Mi exesposo me juró que nuestro hijo estaba viviendo como un rey tras habérmelo arrebatado con engaños hace un mes. Hoy, al seguirlo a escondidas hasta una vecindad en ruinas en las afueras de la ciudad, abrí la puerta y lo que encontré me destrozó el alma para siempre.

Parte 1:

El olor a humedad me golpeó en la cara antes de siquiera empujar la puerta; era ese tufo amargo a encierro y a paredes viejas que se te queda pegado en la ropa.

Apenas unos minutos antes, en el pasillo oscuro de esta vecindad olvidada en Ecatepec, el velador del edificio me había bloqueado el paso. Su aliento apestaba a alcohol barato y tabaco rancio.

“¿Usted qué hace aquí, güerita? El patrón dijo que nadie entra al cuarto del fondo”, me siseó, con una sonrisa torcida que me revolvió el estómago.

“Quítese, o le juro que le rompo la m*dre”, le respondí. Mi voz temblaba, pero mis manos estaban empuñadas, con los nudillos completamente blancos. Lo empujé con esa fuerza bruta que solo el pánico te inyecta en las venas.

Y entonces, giré la perilla oxidada. La bisagra chilló como un animal herido.

La luz enfermiza que se colaba por la única ventana iluminó nuestra tragedia. Paredes verdes, manchadas por el moho negro y cayéndose a pedazos. El frío calaba hasta los huesos en ese calabozo de concreto.

Y ahí estaba. Mi pequeño Mateo.

No estaba en la mansión que Mauricio, su padre, me presumió el día que me lo arrebató frente al juez, usando sus malditos contactos y mi falta de dinero como excusa. Mi niño estaba tumbado sobre un colchón que no era más que un pedazo de tela sucia tirada en el piso helado. Su carita estaba pálida, sus ojeras marcadas, y respiraba con mucha dificultad.

A su lado, dándole el poco calor que las cobijas raídas no podían, un perrito callejero estaba acurrucado en silencio. En un mueble improvisado de madera, logré distinguir un frasco de jarabe barato y una nota amarilla garabateada con una letra que conozco demasiado bien: “No lo despiertes. Volveré pronto. – M”.

El corazón se me paralizó. Las piernas se me volvieron de plomo y una culpa asfixiante me cerró la garganta. ¿Cómo pude tardar un mes en encontrarlo?

Di un paso hacia adentro, temblando, estirando la mano para tocar la frente hirviendo de mi hijo.

Justo en ese instante, el crujido de unas botas pesadas comenzó a resonar en la escalera a mis espaldas, subiendo rápidamente hacia nuestra puerta…

¿QUÉ HARÍAS TÚ SI ENCUENTRAS A TU HIJO EN ESTAS CONDICIONES Y TU PEOR PESADILLA ESTÁ A PUNTO DE CRUZAR LA PUERTA?

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