
PARTE 1
Mi esposo le puso una sustancia extraña a mi bebida, todo por culpa de su queridísima amante. Al final, él fue quien terminó volviéndose loco de arrepentimiento.
Justo en nuestro tercer aniversario de bodas, Luis me echó algo en el jugo a escondidas. Hasta llamó a unos vagabundos con la idea de meterme en el sótano más asqueroso de los barrios bajos. Todo porque la mosca muerta de su amante le lloró diciendo: “Mi amor, ya no quiero pasarme la vida siendo un secreto”.
Yo me le quedé viendo al vasito de jugo, sonreí y, sin hacer ruido, lo cambié por el que estaba frente a él. A fin de cuentas, él compró las cositas. Él mismo contrató a los tipos. Un paquete todo incluido como este… qué lástima sería desperdiciarlo, ¿verdad?
Ese día de nuestro aniversario, mi queridísimo Luis Alberto había reservado en un restaurante súper exclusivo. Rara vez se arreglaba tanto, traía un traje negro impecable. Todo perfecto, gemelos en su lugar y un ramo de 99 rosas en las manos. Me quedé viendo las flores tres segundos… muy lindo todo, lástima que los pétalos ya estaban negros y las hojas marchitas, descansando en paz. La neta, el estado de ese ramo era el reflejo exacto de nuestro matrimonio.
Luis me entregó las flores con una voz tan dulce que empalagaba. “Ana Sofía, estos tres años han sido pesados para ti.” Casi me atraganto con eso.
Pues claro que pesados. El primer año de casados, su ex, Camila, regresó al país. Dijo que acababa de cortar, que andaba depre y le daba miedo vivir sola. Luis, ni tardo ni perezoso, le consiguió un departamentazo cerca de su oficina.
El segundo año, la doña quiso emprender, fracasó y se endeudó hasta el cuello. Luis me abrazó diciendo “ay pobrecita, me da mucha lástima”, y en un abrir y cerrar de ojos le transfirió un dineral.
El tercer año, al gato de Camila se le cayó un mechón de pelo. Y Luis me dejó plantada a la mitad de mi fiesta de cumpleaños en la madrugada para llevar al michi a urgencias. Cuando le pregunté, “¿Y qué, si vas tú se lo vas a volver a pegar?”, se enojó y me soltó un sermón. “Ana Sofía, ¿es en serio que ni siquiera toleras a un pobre gato? Eres increíble.”
A la mitad de la cena, el mesero trajo dos jugos. Luis empujó el vaso izquierdo hacia mí. “Traes mal el estómago, mejor no tomes alcohol, tómate este jugo”.
Vi cómo apretaba los puños. Ocho años de conocerlo, me sé sus mañas de memoria. Siempre hace eso cuando miente. Luis me miraba fijamente, se le notaba lo tenso, emocionado y desesperado, ni lo disimulaba.
Se me heló la sangre. Me quería hacer daño. En ese momento vibró mi celular. Era el investigador privado que contraté.
“Señora Ana, a las 3 pm, Luis fue al mercado negro a comprar unas sustancias. Luego contactó a cuatro vagabundos; el punto de encuentro es el sótano de los edificios viejos en el Callejón Sur. Ya le mandé al correo los audios, transferencias y fotos de las cámaras”.
Puse el teléfono boca abajo. Al ver que no tocaba el jugo, la sonrisa de Luis se tensó.
“¿Por qué no le tomas? Si te encanta el jugo de naranja”.
Lo miré a los ojos. “Toma tú del tuyo primero”.
Luis agarró el vaso derecho y le dio un traguito. “Ya, ¿más tranquila?” me dijo sonriendo.
Yo también sonreí. Claro que ese vaso no tenía nada, el que tenía el premio estaba frente a mí. Al fingir que iba a agarrar el vaso, tiré la servilleta a propósito. Por puro reflejo, él se agachó a recogerla. En ese milisegundo, cambié los vasos.
Él me devolvió la servilleta con cara de perdonarme la vida. “Ana Sofía, hoy tenemos que hablar en serio”.
Agarré mi vaso ya seguro y le di un sorbo. “¿De qué?”.
Al ver que tomé, se relajó por completo. “Últimamente Cami anda mal, siente que vive sin un lugar formal…”.
Asentí. Camila no tendría un lugar formal, pero para gastarse mi dinero sí tenía mucha presencia.
“Quiero darle una respuesta”, siguió él. Parpadeé. “¿Y?”.
Hizo una pausa dramática. “Vamos a divorciarnos”.
No me sorprendió ni un poquito. Si quería divorciarse, con decirlo bastaba. Pero a fuerzas tenía que ponerme algo en la bebida para destruirme. Todo porque firmamos un acuerdo prenupcial: el que fuera infiel, se iba a la calle sin un centavo. Por tacaño me quería arruinar la reputación y así hacerse él la víctima.
Fingí quedarme en shock y dejé que se me pusieran los ojos llorosos. “Luis, ¿me vas a dejar por ella?”. A él le brillaron los ojos de orgullo. Seguro pensó que le iba a rogar.
“Ana, no la culpes, en el amor no se manda”, me dijo muy suavecito.
Asentí. “Ok, no se manda”. Luis se quedó mudo. Le empujé su vaso. “Tómale, con tanta plática ya te dio sed”.
Andaba de tan buen humor que no sospechó nada y se empinó el vaso. Uno, dos tragos… se acabó medio vaso en segundos.
De repente, frunció el ceño y se aflojó la corbata. “¿Se descompuso el aire acondicionado o qué?”.
“¿Tienes calor?” le pregunté toda linda. Ya estaba sudando a chorros y respirando agitado.
En eso, su teléfono vibró. Camila le mandó la ubicación: “Amor, ya estoy en los edificios viejos, tráetela rápido. Pasando esta noche, ya no tendrá cara para llamarse tu esposa”.
Terminé de leer y lo miré. El pobre ya se estaba agarrando de la mesa para no caerse.
“Tranquilo”, le dije suavecito. “Yo te llevo”.
Ya que armó este teatrito con tantas ganas, pues que el protagonista sea él.
Lo subí al coche y el güey todavía intentaba mantener la compostura. “Ana, me siento mal, mejor vamos a casa”.
“¿A casa a qué? ¿No que ya tenías el lugar listo?” le contesté mientras le ponía el cinturón.
Volteó a verme de golpe, ya con el pánico asomándose. “¿Qué sabes?”.
Puse el GPS al sótano del callejón. Luis se puso blanco como el papel.
“Ay, mi amor, las sorpresas de aniversario hay que llevarlas hasta el final”, le sonreí.
Quiso jalarme el volante, pero la sustancia actuó rapidísimo, los brazos no le daban para más y solo se quedó jadeando en el asiento.
Lo miré de reojo. Esta cara me tuvo enamorada muchos años. En la uni me salvó de un tipo pesado , me cargó a la enfermería cuando me dio gastritis … Yo juraba que eso era amor. Después entendí que la ternura de algunos hombres es como las promociones del súper. Cuando abren el negocio hacen mucho ruido, pero a la hora de pagar solo queda un desastre.
PARTE 2: EL EFECTO KARMA Y LAS CUENTAS CLARAS
Llegamos a la zona de los edificios viejos. Ahí estaba Camila, parada justo en la entrada del callejón. Llevaba un vestido blanco impecable, un chal ligero de color pastel y su bolsita de marca colgada del brazo. Tenía los ojos falsamente llorosos, ensayando su papel de víctima desamparada, y en cuanto vio que mi coche se estacionaba, en su rostro se dibujó la estúpida sonrisa de quien se cree ganadora de la lotería.
Pero esa sonrisita se le borró por completo en un segundo cuando abrí la puerta del copiloto.
El primero en bajarse —o más bien, en caerse de cabeza al suelo de puro concreto— fue Luis Alberto. Estaba hecho un asco. Se aferraba a la puerta del coche con las manos temblorosas, tenía el cuello completamente rojo por el calor de la sustancia que se había tomado, y su camisa de marca estaba empapada de sudor, pegada a su cuerpo como una segunda piel hecha de pura culpa.
Camila pegó un grito que casi rompe los vidrios del carro. —¡Luis Alberto! ¡¿Pero qué carajos te pasó?! ¡¿Por qué estás tú así?!
Yo me bajé con mucha calma del asiento del conductor, poniendo mi mejor cara de mensa y de asombro total. La miré fijamente y le dije con la voz más temblorosa que pude ensayar: —Camila… ¿qué haces tú aquí a estas horas de la noche? Qué coincidencia tan rara, ¿no?
A la tipa se le desencajó la mandíbula. Intentó hablar, pero no le salían las palabras. Se quedó como estatua, alternando la mirada entre Luis Alberto, que gemía en el piso lleno de tierra, y yo.
En eso, se escucharon unos pasos pesados y arrastrados saliendo de la oscuridad del sótano. Eran los cuatro vagabundos que Luis Alberto había contratado esa tarde. Asomaron sus caras llenas de mugre por la pesada puerta de fierro. El que parecía el líder traía un celular viejo en la mano y gritó sin pizca de vergüenza: —¡Qué onda! ¿Ya trajeron a la vieja o qué? ¿Cuándo nos vas a soltar el resto de la lana que prometiste, carnal?
A Luis Alberto se le abrieron los ojos del puro terror. Le temblaba hasta el apellido. Trató de pararse apoyándose en la llanta del coche y les gritó con la poca voz que le quedaba en los pulmones: —¡Lárguense! ¡Váyanse a la chingada todos! ¡No se acerquen!
But esos tipos ya andaban bien tomados, además ya se habían gastado el dinero del anticipo en vicios. ¿A poco iban a dejar ir el resto del negocio así como así? Uno de ellos, un tipo enorme con una cicatriz en la ceja, se le acercó de mala gana y escupió al suelo: —A mí no me vas a gritar, pinche catrín. Ya hicimos el paro de esperar aquí en el frío, ahora nos pagas el resto de la lana o te va a ir muy mal.
El callejón se volvió un auténtico manicomio. Yo di un par de pasos hacia atrás, me pegué a la pared oscura y saqué mi celular. Con toda la sangre fría del mundo, le piqué a grabar video. Claro, apunté la cámara ligeramente hacia el piso para no grabar nada explícito que pudiera meter al bote a los tipos antes de tiempo, pero el audio… el audio estaba quedando de rechupete como evidencia para el juez.
Camila, en un arranque de desesperación por salvar su minita de oro, se lanzó a querer levantar a Luis Alberto. Pero el imbécil ya no coordinaba, el efecto de lo que había comprado estaba al cien por ciento en su sistema. En cuanto sintió que alguien lo tocaba, la agarró del brazo con una fuerza brutal, jaloneándola hacia el suelo. —¡Cami, ayúdame! ¡Sácame de aquí, me estoy quemando por dentro! —alcanzó a balbucear, pero no pudo terminar la frase porque los vagabundos se les fueron encima, hartos de los gritos y listos para cobrar a la mala.
A la mosca muerta se le puso la cara verde del puro susto. Pegó un alarido ensordecedor, intentó echarse para atrás, pero el piso del callejón estaba lleno de lodo y porquería. Se resbaló horrible y cayó de sentón. Su precioso vestido blanco de diseñador quedó completamente cubierto de fango negro y miados de perro.
Fue el momento perfecto. Guardé el celular en la bolsa de mi chamarra, saqué todo el aire de los pulmones para que la voz me saliera quebrada y llamé al 911. —¡Por favor, ayúdenme! Estoy aquí en el Callejón Sur, en los edificios viejos… Hay un grupo de personas agrediendo a mi esposo, parece que lo drogaron o algo, ¡manden una patrulla y una ambulancia rápido, por favor!
Colgué. Me crucé de brazos y miré a Camila. La pobre tenía los ojos fijos en la nada, el rímel chorreado por toda la cara y los labios le temblaban como si tuviera hipotermia. En el fondo del sótano se empezaron a escuchar los gritos desesperados y agónicos de Luis Alberto. Era un sonido tan grotesco y doloroso que daba auténticas náuseas.
Camila se tapó las orejas con las manos, llorando a mares. —¿Por qué…? ¡¿Por qué pasó esto?! Se supone… se supone que tenías que ser tú la que estuviera ahí adentro… —susurró entre dientes, pero la traicionó el subconsciente.
Justo en ese momento cayó en cuenta de que yo seguía parada a medio metro de ella, viéndola desde arriba. Me agaché tantito, con cara de lo más comprensiva y le pregunté bajito al oído: —¿Quién se suponía que tenía que estar ahí metida, Camila? Dímelo bien.
La cara de la tipa se puso más blanca que una pared de hospital. Quiso inventar una de sus típicas excusas baratas, pero la presión fue tanta que los ojos se le pusieron en blanco y se desmayó ahí mismo, quedando tirada en el lodo junto a su bolsa de marca.
Miré a la que estaba desparramada en el suelo, luego giré la cabeza hacia la entrada del sótano de donde venían los lamentos de mi futuro exesposo, y solté un suspiro dramático. —Vaya, la neta el amor es bien pinche hermoso —pensé para mis adentros—. Tan hermoso que la amante prefiere desmayarse antes de aceptar que me quería tirar el muerto a mí.
Las sirenas de la policía y de la ambulancia empezaron a resonar a lo lejos, retumbando en las paredes del callejón. Llegaron casi al mismo tiempo. Yo salí corriendo hacia ellos, secándome unas lágrimas inexistentes y fingiendo un ataque de pánico de esos que merecen un premio de actuación en la televisión. —¡Oficial, qué bueno que llegaron! —le grité al policía que iba al frente—. No sé qué pasó… Mi esposo se empezó a sentir súper mal en el restaurante, me dio una dirección en su teléfono diciendo que venía a ver a un amigo y cuando entramos a este lugar, todo se salió de control.
El policía me miró con desconfianza, anotando todo en su libreta de gobierno. —¿Andaba en malos pasos su señor, o qué hace usted aquí en una zona tan peligrosa a esta hora, jefa?
Saqué el teléfono de Luis Alberto, que le había quitado del bolsillo del saco mientras lo subía al coche, y se lo mostré a la patrulla. —Es que a su celular llegó una ubicación de esta muchacha que está tirada allá —señalé a Camila—. Yo pensé que eran sus amigos de la oficina o algo así…
Claro, esa era la ubicación que Camila le había mandado con toda la mala leche del mundo para confirmar que la trampa estaba lista. El plan original era que Luis Alberto me metiera a la fuerza a ese sótano mugriento para grabarme y dejarme en la calle sin un peso. Pero el destino tiene un sentido del humor bien pesado, y yo simplemente le regresé el regalito completito a su dueño original.
Cuando los paramédicos sacaron a Luis Alberto en la camilla, el tipo ya iba casi inconsciente. Traía la ropa rota, colgada en jirones, y la cara cubierta de una mezcla de sudor, lágrimas y tierra. En cuanto abrió un poco los ojos y me vio parada junto a los policías, me lanzó una mirada tan llena de odio y veneno que me dio escalofríos. —Ana Sofía… tú… perra… tú me hiciste esto… —alcanzó a balbucear con la boca pastosa.
Me lancé sobre la camilla, agarrándole la mano con una desesperación fingida que hasta a mí me dio lástima. —¡Luis Alberto! ¡Mi amor, ¿qué te hicieron?! Por favor, no me asustes así, te lo ruego… ¡Ay, doctor, haga algo, se me está muriendo!
El paramédico me quitó suavemente de la camilla, mirándome con ojos llenos de lástima por la “pobre esposa abnegada”. Luego volteó a ver a Luis Alberto con tremendo desprecio: —Ya cállese la boca, señor, deje de insultar a su mujer que fue la que le salvó el pellejo llamando a las emergencias.
Luis Alberto del puro coraje no pudo ni respirar, torció los ojos y se volvió a desmayar del dolor. Antes de que cerraran las puertas de la ambulancia, alcancé a oír al médico decirle al chofer por el radio de la unidad: —Dale rápido al hospital general, el paciente trae un trauma severo en la zona anal y rectal, desgarres graves, hay que meterlo directo a cirugía de reconstrucción.
Me di la vuelta, me pasé la mano por la cara para limpiarme las supuestas lágrimas y tuve que morderse los labios con fuerza porque casi me gana la carcajada ahí mismo frente a la patrulla.
Al día siguiente, por la tarde, Luis Alberto por fin reaccionó de la anestesia. Fui al hospital y me encontré con una escena digna de telenovela barata de las tres de la tarde. Estaba en la habitación 402, acostado completamente boca abajo, con la cara hundida en la almohada y las nalgas apuntando al techo bajo una sábana clínica. El doctor nos había explicado que debido a la gravedad de las lesiones en el esfínter y el recto, no iba a poder sentarse ni ponerse bocarriba en un buen par de meses si quería que los puntos de sutura no se le reventaran. Esa descripción médica estuvo tan detallada que tuve que contenerme cinco segundos enteros para no soltar la risa frente a toda su familia.
Porque claro, ahí estaba toda la corte celestial. Doña Elena, la mamá de Luis Alberto, estaba sentada en una silla chillando como si se le hubiera muerto el perro, dándose golpes en el pecho. —¡Ay, mi hijo adorado! ¡¿Por qué te pasó esto a ti?! ¡¿Quiénes fueron esos malditos animales que te hicieron semejante cochinada?!
Don Ricardo, el papá, tenía la cara colorada del puro coraje. Sentía que el estúpido de su hijo le había escupido en el apellido y en el honor de la familia ante toda la sociedad. Para colmo de males, Camila estaba internada en el cuarto de al lado; se la había pasado vomitando del puro ataque de nervios desde que despertó, y las enfermeras andaban de arriba a abajo con ella.
Entré a la habitación cargando un termo con caldo de pollo, fingiendo la cara más triste del mundo. En cuanto me vio, Doña Elena se me dejó ir encima, agarrándome de los hombros. —¡Ana Sofía, por la Virgen de Guadalupe, dime qué pasó! ¡¿Por qué Luis Alberto terminó en ese lugar tan horrible con esa gente tan asquerosa?!
Me tallé los ojos, poniéndolos rojos. —Ay, suegra, de verdad que yo tampoco entiendo nada. Anoche en la cena de nuestro aniversario, Luis Alberto me dijo que se sentía muy mareado và con mucho calor. Luego vi que en su celular tenía guardada esa dirección y pensé que tenía que ir a dejarle algo a alguien de urgencia. Cuando llegamos, resulta que esa muchacha, Camila, también estaba ahí metida…
A Doña Elena se le congeló la cara por completo. —¿Camila también estaba ahí? —preguntó bajito.
Asentí con la cabeza, mirando al piso con fingida pena. —Sí, suegra… Ella se desmayó del susto, así que yo también pagué su ingreso aquí en el hospital con mi tarjeta para que la atendieran y no la dejaran a su suerte.
Al oír eso, Doña Elena hasta dejó de llorar. Por más que adorara a su hijo, sabía perfectamente que la existencia de Camila era un secreto que no podía salir a la luz, un chisme que destruiría los negocios de la familia si la gente de alcurnia se enteraba de que Luis Alberto mantenía a una amante con el dinero de la empresa.
Desde la almohada, Luis Alberto giró la cara de lado, mostrando medio rostro pálido y con unos ojos que destilaban puro veneno. —¡Mientes…! ¡Ana Sofía, tú cambiaste el vaso de jugo! ¡Tú sabías todo!
Parpadeé varias veces, fingiendo una confusión total. —¿Cuál vaso, Luis Alberto? ¿De qué estás hablando?
Él apretó los dientes, haciendo que le saltaran las venas del cuello. —¡El vaso del restaurante! ¡Tú me diste a tomar el que tenía la sustancia…!
Se calló de golpe. En momentos de desesperación, la neta es que al tipo se le iba el avión por completo y no pensaba lo que decía.
Dejé el termo en la mesita de noche con un golpe seco và me acerqué a la cama. —Luis, creo que el dolor te está haciendo delirar horrible. Anoche tú mismo me serviste el jugo de naranja, me dijiste que me lo tomara por mi gastritis. Yo me tomé el mío y tú te tomaste el tuyo… ¿Acaso me estás diciendo que el vaso que me diste tenía algo malo? ¿Me querías dar algo raro a mí en nuestro aniversario?
Doña Elena volteó a verlo de inmediato, con los ojos abiertos como platos. —¡¿Qué vaso, Luis Alberto?! ¡¿Qué le diste de tomar a Ana Sofía?!
El imbécil se quedó mudo, tragándose sus propias palabras. Tenía la frente llena de sudor frío. Yo aproveché el viaje para soltarme a llorar a moco tendido, sacando el pañuelo. —¿Cómo puedes acusarme de algo así, Luis? Yo me pasé toda la noche en la delegación dando la declaración, luego me vine en la ambulancia contigo… Cuando el doctor pidió el depósito de la fianza para poder operarte de urgencia, fui yo la que sacó su tarjeta de crédito y firmó el voucher. ¡Hasta los medicamentos de Camila los pagué yo con mi propio dinero para que no dijeran que soy una mala persona!
Doña Elena ablandó la mirada por completo và me sobó la espalda con cariño. —Ay, mi niña… de verdad que eres un ángel caído del cielo, qué paciencia te cargas con este hombre.
Luis Alberto estaba que se lo llevaba la chingada, le temblaban las manos sobre la sábana. —¡Mamá, no le creas! ¡Esta vieja los está cuenteando a todos! ¡Es una maldita víbora!
Don Ricardo, que no había dicho ni una palabra, dio un paso al frente y soltó un grito que hizo retumbar las paredes del cuarto: —¡Ya cállate la pinche boca, Luis Alberto! ¡¿No te da vergüenza?! Te vas a meter a esos callejones de mala muerte a hacer tus guarradas và todavía tienes el descaro de insultar a tu esposa que te está pagando el hospital. ¡Nos vas a matar de la pura pena ajena!
—¡No, papá! ¡Yo quiero denunciar! ¡Quiero que venga la policía và la metan al bote por lesiones premeditadas! —gritó Luis Alberto, pataleando con cuidado en la cama.
Me sequé las lágrimas con un pañuelo de papel và le puse mi celular en frente de su cara. —Está bien, márcale a la policía. De hecho, qué bueno que lo pides, porque el comandante me dijo que venía para acá a terminar de armar la carpeta de investigación. Que investiguen todo, yo también quiero saber por qué mi esposo andaba metido en ese sótano con tipos extraños.
A Luis Alberto se le borró el poquito color que le quedaba en los labios. Seguro pensó que me iba a dar miedo la mención de la ley, pero entre más tranquila và dispuesta me veía yo, más se le fruncía el ceño… và bueno, otras cosas más que traía cosidas allá abajo.
La policía no tardó ni diez minutos en llegar a la habitación. Entraron dos oficiales de la Fiscalía con carpetas en la mano. Luis Alberto, aprovechando que los tenía enfrente, empezó a escupir su historia toda distorsionada desde su penosa posición boca abajo. —Oficial, ella me puso una trampa. Cambió mi bebida en el restaurante và luego me llevó a la fuerza a ese callejón para que esos hombres me destruyeran la vida. ¡Arréstenla!
El oficial principal, un tipo gordo con bigote que ya se las sabía todas en el oficio, sacó una pluma và lo miró de arriba a abajo. —A ver, señor… Si usted dice que ella le cambió el vaso… ¿cómo sabía usted que el vaso tenía alguna sustancia ilegal? ¿Usted se la puso primero para dormirla?
La habitación se quedó en un silencio tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Luis Alberto abrió la boca como pez fuera del agua, buscando ayuda de su mamá, pero Doña Elena también lo miraba con cara de sospecha.
Yo me tapé la cara con las manos, dejando salir un sollozo dramático. —¡Dios mío, Luis Alberto! ¡¿De verdad el jugo que me diste tenía droga?! ¡Me querías hacer daño a mí!
El oficial de la fiscalía interrumpió con voz firme: —Mire, señor Luis Alberto, de una vez le voy diciendo que ya revisamos las cámaras de seguridad del restaurante và las de los comercios cercanos al Callejón Sur. Además, los cuatro sujetos que detuvimos anoche ya cantaron completita la zona en el ministerio público.
Luis Alberto tragó saliva, con los ojos desorbitados por el miedo. —¿Qué…? ¿Qué dijeron esos infelices?
—Dijeron la verdad, señor —soltó el policía sin rodeos—. El número de teléfono que compró la sustancia en el mercado negro, la cuenta bancaria de donde salió la transferencia para el anticipo del sótano và los mensajes de texto para contratar a los agresores… todo está registrado a nombre de usted, de su celular personal và de su cuenta de débito norte.
A Doña Elena se le doblaron las piernas và cayó sentada en el sillón de la esquina, a punto del desmayo. Yo miré de reojo a Luis Alberto, disfrutando cada maldito segundo de su caída.
El oficial continuó, implacable: —Según la declaración de los detenidos, usted les pagó para que esperaran a una mujer con ciertas características físicas para meterla al sótano và… bueno, abusar de ella. Señora Ana Sofía, le voy a pedir que nos acompañe más tarde a la Fiscalía para levantar la denuncia formal por intento de agresión grave, porque según las pruebas, la víctima de todo este plan original iba a ser usted.
Cerré los ojos, dejando que una lágrima perfecta rodara por mi mejilla en el momento exacto. —No puedo creerlo… Tres años de matrimonio para recibir esto a cambio…
Luis Alberto empezó a gritar como loco, golpeando la almohada con los puños cerrados. —¡No! ¡Eso es mentira! ¡Ella me cambió el vaso, les digo que ella me obligó!
El policía lo miró con una lástima combinada con asco. —O sea, que usted acepta que el vaso que preparó con droga era para su esposa. Con eso nos basta para la orden de aprehensión en cuanto le den el alta médica, señor. Así que guarde fuerzas.
Justo en ese momento de clímax dramático, la puerta del cuarto se abrió despacio. Era Camila. Venía arrastrando los pies, pálida como un fantasma, vestida con la bata del hospital và aferrándose al marco de la puerta como si se fuera a caer al piso. —¿Luis…? —susurró con voz de moribunda.
En cuanto la vio, Luis Alberto estiró el brazo hacia ella, buscando desesperadamente aferrarse a un clavo ardiendo. —¡Cami! ¡Mi amor, por favor, diles la verdad! ¡Diles que yo no tengo nada que ver con esto, diles que somos inocentes y que nos amamos!
Camila miró a los policías, luego miró a Don Ricardo que la veía con ojos de querer matarla ahí mismo, và finalmente me miró a mí. Se le notaba en la cara que estaba calculando rápido sus opciones de supervivencia. Ya no era la amante soberbia que me veía de menos por tener un papel firmado ante la ley; ahora era una rata intentando bajarse de un barco que se estaba hundiendo en un mar de porquería. —Yo… la verdad es que yo no sé nada, oficiales —dijo Camila en voz baja, dando un paso hacia el pasillo—. Luis Alberto me citó ahí para darnos una sorpresa, pero yo no sabía qué iba a pasar con esos hombres.
El brazo de Luis Alberto se quedó frozen a mitad del aire. La traición de su adorada “tercera persona” le dolió más que los puntos que traía en el trasero. Yo bajé la mirada, sonriendo para mis adentros. El segundo acto de mi venganza estaba saliendo a pedir de boca.
Desde ese día, Camila cambió por completo su actitud. Ya no me sostenía la mirada cuando nos cruzábamos. Dos días después de salir del hospital, fui a visitarlos una última vez antes de desatar el verdadero infierno legal. Entré a la habitación con una canasta de frutas và me encontré a Camila parada a tres metros de la cama de Luis Alberto, viéndolo con una mezcla de lástima và mucho asco.
Luis Alberto, todavía boca abajo, la miraba con ojos de perro callejero. —Cami, por favor, quédate a cuidarme aquí… no me dejes solo con las enfermeras que me tratan mal.
Camila se acomodó la bolsa de marca en el hombro, con cara de total fastidio. —Es que yo tampoco me siento bien, Luis. El doctor me dijo que tengo estrés postraumático por lo que vi en ese callejón, necesito descansar en mi departamento.
A Luis Alberto se le descompuso la cara. El hecho de que su preciosa amante lo hubiera visto en la situación más humillante và dolorosa de su vida, và que ahora le hiciera el feo, le estaba destrozando el poquito orgullo de macho que le quedaba en el pecho.
Me acercé despacio và le ofrecí un pañuelo a Camila con una amabilidad que casi raya en la burla pura. —No te preocupes, Camila, dale tiempo al tiempo. El trauma de ver cómo se le voltea el teatrito a un hombre infiel no se quita tan fácil.
Luis Alberto me enseñó los dientes desde la almohada, furioso. —¡Ya cállate la boca, Ana Sofía! ¡Deja de hacerte la buena de la historia, maldita sea!
Me encogí de hombros, de lo más relajada và en paz. —Yo solo me preocupo por ustedes, muchachos. A fin de cuentas, han compartido tantas cosas estos años… incluido mi dinero.
Doña Elena, que ya no podía más con la presión del chisme, saltó de su asiento hecha una fiera del monte. —¡Ya viste, Luis Alberto! ¡Aprende de tu esposa! Mira cómo se porta ella de decente và mira a esta muerta de hambre que ni dos días te puede cuidar en tu desgracia.
A Luis Alberto se le subió el color a la cara, pareciendo un chile jalapeño de lo rojo que estaba de la vergüenza. Camila, harta de los insultos de la suegra, se dio la vuelta para largarse de la habitación, pero Luis Alberto se desesperó và le gritó con todo el aire que le quedaba: —¡Ah, qué fácil, ¿no, Camila?! ¡No te vayas! ¡No se te olvide todo el dinero que me he gastado en ti estos tres años! ¡Acuérdate de dónde salió para tu ropa và tus lujos!
Camila se detuvo en seco en la puerta, dándose la vuelta con los ojos inyectados en sangre. —¡¿Ah, sí?! ¡¿Ahora me vas a cobrar el amor, Luis Alberto?! ¡Qué poco hombre eres, de verdad!
—¡Pues claro que te voy a cobrar! —bramó el tipo, intentando levantarse pero soltando un quejido horrible por los puntos—. ¡Tu departamento, tu coche del año, las deudas de tu negocio que quebró, hasta la cirugía de tu mamá la pagué yo! Y para colmo, la tarjeta de crédito adicional que te di la tienes hasta el tope todos los meses. ¡Por tu culpa tuve que meter las acciones de la empresa familiar a una casa de empeño và ahora tú no me puedes cuidar ni una semana!
Camila soltó una carcajada llena de histeria và mucha amargura. —¡¿Y acaso es mi culpa que seas un tremendo pendejo?! ¡Tú compraste la sustancia esa, tú llamaste a esos vagabundos! ¡Tú solito te metiste el pie por tacaño, por no querer darle la mitad de los bienes a Ana Sofía en el divorcio! ¡A mí no me vas a venir a embarrar en tu porquería, yo no voy a arruinar mi juventud por cuidar a un lisiado!
Toda la habitación se quedó en un silencio sepulcral. A Luis Alberto se le puso la cara gris como la ceniza. Camila se dio cuenta de lo que había confesado frente a los papás và se tapó la boca con las manos, pero el daño ya estaba hecho ante la ley và ante la familia.
Yo de inmediato dejé caer una lágrima falsa, permitiendo que el dolor fingido inundara mis ojos. —O sea… o sea que de verdad todo este tiempo estuvieron juntos… Y tú usaste los ahorros de mi boda, el dinero que mis papás me dieron và las tarjetas que estaban a mi nombre para mantenerle la vida de reina a esta mujer…
Don Ricardo no se aguantó más el coraje; caminó hacia la cama con paso firme, levantó la mano và le arrimó un cachetadón seco a Luis Alberto en la mejilla que se escuchó en todo el piso del hospital. —¡ZAZ!
Luis Alberto se retorció del puro dolor en la cama, chillando como animal, mientras la herida de abajo le daba un tirón horrible por el movimiento brusco. Doña Elena, al oír las cantidades de dinero và ver la violencia de la situación, torció la boca, se le pusieron los ojos en blanco và se desmayó de verdad sobre el sillón del cuarto.
Yo me acerqué a detenerla, llorando a gritos para hacer más grande el teatrito, pero por dentro… por dentro mi mente estaba haciendo cuentas a una velocidad impresionante. —Más de diez millones de pesos… —pensé con una sonrisa interna que me iluminaba el alma—. Todo ese dinero que este infeliz le regaló a la amante durante el matrimonio cuenta como desvío de bienes conyugales. La ley mexicana me respalda: puedo exigir que me devuelva hasta el último centavo de la casa, el coche và las transferencias porque se pagaron con el patrimonio común de la sociedad. Diosito de verdad aprieta pero no ahorca. Esos desgarres que trae Luis Alberto no van a ser en balde para mí.
Esa misma tarde, saliendo del hospital con la satisfacción pintada en la cara, busqué al mejor abogado de la ciudad. El Licenciado Flores era un tipo maduro, vestía un traje gris a la medida, usaba mancuernillas de plata và tenía una mirada tan fría và afilada que parecía cirujano listo para cortar carne. Le puse sobre el escritorio de caoba toda la carpeta con los audios del investigador, los estados de cuenta, las capturas de pantalla và el audio que grabé en el callejón de mala muerte.
El Licenciado Flores leyó todo con mucha calma, acomodándose los lentes de lectura, và luego levantó la mirada hacia mí con una sonrisita de suficiencia. —Señora Ana Sofía, esto no es un caso difícil, esto es una masacre legal. Bajo nuestra legislación civil, si demostramos que uno de los cónyuges donó o transfirió bienes de gran valor a un tercero sin el consentimiento de la esposa durante la sociedad conyugal, podemos meter una demanda de nulidad de donación. Le vamos a quitar la casa, el coche, le vamos a congelar las cuentas a la amante và tendrá que reembolsar cada peso con intereses legales. La vamos a dejar en la calle.
Me pasé un pañuelo por los ojos, fingiendo timidez và dolor. —Licenciado… yo solo quiero recuperar lo que mis papás me dieron con tanto esfuerzo. No es justo que se lo quede ella después de lo que me querían hacer.
El Licenciado Flores estiró la mano và me pasó una caja de pañuelos nuevos con mucha elegancia. —Mire, señora Ana, la neta es que ya no necesita llorar aquí conmigo en mi oficina. Sus pruebas son más que perfectas. Pero le voy a dar un consejo profesional de amigo: guarde ese llanto và esa cara de víctima para cuando estemos frente al juez de lo familiar. En las audiencias de conciliación, una esposa destrozada con este nivel de evidencia hace que los jueces firmen lo que sea con tal de hacer justicia divina. Siga manejando ese perfil de santa desamparada, nos va a venir de perlas para quitarles todo.
Miré al abogado và me cayó de maravilla. Un tipo profesional, práctico và que sabía perfectamente cómo armar el circo legal para ganar. En menos de setenta và dos horas, la demanda ya estaba interpuesta và las notificaciones empezaron a volar por la ciudad.
La primera en recibir el golpe fue Camila. La notificación del juzgado le llegó directo al departamento lujoso que Luis Alberto le pagaba con mis ahorros. La tipa casi se muere del infarto al leer que estaba demandada por enriquecimiento ilícito và desvío de fondos conyugales, và que si no pagaba en el plazo establecido, le iban a embargar hasta los muebles.
Desesperada và sin un peso en la bolsa, Camila llegó corriendo al hospital, hecha una fiera del monte, azotando la puerta del cuarto de Luis Alberto. El infeliz seguía en la misma posición, boca abajo, entretenido viendo memes en su celular para olvidarse del dolor, ya que el chisme ya se había filtrado en las redes sociales de la zona residencial. Un blog local de chismes de la alta sociedad había publicado una nota anónima: “Empresario de alcurnia planea trampa para su esposa con delincuentes, pero termina él mismo en el quirófano de reconstrucción por un error de copas. La amante và él se quedaron sin herencia”. Los comentarios abajo eran una joya: “Esto supera a cualquier capítulo de la Rosa de Guadalupe”, “La esposa es una santa, todavía le llevó caldito de pollo al hospital”, “¿Para qué quieren enemigos con ese marido de quinta?”.
Camila le aventó los papeles de la corte en la cara a Luis Alberto, furiosa. —¡Eres un maldito desecho, Luis Alberto! ¡Mira lo que me hizo tu pinche esposa! ¡Me demandó! ¡Me van a quitar el departamento và el coche!
Luis Alberto chilló del susto, moviendo la cabeza de lado para quitarse los papeles de la cara. —¡¿Y qué quieres que haga yo?! ¡Regrésale el dinero và ya, déjame en paz que me muero de dolor aquí acostado!
Camila soltó una carcajada llena de desprecio, cruzándose de brazos. —¡¿De dónde quieres que saque dinero, estúpido?! El departamento ya tiene orden de embargo, el coche lo tuve que vender antier a mitad de precio para pagarle a los abogados và la lana de las transferencias me la gasté toda en las deudas de mi negocio. ¡No tengo ni un peso partido por la mitad por tu culpa!
La cara de Luis Alberto se puso oscura, llena de amargura và odio. —Pues ese es tu problema, Camila. Ese dinero era mío, yo te lo di por buena onda và mira cómo me pagas ahora que estoy jodido, dejándome aquí tirado solo.
—¡¿Por buena onda?! —gritó ella, acercándose a la cama con los ojos desorbitados por la rabia—. ¡No me hagas reír, infeliz! Me diste esa lana porque me prometiste que te ibas a divorciar, que me ibas a dar mi lugar ante tus papás de dinero. Y ahora que se te volteó el chirrión por el palito, resulta que toda la culpa es mía. ¡Eres un cobarde de quinta!
En ese preciso momento, empujé la puerta despacio, cargando una canasta con manzanas rojas và brillantes. —Buenas tardes… Ay, perdón, muchachos, creo que interrumpo un momento de pareja muy importante —dije con una vocecita suave và tímida, entrando al cuarto con pasos cortitos.
Los dos se quedaron callados como momias, fulminándome con la mirada. Dejé las manzanas en la mesa de noche con toda la calma del mundo và miré a Camila con ojos de lástima. —Camila, qué bueno que te encuentro aquí. Solo quería decirte que no te asustes por lo de la demanda de embargo, de verdad. Todo es por el canal legal và derecho, no hay necesidad de gritarle a Luis Alberto en su estado de salud… hay que tener tantita educación và respeto por los enfermos.
Camila sentía que le salía humo por las orejas del puro coraje. —¡Ana Sofía, deja de hacerte la mosquita muerta frente a todos! ¡Tú planeaste todo esto para destruirnos la vida!
Le sonreí con una dulzura que calaba hasta los huesos de lo fría que era. —Ay, Camila… yo soy la única inocente aquí en este cuarto. Yo no puse el cuerno, yo no compré sustancias raras en el mercado negro, yo no contraté a unos vagabundos para violar a nadie… và sobre todo, yo no me gasté el dinero del patrimonio de otra familia para darme lujos. Así que de la forma más atenta te digo: las cuentas claras và el chocolate espeso. Lo que no es tuyo, regresa a su dueño.
La tipa se quedó sin aire, con la boca abierta de la pura rabia. Luis Alberto, viendo que la situación se le estaba saliendo de las manos de forma definitiva và que la cárcel le pisaba los talones en cuanto saliera del hospital, cambió de estrategia. Trató de poner su voz más seductora và suave, esa voz con la que me endulzaba el oído cuando éramos novios en la universidad. —Ana Sofía… mi amor… de verdad perdóname desde el fondo de mi corazón, sé que la regué horrible, fui un tremendo estúpido… Te juro que yo te voy a indemnizar, te voy a pagar todo lo que me pidas de dinero, pero por lo que más quieras, retira la demanda và la denuncia con la policía… no me dejes refundido en la cárcel.
Lo miré desde arriba con desprecio, recorriendo con la mirada su vergonzosa posición boca abajo en la cama clínica del hospital. —¿Ah, sí? ¿Y cómo me vas a pagar todo ese dineral, Luis Alberto? ¿A poco vas a pedir un adelanto de sueldo trabajando en esa misma postura de cochinito al horno en la que estás ahorita metido?
El cuarto se quedó en un silencio sepulcral. El paciente de la cama de al lado, un señor mayor que estaba escuchando todo el mitote detrás de la cortina de tela, no se pudo aguantar và soltó una carcajada ruidosa que casi hace que se le mueva el suero del brazo. —¡Pfff… jajaja! —se escuchó fuerte detrás de la tela.
Luis Alberto se puso color morado del puro coraje và la humillación pública. Su orgullo de macho adinerado de negocios estaba siendo pisoteado frente a desconocidos de hospital, và eso le dolía mil veces más que las heridas del cuerpo.
Solté un suspiro largo và fingí limpiarme una lágrima del rabillo del ojo con el pañuelo. —Luis Alberto… esto ya no da para más entre nosotros. Quiero el divorcio definitivo.
El tipo se puso histérico en la cama, manoteando en el aire como loco. —¡No! ¡No te voy a dar el divorcio ni madres! ¡Estoy desahuciado en esta cama sin poderme mover! Si me dejas ahorita que estoy jodido de salud, toda la sociedad te va a ver mal, van a decir que eres una interesada de lo peor que abandona a su esposo enfermo en el hospital.
Volví a poner mi cara de Magdalena sufriente, mirando de reojo al señor de la cama de al lado que ya había asomado la cabeza por la cortina para no perderse ni un solo detalle del chisme. —Luis… todo el mundo en las redes ya sabe que me quisiste mandar a un sótano con delincuentes por irte con tu amante. Si me quedo contigo después de semejante porquería, la gente no va a decir que soy buena esposa… van a decir que estoy bien pendeja del cerebro.
El señor de la cama de al lado asintió con la cabeza con mucha seriedad và aprobación. —La neta sí, mija. Tiene toda la razón del mundo, deje al cabrón de una vez, no vale la pena —opinó el viejo con toda la confianza del mundo sin que nadie le hablara.
Luis Alberto estaba que temblaba del puro coraje contra el señor và contra mí. Justo en ese momento, mi celular vibró en la bolsa de la chamarra. Era un mensaje de texto urgente del Licenciado Flores: “Señora Ana Sofía, ya validamos el contrato prenupcial original ante el notario público de la ciudad. La cláusula de infidelidad và agresión es totalmente válida và ejecutable. Tenemos la cadena de custodia de las pruebas de la Fiscalía. Podemos exigir que el señor renuncie al cien por ciento de los bienes comunes por causar la disolución judicial del matrimonio por violencia extrema. Estamos listos para la junta de conciliación familiar de mañana”.
Le contesté rápido con una sola palabra: “Excelente”.
Al levantar la cabeza hacia Luis Alberto, volví a poner mi cara de dolor absoluto, lista para dar el siguiente paso del juego final. —Luis Alberto… acuérdate muy bien de ese papel de contrato que firmamos antes de casarnos por la iglesia. Tú solito me lo llevaste a la mesa diciendo que querías demostrarme que tu amor era puro và que jamás me iba a faltar nada ni me ibas a traicionar… ¿Te acuerdas de tus promesas?
A Luis Alberto se le desinfló el pecho và la cara se le puso completamente blanca como el papel. En aquel entonces, para apantallar a mis papás và hacerse pasar por el hombre más fiel và perfecto del planeta, él mismo insistió en poner la cláusula de penalización donde el cónyuge infiel se quedaba sin un solo peso del patrimonio de la sociedad conyugal. En ese momento yo lloré de la pura emoción creyendo que tenía al príncipe azul; ahora… ahora también quería llorar, pero de la pura risa que me daba ver cómo su propio juego de tacaño lo había dejado en la más completa ruina.
El día de la audiencia de conciliación para el divorcio definitivo llegó dos semanas después en los juzgados de lo familiar. A Luis Alberto lo tuvieron que llevar en una silla de ruedas especial que su papá le compró de muy mala gana para no seguir haciendo el ridículo. La silla tenía un cojín inflable de esos que tienen forma de dona, súper grueso, và el tipo iba prácticamente acostado boca abajo sobre una estructura acolchada que se adaptaba a la silla, pareciendo una foca herida arriba de un carrito de supermercado.
Para no burlarme en su propia cara và arruinar mi papel de víctima perfecta frente al juez de lo familiar, me la pasé tomando agua de mi termo durante toda la sesión, agachando la cabeza cada vez que el abogado de Luis Alberto intentaba defender lo indefendible ante la ley. —Su Señoría —argumentó el abogado de mi esposo, un licenciado ya grande và gordo que se veía que se quería morir de la vergüenza por defender a semejante cliente de quinta—. Mi cliente actualmente se encuentra en un estado de salud sumamente vulnerable và delicado del cuerpo. Exigirle el divorcio expreso và el desalojo de las propiedades en este preciso momento viola el principio de solidaridad conyugal và el derecho a la salud del paciente que está bajo tratamiento…
El Licenciado Flores no lo dejó ni terminar la frase. Con una elegancia tremenda de abogado penalista, sacó un fajo de hojas membretadas và las sliding sobre la mesa del juez. —Señor Juez, aquí están los comprobantes de pago emitidos por el hospital general. Mi clienta, la señora Ana Sofía, ha cubierto de su propio bolsillo cada centavo de las cirugías reconstructivas, la hospitalización và los cuidados médicos del señor Luis Alberto, cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones civiles và morales hasta el día de hoy, a pesar de la gravedad de la traición. Además, como ya es de su conocimiento por la prensa, la Fiscalía General mantiene abierta una carpeta de investigación penal en contra del señor aquí presente por el delito de tentativa de agresión física, violencia de género và uso de sustancias prohibidas en contra de mi representada. Aquí están los documentos de la vinculación a proceso penal inmediata.
El abogado de Luis Alberto se quedó callado de golpe, agarró su vaso de agua và se lo tomó de un solo trago, con unas ganas tremendas de que dieran las cinco de la tarde para largarse a su casa và olvidarse de ese pinche circo familiar.
Pero el Licenciado Flores no había terminado el show. Sacó otra carpeta con pestañas de colores và la puso en medio de la mesa con un golpe seco que asustó al juez. —Y por si fuera poco para demostrar la causal, aquí tenemos el registro detallado de las reservaciones de hotel en las playas de Cancún và en Valle de Bravo a nombre del señor Luis Alberto và la señorita Camila, los estados de cuenta de la tarjeta de crédito donde se comprueba el pago de las mensualidades del departamento de la amante con fondos de la empresa de la esposa, và los testimonios notariados de los vecinos del condominio donde vivían juntos los fines de semana como pareja. Y por último, el contrato prenupcial debidamente certificado ante el Notario Público número 12 de esta ciudad de México. La ley es clara, Señor Juez.
El abogado defensor de mi ex miró los papeles del expediente, miró a Luis Alberto que estaba hecho bola en su silla especial boca abajo, và volvió a dejar el vaso en la mesa con cara de total resignación. La neta es que el pobre hombre ya no tenía de dónde agarrarse legalmente para defender a ese imbécil.
Luis Alberto volteó a verme con los ojos llenos de lágrimas de cocodrilo, la voz le salía rota por el coraje và la desesperación de verse acorralado và sin salida. —Ana Sofía… de verdad… ¿vas a ser tan pinche fría và despiadada conmigo? ¿Vas a dejar que me quede en la calle sin un peso estando así de herido del cuerpo?
Lo miré desde arriba con mucha calma, recorriendo con la mirada su vergonzosa posición boca abajo en la silla de ruedas especial. —¿Ah, sí, Luis Alberto? ¿La fría soy yo ahora? ¿Acaso fui yo la que contrató a esos delincuentes con mi tarjeta para que te metieran a un sótano mugriento a destruirte la vida? Piensa bien lo que dices.
Justo afuera de la sala de juntas del juzgado familiar, estaban parados tres de los principales socios de la empresa constructora de la familia de Luis Alberto. Habían venido para ver cómo iba el asunto legal vì el divorcio, ya que el escándalo de las redes estaba afectando las acciones và los contratos de la compañía constructora con el gobierno, và mis palabras se escucharon clarito hasta el pasillo de los juzgados. Yo aproveché que el público de dinero estaba atento và alcé un poquito más la voz, arrastrando las palabras con puro dolor fingido: —If tú querías el divorcio para irte con ella, me lo hubieras pedido bien và de frente, Luis Alberto. Pero tuviste que ponerme droga en el jugo de nuestro aniversario para destruirme la reputación và la vida… Tuviste que usar la herencia de mis difuntos papás para comprarle lujos và departamentos a Camila… Y todavía tuviste el descaro de decirle a la policía que yo te había agredido a ti en el hospital, cuando todas las transferencias de dinero và los mensajes de los delincuentes salieron de tu propio celular… ¡Yo ya hice todo lo que una esposa decente và católica podía hacer por ti en el hospital! ¡Ya no puedo más con esta cruz!
En el pasillo del juzgado se empezó a escuchar el fuerte cuchicheo de los socios de la constructora. —No mames, el Luis Alberto se la bañó gacho con la muchacha… Qué poca madre del güey de verdad, con razón el papá le arrimó el guantazo en el hospital. —Y la muchacha todavía de buena gente le pagó la cirugía reconstructiva del ano… La neta esa mujer es una santa del cielo, ya hizo más de lo que merecía ese cabrón infiel. Hay que sacarlo del consejo de administración antes de que nos arruine los contratos.
Al escuchar las duras críticas de sus propios socios de negocios vì de dinero, la cara de Luis Alberto se puso de todos los colores posibles del arcoíris. Él siempre había sido un tipo súper presumido, mamón, que cuidaba su estatus social sobre todas las cosas del mundo, và ver que su reputación estaba tirada en el piso de los juzgados và pisoteada por los hombres más ricos de la zona le dolió mil veces más que la lección que le acomodaron en el callejón oscuro.
Don Ricardo, el papá, que ya no aguantaba la tremenda vergüenza de estar sentado en esa sala con sus socios viéndolo desde el vidrio del pasillo, le dio un fuerte manotazo a la mesa de madera và miró a su hijo con ojos de asco: —¡Ya firma esa madre de una vez, Luis Alberto! ¡Fírmale ya và de la forma más rápida, carajo!
Luis Alberto lo miró con ojos de pánico total, asustado de la herencia. —¡Pero papá! ¡Si firmo este convenio me voy a quedar sin nada en las cuentas, ella me va a dejar en la más completa calle!
Don Ricardo cerró los ojos con una pesadez tremenda, frotándose las sienes con las manos. —¡¿Y qué carajos quieres que haga yo?! ¡¿Quieres que sigamos haciendo el ridículo completo frente a todo el consejo de administración và la prensa local que ya anda afuera?! ¡Tú solito firmaste tu propia sentencia de ruina desde el día que se te ocurrió hacer esa pendejada criminal en el callejón! ¡Firma de una vez và lárgate a la chingada de mi vista, que ya no eres mi hijo!
La sala de juntas se quedó en un silencio total và pesado durante tres minutos eternos. A Luis Alberto le temblaba la mano derecha de una forma horrible, como si tuviera Parkinson. Agarró la pluma fina que el juez de lo familiar le extendió và, con los ojos llenos de lágrimas de pura rabia, frustración và dolor, estampó su firma definitiva en el acta de divorcio và en el convenio de separación absoluta de bienes comunes.
Según los estrictos términos del acuerdo que el Licenciado Flores redactó con mano de hierro và sin pizca de piedad, el cien por ciento de los bienes acumulados durante los tres años de matrimonio pasaron de forma automática a mi nombre và control. La casa residencial de lujo donde vivíamos, como el enganche se había pagado con el dinero de mi cuenta personal antes de casarnos por el civil, se me adjudicó por completo de forma legal. Las acciones de la constructora familiar que yo había comprado con mi dinero de herencia regresaron bajo mi control absoluto, dejándolo a él fuera del comité de decisiones de la empresa para siempre.
Luis Alberto se quedó literalmente con lo que traía puesto… o más bien, con lo que traía puesto boca abajo en esa incómoda silla de ruedas especial. Se fue de la sala de juntas de los juzgados sin un solo peso en las tarjetas, sin orgullo de hombre và con una carpeta de investigación penal esperándolo en la puerta en cuanto terminara sus terapias físicas en el hospital.
Cuando terminó de firmar el último papel del juzgado, levantó los ojos rojos và llorosos hacia mí, buscando una última pizca de compasión o amor en mi rostro. —Ana Sofía… de verdad… ¿ya no hay ninguna oportunidad para nosotros en el futuro? ¿No podemos volver a empezar desde abajo como cuando éramos estudiantes en la uni?
Lo miré fijamente desde arriba con mucha seriedad, acomodándome de forma elegante la bolsa en el brazo, và lo medité un segundo entero antes de responderle: —Pues mira, Luis Alberto… viendo tu situación médica actual và cómo te dejaron el asunto allá abajo los vagabundos que contrataste, creo que dar la vuelta o empezar a moverte va a estar un poquito complicado và doloroso para ti en los próximos meses de tu vida. Así que de la forma más sincera te digo que no, ya no se puede. Te deseo suerte con tus puntos.
El Licenciado Flores soltó una tos falsa muy fuerte para tapar la risa que le dio el comentario, Don Ricardo se tapó la cara con las dos manos de la pura pena ajena, và Luis Alberto del puro coraje casi se va de frente de la silla de ruedas especial, soltando un chillido de dolor horrible porque el movimiento en falso le estiró los puntos de la operación de reconstrucción anal.
Salí de los juzgados de lo familiar sintiendo que flotaba en el aire, con el sol de la tarde dándome de frente en la cara và iluminando mi camino. La libertad sabía mejor que cualquier comida cara en un restaurante de lujo. Pero mi plan de venganza perfecta todavía no terminaba de ejecutarse, apenas iba a empezar la parte más divertida và satisfactoria de toda la historia…