Soy Alejandro. Aquella mañana me despedí de mi hija Renata, de apenas cuatro añitos, antes de irme a trabajar. Ella estaba sentada en la sillita de nuestra cocina, con su camisón pegadito al cuerpo y la mirada clavada en el piso.
Estefanía, mi nueva esposa, le sirvió un licuado verde espeso. Me aseguró, con esa voz que siempre sonaba tan controlada, que la niña seguía delicada del estómago. Yo, trabajando como bestia en la calle para olvidar la ausencia de Mariana, la mamá biológica de Renata, le creí.
Antes de salir rumbo al aeropuerto, mi niña corrió hacia mí descalza y me metió un dibujo arrugado en la mano. Era una casita torcida con ventanas completamente negras y una figura chiquita sentada en el patio, sin boca.
Me quedé con un nudo en la garganta, pero Estefanía rápido la guio hacia el pasillo.
Por azares del destino, una tormenta de imprevisto canceló mi viaje. Decidí regresar a casa en silencio
Entré sin hacer el más mínimo ruido. La casa estaba a oscuras, demasiado callada. Subí las escaleras despacito y, de pronto, escuché un sonido extraño viniendo del cuarto.
Tac… tac… tac…
Era un metrónomo. Luego, escuché la voz de Estefanía, fría y sin una gota de ternura: —Endereza la espalda. No aflojes.
Y en seguida, la vocecita quebrada de mi Renata: —Mami… ya me cansé…
Me acerqué a la puerta entreabierta. Me asomé por la rendija… y sentí que el aire se me iba del cuerpo.
Mi chamaca estaba parada sobre un bloque de madera en un solo piecito, temblando de hambre y debilidad. Tenía un diccionario pesadísimo sobre su cabeza y parecía a punto de desmayarse.
Pero lo que hizo esa mujer un segundo después me destrozó la vida para siempre…
¿¡QUÉ CLASE DE M*NSTRUO HABÍA METIDO A MI PROPIA CASA PARA CUIDAR A MI NIÑA?!
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