Mi abuela se arrodilló suplicando, pero a ella no le importó. El precio de la traición familiar.

Parte 1:

“¡Por favor, se lo ruego, es nuestra vida entera!”

El grito de mi abuela Carmen desgarró la mañana.

El polvo de los ladrillos caídos picaba en mis ojos y resecaba mi garganta. El rugido ensordecedor de la retroexcavadora amarilla ahogaba los sollozos de mi abuelo, quien apenas lograba sostenerse temblando sobre su bastón.

Frente a nosotros, bloqueando la entrada de la “Casa Serena”, estaba ella.

Sofía.

Llevaba ese vestido rojo impecable y una gruesa carpeta de documentos apretada contra el pecho. Ni un solo cabello fuera de lugar por el viento. Ni una pizca de remordimiento en su mirada fría.

Mis tíos pasaban corriendo a nuestro lado, arrastrando maletas a medio cerrar sobre el suelo empedrado. El pánico se sentía en el aire, pesado y asfixiante.

Yo me quedé congelada a unos metros de distancia. Sentí que el estómago se me hundía. La vergüenza y el m*edo me paralizaron; en el fondo, sabía que era mi culpa que ella tuviera esos papeles con los sellos del juzgado. Si tan solo no hubiera confiado a ciegas.

Sofía me miró por encima del hombro. Sus labios pintados se curvaron en una media sonrisa burlona. Lentamente, levantó la mano libre, dándole la señal al operador de la máquina para avanzar hacia la fachada de nuestra historia.

¿QUÉ OSCURO SECRETO ME OBLIGÓ A ENTREGARLE LAS ESCRITURAS A LA MUJER QUE AHORA NOS DEJABA EN LA CALLE?

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