Parte 1:
Soy Ximena, oficial de la policía de la Ciudad de México, y esa noche el aire en la patrulla 24 estaba tan denso que costaba respirar. Mi compañero Carlos manejaba con la mandíbula tensa, acelerando a fondo sin encender las sirenas por las calles residenciales de Coyoacán. Las palabras de la operadora del 911 seguían zumbando en mi cabeza: una niña pequeña, aterrorizada, hablando de un m*nstruo que la lastimaba.
Frenamos de golpe frente al número 278. Era una casa hermosa, resguardada por un portón blanco y rodeada de un pasto tan impecable que parecía de revista. Todo estaba envuelto en un silencio perturbador, demasiado perfecto para ser el escenario de una emergencia real. Intercambié una mirada fría y llena de sospecha con Carlos. Tocamos la pesada puerta principal con todas nuestras fuerzas, exigiendo respuestas rápidas.
Pasaron diez segundos que se sintieron como una eternidad absoluta. Finalmente, el sonido de la chapa girando rompió el silencio. Un hombre alto, de unos 40 años, nos recibió. Su actitud me revolvió el estómago: tenía una sonrisa educada y una voz perturbadoramente calmada. —Buenas noches, oficiales. ¿En qué los ayudo? —preguntó sin parpadear.
Carlos se cuadró, manteniendo una postura firme frente a él. —Recibimos un reporte de emergencia del 911 desde este domicilio.
El sujeto, presentándose tranquilamente con el nombre de Mauricio, frunció el ceño aparentando una confusión casi teatral. —Seguro es un error, oficiales. Todo está perfecto aquí, mi hija ya está dormida.
En ese preciso e incómodo instante, un sollozo desgarrador cortó el aire desde el interior de la casa.
Levanté la vista hacia lo alto de la elegante escalera. Allí estaba ella. Una niña de unos 8 años, frágil, temblando dentro de una pijama rosa y aferrada desesperadamente a un peluche sucio. La luz del pasillo iluminó sus pequeños brazos, y sentí que el corazón se me detenía en el pecho. Estaban cubiertos de enormes y oscuros m*retones. No eran golpes normales; eran marcas anchísimas, simétricas, como si algo gigantesco la hubiera presionado con una fuerza descomunal.
—Papá… —susurró ella, clavando sus ojitos aterrorizados en el piso de madera.
No soporté más la farsa de ese sujeto. Empujé la pesada puerta con mi hombro, lista para enfrentarme a lo que fuera que estuviera pasando ahí adentro. Tenía que llegar a ella. Tenía que saber qué le había hecho.
¿QUÉ MACABRO SECRETO ESCONDÍA ESTE HOMBRE BAJO EL PISO DE SU LUJOSA CASA Y QUÉ ERA ESA BESTIA DE LA QUE HABLABA LA NIÑA?!
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