Parte 1:
Hacía un calor sofocante esa tarde, pero el cristal de la puerta de la sala de espera del Ministerio Público estaba helado cuando apoyé mi frente contra él.
Adentro, sentada en una silla de madera vieja y recargada contra esos típicos azulejos desgastados que huelen a pino barato y desesperación, estaba mi sobrina, Lupita. Apenas tiene siete años. Estaba envuelta en esa cobijita amarilla que le trajimos de la casa, abrazando a su osito de peluche con tanta fuerza que sus pequeños nudillos estaban blancos. El moretón oscuro y reciente debajo de su ojo contrastaba cruelmente con lo pálido de su carita.
Del otro lado del cristal, en el pasillo, el aire simplemente ardía.
Yo estaba parado frente al Licenciado Garza, el hombre que se creía el dueño de medio pueblo. Llevaba su impecable camisa blanca, su pantalón de vestir sin una sola arruga, y sostenía su maletín de cuero pegado al pecho como si fuera un escudo. Su aliento olía a café caro y a puro cinismo.
—Héctor, no seas terco, muchacho —me dijo, bajando la voz y acercándose con una falsa confianza que me revolvió el estómago—. Toma el arreglo. La chamaca se cayó, fue un simple ccidente. No quieres hacer de esto un circo que arruine a toda tu familia.
Sentí cómo la s*ngre me hervía en las venas. Mis manos temblaban del puro coraje. A través del vidrio, vi a Lupita encogerse un poco más, tapándose las orejitas con una mano, como si pudiera escuchar las venenosas mentiras de ese hombre a pesar de la puerta cerrada.
Él intentó ponerme una mano en el hombro, dándoselas de figura paterna.
—Piensa en tu futuro. Un juez nunca te va a creer a ti, un simple mecánico, contra alguien como yo.
El silencio en ese pasillo era ensordecedor. Solo se escuchaba el zumbido de una lámpara fundida arriba de nosotros. Miré su maletín. Miré su rostro arrogante. Y luego, me giré para ver a la niña a través del cristal. Ella levantó la vista lentamente y sus ojitos, llenos de un t*rror mudo, se encontraron directamente con los míos.
Sabía que si aceptaba ese trato, si daba un solo paso atrás, la estaría condenando a volver a las grras de su agesor. El nudo en mi garganta casi no me dejaba respirar, pero la decisión ya estaba tomada. Me acerqué al Licenciado, tan cerca que pude ver cómo se le borraba la maldita sonrisa.
¿QUÉ ESTABA DISPUESTO A HACER PARA PROTEGER A MI SANGRE DE ESE MONSTRUO CON CORBATA?
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