Mi abuela se desvaneció en medio de la sequía y lo único que nos quedaba era un trago de agua. Lo que pasó después me rompió el corazón para siempre.

Parte 1:

Me llamo Luz. Tenía apenas nueve años cuando la sequía nos quitó casi todo en nuestro ranchito de San Luis.

El sol de las tres de la tarde caía como plomo sobre el monte seco. El aire quemaba al respirar. Llevábamos horas caminando hacia la carretera, huyendo del hambre y buscando a mi tío.

De pronto, mi abuela Rosa soltó el costalito donde llevábamos nuestras pocas cosas. Sus rodillas golpearon la tierra agrietada levantando una nube de polvo fino que se me metió en los ojos.

—Ya no puedo, m’ija —susurró. Su voz sonaba como papel de lija. Sus labios estaban blancos, partidos por la deshidratación y el cansancio extremo.

El pánico me apretó la garganta. Me arrodillé a su lado en la arena hirviendo, sintiendo cómo el calor traspasaba la tela gastada de mi vestido.

Con manos temblorosas, saqué lo único que nos separaba de la tragedia: una botella de plástico arrugada. Quedaban menos de tres dedos de agua tibia.

—Toma, abuelita. Tienes que tomar —le supliqué, acercando la boquilla a su boca.

Ella giró la cabeza débilmente, cerrando los ojos llenos de arrugas profundas.

—No, mi niña. Tómala tú. A mí ya se me acabó el camino… tú tienes que llegar.

—¡No digas eso! —grité, sintiendo que las lágrimas querían salir, pero ni siquiera tenía suficiente agua en el cuerpo para llorar—. Si te quedas, yo me quedo.

Le sostuve la cabeza. Su pelo canoso estaba empapado en un sudor frío que me heló la sangre a pesar de los cuarenta grados del desierto. Con cuidado, dejé caer un hilito de agua entre sus labios resecos.

Ella tragó con dificultad. Su mano temblorosa y huesuda se levantó lentamente para tocar la mía. Sentí su piel rasposa, llena de tierra y sacrificio.

En ese instante, escuchamos el rugido de un motor a lo lejos, cortando el silencio del llano. Pero el sonido no venía de la carretera. Venía de la brecha por donde nos habían advertido que pasaban “los malos”, aquellos que se aprovechan de los más vulnerables.

El miedo me paralizó. Mi abuela abrió los ojos de golpe, aterrorizada.

¿SERÍA NUESTRA SALVACIÓN O EL INICIO DE UNA VERDADERA PESADILLA EN MEDIO DE LA NADA?

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