Mi hija daba su último suspiro en esa cama de hospital, y su esposo llegó horas después con la amante y marcas en el cuello. La sonrisa de esa mujer me hiela la sangre.

Parte 1:

El pitido ensordecedor de la máquina se volvió una línea plana, y con ese sonido, mi mundo entero se hizo pedazos.

Apreté la mano de mi niña, que ya empezaba a enfriarse bajo las sábanas blancas del hospital, suplicándole a la vida que me llevara a mí en su lugar. Llevaba horas sentada en esa silla incómoda, marcando el número de su esposo una y otra vez. Siempre buzón.

Mi hija lo esperó hasta su último suspiro.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Era él. Mateo.

Entró con la respiración agitada, los ojos desorbitados y el cabello revuelto. Llevaba el chaleco del traje desabrochado y la corbata aflojada.

Pero lo que me heló la sangre no fue que llegara cuando ya era demasiado tarde. Fue lo que traía en el cuello de su camisa blanca: una marca de labios pintados de un rojo intenso, innegable y fresca.

Detrás de él, cruzando el umbral con una calma que me dio náuseas, venía Verónica. Su supuesta “asistente”.

Mientras yo me ahogaba en llanto y me aferraba al cuerpo sin vida de mi hija, Verónica se quedó de pie al fondo de la habitación. No había una sola gota de tristeza en sus ojos. Al contrario, tenía una ligera y perversa sonrisa asomándose en sus labios, con las manos relajadas y la mirada altiva.

Mateo se llevó las manos a la cabeza, abriendo la boca en una falsa sorpresa.

Pero el olor a perfume de mujer y sudor que traían ambos inundó el cuarto, mezclándose cruelmente con el olor a cloro y medicinas del hospital.

Mi niña había p*rdido la batalla contra su enfermedad completamente sola. Mientras tanto, el hombre que juró amarla en la salud y en la enfermedad ni siquiera tuvo la decencia de limpiarse la culpa del cuello.

Sentí que el aire me faltaba. La rabia, la impotencia y el dolor más desgarrador que una madre puede sentir se agolparon en mi pecho. Quería gritarle, quería sacarlos a empujones de ahí, pero el peso de la tragedia me mantenía de rodillas junto a la cama.

¡¿CÓMO PUEDE UN HOMBRE ENTRAR A LA HABITACIÓN DONDE SU ESPOSA ACABA DE F*LLECER, LUCIENDO EL DESCARO EN EL CUELLO Y TRAYENDO A SU AMANTE PARA BURLARSE DE NUESTRO DOLOR?!

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