PARTE 1
Un segundo estaba bañando a mi beba de un añito, y al siguiente, mi niña ya tenía cuatro. Sentí que solo había cerrado los ojos para dormir un rato, pero de alguna forma, habían pasado tres años enteros. Mateo, el esposo que antes me amaba con locura, ahora me mantenía encerrada. Y mi pedacito de cielo, mi hija, no quería ni acercarse a mí.
Mientras intentaba entender qué locura estaba pasando, unas letras raras flotaron frente a mis ojos. Decían que una extraña había ocupado mi cuerpo durante estos tres años, dejando un desastre total en mi hogar. La intrusa no pudo cumplir su misión con mi esposo, lo volvió más inestable, y terminó rogando para irse y abandonar todo. Lo que más me partía el alma era mi niña: con una “madre” fría y un padre deprimido, la pobre se volvió súper miedosa y retraída. En resumen: el marido mal, la niña asustada, y la que causó todo este desmadre, simplemente se largó. Ahora me tocaba a mí tomar las riendas de esta pesadilla.
Desperté con un dolor de cabeza horrible, acostada en la sala de estar. El cuarto estaba helado, vacío, solo con una cama enorme. Yo recordaba perfectamente haberme dormido con mi hija en la recámara principal la noche anterior, ¿qué hacía aquí?. Además, la decoración de la casa jamás había sido tan lúgubre. Sin pensarlo mucho, me levanté de golpe para ir a buscar a mi niña. Intenté abrir la puerta de la recámara, pero estaba cerrada con llave. Entré en pánico y me di la vuelta para bajar corriendo a buscar a la niñera.
Ahí me quedé de piedra. En la oscuridad, al borde de la escalera, estaba parada una niña muy delgadita. Sus ojitos, negros como uvas, me miraban con muchísimo miedo y una desconfianza total. Esos ojos, esa naricita… y ese lunar chiquito, no había duda, era mi Sofi. Pero, ¿cómo era posible? Mi niña solo tenía un añito. Apenas anoche estaba chapoteando en la tina, riéndose a carcajadas, enseñando sus dientitos de leche y salpicándome agua con sus manitas gorditas.
“¿Sofi?”, susurré casi sin aire, con las manos temblando. Ella parecía no reconocer mi voz, pero después de unos segundos larguísimos, asintió muy despacito con su cabecita.
De pronto, Doña Rosa, la niñera, subió las escaleras corriendo súper asustada, agarró a Sofi de la mano y se la llevó hacia abajo. “¡El señor ya le dijo que no se acerque a la niña!”, me gritó a la defensiva, sin saber que la verdadera madre por fin había regresado.
PARTE 2
El dolor en mi pecho era insoportable, sentía como si me clavaran mil agujas directamente en el corazón. Ver a mi pequeña Sofi tan flaquita, tan distante, me rompía el alma en mil pedazos; no podía creer el nivel de abandono en el que había estado. Me aguanté las lágrimas como pude y bajé a la planta baja, intentando mantener la cordura. En el comedor, el desayuno ya estaba servido sobre la mesa, despidiendo un vaporcito caliente. Sofi ya estaba ahí, sentada muy derechita y quieta, tomando su leche con una obediencia que no era normal para una niña de su edad. Me acerqué despacio, arrastré la silla y me senté a su lado, tratando de actuar lo más natural y amorosa posible.
De inmediato, sentí la mirada pesada de Doña Rosa. La niñera me observaba desde la esquina con los ojos entrecerrados, llena de sospecha y desconfianza, como si temiera que en cualquier segundo yo fuera a estallar o a hacerle una grosería a la niña. Solté un suspiro largo, sintiéndome completamente impotente por la reputación que la otra mujer me había dejado.
—Doña Rosa, por favor, ya no me vea de esa manera —le dije con la voz más suave que pude sintonizar—. A partir de hoy, ya no tiene que estar cuidándose de mí. Soy la mamá de Sofi, la verdadera, y jamás en la vida le haría daño.
Doña Rosa abrió los ojos de par en par, completamente pasmada. Me miró de arriba abajo como si me hubieran cambiado el alma —cosa que, técnicamente, era verdad—, pero al ver la ternura genuina en mis ojos, pareció notar que algo andaba diferente. Al final, intuyendo que era una buena señal, prefirió no decir nada más, asintió con la cabeza y se retiró en silencio hacia la estancia para seguir limpiando.
Me giré por completo hacia mi hija y me le quedé viendo con una devoción absoluta. Dios mío, era una niña hermosísima, idéntica a como la había soñado. Era mi mayor tesoro, mi pedacito de cielo, solo que estaba demasiado delgada; me prometí a mí misma que la iba a consentir y a alimentar súper bien para que recuperara sus cachetitos. No pude contener las ganas y le hablé con un hilo de voz lleno de cariño:
—Sofi, mi amor… mi reina hermosa.
La niña levantó sus grandes ojos negros, me dio una mirada rápida y fría, y volvió a bajar la cabeza sin articular una sola palabra. Dejó el vaso de leche a la mitad, se bajó de la silla con mucha agilidad y, arrastrando los pies en un silencio sepulcral, se caminó hacia la esquina de la sala para ponerse a jugar solita con unos cubos de madera.
Ver esa escena me puso los ojos rojos y me nubló la vista por completo. Haber estado ausente durante tres años de su crecimiento, haberme perdido sus primeras palabras fluidas, sus primeros pasos firmes… el remordimiento me carcomía viva por dentro. Caminé con pies de plomo, arrastrando mi propia culpa, y me acerqué a ella muy despacio. Me puse de cuclillas a su lado y me quedé observando cómo, con sus manitas temblorosas, intentaba armar una casita de madera bien hecha.
—Sofi, mi cielo —le pregunté con mucha dulzura, señalando los bloques—, ¿qué estás construyendo aquí?
Ella parpadeó con sus ojitos redondos, me miró de reojo y, tras dudarlo mucho, soltó una sola palabra con su vocecita tímida:
—Casa.
Fue una sola palabra, cortita y seca, pero para mí fue como si me hubiera bajado la luna entera; sentí un calorcito hermoso que me abrazó el pecho. Esa era la primera palabra real que mi hija me dirigía desde que había despertado en esta locura. Me senté en la alfombra junto a ella y pasé un buen rato ayudándole a acomodar los bloques de madera. Con mucha paciencia, celebrándole cada avance, logré que al cabo de una hora me dijera un par de palabras más. Eran frases cortas, casi monosílabos, pero entendí que no debía presionarla; teníamos que ir paso a paso, reconstruyendo todo desde cero.
Cuando se fue acercando la hora de la comida, decidí tomar la iniciativa y me metí directo a la cocina. Al principio, mis movimientos se sentían raros, como si mis manos no recordaran del todo cómo picar o sazonar después de tres años de inactividad, pero conforme pasaban los minutos, agarré el ritmo y los platillos empezaron a oler delicioso, con ese toque casero y mexicano que tanto extrañaba.
Doña Rosa entró en ese momento y casi le da un infarto al verme con el delantal puesto. Intentó quitarme las cucharas de las manos de inmediato, totalmente asustada:
—¡Ay, señora! ¿Pero qué está haciendo? Por favor, déjeme eso a mí, ¿cómo cree que voy a dejar que usted cocine? Al patrón no le va a gustar nada esto.
—No se preocupe, Doña Rosa, de verdad quiero hacerlo yo misma —le respondí dándole una sonrisa tranquila.
La mujer me miró con los ojos humedecidos y un nudo en la garganta. Soltó un suspiro lleno de pesadumbre y confesó:
—Es que… en todos estos años, usted ni nos dirigía la palabra a nosotros, y a la niñera casi ni la dejaba acercarse a la niña. El señor Mateo siempre nos decía que usted estaba muy enferma de los nervios y que por eso andaba así. Pero verla hoy aquí, con la niña… de verdad que me da mucha alegría.
Le di una palmadita suave en el hombro a Doña Rosa para reconfortarla y le aseguré con firmeza:
—Eso ya se acabó, Doña Rosa. Le prometo que las cosas van a cambiar a partir de hoy y que esa indiferencia no la va a volver a ver en esta casa.
A la hora de sentarnos a comer, me armé de toda la paciencia del mundo. Al principio, Sofi tenía los labios bien apretados y volteaba la cara, negándose rotundamente a probar bocado. Yo no me desesperé; me incliné hacia ella, le hablé bajito, haciéndole avioncito y consintiéndola con palabras tiernas, hasta que por fin abrió su boquita y le dio una mordida pequeña a la comida. Después de eso, el miedo pareció írsele y continuó comiendo hasta que se terminó todo el plato, dejándolo rechinando de limpio.
Doña Rosa, que estaba limpiando la barra de la cocina, soltó una risotada de pura felicidad:
—¡Válgame Dios, señora! Mire nomás, hoy la niña se comió media porción más de lo normal. Es la primera vez en la vida que la veo comer tan contenta y portada tan bien.
Después de que terminó de comer, cargué a mi niña y me la llevé a su recámara para arrullarla. La acosté con mucho cuidado en su camita, me senté a su lado y empecé a darle palmaditas suaves en la espalda mientras abría un libro de cuentos y le leía “La Sirenita” con una voz muy bajita y pausada. Sofi abrió grandes sus ojitos negros, escuchando atenta cada palabra del cuento; poco a poco, sus párpados pesados se fueron cerrando por el cansancio, pero su manita chiquita se quedó aferrada, apretando con fuerza el dobladillo de mi blusa, como si temiera que al quedarse dormida yo fuera a desaparecer.
Me quedé ahí hasta que escuché su respiración profunda y pareja. Me incliné con mucha suavidad, desprendí sus deditos de mi ropa y le di un beso tierno en la frente antes de salir de la habitación sin hacer el menor ruido.
En cuanto cerré la puerta, aquellas extrañas letras flotantes volvieron a aparecer en mi campo visual, cruzando como ráfagas de comentarios en una pantalla:
“¡Qué hermosa escena de madre e hija! De verdad me dieron ganas de ir a abrazar a mi mamá.” “La verdadera Valeria por fin regresó, es súper dulce, me da mucha paz verla.” “Pero oigan, ¿la protagonista ya se dio cuenta de la realidad? Esta casa está retacada de cámaras por todos lados, y afuera hay un montón de seguridad cuidándola.”
Al leer eso, caí en la cuenta de algo importante. Todo el día me la había pasado tan metida en ganarme a mi hija que no me había percatado del entorno en el que estaba metida. Aprovechando que la niña ya dormía, me puse a recorrer la casa con calma. No tardé nada en darme cuenta de que el comentario tenía toda la razón: en las esquinas de los pasillos, arriba de la sala y ocultas cerca del ventanal que daba al jardín, parpadeaban las luces rojas de varias cámaras ocultas de alta seguridad.
Me caminé directo hacia la puerta principal con la intención de salir a respirar un poco de aire fresco, pero en cuanto puse la mano en la perilla, dos guardias vestidos de traje oscuro y con caras de pocos amigos me cerraron el paso por completo.
—Señora, disculpe, pero el señor Mateo dejó órdenes muy estrictas de que usted no puede salir de la propiedad bajo ninguna circunstancia si no es con él —me dijo uno de ellos con un tono de voz gélido, firme y completamente inflexible.
Retrocedí un paso, sintiendo un escalofrío. Esta mansión tan lujosa y perfecta no era un hogar; se había convertido en una cárcel de oro súper sofisticada donde cualquiera terminaría perdiendo la cabeza. En ese instante, otra oleada de letras transparentes flotó frente a mí:
“Con las cámaras activas, el protagonista ya debió ver todo lo que Valeria hizo hoy. Seguro viene manejando como loco de regreso a la casa.” “¡Ay, ya quiero ver ese reencuentro, va a estar cardíaco!” “A ver si Mateo no la asusta, porque el pobre hombre ahorita está completamente desquiciado y obsesivo.”
Apreté los puños, sintiendo cómo el coraje me encendía la sangre.
—Mateo… tú y yo tenemos muchas cuentas que ajustar —murmuré para mí misma entre dientes. Qué bueno que vengas, porque me vas a tener que explicar muy bien por qué carajos criaste a nuestra hija de una manera tan descuidada y triste.
Las letras flotantes volvieron a zumbar frente a mis ojos:
“No manches, siento que la protagonista ahorita da más miedo que el esposo. Se va a armar la de Dios es Padre esta noche.”
Llegó la noche y yo me acomodé en la cama de Sofi, abrazándola con fuerza mientras ella dormía profundamente. En medio de la madrugada, cuando el silencio de la casa era absoluto, empecé a sentir un frío espantoso que calaba hasta los huesos, como si hubieran dejado una ventana abierta de par en par en pleno invierno.
Esa heladez me hizo abrir los ojos de golpe. Al levantar la vista, me topé con la silueta alta de Mateo, parado junto a la cama, inmóvil como si fuera un fantasma surgido de la nada. Seguía siendo un hombre extremadamente guapo, pero su rostro estaba blanco como el papel, tenía unas ojeras profundas y moradas que delataban meses sin dormir, y se notaba que había bajado muchísimo de peso. Aquella mirada brillante y decidida que recordaba de él se había esfumado; ahora sus ojos arrastraban una lúgubre oscuridad y de todo su cuerpo emanaba un resentimiento tan denso que resultaba asfixiante.
Sin darme tiempo de reaccionar, se inclinó hacia mí abruptamente, estiró su mano y me agarró la mandíbula con una fuerza desmedida, lastimándome. Su voz salió de su garganta rasposa, sonando como dos lijas frotándose entre sí:
—¿Ahora qué pinche jueguito te traes? —escupió furioso, apretando más el agarre—. ¿Acaso te crees con el derecho de estar acostada en la cama de mi hija? ¡Lárgate de aquí ahorita mismo!
No me lo pensé dos veces. En lugar de asustarme o llorar, me impulsé hacia arriba con todas las fuerzas que tenía acumuladas en el cuerpo y le acomodé un talamazo directo en la frente con la mía.
¡PUM!
El golpe seco retumbó espantoso en el silencio de la recámara. Mateo se tambaleó hacia atrás, agarrándose la cabeza, completamente desencajado y furioso. Yo me levanté de la cama de un salto y le grité apuntándolo con el dedo, rugiendo de rabia:
—¡¿Tienes muchos güevos, verdad, Mateo?! ¡¿Cómo chingados te atreves a hablarme en ese tono?! ¡¿Y me vas a decir que así es como criaste a mi hija estos tres años para que yo lo viera?!
Mateo se quedó petrificado en su lugar, como si le hubiera caído un rayo encima; todo su cuerpo empezó a temblar descontroladamente y sus ojos se sintonizaron rojos en un segundo.
—¿Valeria…? —Su voz vibró, rompiéndose en un hilo lleno de incredulidad, pánico y una ansiedad tremenda. No me quitaba la mirada de encima, devorándome con los ojos —. Valeria… ¿de verdad eres tú?
Me acerqué a él, la rabia se me evaporó al verlo tan roto, y le pasé la mano con mucha suavidad por la cabeza:
—Sí, mi amor, soy yo. Ya regresé, ya estoy aquí —le respondí con los ojos llorosos.
En cuanto escuchó mis palabras, a Mateo se le desmoronó la fachada de hombre rudo; abrió la boca pero solo pudo soltar unos sollozos ahogados y desgarradores. Me senté en la orilla de la cama y él se abalanzó hacia mí como un náufrago aferrándose a una tabla de salvación; me agarró del suéter con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, recargó la frente en mi hombro y se soltó llorando a moco tendido, perdiendo el aire por completo.
Lo abracé como si fuera un niño chiquito, dándole palmaditas rítmicas en la espalda para calmarlo:
—Ya, mi cielo, ya no llores… Todo va a estar bien, ya pasó la pesadilla. Te prometo que nunca más te voy a dejar solo. Nuestra familia nunca, pero nunca más se va a volver a separar.
Tanto alboroto terminó por espantarle el sueño a la niña. Sofi abrió los ojos, se los talló con sus manitas y, al distinguir las siluetas de nosotros dos abrazados en la cama, habló con mucha duda:
—¿Papá?
Al oír esa vocecita tan dulce, los sollozos de Mateo se cortaron en seco y todo su cuerpo se puso rígido como una piedra por la vergüenza. Las letras doradas volvieron a desfilar frente a mí a toda velocidad:
“¡No manches, qué osote! La niña los cachó con las manos en la masa llorando como magdalenas.” “Ay, no se burlen, el pobre hombre lleva tres años parándose junto a la cama de la niña a mitad de la noche para llorar en silencio.” “Pobre criatura, de ley que eso le va a dejar un trauma de la infancia bien pesado.”
Al leer lo que hacía Mateo por las noches, sentí unas ganas enormes de que me tragara la tierra por el dolor tan grande que él cargaba. Dejando de lado la vergüenza, me giré hacia mi hija, la jalé con mucho cuidado hacia mis brazos, la pegué a mi pecho y la arrullé con cariño:
—¿Te despertamos con el ruido, mi amor? Perdónanos, mi vida.
Mateo se quedó sentado a la orilla del colchón, con el borde de los ojos inflamados y rojos, las pestañas empapadas de lágrimas y la punta de la nariz completamente colorada por el llanto. Nos miraba a las dos con una mezcla tremenda de incomodidad, culpa y adoración pura, quedándose calladito mientras veía cómo yo lograba dormir a la niña otra vez.
Cuando la respiración de Sofi se volvió a sintonizar profunda, me levanté con cuidado, tomé a Mateo firmemente de la muñeca y me lo llevé arrastrando hacia el pasillo, cerrando la puerta de la recámara principal tras de nosotros. Él, sin que yo le dijera nada, metió la mano al bolsillo, sacó una llave pequeña y me la entregó con una actitud totalmente sumisa.
Al abrir la puerta de nuestra antigua habitación, me di cuenta de que todo seguía exactamente igual a como lo recordaba en mis recuerdos. Incluso la cuna de Sofi estaba colocada en la misma esquina exacta, limpia y sin haber sido movida ni un solo centímetro. Camine hacia la cama matrimonial y me acosté, y Mateo se dejó caer detrás de mí de inmediato.
Me rodeó la cintura con sus dos brazos, apretándome con una fuerza tremenda, y acomodó su barbilla en mi cabeza, hundiéndome en su pecho. Me abrazaba de una manera tan posesiva que parecía que, si se descuidaba un solo segundo o aflojaba el agarre, yo me iba a desvanecer en el aire. Al sentir el calor sofocante de su cuerpo y los latidos acelerados de su corazón, decidí romper el silencio:
—Mateo… ¿cómo estuviste estos tres años?
Él hundió más el rostro en mi cuello y respondió con un hilo de voz que apenas se entendía:
—Mal, Valeria… Terriblemente mal. Estar tres años sin ti fue una eternidad, fue como vivir muerto en el mismísimo infierno.
Poco a poco, con voz entrecortada, empezó a soltar todo lo que había guardado durante ese tiempo. Me contó que aquella noche maldita, al llegar del trabajo, no nos encontró durmiendo juntas en la cama como siempre; en su lugar, la beba estaba llorando solita, abandonada dentro de su cuna. Al principio pensó que yo simplemente estaba demasiado agotada por la maternidad y no le dio importancia, pero con los días las cosas se sintonizaron muy raras.
A mí jamás me había gustado meterme a la cocina, pero esa mujer de la nada se levantaba tempranísimo para prepararle el desayuno. Se quedaba despierta hasta altas horas de la madrugada esperándolo a que regresara de la oficina para ofrecerle un plato de sopa caliente, hablándole con un tono de voz empalagoso que a él le revolvía el estómago. Incluso cambió toda su forma de vestir, usando ropa con estampados de caricaturas que yo siempre había criticado y considerado de mal gusto. Mateo empezó a sospechar que algo andaba muy mal, pero se guardaba las dudas aferrándose a la esperanza de que fuera un cambio temporal.
Hasta que un día la descubrió in fraganti: Sofi estaba llorando desconsolada y esa mujer la miraba con una cara de asco e impaciencia total, empujando la manita chiquita de la bebé para alejarla de ella. En ese preciso instante, Mateo supo con absoluta certeza que la persona que habitaba ese cuerpo no era su esposa. La poca esperanza que le quedaba se le derrumbó en un segundo.
Esa misma noche, se quedó parado junto a la cama observando fijamente a la impostora que tenía mi mismo rostro. Cuando ella despertó, actuando con una timidez ensayada y estirando los brazos para abrazarlo de la cintura mientras le decía “esposo”, Mateo no pudo aguantar más la rabia. La agarró del cuello con fuerza, con los ojos inyectados en sangre y llenos de pánico:
—¡Dime quién chingados eres y dónde carajos está mi esposa! —le rugió descontrolado.
Al principio la mujer intentó hacerse la tonta, pero cuando Mateo apretó más el agarre y ella empezó a ponerse morada por la falta de aire, soltó una amenaza entre ahogos:
—Si… si me matas, en tu perra vida vas a volver a ver a Valeria.
Mateo aflojó la mano de inmediato, aterrorizado. No se atrevió a jugarse la vida conmigo; no podía usar mi propia integridad como moneda de cambio. Con los ojos rojos, le exigió saber qué tenía que hacer para que yo regresara, pero la intrusa solo se soltó a reír con burla:
—Mejor acostúmbrate a vivir conmigo y olvídate de ella. De todos modos, a tu esposa ya no le queda mucho tiempo de vida.
—¡¿Cómo querías que aceptara una cosa así?! —me dijo Mateo, con la voz rota y dándose por vencido ante el recuerdo.
Como esa maldita mujer sabía perfectamente que él no se atrevería a hacerle daño físico por miedo a afectarme a mí, se la pasó provocándolo y humillándolo una y otra vez. Mateo terminó volviéndose loco de la desesperación. Le prohibió volver a pisar nuestra recámara, la aisló por completo del mundo exterior y le prohibió terminantemente volver a acercarse a Sofi.
—Ella me repetía todos los días que ibas a morir… Valeria, ¿de verdad te vas a morir? — me preguntó con un miedo atroz impregnado en los ojos.
Un dolor tremendo me inundó el corazón al ver cuánto había sufrido por mi culpa. Me giré de frente y lo abracé con todas mis fuerzas:
—No, mi amor. Voy a vivir muchísimo tiempo, ya lo verás. Me voy a quedar aquí, contigo y con Sofi, para siempre.
A la mañana siguiente, me desperté tarde, cuando la luz del sol ya inundaba la habitación. Al abrir los ojos, me topé con Mateo, que seguía en la misma posición, mirándome fijamente sin parpadear, con los ojos llenos de venitas rojas por el desvelo.
—No me digas que te la pasaste toda la noche en vela —le reclamé suavemente.
Él se inclinó y me dio un beso tierno en la frente:
—No quería dormir, Valeria. Tenía un pánico horrible de que, si cerraba los ojos un segundo, tú te fueras a esfumar otra vez.
Le tomé el rostro entre las manos y se lo acaricié, asegurándole con toda la seriedad del mundo:
—De verdad que no va a pasar, mi amor. Ya no me voy a ir a ningún lado.
Mateo pasó saliva, con la manzana de Adán moviéndosele en la garganta, y justo cuando se iba a inclinar para besarme en los labios, unos golpecitos tímidos en la puerta cortaron el momento romántico. La vocecita temerosa de Sofi se escuchó desde afuera:
—¿Papá? ¿Estás ahí adentro con… con la otra señora?
Le di una patada juguetona a Mateo por debajo de las cobijas para que reaccionara:
—¡Quítate ya, muévete! Ahí está mi hija buscándome. Todo esto es por tu culpa, por andar de reservado la niña todavía no se atreve a decirme mamá.
Afuera de mi mente, las letras doradas de los comentarios volvieron a pasar como locas:
“¡No inventen! ¿O sea que nos van a cortar la escena romántica de los esposos? ¡Yo quería ver más!” “Vieron cómo la miraba el protagonista? Se la quería comer viva.” “Qué bueno que Mateo por fin tenga cara de gente viva, se le nota el cambio radical.”
Abrí la puerta y me encontré a Sofi parada de puntitas, agarrada del marco de la madera. En cuanto me vio aparecer, estiró su manita chiquita y me sujetó fuertemente de un dedo, mirándome con unos ojos que le brillaban de una manera hermosa:
—¿Podemos… podemos desayunar juntas? —me preguntó casi en un susurro.
Me agaché de inmediato, la cargué en mis brazos y pegué mi nariz con su naricita suavecita:
—Claro que sí, mi amor. Deja que mamá se lave la cara volando y nos vamos a comer juntas, ¿sí, mi reina?
La cabecita de Sofi se hundió de inmediato en mi cuello, con sus orejitas sintonizadas rojas como manzanas maduras, y asintió tímidamente. Acomodó su cuerpecito chiquito bien apegado al mío, mostrándose sumamente encimosa y cariñosa, algo que me llenó el alma de felicidad.
Cuando terminamos de arreglarnos y bajamos al comedor, Mateo ya estaba sentado esperándonos. La luz del sol de la mañana entraba por el ventanal, iluminando su espalda ancha y dándole un aire muy imponente. Tenía los dedos moviéndose rápido sobre una tableta digital, concentrado en sus pendientes de la empresa. Pero en cuanto escuchó nuestros pasos en la escalera, levantó la mirada, dejó la tableta de lado y se levantó de inmediato para jalarnos las sillas:
—Siéntense aquí, el desayuno todavía está calientito.
Sofi se subió sola a su silla alta, apoyando sus manitas en el borde de la mesa mientras miraba todo curiosa. Le acerqué un vaso de leche tibia y le di un apretoncito juguetón en el cachete:
—Hoy te tienes que tomar toda tu leche, Sofi. Si te la acabas, vas a crecer altísima como tu papá.
La niña asintió con mucha energía y se puso a tomar del vaso a grandes tragos. Se le inflaron los cachetitos como si fuera una ardillita guardando comida, lo que nos hizo sonreír a los dos. Mateo, sin dejar de usar los cubiertos, me puso un huevo estrellado bien dorado y crujiente en mi plato, y luego me sirvió otro más:
—Valeria, come bien, por favor. Estás demasiado flaca.
Le di una mordida al desayuno y en ese momento me acordé de que no había visto mi teléfono celular por ningún lado desde que desperté. Me busqué en las bolsas de la ropa por puro instinto y le pregunté:
—Oye, Mateo, ¿tú tienes mi celular guardado?
Él le estaba sirviendo un pedazo de pan dulce a Sofi en su plato, y al escucharme, levantó los ojos con mucha suavidad:
—Primero desayuna, mi amor, que se te va a enfriar la comida. Anoche te lo dejé cargando en el despacho; en cuanto terminemos, voy por él y te lo entrego.
Sofi, con la boca llena de pan, habló con la voz toda distorsionada:
—Sí, come primero, mamá…
Al escucharla decirme “mamá” de esa forma tan natural, sentí que el corazón se me derretía por completo. El ambiente en la mesa se sintonizó increíblemente cálido y pacífico, algo que parecía un milagro después de tanta tormenta.
Las letras del tablero flotante empezaron a correr al tiro:
“¡No inventen, amo la faceta de Mateo como esposo consentidor! Hasta se acuerda de cómo le gustan los huevos y le dejó el celular cargando.” “Qué atento a los detalles, de verdad es un tipazo.” “Sofi es un amor de niña, apurando a su mamá para que coma con esa vocecita de ángel.” “Podría ver cien capítulos seguidos de esta familia. Pensé que el CEO iba a ser súper lúgubre, pero toda su ternura es exclusiva para su esposa.”
Solté una risita, saqué una servilleta de papel y le limpié las migajas que Sofi tenía en la comisura de los labios. Mateo aprovechó para ponerme unos camarones ya limpios y pelados en mi plato, diciéndome en voz baja:
—Ya, come tú también. No te la pases atendiendo nomás a la niña.
Al terminar de desayunar, Sofi se acomodó en la alfombra de la sala con sus piernitas cruzadas, concentrada pintando con unos crayones sobre unas hojas de papel. Mateo recibió una llamada del trabajo y se encaminó hacia el despacho con pasos muy silenciosos, pero antes de entrar, se giró para darme una última mirada llena de reojo. Le hice una señal con la mano de que todo estaba bien, y solo entonces cerró la puerta con cierta renuencia.
Me recargué en el sillón y me puse a revisar los estados financieros de mi estudio de diseño en el celular que Mateo me había devuelto. Ese negocio significaba muchísimo para mí, pues ahí había invertido toda mi pasión por el diseño de joyería fina. Al deslizar la pantalla y ver que los ingresos habían crecido de manera constante durante los últimos tres años, no pude evitar que se me formara una sonrisa de orgullo en los labios.
Me acordé de los viejos tiempos, cuando estaba estudiando mi especialidad en Italia; Mateo, de plano, transfirió toda la división europea de su corporativo a Milán solo para poder estar cerca de mí. Su justificación en ese entonces había sido de lo más posesiva y directa : “Es que quiero verte todos los días, Valeria; de verdad que yo no puedo vivir lejos de ti”.
Después de que nació Sofi, dejé el estudio en manos de una gerente de toda mi confianza para poderme dedicar a la bebé, controlando únicamente los diseños desde casa. Los reportes de ganancias me los seguían mandando puntual cada mes. Yo siempre fui de las mujeres que no les gusta depender económicamente de nadie; me daba mucha tranquilidad saber que gastaba de lo mío.
Pero a Mateo siempre le daban unos celos tremendos por esa independencia mía. Más de una vez me abrazaba por la espalda y se quejaba con un tono de niño consentido:
—Esposa… es que si no te gastas mi dinero, siento que soy un adorno inútil en esta casa.
Y acto seguido, me plantaba su tarjeta de crédito negra en la mano con una mirada toda chantajista:
—Ándale, vete a las subastas a entretenerte un rato. Si ves alguna antigüedad o una joya cara que te llame la atención, cómpratela toda, hazme ese enorme favor, ¿sí?
Ante esos ruegos tan tiernos, yo terminaba cediendo y me iba a las subastas a traerme las piezas que más me gustaban. Y cada vez que regresaba a la casa cargada con mis compras, Mateo se ponía más feliz que si hubiera firmado el contrato multimillonario de su vida. Se le notaba la alegría en los ojos, una satisfacción enorme que no podía disimular. Resulta que la seguridad de ese hombre consistía, curiosamente, en ver que su esposa se gastara sus millones.
El lunes por la mañana, llevar a Sofi al kínder se sintonizó una verdadera tortura emocional para mí. La tenía abrazada contra mi pecho y no encontraba el momento de soltarla, hasta que me tuve que fajar el corazón y se la entregué a Doña Rosa para que la metiera al plantel.
Tenía la intención de darme una vuelta por mi estudio de joyería para revisar cómo iban las cosas en persona, pero en cuanto di la vuelta, Mateo me sujetó firmemente de la muñeca. Se puso terco y aferrado, dándome mil pretextos con tal de que no me fuera de su lado. Tuve que llenarme de paciencia y consentirlo bastante hasta que por fin aceptó irse a sus oficinas a trabajar, pero no dejó de repetirme lo mismo como disco rayado:
—Paso por ti al estudio en la tarde, ¿de acuerdo? Y de ahí nos vamos los dos juntos a recoger a Sofi al kínder.
Las letras transparentes volvieron a zumbar con tono de burla:
“No juegues, a este paso el protagonista va a terminar mudando toda su oficina a la casa con tal de no perderla de vista.” “Quiere tenerla checada las veinticuatro horas para estar tranquilo.” “Es normal, perder a alguien de la nada y luego recuperarla te deja un trauma bien cabrón.”
Sentí un vacío medio amargo en el estómago al leer eso; me daba cuenta de que, aunque en la superficie todo parecía estar volviendo a la normalidad, en el fondo las cosas ya no eran iguales, las heridas seguían abiertas.
Ya por la tarde, Mateo llegó a buscarme al estudio de diseño muchísimo antes de la hora acordada, llevándose varias horas de anticipación. Me dio la impresión de que en realidad ni había ido a trabajar a su empresa y se la había pasado todo el día estacionado afuera del local esperándome.
En cuanto sonó el timbre de salida del kínder, me puse de puntitas cerca de la reja principal, buscando con la mirada a Sofi por todos lados, pero por más que estiraba el cuello, no alcanzaba a ver su figura entre la multitud de niños. En ese preciso momento, el celular de Mateo empezó a sonar; era una llamada de Doña Rosa.
Al colgar, su rostro se sintonizó serio y me dijo con voz grave:
—Valeria, me dice Doña Rosa que la directora de la escuela quiere hablar urgentemente con nosotros.
Me dio pendiente que si Mateo entraba con el genio que se cargaba se fuera a armar un problema más grande, así que le sugerí rápido:
—Mira, mejor déjame ir a mí sola a ver qué pasó con Sofi. Tú espéranos aquí afuera en el carro para que no te presiones.
Él asintió de buena gana, mostrándose muy obediente, y se quedó ahí sin objetar nada.
Mientras caminaba hacia el salón de clases acompañada por una de las maestras, la señorita intentó explicarme la situación con mucha diplomacia:
—Mire, señora, lo que pasa es que hoy, durante la clase de pintura, hubo un percance con uno de los niños del grupo, que es un poquito brusco e hiperactivo … Sin querer, le tiró todos los botes de pintura encima al dibujo que estaba haciendo Sofi, y luego la empujó un poco.
La maestra hizo una pausa corta, observándome con cautela, y añadió:
—La niña Sofi no lloró ni hizo ningún berrinche, pero se sintonizó de un genio terrible y está muy retraída.
Se me oprimió el pecho de la angustia y aceleré el paso hasta llegar a la puerta del aula. Al asomarme, vi a mi pobrecita Sofi sentada en una sillita de plástico; traía el cabello todo despeinado y su precioso vestido rosa estaba manchado con unos manchones horribles de pintura verde fosforescente.
A unos metros de ella, parada con una actitud de lo más prepotente y chocante, estaba una señora junto a su hijo, un niño bastante robusto que miraba a todos con aires de burla. Me dolió tanto ver a mi hija en ese estado que la sangre me hirvió en las venas. Con paso firme, entré al salón para ponerle fin a esa situación injusta.
Me acerqué a mi niña a paso rápido, la levanté en brazos con mucho cuidado y le di unas palmaditas suaves en la espalda para consolarla.
—Sofi, mi amor, ¿qué pasó? ¿Te hicieron algo? Cuéntale a mamá, ¿estás lastimada? —le pregunté con la voz llena de dulzura.
Antes de que mi hija pudiera responder, la mamá del niño se cruzó de brazos y me soltó con un tono de lo más altanero:
—Ay, señora, por favor. Los niños juegan y se pelean, es lo más normal del mundo. ¿Tanto drama por un pedazo de papel? Si quiere le compramos diez hojas nuevas y ya, asunto arreglado.
“¡No manches, qué coraje con esa señora! ¿Cómo que un pedazo de papel? ¡Que la protagonista la ponga en su lugar!”
Sentí que el cuerpo de Sofi temblaba contra el mío; tenía los ojitos llenos de lágrimas, pero se aguantaba las ganas de llorar con una terquedad que me partió el alma. La rabia me cegó. Bajé a Sofi con mucha delicadeza, me hinqué frente a ella y miré de reojo al niño bravucón.
—Sofi, escúchame bien —le dije con voz firme y clara—. Si alguien te molesta, no te tienes que quedar callada. Empújalo de vuelta. Mamá está aquí y nadie, absolutamente nadie, te va a hacer sentir mal. Yo me hago responsable.
Sofi se mordió el labio, asintió con una carita llena de determinación y, con un movimiento rápido, empujó al niño con sus dos manitas. El chamaco regordete perdió el equilibrio, cayó de sentón al piso y soltó un berrido tremendo.
La mamá del niño se puso roja del coraje, se arremangó la blusa y se me iba a ir encima, pero en ese preciso momento llegó el director del kínder corriendo y sudando la gota gorda.
—¡Señora, por el amor de Dios, cálmese! —le gritó el director, frenándola en seco—. ¿Sabe usted con quién está hablando? Ella es la esposa de Don Mateo. Este kínder lo construyó él, con su propio dinero, exclusivamente para su hija.
La mujer se quedó blanca como el papel. Agarró a su hijo del brazo y empezó a balbucear disculpas con la cara desencajada del terror.
—No quiero sus disculpas —le respondí con una voz de hielo, mirándola de arriba abajo —. Su forma de educar solo va a echar a perder a los demás niños. Mañana mismo quiero que le tramite su cambio de escuela. Y hágalo ahorita que estoy de buenas, antes de que decida arruinarles la vida.
Al salir del colegio, sentí cómo el cuerpecito de Sofi por fin se relajaba entre mis brazos. Hundió su carita en mi pecho y empezó a llorar quedito, sacando todo el sentimiento.
—No tengas miedo, mi reina, mamá está aquí —le susurré, dándole besitos en la cabeza.
“¡Eso es todo! ¡Por fin Sofi tiene a una verdadera mamá que la defienda como leona!”
A partir de ese día, mi niña y yo nos volvimos inseparables. Sofi empezó a contarme cositas de la escuela y, poco a poco, su carita se fue llenando de sonrisas y de una luz que yo creía perdida. Mateo también se veía muchísimo mejor; al ver que yo no iba a desaparecer, bajó sus defensas y regresó de lleno a la empresa, mientras yo me dividía entre mi estudio de diseño y mi hija. Todo parecía perfecto.
Una tarde, estábamos jugando en el jardín cuando Doña Rosa llegó apurada:
—Señora, hay una mujer allá afuera. Dice que es amiga del patrón.
“¡Uy, la otra mujer! La que se le andaba insinuando a Mateo cuando la impostora estaba encerrada.”
Levanté una ceja. Le dije a Doña Rosa que la dejara pasar y mandé a Sofi a jugar con las mariposas. Entré a la sala y me topé con una mujer muy arregladita, con un suéter color crema y una sonrisa que se notaba a leguas que era más falsa que un billete de tres pesos.
—Hola, señora. Soy Leticia —me dijo con una vocecita muy melosa—. Estudié con Mateo en la universidad.
Me senté en el sillón con mucha calma.
—Qué raro, yo también fui a esa universidad y Mateo jamás me habló de ti —le respondí, cortante.
La tipa apretó la mandíbula. En ese momento, Sofi entró corriendo a pedirme agua. Leticia se quiso hacer la muy cercana, sacó un rompecabezas de su bolsa y le dijo:
—Sofi, mira lo que te traje. ¿Te acuerdas de mí? Yo te cuidé cuando estuviste enfermita.
Sofi se asustó y se escondió detrás de mis piernas. Yo le puse la mano en la cabeza a mi hija y miré a Leticia con frialdad:
—Sofi le tiene miedo a los extraños. Le agradezco la intención, pero no aceptamos el regalo.
Leticia se quedó con la mano estirada, tragándose el coraje. Justo en ese momento, escuché la puerta principal. Era Mateo. Él entró, vio la escena y frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir ni media palabra, cargué a Sofi y le lancé una mirada asesina.
—Ahí te dejo a tu visita —le solté, y me subí a la recámara de la niña, cerrando la puerta con seguro.
Estaba fúrica. Por la noche, no dejé que Mateo entrara al cuarto de la niña y me dormí con ella. Ya de madrugada, cuando bajé a nuestra recámara, Mateo estaba ahí sentado, esperándome con una cara de perrito regañado.
Se quiso acercar a abrazarme, pero me hice a un lado.
—Valeria, mi amor… —me rogó, jalándome despacito de la pijama—. Ya hablé con ella. Le dejé clarísimo que no vuelva a poner un pie en esta casa.
Me metí a la cama y le di la espalda. Él se acostó detrás de mí y me abrazó con muchísima culpa:
—Ese día que Sofi se enfermó, tenía una fiebre altísima y no paraba de llorar. Yo ya no sabía qué hacer. Leticia llegó de casualidad por unos papeles médicos de su papá y, no sé cómo, logró calmar a la niña. Te juro que yo estaba tan desesperado por Sofi que me hice de la vista gorda con sus intenciones. Fui un estúpido, perdóname… hazme lo que quieras, pero por favor, no me dejes de hablar.
La sinceridad en su voz me ablandó. En la oscuridad, escuché su respiración pesada y su murmullo en mi oído:
—Te amo con toda mi alma, Valeria.
Yo también lo amaba. Faltaba muy poco para el cumpleaños número cinco de Sofi. Quería darle a mi familia el mejor regalo del mundo para compensar esos tres años perdidos.
Días después, pensé que ya estábamos del otro lado, que todo era paz y felicidad. Pero una noche me desperté de madrugada con muchísima sed. Toqué el lado de Mateo en la cama y estaba vacío.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Salí al pasillo y vi que la puerta del balcón estaba abierta; había una pequeña luz roja brillando en la oscuridad. Era Mateo. Estaba parado en el frío, fumándose un cigarro que ya casi le quemaba los dedos, mirando hacia el vacío del jardín con unos ojos muertos, como si estuviera a punto de saltar.
De repente, una pantalla roja gigante apareció frente a mis ojos con una alarma ensordecedora del sistema: “¡ADVERTENCIA! Signos vitales del objetivo inestables. Niveles de depresión y pensamientos autodestructivos al límite. Se requiere intervención inmediata de la usuaria.”
Se me heló la sangre. ¿Todo este tiempo sus sonrisas de día habían sido una farsa para no preocuparme?
Corrí hacia el balcón y lo abracé por la espalda con todas mis fuerzas. Mateo dio un brinco, como si lo hubiera sacado de una pesadilla. Tiró el cigarro e intentó ponerme una sonrisa falsa:
—Mi amor, ¿qué haces despierta? Hace mucho frío, métete…
No lo dejé terminar. Me puse a llorar en su pecho:
—Soñé que nos abandonabas… que te parabas aquí y te tirabas al vacío.
Mateo se quedó en silencio, temblando. Finalmente, pegó su frente helada contra la mía y se quebró por completo. Su voz era un susurro roto por el dolor:
—Valeria… no sabes lo que es esto. No puedo controlar estos pensamientos horribles. Solo pienso que esto es un sueño, que me voy a despertar y tú ya no vas a estar, y que no voy a poder proteger a Sofi. Siento que ya no aguanto más… “¡Qué dolor! Mateo nunca superó el trauma de perderla, solo lo escondió. Está sufriendo estrés postraumático severo. ¡Abrázalo, por favor!”
Esa noche entendí que mi esposo estaba al borde del abismo. Al día siguiente, cancelé todo mi trabajo en el estudio y contraté a los mejores psiquiatras y psicólogos. No lo dejé solo ni un instante. Lo obligué a involucrarse en cada pequeño momento de Sofi: a peinarla, a jugar a los legos, a llevarla a la escuela. Le recordé todos los días que él era nuestro pilar, que su hija lo necesitaba vivo y fuerte.
El amor de su hija y la responsabilidad de ser padre fueron el ancla que lo salvó. Mateo empezó a tomar sus terapias en serio y su medicación.
El día del cumpleaños número cinco de Sofi llegó. Adornamos toda la casa como un cuento de hadas. Cuando bajó las escaleras, la niña se quedó con la boca en forma de “O” al ver una montaña gigante de regalos en la sala. Eran los regalos de sus dos, tres y cuatro añitos que yo no le pude dar.
Abrimos todos los juguetes entre risas y llantos de alegría. Al final, saqué tres cuadros envueltos con mucho cuidado y se los entregué a Mateo.
—¿Esto es para mí? —preguntó, sorprendido.
—Es para los dos —le sonreí.
Eran tres retratos hiperrealistas que mandé a hacer con un pintor muy famoso. Usando fotos de Sofi de bebé, el artista pintó a nuestra familia unida celebrando los cumpleaños que nos perdimos. Era la prueba física de que, en el corazón, nunca me fui.
Sofi tocó el cuadro con sus deditos, nos miró a los dos, y de repente, corrió hacia mí y me abrazó del cuello con todas sus fuerzas.
—¡Mamá! —gritó con una voz clarita, llena de un amor inmenso.
Las lágrimas se nos escurrieron a Mateo y a mí. Luego, la niña estiró sus bracitos hacia su papá. Mateo, temblando de la emoción, nos envolvió a las dos en un abrazo enorme, llorando como un niño chiquito. “¡Estoy llorando a mares! Por fin le dijo mamá. Qué familia tan hermosa, el papá llorando me destruye.”
El tiempo voló y la primavera volvió a llegar. Los médicos dieron de alta a Mateo, mi estudio de joyería fue un éxito total, y mi Sofi era la niña más platicadora y feliz de todo su kínder.
Una tarde de domingo, estábamos haciendo un picnic en el jardín. Mientras le servía juguito a Sofi, las letras doradas del sistema aparecieron flotando frente a mí por última vez: “Misión cumplida al 100%. Estabilidad del mundo restaurada. El sistema se desconectará para siempre. Les deseamos una vida hermosa. Adiós.”
Las letras brillaron como luciérnagas doradas y desaparecieron en el aire, llevándose toda la magia extraña y dejándonos solo nuestra vida real.
A lo lejos, Mateo venía corriendo por el pasto con Sofi montada en sus hombros, riéndose a carcajadas bajo la luz del atardecer.
—¡Mamá, mamá! ¡Le gané a papá! —me gritó mi niña, agitando las manitas.
Mateo bajó a Sofi, se acercó a mí con una mirada llena de una paz absoluta, y me dio un beso tierno y profundo en la frente.
—Ganamos, mi amor —me susurró.
Y tenía toda la razón. Habíamos recuperado nuestra vida. Mientras el sol se escondía y las cigarras empezaban a cantar, las sombras de nosotros tres se proyectaron unidas sobre el pasto, prometiéndonos un futuro donde ya nada ni nadie nos iba a separar.
