—Ándale, llámale a quien tú quieras, huerquilla —dije, soltando una carcajada que resonó en cada rincón del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México.
Llevo más de 20 años dictando sentencias con rostro de piedra. Soy temido por todos los abogados de la capital. Frente a todos, parada justo en la zona prohibida entre mi estrado de caoba y las bancas, se encontraba una niña diminuta.
Llevaba un vestido rosa con bordados y dos trenzas mal hechas. Tendría, a lo mucho, 4 o 5 años. Sostenía un teléfono celular con funda negra con una seriedad absoluta.
—¿Qué haces ahí parada, muñequita? —pregunté, acomodándome la toga negra, divertido por la escena.
—Llamando —contestó ella, con un tono firme que desentonaba con su vocecita infantil.
Le dije que le llamara a quien quisiera, limpiándome una lágrima de los ojos por la gracia que me causaba. Pero entonces, el sonido de la línea conectándose resonó en el altavoz. Mi sonrisa se congeló. El silencio sepulcral invadió el recinto.
Desde la pequeña bocina, brotó una voz femenina, inmensamente débil, nerviosa y agotada.
—¿Sofía? ¿Mi amor, eres tú? ¿Dónde estás?
Sentí que el piso de mármol desaparecía bajo mis pies. Conocía esa voz mejor que las líneas de mis propias manos. Era la voz de Daniela. Mi única hija. La misma que no me dirigía la palabra desde hacía 2 agónicos años.
La niña apretó el celular con sus dos manitas.
—¡Mami! Estoy en un lugar grandote y feo. Hay un señor malo vestido de negro allá arriba… se estaba riendo de mí.
A los 20 presentes les faltaba el aire. La pequeña me señaló con su dedito.
—Mami… ¿tú conoces al abuelo Arturo?
¿POR QUÉ MI NIETA ESTABA SOLA EN MI TRIBUNAL, Y QUÉ TRAGEDIA ESTABA A PUNTO DE ESCUCHAR EN ESE TELÉFONO QUE DESTROZARÍA MI VIDA DE MAGISTRADO PARA SIEMPRE?
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