
El brillo metálico colgando del viejo collar golpeó mis ojos como un rayo.
Era una pequeña medalla de plata… con las iniciales “V.M.” grabadas a mano.
Las mismas iniciales que tenía el collar de Luna, mi perrita desaparecida hacía tres años.
El corazón se me detuvo.
—No puede ser… —susurré, arrodillándome frente al perro mientras mis manos temblaban.
El animal lloriqueó apenas sentí el frío metal entre mis dedos. Entonces vi algo más. Atado junto a la medalla había un diminuto pedazo de tela rosa manchado y desgastado por el tiempo.
Un pedazo del vestido que llevaba puesto la noche en que Luna desapareció.
La sangre abandonó mi rostro.
Todos los invitados guardaron silencio absoluto.
Alejandro también lo reconoció.
Y por primera vez desde que lo conocí… lo vi sentir miedo de verdad.
—Valeria, no hagas una escena —murmuró entre dientes mientras intentaba levantarme a la fuerza.
Pero yo ya no podía dejar de mirar al perro.
Porque ahora recordaba perfectamente aquella noche.
Luna desapareció después de haber mordido brutalmente a alguien en nuestra antigua casa de campo.
Nunca encontré sangre.
Nunca encontré explicación.
Y Alejandro fue quien insistió en que seguramente se había escapado.
El perro comenzó a ladrar desesperadamente al verlo acercarse.
Retrocedió temblando… como si conociera perfectamente la oscuridad que escondía ese hombre.
Entonces ocurrió algo que heló a todos.
El perrito se lanzó hacia Alejandro… y mordió exactamente la misma mano donde él tenía aquella cicatriz que jamás pudo explicarme.
El grito de Alejandro retumbó en toda la hacienda.
—¡QUÍTENME A ESTE MALDITO ANIMAL! —rugió completamente fuera de control.
Pero el perro no intentaba atacar.
Intentaba mostrarme algo.
Porque al forcejear, la manga del elegante traje de Alejandro se levantó… revelando otra marca.
Una cicatriz profunda.
La misma forma.
Los mismos dientes.
Mi respiración se quebró.
Luna no había desaparecido aquella noche.
Luna había intentado protegerme.
Y Alejandro… le había hecho algo terrible para silenciarla.
Sentí náuseas.
Mi madre se tapó la boca horrorizada mientras algunos invitados comenzaban a grabar con sus teléfonos.
—Valeria, escucha… yo puedo explicarlo —balbuceó él, sudando.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque en ese instante, el perrito volvió a gemir… y dejó caer algo más frente a mis pies.
Una cadena de oro cubierta de tierra.
La cadena de mi hermana Camila.
La misma que desapareció misteriosamente meses después de investigar la desaparición de Luna.
El aire abandonó mis pulmones.
Y entendí que no estaba a punto de casarme con el amor de mi vida.
Estaba a punto de casarme con un monstruo.
FIN .