
El timbre de la escuela sonó, anunciando el inicio del examen de admisión a la universidad. Metí la mano en mi mochila buscando mis documentos, pero mis dedos solo encontraron el vacío; mi ficha de examen había desaparecido por completo.
El pánico me apretó la garganta. Fue entonces cuando mi celular vibró. Era un mensaje de Valeria, la chica que siempre me había hecho la vida imposible en la preparatoria.
“¿Todavía sueñas con hacer el examen? Mira esto”.
La foto adjunta mostraba mi ficha de examen, hecha pedacitos, flotando en un charco de agua sucia. Todo mi cuerpo empezó a temblar y mi mente se quedó totalmente en blanco.
Antes de que pudiera reaccionar, entró otro mensaje. Esta vez era de Diego. Mi mejor amigo de la infancia. El niño con el que crecí y con quien había planeado todo mi futuro.
“Lo de irnos juntos a la universidad era solo una broma. Renuncié a mi pase directo por excelencia. Voy a hacer el examen para entrar a la otra universidad pública con Valeria. Fui yo quien tomó tu ficha de la mochila. Tenía miedo de que no supieras tu lugar y me siguieras rogando, arruinando mi relación con Valeria, así que te tocará repetir el año”.
Las rodillas no me sostuvieron, sentí cómo me robaban el aire y caí de rodillas sobre el concreto caliente del patio. La visión se me nubló por completo. Dieciocho años de lealtad tirados a la basura por una crueldad inimaginable.
De pronto, mi teléfono volvió a iluminarse con un mensaje de mi profesor tutor.
“¿Ximena, ya entraste al salón? Hay un aviso urgente de la dirección, llámame en cuanto leas esto”.
Contesté la llamada casi por instinto, con los dedos temblando. Apenas al primer tono, el profesor contestó sorprendido. Con la garganta seca y una voz que ni yo misma reconocía, susurré: “Profe, mi ficha de examen… me la rompieron”.
Hubo un silencio sepulcral en la línea.
“¿De qué hablas? ¿Estás bien?” preguntó el maestro con la voz alterada. Yo solo apreté el teléfono mientras veía el patio vaciarse. “Escúchame”, continuó el profesor recuperando la seriedad, “es sobre el pase directo a la universidad…”.
PARTE 2: El giro del destino
El profesor recuperó la calma rápidamente y su tono se volvió serio: “Es sobre el pase directo”.
“Ayer, Diego fue a la escuela a firmar los papeles para renunciar a su derecho de pase directo”. “Esta mañana, su expediente ya fue archivado en la Secretaría de Educación y el aviso oficial se publicó en la vitrina de la escuela”. “Todo el papeleo está listo. Según el reglamento, como tú tienes el segundo mejor promedio de la generación, automáticamente ocupas su lugar”.
Me quedé helada. En mis oídos solo retumbaba el latido desbocado de mi propio corazón. “¿Pase directo?” pensé, incrédula.
“Ven a la escuela ahora mismo. En la tarde, los de admisiones irán a entregarte tu carta de aceptación adelantada y los papeles oficiales”. “No hay tiempo que perder. ¿Me escuchaste, Ximena?” “Sí, profe, voy para allá”, contesté y colgué.
Me quedé paralizada por un segundo en medio del patio y respiré hondo. La desesperación que sentía hace un momento desapareció por completo, reemplazada por una lucidez fría y cortante. Diego, Valeria… pusieron todo su empeño y veneno en destruir mi futuro, pero no se esperaban esto, ¿verdad?. Hasta el destino y el karma estaban de mi lado.
Hora y media después, salí de la preparatoria con todos mis papeles en regla y abrazando un sobre manila sellado con muchísimo cuidado. El profesor me acompañó a la puerta y, con tono un poco incómodo, me dijo: “Qué coincidencia… ayer cuando Diego firmó la renuncia, nadie pudo hacerlo cambiar de opinión. Estaba terco”. “Dijo que quería presentar el examen por sus propios méritos para entrar a la otra universidad pública junto a esa niña, Valeria”.
Sonreí levemente y respondí con calma absoluta: “Esa fue su elección, profe. Ya no hay nada qué hacer”.
A las 3:00 de la tarde en punto, los encargados de admisiones de la universidad tocaron a la puerta de mi casa. Eran muy formales. Una maestra sacó de su maletín una carpeta color vino, de pasta dura, y se la entregó a mis papás con las dos manos. “Felicidades, Ximena, te has ganado el pase de admisión adelantada a nuestra máxima casa de estudios”. “Aquí está tu carta de aceptación oficial, junto con el manual de nuevo ingreso y el convenio de tu beca”.
A mi mamá le temblaban las manos al tomar la carpeta; ya tenía los ojos rojos y a punto de llorar. Mi papá se quedó parado a un lado, revisando una y otra vez el sello oficial y la firma en la carta. Cuando los maestros se fueron, mi papá seguía aferrado al papel, como queriendo grabar cada letra en su memoria. Mi mamá me agarró la mano, con la voz entrecortada: “Una noticia tan grande… ¿por qué no me dijiste nada, mi niña?”.
La miré y le sonreí dulcemente: “Apenas ayer en la tarde publicaron el aviso, ma”. No alcancé a terminar la frase cuando sonó el timbre de la casa. Mi mamá fue a abrir. De inmediato, escuché la vocecita mimada y falsa de Valeria. “Buenas tardes, señora. Diego y yo pasábamos por aquí y vimos que salían unas visitas, así que quisimos pasar a saludar”.
Mi papá frunció el ceño. Yo me levanté del sillón y caminé hacia la entrada. Ahí estaban Diego y Valeria, muy juntitos en el umbral de mi puerta. La mirada de Valeria se clavó en la carpeta que yo traía en las manos, y su voz no ocultó un tonito de burla. “¿Ese es tu material para el curso de regularización?”. “Ay, amor, te lo dije”, le dijo a Diego, haciéndose la linda. “Ximena es súper fuerte, obvio no se va a rendir nomás por un tropiezo”.
Diego se apresuró a secundarla, frunciendo el ceño con fingida lástima: “Ximena, sé que te sientes mal, pero las cosas ya pasaron. No te atormentes”. “Repetir un año no es el fin del mundo. Capaz y el año que viene te va mejor”.
Lo miré fijamente. Veía al niño con el que crecí, el que me traía medicinas corriendo bajo la lluvia cuando me enfermaba, el que se desveló conmigo en las gradas de la escuela cuando perdí un concurso académico… y ahora estaba aquí, junto a otra mujer que se hacía la inocente, pidiéndome que me resignara a que ellos mismos habían arruinado el examen de mi vida.
“¿Ya terminaron de hablar?” dije, con una voz tan gélida que ni yo me reconocí. Diego se quedó pasmado. “Si ya terminaron, lléguenle. En mi casa no son bienvenidos”. Di un paso atrás y les cerré la puerta en la cara con un golpe seco.
Me fui a mi cuarto, le puse seguro a la puerta y agarré mi celular. Tomé capturas de pantalla de absolutamente todos los mensajes, audios y fotos que me habían mandado en la mañana. Incluso respaldé un audio que grabé a escondidas ahorita que vinieron a mi casa a burlarse. Subí todo a un archivo en la nube con contraseña. Mi mirada se endureció al ver las pruebas. “Diego, Valeria… espérense a que pasen las fechas de los exámenes, les tengo un regalito que no van a olvidar”.
A la mañana siguiente, me despertó el celular vibrando a lo loco sobre el buró. La pantalla estaba atascada de notificaciones de WhatsApp. Entrecerré los ojos y vi que el grupo del salón de la prepa tenía el circulito con “99+ mensajes”. Al entrar, los comentarios seguían cayendo como cascada: “Por eso digo, no hay que ser tan creídos en esta vida”. “Tanto que se daba aires de grandeza y a la mera hora le dio frío, ¿no?”. “Qué oso, ¿es neta que perdió su propia ficha? ¿Qué tan descuidada tienes que ser?”. “Pues que repita el año. A lo mejor el próximo año sí entra a una escuelita de segunda”.
Deslicé la pantalla hacia arriba con cara de asco. El chisme había empezado a las 6:00 a.m.. Valeria había mandado una foto en la playa de Cancún con la frase: “Primera parada de nuestro viaje de graduación”. Luego Diego mandó captura de sus boletos de avión para presumir el vuelo de esa misma tarde. Todos estaban de lamebotas, felicitándolos y tirando carrilla.
Después de un rato, Valeria puso un mensajito muy cuidadoso y con exceso de veneno: “Ay, oigan, ya no digan nada. Ahorita Ximena seguro está súper deprimida. Aunque haya sido su culpa perder la ficha por descuidada, obvio no lo hizo a propósito”. Ese comentario fue como echarle gasolina al fuego; el grupo explotó. Los güeyes que siempre andaban detrás de Diego empezaron a burlarse sin filtro. Y las chavas que siempre me tuvieron envidia por mis calificaciones aprovecharon para tirar hate a gusto.
Hasta que una compañera súper callada e inteligente mandó un mensaje: “Oigan, ni saben bien qué pasó, ya dejen de inventar chismes sobre ella”. Pasaron tres segundos y apareció la notificación del sistema en el chat : Diego acababa de eliminar a esa compañera del grupo.
Al leer tanta bajeza junta, solté una carcajada del puro coraje. “¿De verdad creen que soy su pendeja? ¿Creen que por sacar a quien me defiende ya pueden tapar el sol con un dedo?”. Mis dedos volaron por el teclado y mandé de golpe, sin anestesia, las capturas de pantalla de los mensajes. La foto donde Diego confesaba que se robó mi ficha, y donde Valeria presumía haberla cortado en mil pedazos sin dejar rastro. Solo agregué un texto: “Diego, Valeria, están muy jóvenes para tener Alzheimer, ¿no?”. “¿Ya se les olvidó lo que ustedes solitos me escribieron ayer?”.
El grupo se quedó en un silencio sepulcral por casi medio minuto. Los que más andaban de hocicones no volvieron a decir ni pío. Me dio flojera ver con qué estupidez iban a salir a defenderse, así que me fui a configuración, salí del grupo y eliminé el chat; todo en un solo movimiento.
Apenas solté el teléfono y empezó a sonar frenéticamente. Era una llamada de Diego. Contesté y del otro lado se escuchaban sus gritos y maldiciones, respirando agitado de la rabia; sonaba estridente y patético. “¡Ximena, ¿estás loca?! ¿Cómo te atreves a mandar eso al grupo?”.
Agarré el celular, sintiendo un cansancio enorme. “Diego, si estás mal de la cabeza ve al loquero, pero a mí no me vengas a hacer tus dramas de loco”. Le colgué y mandé su número directo a la lista de bloqueados. 18 años. Lo conocía desde hace 18 años. Crecimos juntos, sabíamos nuestros secretos, nos apoyamos en el año más difícil de la prepa y prometimos irnos a estudiar lejos juntos. Pero ahora, sentir que lo conocía me daba repulsión, era una mancha en mi vida.
Al ratito, mi mejor amiga, Sofía, me mandó un mensaje por privado, súper alarmada. “¡Xime! ¿Estás bien? Diego anda mandando mensajes en los otros grupitos diciendo que no te la va a perdonar, que te va a poner en tu lugar en cuanto te vea. Ten cuidado si sales”. Leí el mensaje y no sentí ni una gota de miedo, pura burla fría en mi mirada. “¿Darme una lección él a mí? Por favor”. Le contesté a Sofía: “Tranquila, amiga, no me va a hacer nada. Es puro hocico”. Los que tenían que cuidarse las espaldas de verdad eran él y Valeria.
Sofía me mandó otras capturas de pantalla de los grupos, y la verdad, daban pena ajena. Valeria estaba mandando biblias de texto haciéndose la “vístima”, llorando a mares por mensaje. Decía que como yo le tenía envidia porque andaba con Diego, había editado los mensajes con Photoshop para difamarla. Que yo siempre había estado enamorada de él y lo acosaba desde que éramos niños. Y que como él renunció a su pase directo por su amor hacia ella, yo me había vuelto loca de celos, queriendo destruirles la vida.
Diego le seguía el juego perfecto, consolándola en el grupo y haciéndose el caballero enamorado defendiendo a su damisela ofendida. Los dos parecían sacados de un guion barato de telenovela, con ella de protagonista sufrida y él de salvador. Sofía estaba que se la llevaba el diablo: “¡Qué pinches cínicos! Se pasan de lanza”. “Ellos te destruyen la ficha y ahora resulta que tú les haces ciberbullying. Me da un coraje”.
Le respondí sin darle importancia: “Ni te estreses, déjalos hacer su circo”. “Un arrastrado que tiró su futuro a la basura y una mosca muerta que nomás sabe llorar. Tal para cual”. “¿Vas a ir a la fiesta de despedida del salón?”, me preguntó Sofía. “Obvio no. Nada más de verlos me dan agruras. Mejor luego nos vamos a echar unos buenos tacos tú y yo, mil veces mejor”.
En ese momento, alguien tocó la puerta de mi cuarto. “Ximena, hija, vino la mamá de Diego a saludarnos y trajo fruta”. La voz de mi mamá sonaba súper forzada. Suspiré, solté el teléfono y abrí la puerta.
Doña Elena, la mamá de Diego, estaba parada en mi sala con una canastita de fruta adornada y una sonrisa gigante de oreja a oreja. En cuanto me vio salir, le brillaron los ojos. “¡Ay, Ximenita, sí estabas! Ven, mija, acércate”. “Te traje unas fresas súper dulces”. “Gracias, señora”, le dije, pero no agarré la canasta y me quedé plantada en mi lugar.
La sonrisa se le borró por un segundo, pero rapidísimo se recuperó, le aventó la canasta a mi mamá y me volteó a ver con cara de falsa empatía. “Ximenita… me enteré de que no hiciste el examen, mija”. Yo no dije nada. Doña Elena suspiró, haciéndose la mamá comprensiva. “Ay, hija, con lo cuidadosa que siempre eres, ¿cómo fuiste a cometer ese error justo ahora? Pero bueno, un año de preuniversitario no mata a nadie. Conozco unos cursos súper buenos, te los paso luego para que te metas”.
La interrumpí de tajo: “No hace falta, señora. No voy a repetir el año”. Ella se quedó pasmada. “¿No? Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Ponerte a trabajar? Ximena, con tus calificaciones, no estudiar sería un desperdicio enorme”.
La miré directo a los ojos, sin pestañear. “Señora Elena, ¿Diego no le platicó cómo fue que se perdió mi ficha?”. Se le descompuso la cara, pero a la fuerza soltó una risita nerviosa. “Ay, mija, esos son pleitos de chamacos. Nosotros los adultos no nos metemos en eso”. Casi me río en su cara de la pura ironía. “Como diga, señora. ¿A qué vino exactamente?”.
“Bueno”, dijo la señora con su mejor sonrisa fingida, “a lo que venía es a avisarles que pasado mañana le haremos a Diego su fiestón por entrar a la universidad, allá en los salones del Hotel Grand”. “Invitamos a todos los maestros y a toda la generación”. “Y pensé, después de tantos años de ser vecinos, obviamente ustedes tienen que ir a acompañarnos, ¿verdad?”.
Dicho eso, sacó de su bolsa de diseñador tres invitaciones elegantes con letras doradas y las azotó sobre la mesita de centro de mi sala. “Ahí vienen la hora y el lugar. ¡No me vayan a faltar eh!”. Mis papás se voltearon a ver, claramente enfurecidos y a punto de mandarla por un tubo para que se largara con sus invitaciones.
Pero yo me les adelanté. Sonreí y asentí. “Claro que sí, Doña Elena. Ahí estaremos sin falta”.
Mi papá y mi mamá me clavaron la mirada, como si estuviera viendo a una completa desconocida. La mamá de Diego también se sacó de onda un segundo; no esperaba que yo aceptara tan rápido. Pero luego infló el pecho, orgullosa, pensando seguro que le teníamos miedo a su familia o que quería quedar bien para limpiar mi imagen. Tiró un par de comentarios falsos más y se fue, pavoneándose y sintiéndose la dueña del barrio.
Apenas se escuchó el portazo, mi papá explotó: “¡¿Para qué le dijiste que sí, Ximena?!”. “¿A qué fregados vamos a ir a ese lugar? ¿A tragar corajes y aguantar humillaciones?”. Mi mamá también estaba súper alterada: “Hija, escúchame, no vamos a ir. Toda esa familia está mal de la cabeza”.
“Mamá”, la interrumpí suavemente. “Tranquila, confía en mí. Sé perfectamente lo que estoy haciendo”.
Ella me miró y se le llenaron los ojos de lágrimas. “Me duele verte así, mi amor. Me duele en el alma. ¿Con qué derecho?”. “¿Con qué derecho hacen cosas tan ruines y te quieren obligar a agachar la cabeza?”.
“No voy a agachar la cabeza, mami”. Le agarré las manos con fuerza. “Te lo juro”.
“Armaron un teatro tan espectacular… que obviamente tenemos que ir a sentarnos en primera fila para disfrutar el show”.
Pasaron cinco días en un abrir y cerrar de ojos, y por fin llegó el esperado día de la fiesta para celebrar el ingreso a la universidad de Diego. El salón del Hotel Grand estaba decorado con un lujo exagerado, el ambiente era ruidoso y alegre, y el lugar estaba a reventar de invitados. Más de la mitad de los familiares, amigos de la familia y compañeros de nuestra generación habían asistido, todos con sonrisas de oreja a oreja, listos para felicitar a Diego por su supuesto triunfo académico. Mis papás y yo llegamos puntuales a la cita y escogimos una mesa en un rincón tranquilo para sentarnos.
No llevábamos mucho tiempo sentados cuando, de repente, las luces del salón principal se apagaron y un reflector iluminó el centro de la pista. Ahí estaba Diego, vestido con un traje impecable, sosteniendo un micrófono bajo la luz; su mirada recorrió todo el salón hasta que se detuvo, con toda la intención del mundo, en nuestra mesa. Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de provocación y cinismo.
“La verdad es que, el día de hoy, quiero darle las gracias de manera muy especial a una persona”, dijo por el micrófono. “Quiero agradecerle a mi gran amiga de la infancia, Ximena”.
En un instante, todas las miradas del salón se clavaron en nosotros, y pude sentir cómo el cuerpo de mis papás se tensaba por la rabia. El tono de voz de Diego fingía una lástima profunda, pero la burla en sus ojos era imposible de ocultar. “Aunque ella, por un… desafortunado accidente, no pudo presentar el examen de admisión, estoy seguro de que con su capacidad, si estudia un año más, logrará entrar a la universidad de sus sueños”.
Abajo del escenario se escucharon unos cuantos aplausos flojos, mezclados con risitas burlonas que la gente apenas intentaba disimular. Diego esperó a que el ruido se apagara un poco para dar su siguiente golpe. “Además, quiero aprovechar que estamos todos aquí para aclarar algunos malentendidos”. Volteó hacia un lado de la pista y, de inmediato, alguien encendió un proyector.
En la pantalla gigante apareció una foto mía acompañada de un chavo güero que nadie conocía. En la imagen, él tenía el brazo sobre mis hombros y yo miraba hacia abajo, en una pose que, sacada de contexto, parecía muy íntima. Todo el salón ahogó un grito de asombro, mientras Diego soltaba un suspiro pesado: “Alguien me mandó esta foto hace unos días. Me enteré de que, justo antes del examen, Ximena se la pasaba de fiesta con este chavo… Y bueno, al ver esto entendí por qué andaba tan distraída y perdió su ficha de admisión”.
“¡Estás diciendo puras mentiras!”, gritó mi papá, levantándose de golpe, pero lo jalé del brazo para que se sentara. “Pa, no te enojes, déjalos que hagan su show, lo bueno viene al final”. El pecho de mi papá subía y bajaba de la furia, pero se volvió a sentar, fulminando a Diego con la mirada, lo cual pareció darle a Diego justo la reacción que buscaba.
Con una sonrisa cínica, Diego pasó a la siguiente diapositiva; era un video de las cámaras de seguridad del fraccionamiento el día que los maestros de la universidad fueron a mi casa. Era obvio que lo habían grabado a escondidas de un monitor, solo se veían las espaldas de los maestros entrando, y le habían sobrepuesto un audio falso que sonaba como el guardia de la caseta. En el audio se escuchaba: “Sí, van a la casa de Ximena, dicen que le traen material de un curso de regularización”.
La voz de Diego se volvió grave y “decepcionada”: “Ya lo vieron todos”. “La familia de Ximena está haciendo un gran esfuerzo y gastando mucho dinero para que ella repita el año”. “Y yo lo entiendo, de verdad, reprobar y quedarse fuera de la universidad debe sentirse horrible”. “Pero lo que está mal, está mal. No puedes agarrar tu frustración y echarle la culpa a los demás, ni mucho menos inventar mensajes falsos para difamarme a mí y a Valeria”.
Al decir esto, volteó a ver a Valeria con una mirada súper tierna. “Valeria lleva días llorando por esto, se siente súper culpable, ella cree que por no cuidarte bien dejaste que se te perdiera la ficha”. “Pero escúchame, mi amor, esto no es tu culpa; hay gente que solita se desvía del buen camino, y no podemos castigarnos por los errores de otros”. Valeria, que era una actriz de primera, bajó la mirada con los ojos rojitos y se limpió una lágrima falsa de la mejilla.
Los murmullos entre los invitados no se hicieron esperar. “Ay, no manches, con razón. Ya decía yo que Diego y Valeria son súper buenos niños, ¿cómo iban a hacer algo así?”. “Qué miedo con esa Ximena, se va de loca con chavos de lo peor, pierde su propio examen y todavía tiene el descaro de echarles la culpa”. Los chismes y las críticas crecían como una ola gigantesca a punto de aplastarme. Diego seguía en el escenario, bañándose en la atención de todos, con la sonrisa cada vez más marcada.
Se aclaró la garganta para seguir hablando, pero Valeria se levantó de su asiento, haciéndose la mártir. Subió al escenario, tomó el micrófono y, con la voz entrecortada, dijo: “Diego, ya no digas más, por favor. Yo también tengo la culpa. Si ese día hubiera sido más cuidadosa, si hubiera notado que Ximena andaba mal…”.
Luego, clavó su mirada en mí, haciéndose la preocupada: “Ximena, yo sé que me odias, sé que me odias por haberme ganado el corazón de Diego, pero en el amor no se manda”. “Él y yo nos amamos de verdad. Tú estás chava, tienes muchas oportunidades por delante, ya no te tires a la perdición ni andes con esa gente”. “Repite el año, ponte a estudiar en paz, ya no seas tan descuidada y vas a ver que el próximo año sí pasas”. Hizo una pausa y miró a mis papás con voz dulce: “Señores, no se mortifiquen tanto, un año de preuniversitario no le hace daño a nadie. Con esfuerzo, seguro el otro año queda en una buena escuela”. “Y en una de esas, hasta le alcanza para entrar a la universidad estatal con nosotros”.
Apenas terminó de hablar, un tío de Diego soltó una carcajada burlona en su mesa: “¿A la estatal? Ni en sus mejores sueños. Ya sería mucha suerte si la aceptan en una escuelita de segunda”.
El salón entero soltó la carcajada. Debajo del mantel, mis papás tenían los puños tan apretados que mi mamá casi le entierra las uñas a mi papá. Podía sentir cómo les temblaba todo el cuerpo por la indignación. Les sostuve las manos con fuerza hasta que Valeria escupió su última palabra y hasta que las risas de la gente llegaron a su punto máximo.
Entonces, los solté. Mis papás, que se habían aguantado la rabia por mí, se pusieron de pie de un salto. “¡Mi hija no va a repetir ningún año!”, gritó mi mamá con voz firme.
El salón entero se quedó mudo al instante. Todos nos voltearon a ver. Justo cuando la sonrisa triunfal se asomaba en las caras de Diego y Valeria, mi mamá soltó la bomba: “Al fin y al cabo, a ella ya le dieron el pase directo de excelencia a la Máxima Casa de Estudios Nacional, ¿para qué chingados iba a presentar el examen?”.
Esas palabras cayeron como un relámpago que retumbó en cada rincón del lujoso salón. Las risas se apagaron de tajo y el lugar quedó en un silencio absoluto y sepulcral. El micrófono se le resbaló de las manos a Diego y se estrelló contra el piso soltando un pitido ensordecedor. La arrogancia en su cara se hizo pedazos; dio dos pasos torpes hacia atrás, con las manos temblando, y balbuceó: “¿Qué dijiste? ¿Pase directo? Ximena, ¿te volviste loca?”.
Valeria perdió todo el glamour de niña buena y se puso pálida como un fantasma. Agarró a Diego del brazo, viéndome con pánico: “Amor, no le creas, seguro falsificó los papeles. Nos tiene envidia y quiere arruinar tu fiesta”.
Me levanté de mi silla despacio, con la espalda recta y la mirada helada, observando a esos dos payasos perder la cabeza en el escenario, hasta fijar mis ojos en Diego. Con una sonrisa afilada, le contesté: “¿Y por qué no habría de ser verdad? Ese pase directo es el mismito que tú tiraste a la basura con tus propias manos”. Di dos pasos hacia el frente, y aunque mi voz no era un grito, resonó impecable en el salón: “Por reglamento oficial de la escuela, si el primer lugar renuncia a su pase, este se le transfiere automáticamente al segundo mejor promedio. Y esa soy yo”. “Diego, la neta te lo agradezco. Si no tuvieras aserrín en la cabeza y no hubieras renunciado al pase de la Nacional, yo me habría tenido que matar estudiando para lograrlo”. “Pero mira qué bien, me serviste este regalazo en bandeja de plata. Debería mandarte a hacer una medalla”.
Cada palabra fue como una puñalada de hielo directo al corazón de Diego. Se quedó paralizado, con las pupilas dilatadas del shock. De pronto, todas esas reglas que le valieron madre, todas las advertencias que ignoró por estar ciego de “amor”, le cayeron encima de golpe. Recordó que el profe se lo repitió mil veces y que el aviso estaba pegado en la escuela con todas sus letras: “Si se renuncia al pase, el cupo se transfiere al siguiente”. Se dio cuenta de que él mismo, hipnotizado por la cara bonita de Valeria, fue quien desechó su futuro y me entregó en las manos el boleto a la mejor universidad del país. El arrepentimiento lo asfixió; abrió la boca pero no le salió la voz. Su cara pasó de blanco a verde, y de verde a un rojo intensísimo de pura vergüenza.
Valeria estaba histérica, sacudiendo el brazo de Diego. “¡Amor, dime que no es cierto! ¡Dime que nos está mintiendo! ¡Ese lugar no se lo pueden dar a ella!”.
Verlos pelear como perros me dio un asco tremendo. “Ya que estamos aclarando las cosas”, dije en voz alta, “les tengo un regalito más a los dos”. Levanté las manos y aplaudí tres veces, lento y fuerte.
Al instante, la pantalla gigante que habían apagado se encendió de golpe. La primera imagen: la captura de pantalla del mensaje amenazante de Valeria hacia mí. La segunda: la confesión completita de Diego por WhatsApp, sin tapujos. La tercera: la foto de mi ficha de examen original comparada con los pedacitos triturados en el charco. La cuarta: el documento oficial de la Secretaría de Educación y de la prepa, con sellos originales, donde mi nombre estaba en letras grandísimas como la nueva titular del pase directo. La quinta: capturas de cómo Diego corría a quien me defendía en el grupo y los insultos de todos. Y la sexta: la foto de cómo grabaron a escondidas a los maestros en mi puerta y el audio original desmintiendo su montaje barato de que “andaba borracha y de fiesta”.
Todas las evidencias, en perfecto orden cronológico y nítidas como el agua, brillaban en la pantalla, destruyendo su teatro sin dejar lugar a dudas. El salón entero explotó.
“¡No manches, es neta! ¡Diego le robó la ficha!”. “Y la tal Valeria se la hizo pedazos, ¡qué enfermos!”. “Le quisieron arruinar la vida a propósito”. “Y yo de pendejo creyéndoles que Ximena era la mala, ¡estaba ciego!”. “Diego por arrastrado tiró el mejor pase del país y de paso se vuelve delincuente con la novia, ¿qué tiene en la cabeza?”. “Esa Valeria con su carita de mosca muerta resultó ser una víbora, ¡qué asco de gente!”.
Los insultos, el repudio y las burlas cayeron como una tormenta sobre los dos payasos del escenario. Los amigos y familiares que hace cinco minutos les besaban los pies, ahora daban pasos hacia atrás, mirándolos con asco. Los papás de Diego estaban pálidos, sudando frío, buscando un hoyo para esconderse de la vergüenza.
Diego temblaba de pies a cabeza, apuntando a la pantalla como loco: “¡Es falso! ¡Ximena, tú alteraste todo!”. Valeria, aterrorizada, se tiró al piso a llorar a gritos, sin poder articular palabra.
Los miré con un desprecio helado, sin un gramo de lástima. “Tranquilos, que mi último regalo apenas va a llegar”.
No terminé de hablar cuando el sonido de las sirenas de patrullas rompió la noche, acercándose a toda velocidad hasta estacionarse afuera del hotel. A todo el mundo se le borró la sonrisa. Diego volteó a verme con los ojos inyectados en sangre, como un animal acorralado. Se bajó de un brinco del escenario y corrió hacia mí, agarrándome la muñeca con tanta fuerza que sentí que me iba a romper los huesos.
“¡Ximena, ¿qué chingados hiciste?!”. Me zafé de un tirón, limpiándome la muñeca con asco. “Pues le hablé a la policía, obvio. Tú y tu noviecita me robaron y destruyeron un documento oficial de educación para sabotear mi examen. Eso es un delito penal, mi chavo. ¿O de verdad creíste que podías hacer una bajeza de ese tamaño y salir limpio?”.
En eso, doña Elena, la mamá de Diego, se nos dejó ir encima como loca, poniéndose frente a su hijo y gritándome a la cara con histeria: “¡Ya párale, Ximena! ¡Ya te dieron tu pase a la Nacional, no perdiste nada! ¿Por qué tienes que ser tan maldita? ¿Es necesario echarles a la policía? ¡Somos vecinos de toda la vida, los vi crecer juntos, perdona a mi muchacho!”.
Miré a la señora, con la cara desfigurada por el pánico, y sentí pena ajena. De tal palo, tal astilla. Estaban igual de podridos y ciegos a la ley.
“Señora, que a mí me hayan dado el pase es muy aparte de que su hijo sea un delincuente”, le dije tajante. “Que la vida me haya compensado no borra el hecho de que ellos cometieron un delito planeado para arruinarme. La ley no los va a perdonar solo porque a mí al final me fue bien. El delito está hecho y las pruebas están ahí en la pantalla”.
Doña Elena se quedó sin argumentos; se puso morada y luego blanca, y terminó haciendo un berrinche en el piso, llorando a gritos: “¡Qué chamaca tan despiadada! ¡Diego creció contigo!”. Me di la media vuelta, ignorando sus alaridos.
En ese momento, las puertas de madera del salón se abrieron de par en par y entraron dos oficiales de policía, imponentes, escaneando el lugar hasta que vieron las caras de terror de Diego y Valeria. “¿Quiénes son Diego y Valeria?” preguntó uno de ellos con voz de trueno. “Recibimos una denuncia por robo y destrucción de documentos oficiales con dolo. Quedan detenidos para rendir su declaración. Acompáñennos”.
El silencio en el salón era sepulcral. Los “niños perfectos” estaban a punto de salir esposados. Diego estaba petrificado, sin poder creer que se lo iban a llevar por una simple ficha. Valeria se desplomó por completo, los mocos y las lágrimas le corrían por toda la cara, perdiendo todo el porte, temblando de pánico. “¡Oficial, no! ¡No fue a propósito, era una broma entre amigos, no queríamos hacerle daño, se lo juro!” chillaba.
El policía ni se inmutó: “Si fue broma o delito se lo explica al Ministerio Público. Allá se aclara todo”. El papá de Diego quiso meterse a empujar a los policías: “¡Jefe, es un malentendido de chamacos, no es para tanto!”. Di un paso al frente con la voz gélida: “¿Robar y destruir documentos federales de educación es una broma? Según el código penal, esto amerita cárcel. ¿Usted también quiere que lo procesen por obstrucción a la justicia?”. El señor se frenó en seco, me miró con odio jarocho, pero no se atrevió a dar ni un paso más.
Los policías agarraron a Diego por los brazos. Él empezó a forcejear como un animal, mirándome con los ojos llorosos: “¡Ximena, te odio! ¿Neta no tienes corazón? ¡Fueron 18 años juntos, no te importó ni un poquito!”.
Lo miré directo a los ojos, sin una gota de emoción. “¿Corazón? Cuando fuiste a hurgar en mi mochila para robarme, ¿pensaste en los 18 años?. Cuando rompías mi ficha riéndote con tu novia, dejándome tirada llorando afuera de la escuela, ¿pensaste en nosotros?. Cuando me difamaste en el grupo, echaste a los que me defendían e inventaste bajezas hoy en tu fiesta para humillarme… ¿pensaste en mí?. Tú cortaste el lazo, Diego. Tú te encargaste de pudrir todo. Ya no tienes ningún derecho a pedirme piedad”.
Mis palabras fueron balas que le atravesaron el pecho. Dejó de forcejear; la rabia en sus ojos se apagó para darle paso a la más absoluta desesperación y a un silencio de muerte. Los policías levantaron a Valeria, que era un trapo en el piso; ella lloraba viéndolo a él, esperando que la salvara, pero Diego ni siquiera la volteó a ver. Todo ese “amor profundo” se rompió en pedazos ante el primer golpe de la realidad.
Y así, frente a cientos de invitados, Diego y Valeria fueron escoltados por la policía fuera del salón. La súper fiesta de la universidad terminó siendo el circo del año. La familia de Diego empezó a agarrar sus cosas y salían con la cabeza agachada, huyendo de la vergüenza sin despedirse de nadie. Sus amigos se esfumaron por miedo a salir embarrados.
Doña Elena se quedó tirada en el piso, llorando a gritos y maldiciendo a todos: insultaba a Valeria por ser una mosca muerta, a Diego por bruto y a mí por “maldita”. Yo la veía desde arriba, sin sentir absolutamente nada.
Mis papás se acercaron y me tomaron de las manos. Sentí el calor de su apoyo y una paz inmensa al saber que la pesadilla había terminado. “Estuviste increíble, mija”, me dijo mi papá con voz ronca pero firme. Mi mamá, con los ojos llenos de lágrimas, me abrazó: “Cuánto aguantaste, mi niña hermosa”. Me recargué en ella y negué con la cabeza: “Nada, ma. Todo se lo cobré hoy, con intereses. El karma no perdona. Ese es el precio que tenían que pagar”.
Los tres dimos media vuelta y salimos de ese hotel, dejando atrás el berrinche y la miseria de esa familia. Afuera, el clima estaba riquísimo, el aire fresco nos dio en la cara y me sentí completamente libre. Sabía que mi destino había sido sellado por algo inexplicable, pero el resultado era más perfecto de lo que jamás imaginé.
Días después, se resolvió el asunto penal. Como no lograron arruinarme el año por el giro del pase directo y se mostraron “arrepentidos”, les dieron siete días de arresto administrativo y les quedó un manchón de antecedentes penales en su registro.
Apenas salió libre, a los siete días, Diego fue a tocar a mi puerta. Pegaba de golpes con una rabia contenida. Abrí y lo vi: estaba irreconocible, demacrado, con ojeras negras, los ojos inyectados en sangre y la barba crecida. El “niño bien” ahora parecía un vago desesperado. Al verme, me miró con resentimiento puro: “Ximena, ¿por qué tenías que ser tan perra?. ¿Por qué empujarme al límite? Solo era una ficha, Valeria solo la rompió. ¡¿Era para tanto llamar a la patrulla y dejarnos con antecedentes penales?!”.
Me recargué en el marco de la puerta, viéndolo como a la basura de la calle. “¿Yo fui la perra?. Cuando tú me robaste y me querías ver llorando afuera de la prepa, ¿por qué no te tentaste el corazón?. Cuando se juntaron para arruinarme el futuro, ¿no pensaron en las consecuencias?. Ponte en mis zapatos por un segundo, cabrón. No tienes cara para venir a reclamarme nada”.
Diego se quedó sin aire, con la cara roja. Y de pronto, explotó, gritando como loco: “¡Todo es tu culpa! ¡Todo es tu puta culpa!”. Levanté una ceja, burlándome en su cara: “Ah, órale, yo tuve la culpa de que me robaras”. “¡SÍ!”, gritó enloquecido. “¡Si no fueras tan pinche perfecta, si no me pisaras los talones en todas las calificaciones! Siempre quedabas pegada a mí, y mi mamá siempre me restregaba en la cara que yo no era tan bueno como tú. ¡Estaba harto! ¡Solo quería verte perder una vez! Quería aplastarte. Renuncié a la Nacional para demostrar que sin calificaciones yo seguiría siendo mejor que tú”.
Por fin salió la verdad. Ni amor por Valeria, ni ganas de irse juntos a otra uni. Todo era su maldito complejo de inferioridad, su odio por la presión que le causaba mi existencia. Por esa envidia enferma, tiró su pase a la basura, se volvió un delincuente y destruyó su vida. Qué patético.
Rodé los ojos, con tremenda flojera. “¿Ya te desahogaste? Si ya terminaste, llégale. No me interesa seguir escuchando las excusas de un mediocre”. Me di la vuelta para cerrarle la puerta. “¡Ximena!”, puso la mano en la puerta, con los ojos desesperados. “¿De verdad me vas a tirar así? ¿Los 18 años se van a la basura?”. Lo miré por última vez, fría como el hielo: “Esos 18 años los mataste tú el día que tocaste mi mochila. Tú solito lo arruinaste. Y no me debes nada, porque ya estás pagando con tu vida”. Le cerré la puerta en las narices con todas mis fuerzas, sin importarme que se quedara golpeando la madera. Hay lazos que se cortan y ya está, basura que se saca y no se vuelve a meter a la casa.
De ahí en adelante, bloqueé todo sobre él. Me enfoqué en comprar mis cosas, arreglar mis papeles para entrar a la Máxima Casa de Estudios y festejar con mi amiga Sofía. Días después, Sofía me contó el chisme final.
A los dos les negaron el ingreso a la universidad estatal. Como tenían antecedentes penales por delitos contra el sistema educativo, el comité de admisión los rechazó por falta de probidad moral. Echaron a la basura todo por nada.
Diego enloqueció y se le fue encima a Valeria, culpándola de todo: “¡Por tu culpa me arrestaron, por tus berrinches tiré el pase!”. Y ella le gritaba de regreso: “¡Tú solito te robaste la ficha, yo no te obligué, tú me mentiste!”. Los insultos pasaron a los golpes y terminaron agarrándose a trancazos en la calle; todo el barrio se enteró de su ruptura tóxica y quedaron como el asmerreír de la colonia. Diego se encerró en su cuarto deprimido, sin que ninguna universidad lo quisiera aceptar. A Valeria le quitaron la máscara, todo el mundo la aisló y la veían con puro asco. Ellos solitos construyeron su infierno.
Escuchar eso no me movió ni un pelo. Cada quien cosecha lo que siembra. Yo, por mi parte, agarré mis maletas, le di la mano a mis papás, y con la cabeza en alto, atravesé las puertas de la universidad más prestigiosa del país para empezar mi nueva vida.