Soy un anciano en la peor p*risión de México. Cuando el líder del pabellón se paró frente a mí, supe que era mi fin.

Parte 1:

El sonido de mi propia respiración me parecía ensordecedor.

Mis manos, manchadas por los años y el trabajo duro en el campo, temblaban sin control al sostener la cuchara de plástico.

Llevo tres meses encerrado en este infierno de concreto en el Estado de México. Soy solo un viejo de 68 años, un hombre cansado, rodeado de lbos dispuestos a d*spedazarte por cualquier error.

Aquel martes, el calor en el comedor era asfixiante.

El olor a sudor rancio, humedad y frijoles hervidos se mezclaba en un aire tan pesado que costaba tragarlo. Yo solo miraba mi bandeja de metal abollada: un pedazo de pan reseco y un poco de arroz que apenas calmaba el ruido de mis tripas.

De pronto, el constante murmullo del comedor se apagó por completo.

Sentí cómo la temperatura de mi cuerpo bajaba de golpe. El silencio era una a*menaza.

Escuché unas botas pesadas, lentas y decididas, deteniéndose justo frente a mi mesa.

Levanté la vista poco a poco, sintiendo que el pecho me iba a e*stallar por el miedo.

Era “El Toro”. Un gigante de casi dos metros, con el uniforme blanco a punto de rasgarse por la tensión de sus músculos.

Tenía los gruesos brazos y el cuello completamente tapizados de ttuajes oscuros, cicatrices y alambres de pas.

Su rostro, endurecido por la calle y la v*olencia, estaba fijo en mí. Ni siquiera parpadeaba.

Nadie respiraba a nuestro alrededor. Los guardias, cobardes, miraban hacia las ventanas. Esa es la ley aquí adentro: cuando los j*fes del pabellón se mueven, tú te haces ciego, sordo y mudo.

Pero yo no tenía a dónde huir. Era mi mesa. Era mi final.

Apoyó sus enormes y pesados puños sobre mi mesa de aluminio. El metal crujió bajo su peso.

Se inclinó lentamente hacia mí. Podía sentir el calor de su cuerpo y oler el tabaco negro en su aliento.

Sus ojos oscuros, fríos e inescrutables, barrieron mi miserable bandeja de comida y luego se clavaron directamente en mis ojos llorosos.

Mi mente viajó a mi nieta. Pensé que nunca volvería a abrazarla. Que mis días terminarían ahí, a g*lpes, por un pedazo de pan que ni siquiera quería comerme.

La vergüenza de morir así, tan débil, me llenó los ojos de lágrimas. Tragué saliva, esperando el primer i*mpacto.

Él apretó la mandíbula, tensó el cuello y acercó su rostro a centímetros del mío.

¿QUÉ IBA A HACER EL HOMBRE MÁS P*LIGROSO DEL PENAL CON UN ANCIANO INDEFENSO?

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