
El sol empezaba a esconderse detrás de los cerros de Jalisco cuando dejé la azada suspendida en el aire. No fue por cansancio. Fue porque mi hija Lucía, que andaba arrancando hierbas junto a la cerca, se quedó completamente quieta.
—Papá… hay alguien en la entrada —me dijo.
Alcé la vista. En medio del portón de madera, había una mujer sola. No avanzaba ni retrocedía. Traía una maleta vieja de cuero, una mochila pesadísima y un vestido floreado color rosa que a duras penas le cubría el vientre enorme. Estaba embarazada de muchísimos meses, con las piernas y las sandalias llenas de polvo. Se veía agotada, pero te juro que no derrotada.
Lucía se pegó a mi brazo con fuerza. Caminé hasta el portón con paso lento. Cuando la tuve enfrente, vi que era demasiado joven para cargar sola con tanto peso. Tenía el cabello oscuro y los ojos bien cansados.
—Buenas tardes —le solté seco.
—Buenas tardes, señor —contestó ella, tragando saliva y hablando sin rodeos—. Si usted me deja quedarme… yo cocino.
El viento pasó frío entre los tres y a lo lejos se escuchó cacarear una gallina. Pensé en cerrarle la puerta. Pensé en mi niña, en la casa tan pequeña, en que el rancho a duras penas nos alcanzaba para nosotros dos. Pensé en que no era mi maldito problema. Pero la volví a mirar: no estaba pidiendo limosna, estaba ofreciendo trabajo. El recuerdo del dlr y la mrt* de mi esposa amenazaba con asfixiarme.
PARTE 2: LA SOMBRA DEL PASADO Y EL COMAL CALIENTE
Me quedé ahí, petrificado. El viento frío que pasó entre nosotros parecía haberme robado la voz de la garganta.
Mi mirada bajó una vez más hacia su vientre enorme, ese que apenas cabía en su viejo vestido floreado color rosa.
El recuerdo del dlr y la mrt* de mi esposa amenazaba con asfixiarme. Sentía que me faltaba el aire.
Mi mente viajó siete años atrás. A esa misma casa. A esa misma tierra seca. Al día en que la sngr y los gritos llenaron mi cuarto.
Mi esposa también estaba a punto de dar a luz a nuestro segundo hijo cuando las cosas salieron ml. Muy ml.
No hubo tiempo de llegar al hospital del pueblo. No hubo doctor que la salvara. Solo estuve yo, mis manos inútiles y una sensación de impotencia que me dstryó por dentro.
Ambos perdieron la vida esa madrugada. Desde entonces, juré que nunca más volvería a pasar por algo así.
Y ahora, el destino me ponía a una desconocida embarazada de muchísimos meses en la puerta de mi rancho.
Lucía, mi niña de diez años, me jaló la manga de la camisa vieja. Estaba asustada, pegada a mi brazo con toda su fuerza.
—Papá… —susurró Lucía, mirándome con sus ojos grandes y oscuros.
Volví a mirar a la mujer. No avanzaba ni retrocedía en medio del portón de madera.
Esperaba mi respuesta. Su respiración era pesada, agitada, pero mantenía la barbilla en alto.
No estaba pidiendo limosna, estaba ofreciendo trabajo. Ella me había dicho claramente: “Si usted me deja quedarme… yo cocino”.
Miré su mochila pesadísima y esa maleta vieja de cuero que colgaba de su mano derecha.
—¿Cómo te llamas, muchacha? —le pregunté por fin, con la voz más ronca de lo normal.
—Alma, señor. Me llamo Alma —contestó. Su acento no era de por acá, sonaba más del norte.
—Mira, Alma… —empecé a decir, tratando de armarme de valor para correrla—. Esta casa es muy pequeña. El rancho a duras penas nos alcanza para nosotros dos.
Pensé de nuevo que ese no era mi mldt* problema. Que el mundo estaba lleno de gente con historias tristes y yo ya tenía suficiente con la mía.
Pero Alma cerró los ojos un segundo y se tambaleó levemente. Se agarró del marco del portón para no caerse.
Tenía el cabello oscuro pegado a la frente por el sudor y los ojos bien cansados.
Estaba sola y era demasiado joven para cargar con todo ese peso ella sola.
—Solo una noche, patrón —suplicó en un susurro, abriendo los ojos de nuevo—. Se lo juro por Dios. Mañana antes de que salga el sol, yo me largo. Nadie sabrá que estuve aquí.
Esa última frase me heló la sngr. “¿Nadie sabrá que estuve aquí?”.
¿De quién huía? ¿Qué clase de mldto cobarde persigue a una mujer a punto de parir?
Volteé a ver a Lucía. Mi hija me soltó el brazo lentamente y dio un paso hacia el portón.
—Pásele, señora —dijo mi niña con esa inocencia que a veces me parte el alma.
Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro de resignación. Sabía que me iba a arrepentir. Lo sabía en mis huesos.
—Pásale, pues, Alma —le dije, abriendo el portón de madera por completo—. Pero te advierto una cosa. No quiero bdques ni problemas en mi rancho.
—No los habrá, se lo juro —respondió ella, intentando forzar una sonrisa que no le llegó a los ojos.
Me acerqué a ella. Podía oler el polvo del camino impregnado en su ropa. Sus sandalias estaban cubiertas de tierra seca.
Extendí mi mano áspera hacia ella.
—Dame esa maleta. Lucía, ayúdale con la mochila.
Alma dudó un instante. Apretó el asa de la maleta de cuero con fuerza, como si su vida dependiera de ella.
—Yo puedo, señor. Gracias.
—Dije que me des la maleta, muchacha. Estás a punto de reventar, no seas terca.
Finalmente, cedió. Me entregó la maleta vieja. Pesaba como si trajera piedras adentro. O fierros.
Lucía tomó la mochila con ambas manos, quejándose bajito por el peso, y caminó despacio hacia la casa.
Alma caminaba lento, casi arrastrando los pies. Su vestido floreado se movía con la brisa del atardecer.
El sol ya se había escondido detrás de los cerros de Jalisco, dejando el cielo teñido de un rojo que me recordaba cosas que prefería olvidar.
Llegamos al corredor de la casa. Era humilde, de piso de cemento pulido y paredes de adobe encalado.
Le señalé una silla de madera tejida con tule.
—Siéntate ahí. Lucía, tráele un vaso con agua fresca a la señora.
Alma se dejó caer en la silla. Soltó un gemido sordo de alivio al quitarle el peso a sus piernas hinchadas.
—Gracias, señor… ¿Cómo se llama usted?
—Mateo. Me llamo Mateo. Y no me digas señor, que me haces sentir más viejo de lo que estoy.
Lucía regresó corriendo con un vaso de peltre azul lleno de agua. Alma se lo tomó de un solo trago, temblando un poco.
—Bueno, Mateo —dijo ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Le dije que yo cocinaba. ¿Dónde está su cocina?
La miré incrédulo. Estaba agotada, pero te juro que no derrotada.
—Estás loca si crees que te voy a poner a echar tortillas en ese estado. Hoy cocino yo.
—Un trato es un trato —insistió ella, haciendo el amago de levantarse apoyándose en los descansabrazos de la silla.
—Tranquila, mujer. Ya estás adentro. Nadie te va a echar a la calle si no haces de cenar.
La obligué a quedarse sentada. Entré a la cocina, un cuarto pequeño separado del resto de la casa, donde el comal de barro siempre estaba listo.
Prendí la leña. El olor a humo empezó a llenar el ambiente, un olor que siempre me había dado paz. Pero esa noche no.
Esa noche, mi corazón latía desbocado. Sentía una angustia oprimiéndome el pecho.
Desde la ventana de la cocina, podía ver a Alma sentada en el corredor, bajo la luz mortecina del foco del portal.
Tenía las dos manos apoyadas sobre su vientre enorme, acariciándolo despacio.
Sus labios se movían, como si le estuviera murmurando algo al bebé. O rezando.
Puse los frijoles de la olla a calentar y saqué un poco de queso seco. No teníamos mucho, pero nunca nos faltaba qué comer.
Lucía se quedó sentada en el escalón del corredor, a unos metros de Alma, mirándola con curiosidad.
—¿Duele mucho? —le preguntó mi niña de repente, rompiendo el silencio que solo interrumpían los grillos.
Alma la miró sorprendida. Luego sonrió con tristeza.
—A veces, mija. A veces duele un poco. Pero vale la pena.
Me quedé quieto en la cocina, con el cucharón de madera en la mano.
“Vale la pena”, dijo. Mi esposa nunca tuvo la oportunidad de saber si valió la pena el pdcimiento de esa noche.
El nudo en la garganta regresó. Tuve que tragar saliva y parpadear rápido para espantar las lágrimas traicioneras.
Saqué unos platos de peltre despostillados y serví la cena. Frijoles, queso, un poco de salsa de molcajete y tortillas recalentadas en el comal.
Salí al corredor con los platos humeantes.
—A cenar, chamacas —anuncié, tratando de sonar normal.
Le pasé un plato a Alma. Sus manos temblaban levemente al agarrarlo.
—Dios se lo pague, Mateo —murmuró, bajando la vista al plato.
Empezó a comer con una desesperación contenida. Era obvio que llevaba días sin probar bocado caliente.
Yo comía despacio, sin quitarle el ojo de encima. Trataba de descifrar el misterio que traía envuelto en polvo y silencio.
—¿De dónde vienes, Alma? —solté la pregunta de golpe, sin anestesia.
Ella dejó de masticar. Un velo de tensión le cruzó el rostro.
—De lejos —respondió secamente, evadiendo mi mirada.
—”Lejos” no es un lugar, muchacha. Y menos cuando llegas a mi rancho escondiéndote como si te vinieran persiguiendo los dmn*os.
Alma dejó el plato en sus piernas. Sus nudillos se pusieron blancos de tanto apretar la cuchara.
—Le dije que me iría antes del amanecer. No le traeré problemas. Solo necesito… necesito un momento para respirar.
Lucía nos miraba de uno a otro, sin entender muy bien la bronca.
—Termínate tu cena, Lucía. Y vete a lavar los dientes —le ordené a mi hija, queriendo sacarla del medio de esa conversación tensa.
La niña obedeció sin chistar. Dejó su plato casi vacío y se metió a la casa.
Nos quedamos solos en el corredor. El viento soplaba más fuerte ahora, haciendo crujir las láminas del techo.
—Mira, Alma —le dije, bajando la voz—. Yo no soy policía. No soy el padrecito del pueblo para andar escuchando confesiones.
Hice una pausa, mirándola a los ojos oscuros y bien cansados.
—Pero no soy un pndj*. Estás huyendo de alguien. Y esa maleta que traes… no trae solo ropa. Pesa demasiado.
Alma cerró los ojos y se abrazó el vientre. Pude ver cómo se le humedecían las pestañas.
—El padre de mi hijo… —empezó a decir, con la voz quebrada—. Él es un hombre my mlo.
La palabra flotó en el aire, pesada, cargada de una mldd* que yo no quería en mi casa.
—¿Qué tan mlo? —pregunté, sintiendo un escalofrío en la espalda.
—Lo suficiente como para mtrnos a los dos si me encuentra. A mí y a mi bebé.
Me recargué en la pared de adobe, pasándome una mano por el pelo alborotado.
Había metido el mismísimo infierno a mi rancho. Yo, que solo quería vivir en paz con mi hija después de tanta dsgrcia*.
—¿Sabe que estás aquí en Jalisco? —le pregunté.
—No lo sé. Pagué para que me trajeran escondida en una camioneta de carga. Me dejaron en la carretera hace dos días. He estado caminando desde entonces.
Me froté la cara de pura frustración. Caminar dos días en su estado. Bajo el sol aplastante del día y el frío cabrón de la noche.
—¿Qué traes en la maleta, Alma? —fui directo al grano. Tenía que saber a qué me estaba enfrentando.
Ella volteó a ver la maleta de cuero que descansaba junto a la silla. Negó con la cabeza.
—Nada que le incumba, Mateo. Solo es… un seguro para mi hijo. Para que podamos empezar de nuevo lejos de ese hombre.
Dinero. Seguro era dnro sco, producto de alguna tranza, o drgas. Si ese hombre la buscaba, no era solo por venganza. La buscaba por lo que traía ahí.
—Más te vale que no sea nada que atraiga a la policía o a la maña, muchacha. Porque a la primera de cambio, agarro esa maleta y la tiro al arroyo seco.
Alma me sostuvo la mirada con una fiereza que no me esperaba de alguien tan frágil.
—Si usted me echa, me condena a mrt*. A mí y a mi hijo.
Tragué saliva, recordando de golpe el instante exacto en que mi esposa exhaló su último suspiro. Esa maldita sensación de que la mrt* me respiraba en la nuca.
El recuerdo del dlr amenazaba con asfixiarme de nuevo.
—No te voy a echar —dije, casi con rabia. Rabia conmigo mismo por ser tan débil—. Duermes en el cuarto del fondo. Hay un catre y unas cobijas limpias. Lucía te mostrará.
Recogí los platos bruscamente. Entré a la cocina y los aventé en la batea con agua.
El sonido metálico resonó en la casa vacía.
Más tarde, cuando el silencio sepulcral cayó sobre el rancho, me senté en una silla en el portal, con el rifle viejo de mi abuelo cruzado en las piernas.
No pensaba dormir esa noche. No podía.
La luna llena iluminaba el camino de terracería que llevaba hasta mi portón. Cualquier sombra, cualquier ruido me ponía alerta.
A lo lejos, los coyotes empezaron a aullar. Era un sonido solitario y lúgubre que siempre me había puesto los pelos de punta.
Dentro de la casa, todo estaba en silencio. Fui de puntillas hasta el cuarto del fondo.
La puerta estaba entreabierta. Asomé la cabeza.
Alma dormía profundamente en el catre de lona. Su respiración era pesada. Tenía una mano descansando sobre su enorme vientre, protegiéndolo incluso en sueños.
La maleta vieja de cuero estaba escondida debajo de la cama. Pude ver apenas una esquina asomándose.
La tentación de abrirla, de saber exactamente qué dmn*os albergaba mi casa, me quemaba las manos.
Pero no lo hice. Volví al portal y me senté a esperar que amaneciera, rogando al cielo que esa mujer cumpliera su palabra y se marchara con los primeros rayos del sol.
Pero el destino es un desgraciado que siempre se ríe de los planes de los campesinos pobres como yo.
La madrugada llegó helada, cubriendo el monte con una niebla espesa que no dejaba ver más allá de diez metros.
Yo estaba cabeceando en la silla, con el rifle frío en mis manos, cuando un grito ahogado y terrible rompió el silencio de la casa.
Pegué un salto, soltando el arma que cayó al piso con un ruido sordo.
El grito no venía de afuera. Venía del cuarto del fondo.
Corrí hacia adentro, tropezando con mis propias botas. El corazón me latía tan fuerte que me zumbaban los oídos.
Empujé la puerta de madera.
Alma estaba en el suelo, retorciéndose. Sus manos agarraban desesperadamente la orilla del catre, sus nudillos blancos.
El vestido floreado color rosa estaba manchado de oscuro en la parte de abajo.
La fuente se le había roto.
El pánico se apoderó de mí. Era como ver una pesadilla repitiéndose en cámara lenta.
El mismo sudor frío. El mismo rictus de agonía en el rostro de una mujer.
—¡Mateo! —jadeó ella, clavándome una mirada llena de terror puro—. ¡Ayúdeme, por favor! ¡El bebé ya viene!
Me quedé congelado en el marco de la puerta. Mis pulmones dejaron de funcionar.
Los fantasmas de mi esposa ensngrntada en esa misma casa bailaban frente a mis ojos, bloqueando la realidad.
No otra vez. Por favor, Dios mío. No otra vez.
Lucía apareció detrás de mí, frotándose los ojos, despertada por los gritos.
—¿Papá? ¿Qué pasa? —preguntó la niña con voz temblorosa.
Al ver a Alma en el suelo, Lucía ahogó un grito y se tapó la boca con las manitas.
Ese pequeño sonido de mi hija fue el latigazo que me trajo de vuelta a la realidad.
Me tragué el dlr, me tragué los recuerdos y el pánico.
—Lucía, corre a la cocina. Pon a hervir toda el agua que puedas en la olla grande. ¡Rápido, mija!
La niña salió disparada sin dudarlo.
Me hinqué al lado de Alma. Estaba temblando incontrolablemente. Estaba sudando a mares a pesar del frío de la madrugada.
—Tranquila, muchacha. Tranquila, respira conmigo —le dije, agarrando sus manos sudorosas.
—Duele… duele muchísimo —lloriqueó, apretando los dientes mientras una nueva contracción la partía en dos.
—Yo sé. Yo sé. Pero vas a estar bien. Te juro que no voy a dejar que les pase nada mlo.
Lo dije para convencerla a ella, pero en realidad, necesitaba convencerme a mí mismo.
Intenté levantarla para subirla al catre, pero era demasiado pesada.
—No puedo… no me puedo mover —suplicó ella, aferrándose a mi camisa.
—Está bien, aquí mismo en el piso. Te voy a poner unas cobijas limpias.
Mientras corría a sacar ropa limpia del ropero, mi mente trabajaba a mil por hora.
Estábamos a más de una hora del pueblo. No tenía camioneta, solo un caballo viejo. No había señal de celular, ni manera de pedir ayuda.
Estaba completamente solo. De nuevo.
Regresé con las sábanas y las acomodé debajo de ella como pude.
Las contracciones venían cada vez más rápido. No me daba tiempo ni de pensar.
Lucía llegó corriendo con toallas limpias. Se quedó parada en la esquina del cuarto, aterrorizada, viendo cómo la mujer desconocida gritaba en nuestra casa.
—Vete al corredor, Lucía. Quédate ahí hasta que yo te hable —le ordené.
No quería que mi hija viera eso. No quería que el trauma se le quedara marcado de por vida, como me había pasado a mí.
Lucía salió rápido, cerrando la puerta a sus espaldas.
Me arremangué la camisa. Las manos me temblaban un poco.
—Alma, escúchame bien —le dije, tratando de sonar seguro—. Tienes que pujar cuando yo te diga. Vamos a traer a ese escuincle al mundo, ¿me oyes?
Ella asintió, con la frente empapada y los labios morados de tanto morderlos.
Otra contracción salvaje. Alma soltó un alarido desgarrador que me hizo cerrar los ojos con fuerza.
El olor a sudor, a fierro y a vida nueva llenó la pequeña habitación de adobe.
El tiempo parecía haberse detenido. Eran minutos que se sentían como horas enteras de pura agonía y tensión.
—¡Puja, Alma! ¡Con todas tus fuerzas! —le gritaba, sosteniéndole la cabeza.
En un momento, en medio del caos, la vieja maleta de cuero que estaba bajo el catre fue pateada accidentalmente por Alma en uno de sus espasmos de dlr.
La maleta se golpeó contra la pared. Uno de los broches de metal oxidado cedió, y la tapa se abrió de golpe.
Lo que salió de adentro, rodando por el piso de cemento pulido, me cortó la respiración de tajo.
Fajos de billetes atados con ligas. Cientos de ellos.
Pero no era eso lo que me paralizó.
Junto a los billetes, cayó una pistola escuadra negra, pesada, de uso exclusivo militar. Y varias cajas de bls.
Y una fotografía arrugada.
La fotografía se deslizó por el suelo hasta quedar a centímetros de mis botas.
En medio de los gritos de la mujer que daba a luz en mi piso, mi vista se clavó en esa foto.
El hombre de la imagen, el hombre del que Alma estaba huyendo desesperadamente…
Era mi hermano menor.
El mismo hermano que se había largado del rancho hacía diez años para meterse de lleno con la maña en Sinaloa. El mismo del que no sabíamos nada y que dábamos por mrt*.
Un rugido ronco y desgarrador salió de la garganta de Alma.
—¡Ya viene! ¡Dios mío, ya viene! —gritó, aferrándose a mi brazo con la fuerza de un animal salvaje.
El mundo me daba vueltas. La mujer tirada en mi piso, empapada en sudor, no era una simple extraña.
Era la mujer del crtl. La mujer de mi hermano.
Y el bebé que estaba a punto de nacer entre mis manos temblorosas… era de mi propia sngr. Era mi sobrino.
El llanto agudo de un recién nacido rompió el amanecer frío en Jalisco.
Había nacido fuerte y vivo. Lo levanté con cuidado, envuelto en la toalla que me había traído Lucía.
Alma cayó exhausta hacia atrás, llorando incontrolablemente, pero esta vez de alivio.
Le puse el bebé en el pecho. Ella lo abrazó como si fuera la cosa más valiosa de este mundo pdrd*.
Me quedé en silencio, arrodillado en la esquina del cuarto oscuro.
Miré la maleta rota. Miré la pistola, el dinero y el rostro sonriente y burlón de mi hermano en esa maldita fotografía.
La mrt* no solo me respiraba en la nuca. Ahora se había instalado en el cuarto de mi casa, junto con un chamaco recién nacido y una maleta llena de plgr*.
Si mi hermano la estaba buscando, no iba a tardar en rastrearla. Y cuando la encontrara, no solo vendría por ella y por el dinero.
Vendría con todo el infierno detrás de él.
Me levanté despacio. Limpié la sngr de mis manos en un trapo viejo.
Fui hacia la maleta, pateé la pistola hacia adentro y cerré el cierre de cuero con rabia.
Caminé hacia la puerta, sintiendo el peso de los cerros de Jalisco cayendo directamente sobre mis hombros cansados.
PARTE FINAL: LA FACTURA DEL PASADO Y EL ÚLTIMO AMANECER EN JALISCO
Me quedé parado en el umbral del pequeño cuarto, sintiendo el peso abrumador de los cerros de Jalisco cayendo directamente sobre mis hombros cansados. El frío de la madrugada calaba hasta los huesos, pero yo sentía que ardía por dentro. Limpié la sngr de mis manos en un trapo viejo y sucio, frotando la piel áspera hasta que dolió, como si pudiera borrar la aplastante realidad con pura fricción. El silencio regresó de golpe, pesado y amenazante.
Volteé a ver a Alma. Había caído exhausta hacia atrás sobre el piso de cemento pulido , llorando incontrolablemente, pero esta vez de alivio. En sus brazos frágiles, sostenía a ese recién nacido que había roto el amanecer frío en Jalisco con su llanto agudo y vital. El bebé había nacido fuerte y vivo. Ella lo abrazaba con una fuerza brutal, como si fuera la cosa más valiosa de este mundo pdrd*.
Pero mi mente no podía salir de la maleta rota que yacía en el piso. Mi vista estaba clavada en ella. Miré la pistola, el dinero y el rostro sonriente y burlón de mi hermano en esa maldita fotografía. El mismo hermano que se había largado del rancho hacía diez años para meterse de lleno con la maña en Sinaloa. El mismo del que no sabíamos absolutamente nada y que dábamos por mrt*.
—Alma… —Mi voz sonó como un rasguño en el silencio sepulcral.
Me acerqué a la maleta de cuero, esa que apenas unos minutos antes ella había pateado accidentalmente en uno de sus espasmos de dlr extremo. Me agaché lentamente y recogí la fotografía arrugada del suelo. Caminé de regreso hacia donde estaba ella recostada. Alma me miró con los ojos muy abiertos, llenos de un terror nuevo, distinto al del parto.
—¿Quién es este hombre, muchacha? —le pregunté con dureza, aunque yo ya sabía la respuesta. Quería escucharlo de su boca. Quería que ella me confirmara que el dmn*o que nos perseguía tenía nombre y apellido.
Ella tragó saliva, apretando al bebé contra su pecho sudoroso.
—Es… es el padre de mi hijo, Mateo. Se llama Arturo.
Escuchar su nombre en voz alta después de una década fue como recibir un golpe directo en el estómago. El aire me faltó.
—Ese hombre de la imagen… —comencé a decir, sintiendo que la rabia empezaba a hervir en mis venas—, el hombre del que estabas huyendo desesperadamente… era mi hermano menor.
Alma dejó escapar un jadeo ahogado, llevándose una mano a la boca. Sus ojos, bien cansados y rodeados de ojeras profundas, se llenaron de lágrimas frescas.
—No… no puede ser cierto. Arturo nunca me dijo nada de esto. Él siempre dijo que no tenía a nadie, que su familia estaba mrt*…
—Pues ya ves que no —le respondí con amargura, recordando a mis padres, que se fueron a la tumba llenos de tristeza esperando una carta de su hijo menor—. Y si mi hermano te estaba buscando, no iba a tardar en rastrearte hasta acá. Y cuando te encontrara, no solo vendría por ti y por el dinero que te robaste. Vendría con todo el infierno detrás de él.
Me froté la cara de pura frustración. Había metido el mismísimo infierno a mi rancho. Yo, que solo quería vivir en paz con mi hija después de tanta dsgrcia*.
—¿Por qué te busca realmente, Alma? Y no te atrevas a mentirme. ¿Qué traes en esa maleta además de lana?. Sé perfectamente que hay fajos de billetes atados con ligas, cientos de ellos , y una pistola escuadra negra de uso exclusivo militar junto con cajas de bls. Dime la verdad, carajo.
—Es dnro sco del jefe de la plaza —confesó ella, temblando mientras arrullaba al recién nacido—. Arturo intentó pasarse de listo. Quería robarle al crtl, quedarse con un cargamento pesado y huir conmigo a la frontera.
Hizo una pausa para tomar aire. El pánico le cortaba las palabras.
—Pero yo me di cuenta de la clase de monstruo en la que se había convertido. Vi cómo ordenaba cosas horribles. Vi cómo la sngr no le importaba en absoluto. No quería esa vida asquerosa para mi bebé.
—¿Entonces le robaste su boleto de salida? —pregunté, empezando a armar el rompecabezas.
—Sí. Antes de que él pudiera ejecutar su plan de fuga, tomé la maleta que él había preparado. Tomé su dnro, su arma para defenderme, y hui sin mirar atrás. Lo dejé a merced de sus propios jefes. Pensé que lo assnrían.
—Pero es una cucaracha astuta —interrumpí, conociendo a la perfección las mañas de mi sangre—. Logró escapar de ellos, y ahora te está cazando. No lo hace por el bebé. Lo hace por el dnro. La buscaba por lo que traía ahí.
—Si usted me echa ahora, Mateo, nos condena a mrt* a los dos. A mí y a su propio sobrino.
El silencio volvió a caer sobre la casa de adobe, interrumpido solo por los ruiditos del niño. Era mi sobrino. Sangre de mi propia sngr. Mi familia envuelta en la peor mldd* posible.
La puerta de madera crujió a mis espaldas. Lucía, mi niña de diez años, asomó la cabeza tímidamente. Estaba asustada, pegada al marco de la puerta. Sus ojos grandes y oscuros iban de la sngr en el piso a la maleta rota.
—¿Papá? —preguntó la niña con voz temblorosa —. ¿Ya nació el bebé de la señora?
—Sí, Lucía. Ya nació —le respondí, tragándome de golpe el dlr, los recuerdos oscuros y el pánico que me paralizaba —. Necesito que vengas aquí y me escuches con mucha atención.
Lucía se acercó a paso lento. Miró al bebé con una curiosidad inmensa, olvidando por un par de segundos el terror absoluto de los gritos en la madrugada.
—Es muy chiquito, papá —dijo mi hija, con esa inocencia pura que a veces me parte el alma.
Me hinqué en el suelo de cemento frío para quedar a su altura y la tomé por los hombros delgados.
—Mija, escúchame bien. Tienes que ser muy valiente, como siempre lo has sido. Vas a correr a nuestro cuarto. Vas a meter en tu mochila vieja toda tu ropa, tus botas y la cajita de lata que tenemos debajo de mi colchón. Todo rápido.
—¿A dónde vamos? —susurró Lucía, sintiendo la tensión en el aire.
—No preguntes nada ahorita, mi niña. Hazlo ya. Corre.
Lucía asintió, pálida como un fantasma, y salió disparada hacia el pasillo sin dudarlo.
Me puse de pie y caminé directo hacia la maleta de cuero. Pese a la repulsión que sentía, pateé la pistola negra hacia adentro y cerré el cierre de cuero con rabia contenida. Pesaba horrores, como si trajera piedras adentro, o fierros. La levanté con mi mano derecha, sintiendo que quemaba.
—Levántate, Alma —le ordené, intentando no gritar—. No podemos quedarnos ni un maldito segundo más aquí. Si Arturo te rastreó hasta las carreteras de Jalisco, es cuestión de minutos para que nos encuentre.
—No me puedo mover, Mateo —suplicó ella, aferrándose al catre con lágrimas en los ojos —. Me parto en dos de puro dlr.
—Tendrás que sacar fuerzas de donde no tienes, muchacha. Vas a caminar, aunque te arrastres. No voy a dejar que les pase nada ml bajo mi techo.
Ayudé a Alma a ponerse de pie. Era pesada y estaba exhausta. Se apoyó fuertemente en mi hombro, cojeando y arrastrando los pies con cada paso. Su viejo vestido floreado color rosa estaba arruinado. Salimos a paso lento hacia el corredor humilde de la casa.
La niebla espesa que no dejaba ver más allá de diez metros empezaba a disiparse. Los primeros rayos del sol iluminaban el camino de terracería que llevaba hasta mi portón de madera.
Y entonces, el sonido más aterrador que he escuchado rompió la mañana.
El rugido de motores potentes. El crujir de las llantas pesadas sobre la tierra seca. No era un simple tractor campesino.
Cualquier sombra, cualquier ruido me ponía en alerta máxima.
—Ya llegó el dmn*o —susurró Alma, cerrando los ojos con desesperación.
—Métete a la cocina rápido —le ordené, empujándola hacia el cuarto pequeño donde el comal de barro siempre estaba listo —. Escóndete debajo de la mesa de madera vieja. Pase lo que pase, no salgas hasta que yo te busque.
Corrí hacia el portal y agarré el rifle viejo de mi abuelo que había dejado cruzado en la silla. Revisé el cargador de cerrojo. Solo tenía cinco tiros. Cinco tristes tiros contra quién sabe cuántos scr*os. Estaba completamente solo. De nuevo.
Dos camionetas negras, lujosas, blindadas y sin placas, frenaron de golpe justo frente a mi portón, levantando una nube de polvo espeso que bloqueó la luz del sol naciente.
Las puertas se abrieron al unísono. Varios hombres armados con fusiles de asalto tomaron posiciones. Del lado del copiloto de la primera troca, bajó un hombre alto, vestido con una chamarra de cuero cara y botas exóticas. Llevaba una escuadra fajada al cinto.
A pesar de los años, de la barba cerrada y de las cicatrices que cruzaban su rostro endurecido por la mldd*, reconocí inmediatamente su manera de caminar. Era Arturo.
El hombre de la fotografía. Mi hermano menor.
—¡Qué milagro, carnalito mayor! —gritó Arturo desde el otro lado del portón, con una voz ronca que no tenía una sola gota de afecto—. ¡Mira nada más qué chiquito es el mundo y a dónde me vino a escupir el destino! A la vieja casa miserable.
—No des un solo paso más hacia adentro, Arturo —le advertí desde el corredor, apuntando el cañón de mi rifle directamente a su pecho—. Esta ya no es tu casa. Tú mrtst para nosotros hace muchos años.
Arturo soltó una carcajada cínica, escupiendo un lado del camino de tierra seca.
—No te me pongas bravo, Mateo. No vengo a pelear contigo, ni a robarte los frijoles podridos que tragas. Vengo a recuperar lo que es mío. Una muchacha preñada que se metió por equivocación a tu rancho. Trae una maleta de cuero. Entrégamelos y te juro que me largo. Nadie sabrá que estuve aquí.
La ironía de sus palabras me asqueó. Usaba la misma frase que Alma había usado la noche anterior para rogar refugio.
—Aquí no hay absolutamente nadie, cabrón. Lárgate antes de que te llene de plomo el pecho.
Arturo borró la sonrisa burlona. Sus ojos se volvieron dos agujeros negros, fríos, desprovistos de cualquier humanidad. El dmn*o asomó la cara.
—No te hagas el pndj* conmigo, Mateo. Sabemos perfectamente que esa prr está aquí. Pagó a un pollero barato para que la trajeran escondida en una camioneta de carga. Seguimos su rastro de sudor y miedo. Entrégame la maleta. O te juro que voy a quemar este jacal de adobe contigo y con tu pequeña mocosa adentro.
La sola mención de Lucía encendió una furia dentro de mí que nunca, en mis casi cuarenta años, había experimentado. El recuerdo opresivo del dlr por la pérdida de mi esposa , esa impotencia que me dstryó por dentro la noche en que no hubo doctor que la salvara… Todo eso se evaporó al instante, siendo reemplazado por un instinto primitivo y asesino de proteger a mi cría.
—Esa mujer acaba de dar a luz tirada en mi piso, mldt* animal. Parir a tu propio hijo. Un chamaco que lleva tu misma sngr pdrd* y al que vienes a cazar.
Arturo parpadeó, sorprendido por un microsegundo. Pero la codicia enfermiza en sus ojos apagó rápidamente cualquier chispa de paternidad.
—Ese escuincle bastardo no es mío —escupió con desprecio—. Es un estorbo. Yo vengo única y exclusivamente por mi dnro sco. Entrégamelo ya, Mateo. Es la última vez que te pido un favor por las buenas.
Hizo una seña rápida con la mano izquierda, y dos de sus hombres levantaron sus rifles automáticos, apuntando directamente a las ventanas de la casa.
Estábamos a más de una hora del pueblo. No había señal de celular, ni manera terrenal de pedir ayuda.
Tenía que usar la cabeza. Un disparo mío significaría cien de regreso. Nos harían pedazos en menos de un segundo.
—¡Espera! —grité, bajando deliberadamente el cañón de mi viejo rifle—. ¡Está bien! ¡Te voy a dar la mldt* maleta!
Arturo sonrió ampliamente, mostrando los dientes como un depredador satisfecho.
—Sabía que seguías siendo un rajón cobarde, Mateo. Siempre fuiste el débil de la camada. Tráela.
—Pero ella ya no la tiene —mentí descaradamente, con el corazón latiendo tan fuerte que me zumbaban los oídos —. La maleta vieja pesaba demasiado. La dejó abandonada en el cuarto del fondo.
—¡Mientes! —rugió mi hermano, sacando su escuadra y cortando cartucho.
—¡Pues ven a revisar tú mismo el jacal! —lo reté a gritos, arrojando dramáticamente mi rifle al suelo de tierra y levantando ambas manos en señal de rendición.
El ego de Arturo siempre fue su mayor debilidad. Creía que me tenía aterrorizado. Hizo un ademán brusco a sus matones para que bajaran las armas y esperaran junto a los vehículos.
Abrió él mismo el portón de madera por completo y cruzó el umbral con pasos largos y arrogantes, manteniendo su arma apuntando directamente a mi frente.
—Camínale al cuarto, carnal. Y pobre de ti si me estás haciendo perder mi valioso tiempo.
Caminé de espaldas, a paso lento, atravesando el corredor de la casa. Arturo me seguía pisándome los talones. El aire era denso, pesado, a punto de explotar.
Llegamos al final del pasillo. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta. Asomé la cabeza disimuladamente. Adentro no había nadie, solo el catre manchado.
—Está ahí adentro, debajo de la cama —le mentí.
Arturo me dio un empujón brutal que me tiró al piso de cemento. Se adelantó rápidamente, pateando la puerta de madera para abrirla de par en par. Ingresó al cuarto oscuro con el arma por delante.
Ese fue su último y fatal error en esta tierra.
De las sombras detrás de él, emergiendo silenciosamente desde la puerta que conectaba con la cocina, salió Alma. No estaba debajo de la mesa de madera llorando como una víctima indefensa. Estaba de pie, pálida y sudando a mares, pero empuñando la pesada pistola escuadra militar negra con una firmeza que helaba la sngr.
Arturo giró la cabeza, alertado por el crujido de un paso, y sus ojos se abrieron desmesuradamente al encontrarse cara a cara con la mujer que había subestimado.
No hubo tiempo para insultos, ni discursos villanos. Alma no parpadeó.
El estruendo ensordecedor de tres dspr*s consecutivos a quemarropa sacudió los cimientos del humilde rancho.
El impacto bestial de las bls arrojó el cuerpo de Arturo hacia atrás, levantándolo del piso por una fracción de segundo antes de estrellarlo violentamente contra la pared de adobe. Resbaló lentamente hasta caer inerte, como un saco de huesos vacíos. El hombre que prometió traer la mrt* a mi rancho, había encontrado la suya.
Me quedé congelado en el piso. Los fantasmas de la violencia en esa casa bailaban frente a mis ojos. Pero el instinto de supervivencia fue más fuerte.
—¡Tírate al suelo! —le grité a Alma a todo pulmón.
Afuera, los matones escucharon los dspr*s. Gritos caóticos llenaron el patio y, un segundo después, una lluvia infernal de plomo comenzó a despedazar la fachada de mi casa. Las ráfagas atravesaban las ventanas de madera, haciendo crujir las láminas del techo y levantando tormentas de astillas y polvo de adobe.
Me arrastré pecho a tierra hasta el cadáver de mi hermano. Sin dudarlo un instante, le arrebaté la pistola que aún empuñaba, le quité dos cargadores llenos de su cinturón y me posicioné detrás del grueso muro que daba a la ventana del corredor.
Me asomé apenas unos centímetros. Uno de los matones avanzaba a campo abierto, confiado en su fuego de supresión.
Respiré hondo, bloqueando el miedo, bloqueando el pasado, y disparé dos veces. El hombre se desplomó al instante frente a las ruedas de la camioneta.
El segundo pistolero, presa del pánico al ver caer a su compañero y sabiendo que su jefe no salía, se subió apresuradamente al volante del segundo vehículo. Arrancó a toda velocidad, derrapando en reversa y huyendo despavorido hacia la carretera principal.
El silencio que siguió fue absoluto, fantasmal, únicamente roto por el molesto pitido agudo en mis tímpanos causado por las detonaciones en espacio cerrado. El penetrante olor a pólvora quemada se mezcló rápidamente con el olor a humo de leña del comal de la cocina.
La amenaza inmediata había sido eliminada. Pero el verdadero plgr* apenas comenzaba. Los matones del crtl regresarían para cobrar venganza. No podíamos quedarnos ahí. Era nuestro fin.
Me levanté sacudiéndome la tierra de la camisa. Alma estaba en el pasillo, llorando histéricamente, mirando el cuerpo destrozado del padre de su hijo. La pistola había caído de sus manos temblorosas.
—Mateo… lo hice… lo mt… —balbuceaba, atrapada en un estado de negación.
—Hiciste exactamente lo que tenías que hacer para sobrevivir, muchacha. Para que tu niño viviera. Ya está hecho. Reacciona.
Corrí a la cocina. Lucía estaba acurrucada debajo del pequeño lavadero, abrazando sus rodillas, temblando de pavor puro. El bebé, a su lado envuelto en la toalla, lloraba desesperado por el ruido.
—Vámonos de aquí. ¡Vámonos todos ahora mismo! —grité, cargando la mochila de mi hija y agarrando a Lucía del brazo para sacarla de ahí.
Agarré la vieja maleta de cuero llena de dnro. Ese efectivo maldito, producto de cosas espantosas, se convertiría en nuestra única oportunidad para comprar nuevas identidades, para escapar a la frontera, muy lejos de todo este horror.
Salimos al patio, esquivando los cristales rotos y los cuerpos inertes. Subí a Alma al asiento del copiloto de la lujosa camioneta blindada de mi hermano, asegurando al bebé en sus brazos. Metí a Lucía en la parte trasera y yo salté al asiento del conductor.
Había las llaves puestas. Encendí el potente motor, metí reversa con fuerza y giré el volante.
Mientras aceleraba furiosamente para salir a la carretera de terracería, mi mirada se desvió por última vez hacia el espejo retrovisor. Veía mi rancho humilde. La casa donde construí mi vida, donde amé a mi esposa, donde ella perdió la vida esa madrugada oscura. Dejaba atrás todo lo que conocía. Dejaba atrás el recuerdo del dlr, pero también las pocas cosas buenas de mi vida pasada.
Me tragué el nudo inmenso en mi garganta y parpadeé rápido para espantar las malditas lágrimas traicioneras que nublaban mi visión.
—¿A dónde vamos a ir, papá? —preguntó mi pequeña Lucía desde atrás, con una voz apenas audible.
—Lejos, mija. Nos vamos muy lejos de aquí —respondí con firmeza, evadiendo mirar atrás.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el viento frío que pasaba por la ventana rota no me robaba la voz , sino que me devolvía el aire que tanto me faltaba.
A mi lado, Alma miraba por el cristal hacia el horizonte que clareaba. Sus ojos, aunque rojos y agotados, ya no reflejaban terror. Acariciaba suavemente la cabeza de su niño dormido, aferrándose a la promesa de un futuro donde el pasado no pudiera alcanzarlos.
No compartíamos la misma sangre, y apenas nos conocíamos, pero el destino y la tragedia nos habían cosido para siempre. Éramos prófugos del mismísimo diablo. Y mientras aceleraba hacia el norte perdiéndome en la inmensidad del amanecer mexicano, juré por la memoria de mis muertos, que esta vez nadie, ni en este mundo ni en el infierno, nos iba a arrebatar la vida. Jamás.
FIN