Parte 1:
Soy Elena. El alegre sonido de la música mariachi que resonaba por el lujoso jardín de la Hacienda San Javier en Guadalajara se volvió de repente ensordecedor cuando crucé la puerta de hierro forjado. Llevaba puesto mi viejo y raído vestido floral, sintiéndome completamente fuera de lugar en aquel mar de trajes de seda y diamantes brillantes.
Las miradas despectivas se dirigieron inmediatamente hacia mí, pero me limité a avanzar en silencio. Apreté una pequeña y arañada caja de madera contra mi pecho. Mis ojos enrojecidos buscaban desesperadamente la silueta de mi hijo entre la ruidosa multitud que olía a puros y perfumes caros.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —una mano áspera agarró violentamente mi brazo.
Me tiró hacia la sombra de una bugambilia de un rojo intenso, y mi corazón se encogió al ver el rostro furioso de Mateo, mi hijo, que ahora llevaba un elegante esmoquin blanco puro.
—Mateo, mijo, yo solo quería… —me atraganté, sin poder terminar la frase.
—¡Te dije que nunca más volvieras a aparecer en mi vida! —rugió, silbando entre dientes. —¿Acaso vienes a humillarme frente a la familia de mi esposa? ¿Una mendiga que acaba de salir de la cárcel?.
Desde atrás, apareció Sofía, la deslumbrante novia con su voluminoso vestido de encaje. Se acercó con una cruel sonrisa de superioridad y me barrió con la mirada de pies a cabeza.
—Oye, no manches, Mateo, ¿no me dijiste que tu madrecita ya estaba muerta? —soltó con frialdad. —¿Por qué apesta a pura b*sura? ¡Sácala de aquí ya estuvo, antes de que mi papá la vea!.
Sus palabras fueron como un cuchillo clavado en mi pecho. Tendí mi mano temblorosa.
—No vine a pedir dinero… te traje los recuerdos de tu papá….
—¡Cállate! —Mateo perdió el control.
De un manotazo me apartó el brazo, haciendo que la caja de madera cayera al suelo de terracota y se hiciera añicos. Por todas partes se esparcieron papeles amarillentos y una vieja libreta de ahorros. Todo el jardín se quedó en un silencio sepulcral, y todas las miradas se dirigieron a los documentos que acababan de caer.
Los ojos de Mateo se posaron accidentalmente en las letras en negrita de un pagaré bancario que llevaba la firma de Don Arturo, su futuro suegro. Caí de rodillas, con la cara bañada en lágrimas mientras recogía cada papel.
¿QUÉ HARÁ MATEO CUANDO DESCUBRA QUE EL PADRE DE SU ESPOSA FUE QUIEN LES ROBÓ ABSOLUTAMENTE TODO?
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