extendida del guardia. Sacó la billetera, entregando las tarjetas corporativas negras y doradas. Entregó el teléfono de última generación.
Despojado de sus símbolos de poder, se quedó llorando de rodillas en el mismo lodo donde me tiró, suplicando perdón.
—¡Mamá! —gritó de pronto, girando el rostro hacia mí. Sus ojos estaban rojos, desencajados por la desesperación. Se arrastró por el barro hacia donde yo seguía sentada—. ¡Mamá, por favor! ¡Ayúdame! ¡Diles que me perdonas! ¡Mamá, soy yo, tu Alejandro! ¡Soy tu niño hermoso!
Mi corazón, ese músculo desgastado que lo había amado por encima de mi propia vida, latió con fuerza. El instinto maternal, ciego e irracional, me impulsó a levantar la mano para ayudarlo, para decirle que todo estaría bien, como lo hacía cuando se raspaba las rodillas de pequeño.
Pero me detuve. Miré sus ojos. Y en ellos no vi arrepentimiento por haberme humillado. No vi dolor por haberme lastimado. Solo vi terror a perder su dinero. Solo vi egoísmo.
Si lo salvaba ahora, si intercedía por él, nunca aprendería. Seguiría siendo el mismo monstruo vacío y cruel. Yo no podía curar su alma podrida con un simple perdón. El karma había llegado a cobrar la factura que él mismo había firmado, y yo no iba a interponerme.
Lentamente, bajé mi mano. Cerré los ojos y aparté el rostro en silencio, dejándolo solo con las consecuencias de su soberbia.
Alejandro dejó escapar un llanto amargo y patético que se perdió en el viento frío de la tarde.
Don Arturo se arrodilló de nuevo a mi lado, bloqueando la visión de mi hijo. Sus ojos volvieron a llenarse de una ternura infinita. Con una delicadeza y un respeto que yo no había sentido en décadas, me tomó del brazo con delicadeza, me subió a su camioneta y me dijo: “Vámonos a casa, Doña Rosa. Hoy empieza su vida de reina”.
Uno de los guardias se apresuró a abrir la enorme puerta blindada del vehículo. El interior olía a cuero limpio y a un calor reconfortante que me envolvió como un abrazo. Me acomodé en los asientos de lujo, sintiendo la suavidad bajo mis ropas mojadas. Valeria me tendió de inmediato una cobija gruesa y caliente, cubriéndome los hombros, pidiéndome disculpas con la mirada por no haber sabido la verdad antes.
Don Arturo se sentó a mi lado y cerró la pesada puerta, aislando el sonido de los llantos de Alejandro.
A través del cristal polarizado, mientras la caravana encendía los motores y comenzaba a girar para abandonar el pueblo, miré por última vez hacia afuera.
Allí estaba Alejandro. El hombre que se creía rey del mundo, hincado en la suciedad del camino, rodeado de mis cartones empapados por la llovizna. Estaba completamente solo, abandonado por el poder, rechazado por la mujer que amaba, y repudiado por la madre a la que traicionó. El barro lo cubría, manchando para siempre su costoso traje, marcándolo con la vergüenza de sus actos.
El vehículo aceleró suavemente, dejándolo atrás, alejándome del dolor, del hambre y de la basura.
Apoyé la cabeza en el respaldo del asiento, sintiendo el calor de la calefacción secando las lágrimas de mis mejillas. Miré a Don Arturo, que me sonreía con la devoción de un hijo agradecido.
Dicen que la sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia.
Mi sangre, la que corría por las venas de Alejandro, solo trajo lágrimas, traición y miseria. Pero la lealtad de un hombre al que salvé por pura compasión humana, un hombre que no olvidó el sabor de aquel plato de sopa ni el calor de mi estufa vieja, me estaba devolviendo la vida que mi propio hijo me había robado.
Cerré los ojos, respirando profundamente por primera vez en diez años, sabiendo que mi sufrimiento, por fin, había terminado. Y que a veces, el karma no viaja a pie; a veces, llega arrollando todo a su paso, vestido de traje fino y manejando una camioneta blindada.