Pensaron que por verme con botas viejas y recogiendo leña en la sierra podían humillarme. Se rieron en mi cara mientras vaciaban hielo sobre un cachorro amarrado, presumiendo su camioneta del año y sus apellidos importantes. No sabían que en el monte el dinero no sirve de nada y que el viento lleva el olor del miedo. Cometieron el error de creer que estaban solos, pero cuando la niebla bajó, descubrieron que no eran los cazadores… eran la presa. El frío de la mañana acá arriba en la sierra te muerde la piel aunque traigas chamarra gruesa. Andaba yo en lo mío, recogiendo leña seca en los límites del terreno, cuando vi algo que no cuadraba. Una camioneta negra, monstruosa, de esas 4×4 que brillan tanto que parecen fuera de lugar entre los ocotes y el lodo.
Me acerqué despacio, pisando suave como aprendí hace veinte años, cuando mi ropa no era de franela sino camuflaje. Eran tres chavos. De esos que acá llamamos “juniors” o “mirreyes”, con ropa de marca y botellas caras tiradas en el musgo, creyéndose dueños del mundo. Pero lo que me detuvo el corazón fue lo que tenían en el centro.
Un bulto café. Un cachorro mestizo, chiquito, no tendría ni tres meses. Lo tenían amarrado con un cable a la defensa de la camioneta. El animalito temblaba, y no solo de miedo. Uno de ellos, el más alto, le estaba vaciando una hielera con agua helada encima. A cero grados, eso es m*tarlo lento.
—¡Míralo cómo baila, güey! —se reía uno, espantando a los pájaros. —Dicen que estos perros corrientes son inmortales —decía el otro, grabándolo todo con su celular.
No lo pensé. Salí de entre los árboles con el hacha en la mano. No la levanté, solo la dejé caer a mi lado, pesada. El crujido de mis botas hizo que voltearan. Me escanearon rápido: vieron mis botas gastadas, mis manos llenas de callos, mi gorra despintada. Y se volvieron a reír.
—¿Qué se le ofrece, don? ¿Vino a ver el espectáculo o quiere propina para que se largue? —me soltó el de la hielera.
Sentí esa calma fría en el pecho, la que llega antes de la tormenta. —Suelten al animal —les dije, con la voz rasposa.
El güerito del celular se me puso enfrente, inflando el pecho como gallo. —Oiga, ruco, bájele. ¿Sabe quién es mi papá? Si hago una llamada, vienen y lo sacan a patadas de su jacal.
Me acerqué más. El cachorro ya ni lloraba, estaba entrando en hipotermia, mirándome con esa resignación de quien sabe que nadie va a venir. —Les dije que lo suelten. No lo voy a repetir.
El tercero, que estaba callado, sacó una escuadra niquelada de la guantera. Seguro ni sabía quitarle el seguro, pero me apuntó al pecho. —Ya escuchaste, abuelo. Lárgate o te damos un susto. Aquí no hay ley. Estamos en medio de la nada.
Respiré hondo el aire helado. Miré el a*ma, miré al cachorro y luego los miré a ellos. Y sonreí. Mi sonrisa los sacó de onda.
—¿De qué te ríes, pnche loco? —le tembló la voz al de la pstola.
—Me río porque cometieron dos errores —les dije suave—. El primero fue pensar que ese perro no le importa a nadie. Y el segundo… fue no revisar el viento.