La nieve seguía cayendo sobre los restos de nuestra casa mientras mi hijo temblaba abrazado a mis piernas, pero lo peor fue ver cómo mi cuñado se alejaba sin siquiera mirar atrás después de dejarnos completamente solos en la sierra.

El calor de las llamas me daba en la cara, pero yo sentía que me estaba congelando por dentro al verlos alejarse en medio de la tormenta.

El resplandor de las llamas bailaba frenéticamente sobre la nieve virgen, pintando de un naranja macabro el desastre que hasta hace unos minutos era mi vida entera. Mis manos latían con un dolor insoportable, quemadas hasta quedar en carne viva por el metal candente de la trampilla.

Mi hijo Mateo lloraba en silencio, aferrado a mi cintura como si yo fuera el único pilar que sostenía su mundo. A pocos pasos, Rosa, una jovencita de diecisiete años, acunaba a su bebé envuelto en un silencio aterrador. El pánico intentó apoderarse de mí cuando escuché la respiración sumamente débil del recién nacido. Estaba vivo, pero el frío extremo estaba apagando su pequeña vida.

A lo lejos, en medio de la tormenta, vi a Ramiro y a sus hombres correr de regreso al pueblo. Nos dejaron a nuestra suerte, creyendo que la montaña y el invierno harían el trabajo sucio.

Mateo, temblando y con la nariz roja, me rogaba ir a una casa. Pero yo sabía la verdad. Bajar al valle significaba entregarnos a la misericordia de mi cuñado, el mismo hombre que me había humillado y traicionado.

—No vamos a bajar, mi amor —le respondí a Mateo, hincándome en el lodo congelado. —Vamos a subir.

Salvé una cobija de lana sucia de entre los escombros ardientes, agarramos dos palos humeantes como antorchas y comenzamos a caminar hacia la oscuridad. El viento nos cortaba el rostro, y de pronto, un sonido me heló la sangre más que la tormenta: el aullido prolongado de un coyote.

Parte 2

El olor a carne quemada de mis manos destrozadas era, en efecto, un faro para ellos en la oscuridad. El viento helado nos cortaba el rostro sin piedad, y con cada ráfaga, el aullido prolongado de los coyotes parecía multiplicarse, resonando en las paredes invisibles de la montaña. Estaban hambrientos. La tormenta los había obligado a bajar de las cumbres más altas, desesperados por cualquier rastro de vida. Nosotros, arrastrándonos penosamente por la nieve virgen, sudando terror frío, éramos la presa perfecta.

—¡Apúrate, Rosa! ¡No te detengas! —grité, aunque mi voz salió como un graznido rasposo.

El humo del incendio de mi casa todavía me quemaba la garganta y los pulmones. Rosa tropezó por enésima vez. La gruesa cobija de lana sucia que había logrado rescatar de los escombros ardientes le estorbaba para caminar, pero era lo único que protegía a su bebé del viento mortal. Cayó de rodillas sobre un ventisquero, soltando un gemido desgarrador que me heló los huesos mucho más que la tormenta.

—¡Ya no puedo, doña Elena! —sollozó la muchacha, alzando el rostro hacia mí.

A la débil luz de los palos humeantes que llevábamos como antorchas, vi que sus labios estaban morados y sus pestañas cubiertas de escarcha. Temblando, me imploró que la dejara ahí porque sus piernas ya no le respondían, pidiéndome que me llevara a Mateo y salvara a mi propio hijo. Sentí que el pecho se me cerraba de indignación. El miedo no sirve de nada cuando ya no tienes a dónde correr.

—¡Ni se te ocurra decir esa p*ndejada! —le rugí, acercándome a ella y obligándola a mirarme.

Mis manos, quemadas hasta la carne viva por la trampilla al rojo vivo, me palpitaban con una agonía que me nublaba la vista. Cada latido era una tortura física, constante y punzante. No podía usar los dedos sin gritar de dolor, así que usé mis antebrazos manchados de hollín para empujarla por los hombros. Le grité, escupiendo las palabras en su cara helada, que si se quedaba allí, ella y el niño se morirían en diez minutos. ¿De verdad quería que Ramiro, el infeliz que nos dejó a nuestra suerte, se saliera con la suya?. Al mencionar a mi cuñado, el mismo hombre que me había humillado y traicionado, algo brilló en los ojos apagados de Rosa. El miedo cedió un milímetro ante la rabia. La rabia siempre es mejor motor que la resignación.

A mi lado, Mateo tiraba de mi pantalón. Lloraba en silencio, aferrado a mi cintura como si yo fuera el único pilar que sostenía su mundo en pedazos. Temblando de pies a cabeza y con su naricita roja por el frío implacable, me miró con ojos llenos de un terror infantil y puro. Su voz apenas era un hilito entre el rugir de la ventisca cuando me susurró que tenía miedo porque los perritos de la montaña nos iban a comer.

Le mentí. Tenía que hacerlo. Tratando de sonar firme y ocultando el temblor de mi propia quijada, le dije que no eran perritos y que no nos harían nada. Le ordené que se agarrara fuerte de mí porque íbamos a subir. Apenas pronuncié esas palabras, un crujido a nuestra derecha me hizo tragar saliva. A unos diez metros, entre los troncos de unos pinos cubiertos de nieve, vi un par de ojos amarillos reflejando la débil luz anaranjada de mi antorcha. Luego, otro par apareció a la izquierda. Nos estaban flanqueando.

El instinto, antiguo y salvaje, se apoderó de mí con una violencia que yo misma desconocía. Ya no era la forastera viuda y educada de la que el pueblo entero se burlaba a escondidas. La supervivencia pura había borrado de golpe cualquier rastro de civilidad en mi mente. Apreté los dientes hasta que sentí el sabor espeso a sangre en mis propias encías. Tomé el palo humeante que llevaba aprisionado entre mis antebrazos, ignorando a la fuerza la punzada de fuego hirviente en mis palmas destrozadas.

Le grité con todas mis fuerzas al vacío blanco, agitando la antorcha hacia la sombra más cercana, ordenando a los malditos que se largaran de aquí. El coyote más cercano soltó un gruñido grave, mostrando los colmillos sucios, pero retrocedió un par de pasos ante la repentina lluvia de chispas. Yo sabía que era un engaño temporal. Sabía que el fuego se apagaría pronto porque la madera estaba húmeda y la nevada era implacable.

Empujando a Rosa hacia arriba sin delicadeza alguna, le ordené que caminara, que pusiera al bebé en su espalda y usara sus manos desnudas para escalar la pendiente resbaladiza. Le grité que no mirara atrás por ningún motivo, asegurándole que yo cubriría la retaguardia. La adrenalina, una droga espesa bombeando en mis sienes, me anestesió el dolor por unos preciosos y escasos minutos.

Mientras Rosa y Mateo subían gateando por la cañada empinada, perdiendo el equilibrio y sollozando contra la piedra helada, yo me quedé de espaldas a ellos. Me quedé enfrentando la oscuridad. Cada vez que un coyote intentaba acercarse oliendo la sangre de mis brazos, daba un paso al frente y lanzaba un grito gutural, agresivo, agitando la brasa moribunda.

La marcha fue una agonía interminable que nos destrozó los pulmones. Mis botas gastadas se hundían en la nieve hasta las rodillas y el peso de mis piernas parecía de plomo. El frío extremo ya no solo entumecía mi piel, sino que parecía congelar mis propios pensamientos, volviendo todo un eco borroso. Estábamos subiendo hacia una vieja mina de plata abandonada que yo conocía vagamente, pero en medio de la tormenta, el paisaje nocturno se veía hostil e irreconocible. El pánico intentó apoderarse de mí y asfixiarme. Pensé por un segundo espantoso que me había perdido, que simplemente íbamos a caminar en círculos hasta morir congelados.

Pero entonces, el viento cambió de dirección. En lugar de golpear mi rostro de frente con agujas de hielo, pareció deslizarse suavemente alrededor de una gran mole oscura. Allí estaba. Una formación rocosa gigante con una grieta negra como boca de lobo en su base.

—¡Ahí está! —grité con lo poco que me quedaba de voz, sintiendo lágrimas calientes resbalar y congelarse al instante en mis mejillas sucias de hollín. ¡Es la cueva, Rosa! ¡Llegamos!.

Nos arrastramos por la entrada estrecha, rasguñando nuestras rodillas, y dejamos atrás la furia blanca del exterior. La diferencia fue brutal e inmediata. Aunque el aire dentro de la mina seguía estando helado y denso, la ausencia de viento cortante lo hizo sentir de pronto como un refugio celestial. El silencio pesado del interior, con su olor a tierra húmeda y mineral antiguo, nos abrazó como una tumba provisional. Avanzamos unos diez metros a ciegas hasta que la débil luz del tizón iluminó una pequeña cámara circular de piedra.

Nos desplomamos en el suelo de roca irregular, incapaces de sostenernos un segundo más. Rosa soltó la cobija con brusquedad y rompió a llorar con sollozos histéricos e incontrolables, un llanto nacido de la pura descarga del terror acumulado. Mateo se acurrucó contra mi pecho mojado, escondiendo su pequeño rostro y temblando tan violentamente que sus dientes castañeteaban de forma audible. Yo me dejé caer contra la pared de piedra irregular, jadeando con la boca abierta, buscando oxígeno en mis pulmones ardientes.

Sin embargo, sabía que el descanso en ese punto era una ilusión mortal. La hipotermia ya estaba haciendo su trabajo silencioso metiéndose en nuestros huesos. Estábamos empapados en sudor helado y nieve derretida.

Dándole una cachetada mental a mi propio cansancio, obligué a mi mente a mantenerse lúcida y le hablé a Rosa. Le ordené que revisara al bebé, advirtiéndole que lo hiciera ahorita mismo. La muchacha, temblando como una hoja, apartó la gruesa capa de lana sucia que envolvía al niño. Un silencio aterrador y absoluto llenó la cueva. El niño no lloraba. No hacía ruido alguno.

Acerqué la luz de mi antorcha moribunda, que apenas era un punto rojo, hacia las mantas. El cuerpecito del recién nacido estaba completamente azulado y su pecho apenas se movía en temblores imperceptibles. Su respiración era sumamente débil.

Rosa soltó un alarido de pura angustia materna. Gritó a todo pulmón que su niño se había muerto, que estaba helado, y empezó a sacudirlo con una desesperación ciega.

—¡No lo sacudas, car*jo! —le grité con toda la fuerza que me quedaba, recordando de golpe lo poco que sabía sobre congelamiento. ¡Quítate la ropa mojada!.

La chamaca me miró como si yo estuviera demente. Preguntó qué estaba diciendo, llorando que nos íbamos a morir de frío sin las prendas. Perdiendo los estribos y la paciencia, le grité que su ropa húmeda era precisamente la que estaba matando al bebé. Le ordené que se quitara el suéter y la blusa de inmediato. Desnuda al bebé y dale calor con nuestra propia piel, le exigí, explicando que era la única chanza que le quedaba para sobrevivir.

Con movimientos torpes, espasmódicos y llenos de vergüenza y miedo, Rosa obedeció la orden. Yo hice exactamente lo mismo con Mateo, ayudándole con torpeza a quitarse su chamarra empapada, mientras yo me despojaba de mi propia ropa húmeda en la parte superior. El frío estancado de la cueva golpeó nuestra piel desnuda como un latigazo de acero.

Nos sentamos en el centro de la cámara subterránea. Rosa colocó al bebé desnudo y helado directamente contra su pecho descubierto. Yo me acerqué y pegué mi espalda desnuda a la de ella para cerrar el circuito térmico. Senté a Mateo sobre mis piernas y lo abracé firmemente contra mi propio abdomen. Luego, usando solo mis codos para no lastimar más mis manos despellejadas, tiré del rincón de la cobija de lana pesada sobre nosotros. Formamos una especie de nudo humano frágil bajo la tela áspera.

Estar allí en la oscuridad, rodeada de olor a sudor y humo, compartiendo el último rastro de nuestro calor corporal mientras tiritábamos, era una sensación profundamente miserable y primaria. Mateo escondía la cara y lloriqueaba que le dolía mucho. Con el corazón hecho pedazos, le susurré que lo sabía, pero le pedí que cerrara los ojitos y pensara en su papá. Le dije que él nos estaba cuidando desde arriba para darle una paz que yo misma no sentía.

Mencionar el nombre de Arturo fue como clavar un cuchillo ardiendo en mi propio pecho. Si él no hubiera fallecido en ese maldito accidente en la maderera hace dos años, nada de este absoluto horror estaría pasando. Ramiro, ese parásito cobarde y ebrio que se decía su hermano mayor, jamás se habría atrevido a tocarme la puerta con malas intenciones. Pero al verme sola, una forastera sin familia en este pueblo cerrado de la sierra, creyó que podía pisotearme y arrebatármelo todo.

Los quinientos troncos de encino que colapsaron sobre mi techo eran míos, mi trabajo, mi sudor. Yo misma subí al monte, los corté y los subí durante meses con mis manos mientras los hombres de la plaza se burlaban de la “viuda loca”. Y cuando se dieron cuenta de la realidad, cuando supieron que venía la nevada del siglo y ellos no estaban preparados, vinieron a robarme a mano armada. Cuando me negué a darles el fruto de mi trabajo y cerré la trampilla desde adentro, prendieron fuego a mi casa para obligarme a salir o morir.

La furia volvió a encenderse en mis entrañas, oscura y densa. Era mucho más caliente que el fuego que apenas unas horas atrás había devorado por completo mi pasado material. Me prometí a mí misma, mirando la negrura absoluta de esa cueva de piedra, que si yo sobrevivía a esta noche, Ramiro iba a desear profundamente no haber nacido.

Pasaron las horas en completo mutismo. El tiempo perdió todo significado lógico. Afuera, la tormenta seguía aullando contra la roca, pero dentro de nuestra improvisada tienda de lana mojada, el milagro puro de la biología comenzó a suceder lentamente. El calor atrapado y compartido entre nuestros cuerpos temblorosos hizo subir la temperatura bajo la pesada cobija.

Cerca de la madrugada, cuando el cansancio ya nos estaba derrotando, un sonido minúsculo nos despertó del letargo agonizante en el que habíamos caído. Era un quejido diminuto. Un llanto débil, agudo, casi igual al maullido de un gatito. Rosa susurró, ahogándose en lágrimas de alivio puro, que estaba llorando. Su voz se quebró cuando me confirmó que el cuerpecito ya estaba calentito y ya no estaba azul. Exhausta hasta los huesos, le respondí que le diera de comer de inmediato porque el niño necesitaba recuperar energía urgente.

La muchacha amamantó a su hijo en el centro de la oscuridad absoluta, y el sutil sonido de la succión infantil fue sin duda la mejor melodía que pude haber escuchado en mi vida entera. Habíamos ganado esta primera batalla biológica. Mateo también dormía ahora en mis brazos, y su respiración por fin era profunda y regular, aferrado a mi piel.

Pero mi propio infierno personal apenas estaba comenzando. A medida que mi cuerpo entraba por fin en calor humano, el entumecimiento de mis brazos causado por el hielo de la caminata fue desapareciendo. Y al desaparecer la anestesia natural del frío, el dolor real de mis heridas se manifestó. El dolor crudo, salvaje y palpitante de las quemaduras de tercer grado despertó en todo su esplendor.

Era literalmente como tener ambas manos metidas hasta las muñecas en una tina de aceite hirviendo de forma constante. Sentía cada nervio expuesto, cada ampolla reventada y supurante rozando contra el tejido de mi propia ropa apilada. Tuve que morderme el interior de la mejilla, rompiendo la piel hasta sentir la sangre en mi lengua, para no lanzar un grito desgarrador que despertaría a los niños aterrorizados. Las lágrimas de puro dolor físico caían silenciosamente, una tras otra, resbalando por mi rostro sucio de hollín, tierra y sudor frío.

Cuando la luz gris, pálida y enfermiza del amanecer serrano comenzó por fin a filtrarse tenuemente por la entrada del túnel, supe con certeza que la tormenta principal había cedido. Me separé con una lentitud desesperante del abrazo colectivo. Mis músculos se quejaron, crujiendo rígidos y entumecidos como la madera vieja. Mateo, al perder mi calor directo, se acurrucó de inmediato contra Rosa, buscando su cercanía sin llegar a despertar.

Me arrastré, usando las rodillas y los codos, hacia la entrada de la cueva cubierta de escarcha y miré hacia el exterior. El paisaje era al mismo tiempo desolador y majestuosamente cruel. Un manto blanco, grueso e inmaculado cubría por completo la sierra, sepultando sin piedad los árboles de oyamel, las rocas oscuras y cualquier mínimo rastro de nuestros pasos nocturnos. Allá abajo, en el fondo del precipicio, muy a lo lejos en el valle sumido en la quietud, vi finas columnas de humo gris que subían tranquilamente de las chimeneas de lámina del pueblo.

Apreté los dientes al ver el humo. Estaban calientitos en sus cocinas. Estaban tranquilamente desayunando café de olla y pan dulce, completamente seguros en su ignorancia, creyendo que la viuda capitalina, su pequeño hijo y la chamaca embarazada que recogió de la calle estaban totalmente calcinados bajo las cenizas por culpa de su propia terquedad estúpida.

Levanté mis dos manos destruidas hacia la débil luz del sol que cortaba el cielo gris. El panorama clínico de mi propia carne era aterrador. La piel de ambas palmas estaba profundamente ennegrecida y seca en algunas zonas críticas, y de un rojo vivo, brillante y supurante en otras partes más blandas. La carne muscular estaba totalmente expuesta al aire y pedazos de tela de algodón quemado, junto con hollín tóxico, estaban incrustados profundamente en las heridas abiertas. Mi diagnóstico mental fue inmediato. Si no me limpiaba este desastre pronto y no conseguía antibióticos o alcohol puro hoy mismo, la gangrena bajaría y me amputaría las manos. Luego, la infección masiva en la sangre me mataría de fiebre en cuestión de unos pocos días horribles.

Volví pesadamente al interior húmedo. Rosa ya estaba despierta, abrazando a la criatura y mirándome con ojos hundidos rodeados de enormes ojeras moradas. En un susurro ronco por la sequedad de mi garganta, le anuncié que ya había amanecido. La muchacha no se inmutó por la luz. Su prioridad era otra. Lloriqueando, me confesó que tenía hambre, que el bebé chupaba pero no se llenaba. Me dijo con pánico en la voz que necesitaba comer algo sólido o en cuestión de horas se le secaría completamente la leche materna.

Me apoyé de espaldas contra la roca fría de la pared, asimilando de golpe nuestra verdadera y cruda realidad. Estábamos vivos por ahora, sí, pero estábamos totalmente aislados en una cueva helada sin un solo gramo de comida, sin ningún tipo de medicina, y siendo responsables directos de un niño chiquito y un recién nacido frágil.

El silencio duró un minuto eterno. Miré a Rosa fijamente. Le dije que iba a bajar al pueblo hoy. Mi voz me sorprendió; sonaba extrañamente calmada, como si perteneciera a otra persona.

Rosa abrió los ojos desorbitadamente, abrazando a su bebé contra su pecho instintivamente para protegerlo. Me gritó en un susurro escandalizado que no lo hiciera. Que me iban a ver en la nieve blanca. Sollozó advirtiéndome que Ramiro era un monstruo y me iba a matar a perrazos a media plaza si descubría que la “bruja” había sobrevivido al fuego.

Mantuve mi rostro inexpresivo. Le contesté, apretando la mandíbula hasta que dolió, que absolutamente nadie me iba a ver. Ellos creen fielmente que estoy muerta y no están vigilando los caminos. Le revelé mi plan con frialdad matemática: iba a bajar hasta el fondo del valle, iba a arrastrarme hasta la propiedad y a entrar a la casa de ese infeliz por la fuerza de la sorpresa. El miserable cobarde tenía cajas de medicinas y cuartos enteros de despensa que se había robado impunemente de todo el pueblo, y encima de eso, usaba mi maldita leña para calentarse el lomo. Iba a recuperar exactamente lo que yo necesitaba para no morir.

Rosa seguía llorando, negando con la cabeza y diciéndome que era un suicidio seguro. Me señaló mis brazos arruinados. Me recordó cruelmente la realidad de mi estado: con esas manos ni siquiera podía agarrar un puto palo para defenderme, mucho menos pelear, ¿cómo me iba a defender si los hombres de Ramiro me atrapaban dentro de la cocina?.

Haciendo acopio de toda la fuerza en mis rodillas entumecidas, me puse de pie lentamente en el espacio estrecho. La cabeza me dio vueltas agresivamente por la debilidad muscular y la falta de glucosa y comida, pero me sostuve apoyando el hombro. Le contesté, cortando su histeria, que ese era mi problema exclusivamente. Le di instrucciones claras como agua: se iba a quedar allí escondida en el fondo con Mateo. Debían arrastrar piedras pesadas a la entrada de la cueva por si a los coyotes se les ocurría volver con la luz del sol. Les prohibí hacer ruido o salir por nada del maldito mundo. Le dije con solemnidad oscura que, si yo no regresaba por aquella cañada para cuando cayera la noche total, debía asumir que estaba muerta. Si eso pasaba, ella intentaría bajar de noche, a escondidas, y buscaría directamente al padre Damián escondiéndose en el curato. El sacerdote era el único hombre adulto en ese maldito lugar que no estaba comprado ni asustado por mi cuñado.

Caminé con pasos de anciana hacia mi hijo, que afortunadamente seguía durmiendo el sueño pesado del agotamiento. Me agaché y, rozando apenas mi nariz sucia contra la suya, le di un beso suave en su pequeña frente. Su piel estaba tibia, pero sabía a pura ceniza y a las lágrimas derramadas en la madrugada.

Rosa, entendiendo por fin que nada iba a disuadirme, empezó a rasgar con fuerza bruta la orilla inferior de su blusa, que gracias a Dios ya estaba seca. Con un cuidado extremo, como si tocara cristal, y llorando en completo silencio al ver de cerca la asquerosa carne destruida de mis palmas, comenzó a vendar mis manos de forma improvisada. Creó un acolchado rústico y grueso de tela de algodón para que al menos la tierra, la nieve y las bacterias no infectaran la carne viva al caminar.

—Que Dios la acompañe, doña Elena —susurró Rosa con devoción campesina, dándome la bendición con una mano temblorosa.

No respondí a su plegaria. Mis ojos estaban secos. Ya no creía en absoluto que Dios, si es que existía alguno justo, estuviera presente en esta montaña maldita. Aquí, en medio de la nada blanca, solo estábamos el hielo implacable, el fuego devorador y nosotros.

Me di la vuelta, salí por la grieta húmeda de la cueva de plata y comencé el traicionero descenso en picada hacia el infierno blanco. Cada uno de mis pasos era exasperantemente lento, mi cuerpo entero hundiéndose en la nieve fresca hasta las corvas. El sol de media mañana era brillante, casi burlón, y al reflejarse directamente sobre los cristales del hielo me cegaba con un resplandor doloroso. Pero a pesar de la luz exterior, mi mente estaba sumida irremediablemente en la oscuridad psicológica más absoluta y vengativa.

La viuda asustada, la mujer capitalina de modales suaves que agachaba la mirada cuando los borrachos se reían de ella en la tienda de raya, había muerto definitivamente anoche, consumida entre las llamas de su propio patrimonio quemado. La entidad que bajaba ahora arrastrándose rítmicamente por la ladera de la sierra era ya otra cosa completamente distinta. Era una loba herida, acechando silenciosamente en la nieve intacta, absolutamente lista y dispuesta para reclamar con violencia lo que era suyo. Y el cobarde de Ramiro, sin tener la más remota idea mientras se embriagaba en su calor, estaba a escasos momentos de abrirle por voluntad propia la puerta trasera al mismísimo diablo encarnado.

El descenso por la ladera escarpada de la montaña fue, en muchísimos sentidos físicos, una agonía todavía peor que la huida ciega de la noche anterior. La gravedad jugaba en mi contra. Cada vez que levantaba una pierna acalambrada para dar el siguiente paso en la nieve, los músculos rotos de mis muslos gritaban de puro agotamiento láctico. El frío cortante de la mañana, aunque ya no estaba acompañado afortunadamente por el viento mortal de la madrugada oscura, seguía siendo un asesino silencioso y persistente que se colaba sutilmente por las múltiples rasgaduras negras de mi ropa chamuscada.

Mis manos inútiles, envueltas torpemente en esos trapos improvisados que Rosa había rasgado de su ropa, palpitaban al ritmo acelerado de mi corazón. Con cada paso, cada tropezón y cada sacudida, la carne viva, roja y supurante chocaba horriblemente contra la tela áspera, mandando latigazos eléctricos por mis brazos hasta el cerebro. Cada punzada de dolor insoportable era un recordatorio constante, vívido, de lo que esa gente del pueblo me había hecho y me había obligado a hacer.

Mientras avanzaba pesadamente entre los majestuosos pinos cargados de toneladas de nieve, mi mente agotada viajó inevitablemente a un pasado más cálido. Recordé a Arturo, mi esposo. El hombre que me había traído desde el concreto a este rincón olvidado y salvaje de la sierra poblana hace apenas cinco años. Yo era una chica de la ciudad de la capital, etiquetada como una “forastera” inútil, como las viejas del pueblo se encargaban maliciosamente de recordarme cada maldita vez que iba a comprar a la tienda de raya. Pero Arturo era un hombre bueno en serio, un trabajador incansable con manos duras y ásperas pero un corazón de oro puro. Juntos habíamos construido los cimientos y nuestra casita de adobe con nuestras propias manos, sudando bajo el sol de verano. Él fue quien me enseñó a amar esta tierra caprichosa, a entender los peligros del clima inclemente de la altitud y a prepararme almacenando provisiones para el temible invierno.

Pero luego, la tragedia nos golpeó cuando un accidente con la maquinaria en la maderera me lo arrebató de tajo, rompiéndome la vida. Desde el mismo día de su velorio, Ramiro, su desagradable hermano mayor, se quitó la máscara y mostró su verdadera cara. Ramiro, corroído por una mediocridad patética, siempre le había tenido envidia profunda a Arturo. Envidia amarga de nuestra bonita casa de adobe, de nuestra pequeña y próspera parcela limpia, y sobre todo, envidia mortal de la felicidad simple que nosotros dos habíamos construido de la nada.

Cuando Arturo murió, Ramiro intentó, con una desfachatez que aún me daba asco, “hacerse cargo” de mí. Una propuesta asquerosa, machista y repulsiva, disfrazada descaradamente de tradición serrana protectora. Lo rechacé en su cara. Desde ese día, su desprecio contenido se convirtió en un odio público y abierto hacia mí. Y anoche, bajo el escudo cobarde de la gran helada, ese odio acumulado había culminado en fuego y muerte. Ramiro, siendo el parásito cobarde que siempre fue, creyó firmemente que al verme sola e indefensa frente a la tormenta podía arrebatármelo absolutamente todo sin consecuencias.

Me detuve un largo momento, apoyándome con el codo para no usar mis palmas, para recuperar el aliento irregular. El aire helado me quemaba raspando la garganta reseca al entrar, causándome arcadas, casi como si físicamente todavía estuviera tragando el humo asfixiante de mi hogar ardiendo. Me recargé exhausta contra el tronco áspero de un árbol viejo de oyamel y fijé mi vista hacia abajo.

El maldito pueblo se veía irrisoriamente pequeño desde allí arriba. Parecía solo una inofensiva colección de techos inclinados de teja roja y lámina, que ahora estaban unificados y cubiertos por un espeso y engañoso manto blanco de paz. Las finas, constantes columnas de humo gris seguían subiendo perezosamente hacia el cielo despejado de la mañana. Todos ahí adentro estaban calientitos. Mientras mi pequeño hijo Mateo y el recién nacido inocente de Rosa se abrazaban tiritando y llorando de dolor en las profundidades de una cueva oscura en la montaña, la buena gente de este pueblo tomaba su café humeante. Estaban tranquilos, creyéndonos bien muertos y sepultados bajo los escombros de carbón por culpa de mi propia terquedad.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que crujió y continué bajando, acelerando el paso, alimentada por el rencor puro. No podía fallar bajo ninguna excusa. Si yo no regresaba a esa cueva antes del anochecer cargada con comida alta en calorías y medicina fuerte, la carne de las manos se me pudriría por la gangrena sin remedio. Y como consecuencia directa, los niños agonizarían y morirían lentamente de inanición o hipotermia en el fondo de esa mina abandonada. Rosa me había advertido llorando que mi plan era un suicidio seguro. Me había repetido que una mujer débil, lastimada, que no podría ni agarrar un simple palo con las manos desolladas para defenderse, iba directo a la tumba. Pero mi resolución interna era de hierro colado.

Me tomó un suplicio de casi dos horas completas llegar arrastrando las botas a los linderos perimetrales del pueblo. La acumulación de nieve me llegaba más arriba de las rodillas en algunas zonas traicioneras donde el viento había formado enormes ventisqueros durante la madrugada. Entré cautelosamente por la parte trasera de las parcelas ejidales, evitando por completo el camino principal de tierra. Las calles estrechas estaban completamente desiertas, abandonadas. El clima de frío extremo mantenía lógicamente a todos los animales de corral refugiados en sus techabanes y a los humanos cobardes pegados a las brasas de sus fogones. El silencio en el poblado era pesado y espectral, roto únicamente por el crujir rítmico de mis botas mojadas hundiéndose en la nieve virgen de los patios.

Como si mi propio dolor me llamara, primero me acerqué al solar que había sido mi terreno, mi hogar. Al mirar, el golpe de realidad casi me quiebra las rodillas. No quedaba absolutamente nada en pie. Todo era solo una montaña fea y humeante de cenizas negras y grises, cruzada por vigas maestras de madera horriblemente carbonizadas. Podía ver los fragmentos rotos del adobe que nosotros mismos horneamos, ahora derretido y vuelto barro inútil por el calor intenso de la combustión. El rincón exacto de la sala donde mi hijo aprendió a dar sus primeros pasos tambaleantes… la cocina de azulejos donde yo le preparaba con tanto amor los tamales en la Navidad pasada… todo, reducido a la más absoluta y negra nada.

Sentí que un nudo grueso de bilis y tristeza subía y se instalaba en mi estómago, pero me tragué las lágrimas calientes con furia. Llorar como una plañidera no me iba a devolver las paredes de mi casa. Además, el frío era tan paralizante que las lágrimas derramadas se congelaban instantáneamente en las pestañas, pegándolas y dificultando la vista para mi verdadera misión.

Seguí sigilosamente mi camino, cruzando a través de los amplios solares ajenos, escabulléndome agachada como un fantasma sombrío entre los viejos cercos de piedra volcánica y los hilos oxidados del alambre de púas. Mi objetivo estaba claro en mi mente: la propiedad de Ramiro. Su casa estaba ubicada en el centro exacto de la localidad. Era la vivienda más grande y descaradamente ostentosa del lugar, construida arrogantemente con ladrillo rojo que desentonaba, chillaba de forma fea con el resto de las humildes casas del pueblo.

Al llegar arrastrándome a la parte trasera, pegada a la barda de su propiedad, mis sentidos se saturaron. El olor inconfundible y denso a carne de puerco asada y tortillas de maíz recién hechas golpeó mi rostro congelado como una bofetada física. Mi estómago vacío, que no había recibido alimento en más de veinticuatro horas, se retorció con una violencia ruidosa y dolorosa. Me arrastré, pecho a tierra para evitar ser vista, pegada a la pared de ladrillo rugoso hasta llegar justo debajo del marco de la ventana principal de su cocina. Para mi enorme suerte, la hoja de cristal estaba ligeramente entreabierta con el único fin de dejar salir el exceso de humo del interior.

Me pegué de espaldas a la pared helada, aguantando dolorosamente la respiración para no emitir vapores, y escuché con atención cada palabra.

—…y te digo que fue mejor así, compadre —era la voz asquerosa y aguardentosa de Jacinto, el secuaz más leal y violento de Ramiro. Jacinto era un hombre excepcionalmente gordo, sucio, con los dientes podridos, que siempre transpiraba y olía a sudor mezclado con pulque agrio. —Esa vieja estúpida nos iba a traer puros problemas a la larga. Se creía muy listilla con su montón de leña apilada en el techo, queriendo humillarnos.

—Se lo merecía por egoísta, la muy desgraciada —respondió sin titubear la voz grave de mi cuñado Ramiro. El simple sonido de sus vocales resonando hizo que la sangre hirviera y que mis manos vendadas punzaran con mucha más fuerza bajo las vendas sucias. —Si la imbécil hubiera compartido esos quinientos troncos de encino con el pueblo… bueno, conmigo… ahorita estaría bien sentadita y calientita aquí adentro, tragando mis frijoles. Pero no, la muy p*rra se sintió muy valiente y cerró la trampilla.

—Pos ni modo, se la llevó todita el chmuco, a ella y al chillón del escuincle —soltó Jacinto con una risa grasienta. —Lo único malo de la noche es que casi toda la mendiga leña buena se quemó con la lumbre. Solo pudimos sacar a jalones unas cuantas brazadas del porche.

—Con eso nos alcanza de sobra para pasar esta semana tranquilos, Jacinto. Y ya ni te apures, ya le hablé en la mañana al comisario ejidal y le expliqué que todo fue un pinche accidente trágico. Le dije que la capitalina siempre andaba media loca y que seguro en el pánico tiró una lámpara de petróleo sobre la cama. Nadie de arriba va a venir a investigar nada de cenizas con este clima de m*erda. Todos los vecinos están muy ocupados tratando de no morirse de frío en sus propios jacales.

La rabia pura. Cristalina, densa y ardiente, corrió por cada arteria de mis venas. El grado de psicopatía de estos hombres sobrepasaba mis expectativas. No solo me habían matado de forma premeditada en sus mentes enfermas, sino que, para no perder su estatus en la comunidad, habían ensuciado descaradamente mi nombre para siempre, solo para justificar su avaricia desmedida y su cobardía repugnante.

—Voy a salir rápido a echar una miada al corral, la vejiga ya me estalla —dijo Jacinto con pesadez, y escuché de inmediato el sonido rasposo de la pata de una silla de madera arrastrándose ruidosamente por el suelo de loseta. —Ahorita vengo rápido para seguirle empinando a la botella de mezcal, que hace sed.

—Cierra bien la puerta cuando salgas, animal, que se mete el pinche chiflón de hielo —le gritó Ramiro desde el fondo del cuarto.

El chasquido metálico de la chapa y el sonido de la puerta trasera de madera abriéndose me hicieron retroceder instintivamente, arrastrando mis botas. Me oculté torpemente detrás de un gran tinaco de asbesto lleno de agua que estaba totalmente congelado por fuera. El gordo Jacinto salió al patio, resoplando vaho por la boca, tambaleándose levemente por los estragos de la bebida. Traía puesto un gabán de lana de oveja muy viejo que le quedaba apretado y un sombrero de paja descolorido.

Caminó con paso lento y pesado hacia un gran montón de pacas de rastrojo apiladas, dándole la espalda por completo a la casa para cubrirse del poco aire. Comenzó a desabrocharse trabajosamente el enorme cinturón vaquero, mientras tarareaba borracho una canción vulgar de cantina de pueblo. Estaba allí parado, completamente vulnerable y ajeno al hecho de que la muerte encarnada lo estaba observando fijamente a escasos tres metros de distancia, oculta tras el tinaco.

Miré desesperadamente a mi alrededor, moviendo solo los ojos, buscando febrilmente cualquier objeto contundente que sirviera como un arma letal. Mi mirada aguda se posó rápidamente en la estructura del lavadero de cemento rústico a mi derecha. Allí, descansando inocentemente sobre el borde de la pileta llena de hielo y escarcha, había un grueso bate de madera maciza de encino. Uno de esos bates pesados que las mujeres de la sierra usaban rutinariamente para golpear la ropa gruesa y sucia contra la piedra.

Salí de mi escondite pisando con un cuidado matemático, calculando cada movimiento milimétrico. La gruesa alfombra de nieve amortiguó por completo mis pasos pesados. Llegué al lavadero conteniendo el aliento. El dolor latiendo en mis manos era tan agudo y limitante que la simple idea de usar los dedos despellejados para agarrar el objeto era fisiológicamente imposible.

Así que, haciendo acopio de una voluntad y un esfuerzo sobrehumano que no sabía que tenía, metí mis dos brazos vendados debajo del mango. Prensé el grueso mango del bate de madera de forma paralela entre mis dos antebrazos, exactamente a la altura de las muñecas desolladas, apretando la carne viva y ensangrentada bajo la tela contra la madera fría y dura. El peso del bate tiró de mi piel. Un destello de dolor absoluto, blanco y deslumbrante, me nubló la vista por completo, amenazando seriamente con hacerme perder el conocimiento en ese preciso instante. Me mordí el labio inferior con una fuerza tan brutal que en cuestión de un segundo sentí el espeso sabor metálico de mi propia sangre inundar y llenar mi boca seca. Me repetí en la mente que no iba a desmayarme. Simplemente no iba a suceder. No ahora. No frente a la escoria que asesinó mi vida.

Me acerqué lentamente por detrás del gran cuerpo del gordo Jacinto. La bestia estúpida seguía aliviándose frente al muro, suspirando de asqueroso placer y dejándose llevar por los efectos relajantes del alcohol barato. Planté bien mis botas en la nieve firme. Alcé lentamente ambos brazos rígidos, sosteniendo el inmenso peso del bate en equilibrio precario por encima de mi cabeza. En ese segundo suspendido, canalicé toda la frustración inmensa, todo el terror paralizante que sentí al ver a mi hijo Mateo llorando de dolor en la oscuridad de esa cueva espantosa. Reuní toda la furia descontrolada de ver los recuerdos de mi único hogar amoroso reducidos a miserables cenizas esparcidas por el viento.

Apretando los dientes sangrantes, bajé los brazos con toda la furia gravitacional y la fuerza muscular de la que mi cuerpo exhausto fue capaz.

El grueso bate de encino sólido impactó directamente, sin desviarse un milímetro, en la base descubierta del cráneo de Jacinto. El golpe emitió un sonido asquerosamente sordo, húmedo y seco, exactamente igual al sonido de un costal grande de arena mojada golpeando desde las alturas contra el suelo de cemento.

Jacinto no emitió ni un solo sonido humano. Ni un gruñido, ni un quejido. Sus gruesas rodillas se doblaron instantáneamente en direcciones antinaturales, exactamente como si a una marioneta pesada le hubieran cortado de tajo todos los hilos superiores. Su masivo y pesado cuerpo sin tensión se desplomó como un bulto inerte, cayendo de cara y con rudeza contra la nieve sucia y amarillenta del corral trasero.

Dejé caer el bate inmediatamente al suelo porque mis músculos cedieron. Mis muñecas, por la enorme presión ejercida sobre las heridas abiertas, estaban ahora completamente manchadas de sangre muy fresca. El líquido rojo e hirviente empezaba a empapar y teñir con rapidez los trapos blancos e improvisados que con tanta fe me había puesto la pobre Rosa. Mi respiración bajo el frío era terriblemente agitada, saliendo en nubes blancas; era una respiración tan ruidosa y entrecortada como la de un animal salvaje acorralado y en pánico.

Me quedé quieta como una estatua. Esperé unos cinco segundos de infierno, mirando fijamente la puerta trasera de madera que seguía entreabierta, esperando el desastre. Ramiro no había salido ni se asomó. Afortunadamente para mí, el terrible y seco sonido del golpe en el hueso había sido eficientemente amortiguado por la gruesa capa de nieve ambiental y las densas paredes de ladrillo rojo macizo de su lujosa casa.

Me agaché gimiendo bajo mi aliento. Usando exclusivamente la fuerza de empuje de mis dos codos y mis hombros, logré clavar las rodillas en la nieve y empujar arrastrando el cuerpo gordo, flácido e inconsciente de Jacinto. Lo empujé metro a metro hasta lograr esconder el bulto detrás de la barrera de las grandes pacas de rastrojo de la pared trasera. Con eso aseguraba que, si a Ramiro se le ocurría asomarse por curiosidad, no lo vería a simple vista tendido como un cerdo masacrado en el patio.

La puerta entreabierta de la cálida cocina estaba finalmente a mi entera merced.

Respiré profundo por la nariz y entré cruzando el umbral con el sigilo entrenado de un gato cazador. El choque por el repentino cambio de temperatura ambiental fue brutal para mi piel expuesta y congelada. Del maldito frío extremo del patio abierto pasé en un parpadeo al calor sofocante, hogareño y abrumador del interior de la amplia cocina. El fuerte aroma tradicional a café dulce de olla, a rajas de canela fresca y a manteca de los frijoles refritos era casi una droga embriagadora que me dio náuseas.

Me pegué a los azulejos y me asomé milimétricamente por el marco oscuro de la pequeña despensa de servicio. La enorme cocina de mi cuñado era amplia y rica. Al fondo de la estancia, dominando el lugar, la gran chimenea de piedra negra ardía alegre y cálidamente, consumiendo ruidosamente mi esfuerzo. Y justamente allí, sentado flojamente de espaldas a mi posición en una fina silla de madera tallada a mano, estaba el infeliz de Ramiro.

Tenía colocada una botella barata de aguardiente a la mitad sobre el borde de la mesa, y él mecía distraídamente un vaso con líquido ámbar en su mano derecha. Pero fue lo que estaba a su izquierda, descansando ostentosamente sobre la gran y ancha mesa de preparación de la cocina, la vista que me llenó de una intensa esperanza por sobrevivir y de una rabia destructiva y venenosa al mismo tiempo.

Un gran morral de lona verde, ancho y resistente, estaba tirado con la boca abierta de par en par. A su alrededor, desparramadas sin orden, había docenas de latas selladas de comida: frijoles negros, granos de maíz dulce, latas amarillas de sardinas en salsa de tomate. Había también enormes cajas rojas de cerillos de madera, paquetes enteros de velas de cera blanca, y, justo en el borde más cercano, lo más vital y maravillosamente importante del mundo entero: una caja blanca de plástico médico para primeros auxilios.

El infeliz cobarde se estaba preparando metódicamente para atrincherarse, sobrevivir a puerta cerrada y vivir comiendo como un rey asqueroso mientras veía cómo el pueblo entero, allá afuera, sufría, enfermaba y moría por las terribles consecuencias de la violenta helada.

Analicé mis opciones en milésimas de segundo. Sabía, con certeza absoluta y humillante, que no podía bajo ninguna circunstancia enfrentarme a él cuerpo a cuerpo de frente. Ramiro era un hombre adulto enorme, robusto, descansado y físicamente muy fuerte, mientras que yo estaba gravemente herida de las extremidades, profundamente agotada hasta el límite de la muerte, y en estas tres semanas pesaba al menos veinte kilos menos que él. Si me atrapaba, me rompería el cuello sin esfuerzo. Tenía que ser más inteligente. Tenía que robar rápidamente lo vitalmente necesario y escapar como una rata silenciosa de regreso a la montaña antes de que su mente embriagada se diera cuenta de que Jacinto, el gordo orinador, jamás regresaría por la puerta.

Tragando mi miedo ácido, caminé de puntillas, distribuyendo mi peso con sumo cuidado sobre la fría loseta brillante del piso. El continuo sonido natural del fuego crujiendo alegremente en la chimenea alta me ayudó a enmascarar los pequeños rasguños de la goma gastada de mis botas. Llegué por fin hasta el lateral izquierdo de la gran mesa. Estaba ahora a escasos dos metros, literalmente a espaldas completas de mi asesino, mi cuñado Ramiro.

Estaba tan repugnantemente cerca que podía ver con total claridad el humo gris azulado de su puro o cigarro subir lentamente en espirales hacia el techo rústico de la casa. Conteniendo la respiración hasta sentir opresión en el pecho, y con movimientos extremadamente lentos, robóticos, usando solamente el borde tenso de mis muñecas vendadas y mis dos codos, comencé a empujar como una garra las pesadas latas redondas de comida. Las empujé rodando despacito por la madera hacia la boca negra y abierta del interior del morral de lona verde.

Cada ligero y metálico tintineo del metal de lata chocando rozando contra otra lata me ponía los vellos de los brazos completamente de punta, enviando choques de pánico puro a mi corazón. Empujé al borde y dejé caer suavemente tres grandes latas de frijoles bayos, empujé dos cajas de sardinas ovaladas, y pesqué torpemente prensando un gran paquete hermético de tortillas de harina empacadas al vacío.

Luego, mis ojos hambrientos y desesperados se clavaron fijamente en la pequeña maleta blanca: la caja de primeros auxilios. La empujé arrastrando con mi codo dolorido hacia el morral. A su lado vi sueltos, tirados en la mesa, un frasco grande y transparente de vidrio lleno de alcohol etílico y un grueso tubo metálico de pomada blanca especializada para quemaduras.

Al ver el medicamento, casi me desplomo a llorar. Era exactamente y sin lugar a dudas lo único en este mundo que yo necesitaba urgentemente para lograr salvar el tejido de mis manos y evitar la pudrición segura de la gangrena esparciéndose. Con un esfuerzo agónico que me sacó sudor de la frente, temblando por la fuerza extra requerida, logré empujar y meter ambos recipientes médicos salvadores dentro de la gran bolsa de lona verde.

“Solo un poco más”, me repetí en la mente, “solo un poco más y serás libre”.

—Pinche gordo inútil, de seguro el cabrón ya se quedó bien dormido de borracho tirado en la nieve… —murmuró Ramiro de repente, de la absoluta nada, rompiendo el silencio. Arrastrando pesadamente las palabras vocales en su estado etílico, comenzó a hacer ruidos y a removerse pesadamente en su silla crujiente, como si estuviera a punto de levantarse para ir a revisar el patio trasero.

Me quedé petrificada en el acto. Congelada. Paralizada por el miedo. El corazón desesperado me latía con una violencia tan inmensa contra mis costillas que pensé irracionalmente que él podía escucharlo rebotar en la habitación.

Pero, por gracia del destino cruel, Ramiro solo se acomodó buscando postura, se sirvió un largo trago del espeso aguardiente desde la botella, lo bebió, chasqueó los labios asquerosamente y volvió a clavar su mirada estúpida y perdida en las llamas vivas del fuego. El inmenso exceso de alcohol en su torrente sanguíneo lo tenía totalmente aletargado y con los sentidos adormecidos.

Era la señal definitiva. Era el momento exacto de irse o morir.

Usando mi codo derecho empujando bajo la tela y torciendo bruscamente mi hombro izquierdo hacia atrás, logré enganchar hábilmente la gruesa y resistente correa del morral. Me lo colgué cruzado sobre el pecho tenso. Al soltar el peso, la inmensa gravedad de todas las latas acumuladas y los densos suministros médicos me jaló violentamente hacia abajo de golpe. Ese tirón físico tan fuerte en mi musculatura destruida me obligó a soltar un pequeño y patético quejido de puro dolor involuntario. Afortunadamente, me mordí la lengua y logré ahogar el sonido justo a tiempo en mi garganta, antes de que resonara por toda la cocina.

Antes de girar, vi de reojo un tesoro invaluable: unas gruesas cobijas térmicas de supervivencia, impecablemente dobladas y limpias, que estaban puestas sobre el respaldo de una silla cercana a la salida. Pasé rápidamente a su lado y, prensando con fuerza bruta, las agarré apretándolas bajo mi axila derecha sin usar las palmas.

Me di la vuelta lentamente, exhalando vapor, calculando mis pasos para comenzar mi perfecta retirada victoriosa hacia el frío exterior de la calle. Lo había logrado con éxito. Tenía todo lo que mi tribu necesitaba. Tenía lo que yo había venido a buscar desde la cumbre: suficiente comida, la medicina purificadora, un abrigo pesado para mis hijos. En ese efímero segundo mental, sentí la gloria; había burlado a la muerte, a mi verdugo, y había sobrevivido como la más fiera loba de la montaña.

Pero el maldito destino de esta sierra siempre será un maestro cruel y sanguinario.

Al dar el primer paso rápido y decisivo hacia el marco de la puerta trasera de madera, la lisa suela de goma totalmente gastada de mi bota derecha pisó de lleno un pequeño, invisible y traicionero charco de agua sucia acumulada. Agua que, irónicamente, se había formado porque el calor de la cocina había derretido del lodo y el hielo impregnado originalmente en los enormes y torpes zapatos de Jacinto antes de salir.

Mi pie derecho resbaló en falso, deslizándose hacia adelante como sobre cristal.

Perdí el equilibrio de forma grotesca y descontrolada. Entré en pánico aéreo. Para intentar no caer sonoramente de espaldas al suelo duro y hacer un estruendoso ruido corporal que me delataría de inmediato, giré todo mi torso violentamente buscando apoyo, pero fallé el cálculo. Mi cadera izquierda y mi muslo chocaron fuertemente, con un golpe muy sordo y aparatoso, directamente contra el grueso y sobresaliente borde de la mesa central de madera pesada de preparación.

Ese violento e inesperado impacto de mi cuerpo movió toda la mesa y sus objetos. Una maldita y pesada lata redonda de granos de maíz amarillo, que, por descuido delator, no había logrado guardar dentro de la boca del morral de lona, rodó por su propia inercia por la lisa superficie de madera y cayó al vacío.

La pesada lata impactó violentamente el duro suelo de loseta decorativa con un estruendo metálico rebotando. El tintineo amplificado y el golpe sólido en el silencio cálido y estático de la cocina cerrada pareció el equivalente literal a un sonoro disparo de escopeta detonando.

El letargo de Ramiro se evaporó al instante. El enorme hombre saltó como impulsado por resortes de su pesada silla, asustado por el estruendo. Del susto y el repentino temblor de su mano, soltó bruscamente el grueso vaso de cristal de tequila que sostenía, dejándolo caer y estrellarse. El cristal se hizo mil añicos cortantes en el suelo, sumando otro caos auditivo al desastre de la caída metálica.

Con un movimiento animal y brusco provocado por el sobresalto, el asesino se giró bruscamente sobre sus grandes talones pesados hacia mí.

Durante un largo segundo silencioso, que me pareció literalmente durar una eternidad densa de condena a muerte, nos quedamos absolutamente quietos y nos miramos fijamente a los ojos a escasos metros de distancia.

La transformación y expresión emocional reflejada en el rostro sudado de mi corpulento cuñado fue el más bello poema de puro terror absoluto y cerval que jamás había presenciado. Su estúpido cerebro, densamente nublado, ralentizado por las altas dosis de alcohol y la certeza empírica, terca y absoluta de que él mismo había presenciado y causado innegablemente mi muerte en la noche helada, simplemente no lograba comprender ni procesar la visión imposible que sus asustados ojos le arrojaban.

De pie, erguida, cargada y de frente frente a él en medio de su cocina protegida, estaba exactamente la misma mujer que él mismo, con saña y odio machista, había condenado a las cenizas de las llamas inmensas y al hielo mortal de la tormenta infernal hace escasas horas.

Mi apariencia física era grotesca, la de un verdadero monstruo surgido de las historias que aterrorizan a los pueblerinos de la montaña. Tenía mi otrora cuidado cabello largo horriblemente chamuscado, quemado en las puntas, enmarañado por el sudor y la humedad apestando a queroseno. Mi rostro ojeroso y delgado estaba completamente negro por la espesa capa de hollín, y curiosamente estaba surcado verticalmente por múltiples líneas blancas nacaradas, los caminos limpios que habían dejado mis propias lágrimas amargas descongeladas al escurrir. Además, mis mejillas y cuello estaban salpicados macabramente con gruesas y oscuras gotas secas y brillantes de la sangre venosa extraída directamente de la base del cráneo hundido del gordo Jacinto.

Mis desgastadas ropas de abrigo estaban totalmente rasgadas, sucias de fango, claramente quemadas y ennegrecidas en los bordes inferiores deshilachados. Y lo más espantoso de mi aspecto infernal era que de ambos antebrazos tensos colgaban unos grandes y asquerosos trapos sucios, trozos que goteaban pesadamente empapados en sangre muy fresca y supurante exudación de quemadura.

Pero mis ojos… mis enormes y cansados ojos debieron ser, sin lugar a dudas, lo que psicológicamente más lo aterrorizó y quebró su espíritu bravucón al fondo. En el fondo de ellos, bajo las pestañas quemadas, ya no había el más mínimo atisbo de miedo, ni duda, ni la debilidad de la mujer que él despreció. Y sobre todo, no había la más mínima súplica, ni de piedad, ni de perdón por mi vida.

Solo había plasmada la fría y eterna promesa de una violencia antigua y monstruosa. La clara amenaza no hablada de una sed de justicia y venganza oscura que ni todo el asqueroso invierno y la congelada inmensidad blanca de la sierra podrían ser capaces de apagar con su frío.

—Virgen… Virgen santísima y purísima… —alcanzó a balbucear y susurrar Ramiro, perdiendo la hombría de golpe.

Comenzó a retroceder torpemente con pasos de borracho, totalmente en pánico ciego, huyendo hacia atrás del espectro hasta tropezar ridículamente con las patas traseras de su propia silla vacía. Incapaz de sostener su peso, cayó duramente y de espaldas golpeándose contra el suelo rústico. Su rostro típicamente curtido por el duro sol del campo y su piel morena se drenaron tan velozmente que su rostro pálido se volvió literalmente del color amarillento de la cera blanca de un cirio mortuorio.

—Estás… tú estás muerta, carajo… yo mismo te vi quemarte allí adentro… —gimió y lloró desde el suelo, arrastrándose hacia la esquina de la chimenea buscando refugio y señalándome con un dedo regordete que temblaba espasmódicamente.

El profundo y arraigado terror supersticioso se apoderó completamente de él, quebrándolo en un segundo. En estos rincones olvidados y pueblos ignorantes de la alta sierra mexicana, las repetidas historias nocturnas de terribles almas en pena y de espantosos aparecidos volviendo de sus tumbas buscando venganza física son, indudablemente, el pan miedoso de cada día para esta pobre gente ignorante. El asesino Ramiro, ahogándose en su profunda e inherente cobardía moral ante mi presencia silenciosa, creyó sinceramente y con horror genuino que el mismísimo señor diablo, o un vengativo fantasma materializado, había llegado esa madrugada para arrastrarlo a él directo al ardiente infierno para pagar su crueldad.

Aprovechando tácticamente su agudo estado de shock inmovilizante, no perdí mi valioso tiempo. No pronuncié una sola maldita palabra para romper el aterrador hechizo de su culpa.

Girando velozmente sobre mis firmes talones y apretando los dientes, salí corriendo y cruzando de regreso por la puerta de la despensa a paso veloz, con los pesados bultos de comida colgando, hacia el gélido aire del patio oscuro y congelado.

—¡Jacinto! ¡Jacinto, maldita sea! —escuché los horripilantes gritos de agonía e histéricos de un acorralado Ramiro, resonando furiosos como alaridos desde dentro de las paredes de la casa de ladrillo, mientras el hombre seguramente se esforzaba y batallaba por intentar levantarse de su vergonzoso tirón en el piso. ¡Gordo, saca rápido la escopeta! ¡El diablo en persona, es la bruja que regresó!.

Atravesé rápidamente la amplitud descubierta del gran patio nevado, pisoteando y hundiendo el calzado hondo en la gruesa capa de nieve. Haciendo acopio de toda mi voluntad de acero, no cedí a mi pánico de que me dispararan por la espalda y no miré ni una sola vez hacia atrás por encima del hombro para ver si el desgraciado de Ramiro salía a cazarme. Yo sabía inteligentemente que, cuando Ramiro llegara al patio y se topara, en su histeria y paranoia, con el enorme cuerpo totalmente inconsciente y ensangrentado de Jacinto yaciendo tirado como un perro bajo el sol en la nieve blanca, la dantesca y monstruosa imagen solo exacerbaría y aumentaría inmensamente su pánico sobrenatural. Ese terror paralizante me daría el valioso margen de minutos a mi favor para asegurar mi escape por las callejuelas sin ser perseguida a balazos.

Salí veloz y rasguñándome de la propiedad ajena y me adentré inmediatamente, perdiéndome entre los estrechos, sombríos e irreconocibles callejones desiertos de los límites del silencioso pueblo serrano. La potente adrenalina pura y animal del enfrentamiento actuaba como un enorme y brillante fuego artificial interno estallando sin cesar dentro de mis gruesas venas congeladas. Ese torrente químico milagroso logró silenciar y borrar temporalmente de mi cerebro primitivo el agudo dolor abrasador de mis sucias quemaduras purulentas y bloqueó el peso aplastante del cansancio extremo en cada uno de mis músculos desgarrados.

Corrí sintiendo que el aire cortaba, con el gran y voluminoso morral dándome continuos y dolorosos latigazos, golpeándome rudamente mi cadera magullada a cada paso, sosteniendo las valiosas mantas bajo mi hombro como un escudo y respirando con esfuerzo el puro aire helado a dolorosas y ruidosas grandes bocanadas blanquecinas. Para mi enorme suerte divina, absolutamente nadie asomó el rostro para observar. El pueblo cobarde, miedoso del clima castigador, seguía plácidamente acurrucado y cobardemente escondido en el calor y el letargo bajo la seguridad de sus techos ignorantes.

No descansé. Abandonando el límite humano de las casas, comencé sin perder el paso el extenuante, resbaladizo e infinito ascenso vertical a través de las rocas filosas y los pinos en la montaña alta. Si bajar la pronunciada pendiente de madrugada y vacía, siendo solo un cuerpo, había sido considerado una tortura muy difícil, intentar subir esa misma cuesta traicionera y escarpada ahora cargando y arrastrando sin ayuda más de quince enormes kilos físicos extras de latas y provisiones esenciales, con el cuerpo torturado, quemado, apaleado y totalmente al borde real de un inminente colapso sistémico, fue decididamente una agonía digna del peor de los castigos concebidos por la mente de Dios en el infierno en la tierra.

Apenas pasada la dolorosa mitad del vertical camino marcado por oyameles enormes, sentí que mis pulmones sobretrabajados ardían internamente, quemando con violencia, exactamente igual que si yo estuviera inhalando intencionalmente gas y respirando un ácido espeso e hirviente. Con cada agónico metro nuevo ganado de altitud escarpada hacia la cumbre donde estaba mi objetivo, la traicionera capa de la enorme nevada estática parecía por maldad volverse más esponjosa y profunda como una trampa pantanosa, absorbiendo cada intento inútil de sostener mi peso, y los nervios destrozados en mis rotas rodillas lastimadas simplemente temblaban y cedían incontrolablemente.

En un movimiento lateral y torpe originado del puro agotamiento y la falta de aire espeso, tropecé inevitablemente y me caí fuertemente de frente una maldita vez, cayendo sin remedio enterrando de forma contundente mi lastimado rostro negro de hollín directamente boca abajo en la almohada engañosa de la esponjosa nieve fresca y cegadora.

Atrapada en el suelo mojado y viendo negro, sentí que mi peso ya me negaba pararme. El impulso instintivo pero perverso de mi cerebro reptiliano agotado de quedarme sumisa en el fondo pacífico, simplemente ceder y recostarme ahí de cara en la almohada infinita, soltar mi propia tensión, cerrar los párpados pesados de una vez y dejar llanamente que el ilusorio y engañoso abrazo cálido letal, y falso sueño narcótico que produce la fase final de la fuerte hipotermia profunda en la montaña se llevara mi alma entumecida, finalmente dejándome descansar al lado espiritual de los brazos de mi amado esposo fallecido Arturo, fue sin lugar a duda una sensación poderosa e insoportablemente abrumadora y tentadora.

Ríndete, ríndete para siempre y deja de pelear esta batalla en la que nadie del pueblo te ayuda, parecían susurrar con burla las fuertes ráfagas gélidas del constante viento chocando salvajemente en las altas ramas torcidas y puntiagudas de los inmensos y sabios pinos verdes. Déjalo caer de una vez por todas, ya aguantaste y ya hiciste lo materialmente suficiente para probar tu valor terrenal, decía la tentación oscura del frío asesino que me invadía los dedos adormecidos.

Pero entonces, en mi oscuridad letárgica mental con mi nariz helada en la tierra congelada y mi cara dormida de nieve, de golpe la vívida y frágil imagen luminosa y triste de mi único niño Mateo, tiritando indefenso y escondido profundamente asustado rodeado por la aplastante oscuridad de aquella helada y asfixiante cueva de rocas estériles, apareció. A esto se sumó, el espantoso e inocente sonido del débil y frágil llanto animalizado y desesperado del recién nacido azul, indefenso de la ingenua y aterrorizada jovencita Rosa, y este recuerdo desgarrador resonó repentinamente como un rugido dentro de mi memoria en silencio con mucha más abrumadora y pura fuerza de destrucción creadora que cualquier terrible tormenta ambiental que la sierra hubiera atestiguado.

—La loba no abandona nunca a sus crías débiles y ciegas en la oscuridad a merced de la muerte… —me dije brutalmente a mí misma exigiéndome reaccionar, hablándome en voz muy alta. Mi quebrada y dolorosamente ronca y gutural voz resonó extraña para mis propios oídos sordos rompiendo de pronto violentamente el sagrado silencio y estática paz invernal que asolaba todo el extenso bosque congelado.

Con una exhalación rabiosa por la boca como la embestida de un venado herido en la nieve, me levanté forzada de nuevo pesadamente y arrastrándome desde la profundidad blanda. Lo hice apoyando con sumo cuidado mi enorme peso, ya que empujé la tierra solo y forzosamente sobre mis sangrientos antebrazos despellejados, cuyos trapos horriblemente mojados ahora manchados fuertemente de mi propia sangre y lodo ya eran totalmente negros. Apreté mis molares encajados los dientes hasta sacarles astillas de hueso puro para soportar esa tortura inhumana de quemarme vivamente en vida a diario y obligarme a moverme porque yo soy el animal más poderoso, más resistente y más duro que pisa estos inmensos bosques que la cobardía ajena abandonó, y sin perder más oxígeno me puse en pie y obstinadamente seguí con el inmenso ascenso del fango negro bajo el sol del mediodía para llegar al cielo subterráneo a entregar la preciada medicina.

Me dediqué con ritmo militar a la mecánica fría. Puse forzadamente y de forma muy robótica mi bota derecha en punta clavándola profundamente, empujando mi dolor articular y poniendo un pie entumecido exactamente delante del espacio marcado de seguridad que el otro dejaba. Y luego sistemáticamente otro respiro, otro empujón, otro pie tembloroso. Busqué obsesiva y concentradamente con la vista las familiares y protectoras marcas grabadas con sangre oxidada de vida pasada incrustadas toscamente como cuchilladas secas en las faldas arrugadas de los sólidos troncos oscuros de los grandes árboles lejanos, reconociendo exactamente y con la memoria las marcas de mis manos, que tallé minuciosamente yo misma sudando mares salados meses atrás con un viejo machete que cortaba mal para guiar mi camino hacia el pan. Aquellas cicatrices talladas con filo rudo para cuando orgullosamente y como mula de carga de forma repetida yo subía buscando y recolectando afanosamente aquella preciada leña curada en la cima altísima; la misma gran y extensa cantidad de madera seca e inflamable, gruesa, por la cual mi envidioso cuñado, el señor poderoso Don Ramiro, ese cobarde parásito arrastrado y envidioso de mi esfuerzo genuino, me la había acaparado, odiado y cobardemente robado y amenazado por sentirse superior para matar y quemar en medio de la plaza sin repercusiones a mi nombre humillado.

Esa extensa y profunda montaña gigante bajo mí ahora sí, sinceramente, que me reconocía en lo recóndito y de lleno, nos habíamos fusionado por el mutuo dolor crudo; el macizo bosque era parte de mi carne ardiente porque yo misma con mi locura forastera salvaje era una gran y temible parte y criatura fiera fundida en las profundidades grises y sangrientas de ella ahora.

El disco ardiente del incandescente sol había alcanzado dolorosamente para los ojos ciegos su máximo y aplastante punto geométrico de cenit blanco más alto visible sin nubes en las inmensas bóvedas turquesas del cielo infinito y lejano, aunque tristemente, allá abajo y atrapada bajo el follaje blanco aplastante, cualquier intento de esperanza por percibir su falso y dorado calor de lejanía reconfortante era para la cruda y húmeda piel temblorosa de una víctima solo eso, algo inmensamente ilusorio e hipócrita engaño.

Por fin y arrastrando con crueldad la pesada suela mojada logré el triunfo supremo, llegando victoriosa y babeando de sed inmensa exhausta de vida y pulmón, hasta toparme con los altos de la escondida cima oscura, y la reconocible formación y maciza base rocosa oscura, un coloso mudo e impotente de la salvación de la familia postrada un poco más allá de haber pasado ya el mediodía marcado por las sombras frías caídas del monte de las nubes muertas.

Esa enorme, intimidante e indescriptible e imponente grieta rocosa y húmeda asfixiantemente negra oscura tapada de fango frío de la gran y secreta entrada subterránea húmeda de la mística, legendaria y mítica vieja cueva, que ante cualquier simple aldeano miedoso pasaría como solo un abismo, me pareció paradójica pero real y honestamente de golpe ser, ante la vista empañada y borrosa por mis lágrimas heladas colgando densas, el palacio seguro y el auténtico único hogar caliente y hermoso y reconfortante existente sobre todo el maldito y miserable territorio del enorme globo de todo mundo de la tierra del universo de dolor.

Lanzando mi tembloroso pecho hinchado hacia arriba aguantando con terror lo agudo en carne sangrante al tropezarme de lleno fuertemente contra ella al fin y acercarme jadeando en gruñidos guturales pesados, de pronto el terror a ciegas noté para mi tranquilidad absoluta de mi desgarrada alma tensa y ansiosa que en efecto, sí, como loba astuta, vi que esa negra entrada estrecha y baja para acceder al centro profundo de salvación estaba totalmente sellada, cerrada fuertemente, trancada bloqueada muy densamente y herméticamente bloqueada amontonando con gran peso y astucia protectora desde lo hondo impenetrable de adentro tapada rústicamente fuerte con sólidas, grandes pesadas piedras oscuras y rocas pesadas lisas medianas como barricadas. Estaba cerrada la boca tal, exacta y precisa, sin dudas tal la enorme, contundente y tajante e implacable fuerte directriz firme del mandato incuestionable estricto superior y severo que al salir a morir me aseguré que por fin yo misma le dejé claro y le había ordenado imperativamente cumplir hasta el máximo fin y castigo letal a la temblorosa y muy sumisa asustada jovencilla muchachita inexperta madre en pena pobre Rosa, asumiendo su trabajo encomendado para el nido salvaje e impenetrable resguardo total de la familia vulnerable herida cobardemente tras la furiosa noche de destrucción cobarde de llamas altas contra mí de mis tierras caídas de lodo esparcido bajo nieve derretida y lloro de llanto ahogado de mi llaga mortal ardiente roja destrozada con asombrosa brutal crueldad de cobarde cobardía del asno maldito ladrón y patético cacique asqueroso que es el parásito borracho asesino despreciable infeliz Ramiro.

—¡Rosa! —llamé ansiosa desde la nieve sucia pegando la boca a la piedra, mi voz quebrando miserablemente y haciendo ecos apagados roncos por la espesa e inmensa sequedad lacerante como una quemadura ácida e irreversible de las resecas cuerdas en el fondo reseco del tubo árido de mi seca garganta destruida de respirar tanto hielo en polvo denso en toda mi larga tortura de subida empinada que dolía el doble arrastrando por completo el plomo de peso verde con dolor punzante ardiente cruzado sobre mi dañado mi hombro dislocado cansado al cuello tenso aplastante latido mortal a ciegas y pesadez del hombro. —¡Chamaca, Rosa, ábreme ya! ¡Muchacha, soy yo, estoy aquí! ¡Abre la maldita entrada ya mismo!.

A través de la gruesa roca, logré percibir tensa el salvador y seco sonido de la roca rasposa. Escuché débil y metálicamente como de tumba y alivio divino puro que por fin el asustado y hueco de golpes y rasguños sonido inconfundible chirriante de esfuerzo inmenso asfixiante de muchas fuertes pequeñas las pesadas enormes y puntiagudas grandes enormes montañas de piedras lisas frías grandes siendo desplazadas, empujadas y desesperadamente y velozmente amontonadas por pánico en fuerza sobre el lodo oscuro removiéndose locamente arrastrándose ruidosamente con fango tierra desde los lados apartándose violentamente apartadas abriendo surcos oscuros por una chica asustada desde lo más impenetrable de lo profundo cerrado el oscuro interior resguardado y blindado interior tembloroso del húmedo hoyo oculto.

Y lentamente, a los segundos tensos con asombro para la negrura inmensa oscura, una diminuta y muy larga pero estrecha rendija negra pequeña como fisura irregular fría rendija de paso libre negra oscura húmeda se abrió bruscamente soltando ruidosamente fango grueso. Al interior por el rayo gris de la apertura vi claramente como de golpe se asomaban a la sombra blanca como dos brillantes luces redondas en la cueva aterrorizados abriendo grandes los ojos enormes vidriosos asustados hundidos en oscuras cuencas amoratadas y asustadas hinchados aterrorizados asustados grandes llorosos aterrorizados de sorpresa pura gigantes de la joven niña asustada muchacha que de golpe parpadeando rápidamente por la pequeña luz cegadora pálida y fría entrante resplandor blanco desde la estrecha entrada helada soltando un hilo negro de agua de deshielo sucia hacia el patio exterior soleado cegador pero nublado denso aire se asomaron temblando con recelo pánico puro como conejito asustado del frío en cautela desconfiada asomaron asomándose escrutando desconfiadamente desconfiados y curiosos desde las entrañas de la penumbra fétida de humo de tierra húmeda de cueva subterránea de roca.

En el exacto milisegundo en que la joven finalmente logró reconocerme enfocando correctamente al verme ahí tirada en el lodo con vida tras la asustada inspección y al por fin comprender al verme al comprender de golpe certera sin dudas sin dudar su inmensa alegría de golpe reconocer aterrorizada la inmensa bestial y brutal destruida de la sangre apariencia infernal monstruosa manchada al verme viéndome viéndome enfrente de pie exhausta como bulto encogido respirando humo, la desesperada chica de golpe soltó un grito, un inmenso y ahogado agudo espantoso corto aterrorizado chillido agudo de espanto ahogado de impresión inmensa alegría ahogado lloroso grito de impacto agudo inmenso ahogado, e impulsivamente empezó con una locura desesperada animal usando ambas fuerzas débiles locamente empezó desquiciada tirando la vida a quitar frenéticamente las grandes últimas inmensas pesadas estorbosas rocas pesadas oscuras inmensas grandes redondas enormes rocas de las manos locamente apartando quitando rocas apartándolas rocas rocas enormes pesadas grandes gigantes frenéticamente rascando lodo tirando todo frenéticamente apartando la barricada frenéticamente.

Sin fuerzas ya para esperar amabilidad formal o un pase diplomático a la casa de piedra, empujando mi cuerpo y doblando las entumecidas articulaciones rodillas rígidas, me incliné hundiendo arrastrándome a lo rastrero bajando cuerpo a ciegas y de pecho pesadamente reptando el lodo, rascando el polvo con mi estómago arrastrando mi enorme dolor y bulto botín me adentré empujando duro y pesado me arrastré dolorosamente ahogando un gemido arrastré reptando empujando codos arrastré hacia adentro reptando el oscuro lodo suave hacia la profundidad hacia el húmedo rincón húmedo y abrigador y cerrado pasillo húmedo oscuro y denso apestoso aire encierro apestoso frío del estrecho oscuro del negro interior cavernoso, colapsando sin aire, por fin sintiéndome segura me desparramé y abandonando todo el gran control me vencí pesadamente y en el piso por inercia me dejé y por fin tras la enorme larga agonía caer dejándome rendida floja destrozada por debilidad colapsada de rodillas de frente ruidosamente me dejé resbalar tirándome y destrozada golpear mis tendones de golpe rudo caída caer desplomada estúpida e inútil sin alma dolorida sucia manchada exhausta pesada rodillas temblorosas de golpear contra chocar ruidosamente arrodillada desvalida contra la áspera de golpe la piedra estrellarme mi rodilla mi lodo cara ruda contra golpear la base arrodillada en el duro frío y cruel pero amado seco liso gélido helado oscuro helado sucio rasposo pero sólido mojado y rugoso mojado y resbaladizo frío duro el lodo del duro fango mojado suelo inerte suelo pedregoso oscuro rocoso duro mojado frío oscuro lodo de húmeda base fétida plana del negro duro piso subterráneo suelo rocoso rocoso fango húmedo mojado del frío suelo de la gruesa enorme y negra estática inamovible fría áspera pesada negra roca de piedra negra piso base rocosa rústica inmensa densa sucia fría inamovible pesada y húmeda de gruesa y helada piedra irregular inamovible y negra de cueva vieja oscura y profunda.

El pesado peso infernal inmenso inmenso enorme inmenso bulto botín morral salvador verde inmenso pesado salvavidas gigantesco morral lona rasposo botín abultado pesado y valioso gigante morral botín botín inmenso lona resbaló se soltó cayendo flojo escurriendo resbalando desprendiéndose tirón flojo zafándose cayendo destensando deslizando ruidoso desenganchó se deslizó brusco duro de pesadez ruidosa de mis tensos rotos adormecidos pesados rotos lastimados mi sangrante hombro entumecido roto mi cansado y raspado izquierdo dolorido morado débil dolorido hombro con un inmenso y aparatoso gordo sordo seco duro aparatoso duro pesado sordo pesado inmenso grueso metálico y fuerte choque resonante sordo retumbe impacto golpe ruido asquerosamente duro retumbante golpe sordo, y seguidamente a ello cayeron rodando también desparramadas al vacío también también cayendo inmensamente y flojas al piso duro rasposo desparramadas al fango fango al suelo ruidosamente de la axila también rodaron abultadas de botín botín robado todas resbalaron y esparcidas las gruesas abultadas pesadas las grandes grandes inmensas sucias abrigadoras enormes y salvavidas enormes las enormes finas valiosas las salvadoras hermosas inmensas gruesas grandes enormes suaves gruesas enormes cálidas cobijas oscuras grandes inmensas cobijas térmicas cobijas mantas gigantes las térmicas inmensas mantas inmensas gruesas valiosas gruesas térmicas gruesas las mantas valiosas inmensas inmensas abultadas mantas oscuras de lana que traje abrigadoras mantas las mantas se esparcieron grandes que traía escondidas escondidas cayeron y rodaron cayeron manchándose cayeron de polvo de mi frío de lado de mi lado pesadas a mi cansado cuerpo tirado lodo lado derecho a mi lodo duro lado en el duro fango oscuro mi lado frío charco duro oscuro lado cueva piso y tierra fría piso lado izquierdo.

FIN

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